martes, 22 de marzo de 2016

La época post-constantiniana: el dominio de la teología


Durante los primeros tres siglos de nuestra era, el Cristianismo era como un tesoro inconmensurable que los Apóstoles habían dado a hombres de altísimo valor: los primeros cristianos. 
Según el historiador americano David Bercot, el Cristianismo estaba protegido por cuatro poderosos muros.
En primer lugar, había la fuerte convicción de que la última revelación había sido escrita en los libros del Nuevo Testamento, cuyo Canon ya estaba en uso alrededor del fin del siglo II (Fragmento Muratoriano). Había, por tanto, una idea ultraconservadora que equiparaba cualquier posible añadidura a los textos sagrados y a cualquier cambio como un error grave.
El segundo muro era la separación de la Iglesia del mundo. Ningún cristiano estaba impregnado de poder y ningún cristiano vivía en modo mundano.
El tercer muro era la práctica de enviar las preguntas sobre posibles disputas a los miembros del consejo de las Iglesias, donde los Apóstoles habían enseñado.
El cuarto muro era la independencia de las varias Iglesias, la una de la otra (Jerusalén, Antioquía, Alejandría de Egipto, Constantinopla, Éfeso, Corinto, Roma). Este hecho hacía prácticamente imposible que una enseñanza errada se extendiera rápidamente entre los creyentes.
Durante el segundo y el tercer siglo, las persecuciones a los cristianos continuaron. Sin embargo, al final del tercer siglo, algunos cristianos empezaron a adoptar un estilo de vida más mundano, y comenzaron a ver a sus guías espirituales más como sacerdotes ceremoniales que como predicadores, maestros de vida y de integridad. Además, el obispo de Roma empezó a imponer su autoridad sobre las otras Iglesias (1).
Durante esta situación, el poder imperial no estaba en manos de un solo hombre. En el 306 d.C., Severo gobernaba Italia y la costa africana correspondiente a las actuales Túnez y Argelia, Constantino gobernaba Galia y otros dos hombres gobernaban la parte oriental del imperio. Después de que Severo fuera derrotado por Majencio, Constantino se declaró legítimo emperador del imperio romano de Occidente.
En el 312 d.C., Constantino y su ejército marcharon hacia Roma. Antes del combate con Majencio sucedió algo extraño, que indirectamente influenció todo el mundo occidental. El historiador Eusebio (265-340 d.C.) narra este hecho en su “Vida de Constantino” (2):

Dijo que a medianoche… vio con sus ojos el signo de una cruz de luz en los cielos, superpuesta al sol, con las palabras: con este signo serás vencedor. (in hoc signo vinces)

Además, Constantino dijo que Jesucristo se le había aparecido en sueños y le había dicho que hiciera dibujar el signo de la cruz en los escudos utilizados por los soldados.
El resultado de la batalla fue favorable para Constantino, quien atribuyó la victoria al “Dios de los cristianos”. Constantino se convirtió así en el único emperador de Occidente.
Después sucedió algo muy importante para la historia del mundo occidental. Como sabemos, la religión romana era cívica, en el sentido que se atribuía el éxito y la prosperidad a los dioses que habían sido adorados. Constantino creía realmente que el “Dios cristiano” le había propiciado la victoria y que este mismo Dios podía proteger el imperio, siempre y cuando los emperadores le rindieran culto. Por consiguiente, Constantino decidió mantener lícita la religión cristiana. Con el edicto de Milán (313 d.C.), el emperador Constantino y Licinio (Augusto de Oriente) decretaron la libertad de culto para cualquier religión en todo el imperio.

Entonces nosotros, Constantino Augusto y Licinio Augusto, habiéndonos encontrado proficuamente en Milán y habiendo discutido todos los argumentos relativos a la pública utilidad y seguridad, entre las disposiciones que veíamos útiles a muchas personas o entre las que considerábamos prioritarias, habíamos puesto las relativas al culto de la divinidad con el fin de que les sea consentido a los Cristianos y a todos los otros la libertad de seguir la religión que cada uno profese, de manera que la Divinidad que está en el cielo, cualquiera que sea, a nosotros y a todos nuestros súbditos nos dé paz y prosperidad.

