martes, 10 de enero de 2017

Jesucristo salvó también a los justos que vivieron antes de su misión sobre la tierra


Algunos escépticos del mensaje cristiano de salvación sostienen que el sacrificio de Jesucristo sobre la cruz no sirvió a quienes vivieron antes de él, ya que ellos no recibieron su mensaje.
Para responder a esta observación, iniciemos citando el noveno verso del Evangelio de Juan:

Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, 
La que venía a este mundo.

El sujeto es el Verbo. Es como si estuviera escrito: “el Verbo era la luz verdadera”. El verbo utilizado aquí es “en”, que es usado varias veces para describir la eternidad de Jesucristo. Por tanto, se podría interpretar de esta manera: “Jesucristo ha sido desde siempre la Luz eterna”.
Justo después está el adjetivo “verdadera”. Aquí Juan no estaba afirmando que Jesús se expresa en modo veraz, sino que estaba afirmando que Jesucristo es la luz genuina, perfecta, original, verdadera, y no solo por su sustancia divina, sino por su eternidad.
Todo eso se relaciona con la doctrina de la salvación. Ningún hombre puede salvar, ya que ningún hombre puede expiar el pecado de otros. Solo quien es la Luz eterna, verdadera, perfecta y original puede salvar (puede, por consiguiente, dar la vida eterna), ya que es la esencia misma de la vida.
Analicemos ahora la frase: “la que venía al mundo”. ¿Por qué el Evangelista Juan escribió “venía” y no “vino”?
En realidad, Juan se refiere a algo que está por suceder. Usa el participio “erchomenon”. El evangelista describe una cosa que está a punto de acaecer. La eternidad estaba entrando en la historia, como se describirá en el decimocuarto verso del Prólogo.
“Echomenon” significa “venía” e indica voluntad. Esta situación se diferencia desde cuando un simple ser humano viene al mundo. Ningún ser humano viene de una existencia anterior. Cristo, en cambio, tuvo una existencia anterior, eterna, ya que existía desde siempre.
Pero, ¿cuál era el propósito de la llegada de la Luz verdadera al mundo? Analicemos la frase “que ilumina a todo hombre”. La palabra utilizada en el texto griego es “phōtizei”, que deriva de la palabra “phoos”, luz.
Es como si Juan hubiera querido comunicar que Jesucristo quiso hacerse hombre para ser uno de nosotros, iluminar nuestro camino tortuoso con su luz verdadera. El tiempo phōtizei está en el presente indicativo.
Mientras “era”, en griego “en”, es un “pasado eterno”, y “erchomenon” es un futuro inminente, phōtizei está en presente. ¿Por qué?
Se piensa que Juan quiso indicar en este verbo el pasado, el presente y el futuro, y que quiso enfatizar que la Luz eterna de Cristo ha iluminado a todos los seres humanos desde siempre de forma conocida, desconocida e incluso inconcebible.
En este sentido, la acción de Jesucristo se extiende en el pasado hasta los orígenes del hombre, y en el futuro hasta el fin de los tiempos. Esto se explica también con la revelación progresiva de la Biblia, la Palabra de Dios. Jesús apareció como un Ángel de Dios en el Antiguo Testamento, y ahora estaba a punto de aparecer en forma humana.
La aparición de Cristo en forma humana, de todos modos, no significa que su luz no iluminó a los hombres en el pasado. Y no significa que no iluminará a los hombres en el futuro.
¿Cómo se justificaban los seres humanos antes de la misión de Jesucristo sobre la tierra?
La respuesta no puede ser sino una: por fe. En efecto, Abraham creyó al Señor. Veamos el verso correspondiente, Génesis (15, 6):

Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.

En cierto sentido, los creyentes del Antiguo Testamento estaban justificados porque creían que, en un tiempo futuro, Dios expiaría sus pecados. Los justos de hoy miran el pasado creyendo que Dios, en la persona de Jesucristo, ya ha expiado nuestros pecados sobre la cruz.
Por tanto, la Luz eterna de Cristo iluminó a todos los hombres desde siempre, tanto a los que vivieron en el pasado como a aquellos que viven ahora y vivirán en el futuro.
Aquellos que antes de Cristo tuvieron fe en Dios y se abandonaron a su voluntad, creyendo por fe que sus pecados serían expiados, obtuvieron la justificación y fueron luego salvados por Cristo con su muerte vicaria.
Los creyentes del Nuevo Pacto recibieron la revelación final y perfecta; se salvan por fe, creyendo que sus pecados fueron ya expiados por Jesucristo con su muerte en cruz. Ellos conocen el proyecto de Dios de modo más completo respecto a los creyentes del Antiguo Testamento. A tal propósito, veamos este pasaje de la Epístola a los judíos:

Dios, después de haber hablado antiguamente muchas veces y en muchas formas a los padres por medio de los profetas, en estos últimos días nos ha hablado a nosotros por medio del Hijo”.

Yuri Leveratto

La Ley de Dios es conocida por todos los seres humanos


Muchas veces nos hemos preguntado si las personas que no han recibido nunca el Evangelio podrán ser juzgadas por Dios. Hay quienes piensan que algunos reducidos grupos de indígenas que viven en las profundidades de la Amazonia (los llamados no contactados) y algunos grupos de esquimales que viven en remotas zonas del Ártico no podrían ser juzgados por Dios, justamente porque no han recibido el Evangelio y no han escuchado jamás hablar de Jesucristo.
En la Biblia, sin embargo, se encuentra la respuesta a este particular interrogante. Veamos lo que escribe Pablo de Tarso en la Epístola a los Romanos (2, 12-16):

Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados. Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.

Analicemos estos importantes pasajes. En la primera parte, Pablo de Tarso sostiene que quien ha pecado sin ley perecerá sin ley y quien ha pecado teniendo la Ley (dada por Moisés) será juzgado con base en la ley. El hecho, sin embargo, de que quien ha pecado sin Ley perecerá sin Ley, no significa que no será juzgado.
La respuesta está en el decimocuarto y decimoquinto verso. Dios puede juzgar también a quien no ha recibido la Ley y el Evangelio porque la Ley está impresa en la naturaleza misma de cada persona: la Ley está escrita en el corazón del hombre. El sentido moral es fundamentalmente igual para todos los seres humanos. También los indígenas de las tribus no contactadas de la Amazonia saben que no se debe matar, robar o cometer adulterio. Conocen la diferencia entre el bien y el mal, exactamente como la conocemos nosotros, que hemos recibido los diez mandamientos y luego la Gracia con el Evangelio.
Quien ha recibido el Evangelio tiene una responsabilidad mayor respecto a estos grupos de personas no contactadas, justamente porque más allá de la ley moral de la consciencia, ha recibido también la Ley de Dios y el Evangelio.
Las personas que no han recibido el Evangelio y que no conocen a Jesucristo tienen, por tanto, la posibilidad de salvarse siguiendo la Ley de Dios, que está impresa en sus corazones.
En este punto alguien podría objetar: si quien no ha recibido la Ley ni el Evangelio se puede salvar, ¿qué sentido tuvo entonces la revelación de Dios a Moisés y la revelación final y perfecta de Jesucristo?
La revelación es progresiva y, por tanto, quien acoge el sacrificio de Jesucristo sobre la cruz tiene la certeza de salvarse porque recibirá el Espíritu Santo. La Gracia indica el camino seguro para quien lo acepta. Nadie, por tanto, es olvidado por Dios. La Gracia es dada a todos, pero también el Juicio será para todos. El Juicio será efectuado por Dios de forma individual, con base en la fe del hombre.

Yuri Leveratto