Con este edicto, Constantino no exigía a nadie que se convirtiera al Cristianismo, pero el hecho mismo que él se profesara cristiano (incluso si no había asimilado su sentido profundo) dio a la religión cristiana un cierto prestigio. Luego Constantino decidió que cada propiedad confiscada a los cristianos durante las persecuciones de Diocleciano debía ser devuelta. Además, cada casa de oración que había sido quemada debía ser reconstruida a expensas del Estado.
Pronto se dio cuenta de que la mayoría de los obispos cristianos estaba viviendo en la pobreza. Les ofreció entonces un salario y protección. Consintió que las Iglesias pudieran recibir bienes en herencia. Concedió a la institución una suerte de tribunales obispales (episcopalis audientia) a los cuales los cristianos podían acceder para dirimir sus controversias. Además, eximió de pago de impuestos a todos los obispos y a sus propiedades.
Increíblemente, así fue como los cristianos pasaron en pocos años de ser una minoría perseguida a ser los favoritos de la corte. De manera que poco a poco el espíritu ultraconservador de los primeros cristianos se encontraba en estado de peligro.
Durante el período de los primeros cristianos, por ejemplo, nadie había pensado nunca en pagar salarios a los obispos, pero cuando Constantino lo hizo, ellos aceptaron. Nadie había pensado nunca que fuera justo estar exentos de impuestos, pero cuando Constantino los eximió, ellos aceptaron. Nadie había pensado nunca que fuera justo vivir en un palacio suntuoso, pero cuando Fausta, la segunda esposa de Constantino, concedió la Domus Faustae (en el área del Palacio de Letrán) a Milcíades, el obispo de Roma, él aceptó sin reservas.
¿Qué obtuvo el emperador a cambio de todos estos favores y privilegios?
Ya en el 314 d.C., cuando hubo una polémica entre donatistas y católicos, fue Constantino quien la dirimió, dando a los católicos la prioridad y el reconocimiento de ser la legítima corriente de la Cristiandad. La intervención de Constantino para dirimir la polémica con los donatistas fijó un precedente a partir del cual el emperador obtuvo el derecho a convocar concilios y decidir sobre las controversias religiosas. Además, Constantino ya no era considerado una “divinidad” como los emperadores anteriores, pero como el obispo de Roma lo reconocía, entonces obtenía el “derecho divino”, o sea el “derecho a reinar consagrado por Dios”. Constantino, sin embargo, tenía más poder temporal respecto al obispo de Roma, en el sentido de que era considerado como si fuera una especie de obispo por encima de las partes, u obispo universal.
Justamente por haber decretado que las Iglesias cristianas fueran reconstruidas a expensas del Estado, Constantino obtuvo voz y voto en el ámbito de la religión cristiana. Los edificios religiosos no debían solo ser más grandes, debían ser suntuosos. Siguiendo este razonamiento material, hizo construir las Iglesias con columnas ciclópeas y las hizo decorar con mármoles elegantes y costosos. Creía realmente que si él bendecía la Iglesia, Dios bendeciría el imperio. Había simplemente continuado con los esquemas de la religión romana, ganándose al “Dios de los cristianos”, pero no parece que Constantino fuera un cristiano “nacido de nuevo”.
¿Cómo fue posible que los cristianos del siglo IV se alejaran de la creencia original de Jesucristo? Ellos pensaron que Dios estaba inaugurando una especie de nueva era del oro, durante la cual las persecuciones se habían acabado, y que finalmente se podía vivir en brazos del poder y de la mundanidad. Sin embargo, en el Nuevo Testamento no había ningún pasaje que justificase esta supuesta era del oro. Por tanto, encontraron algunos pasajes del Antiguo Testamento que justificaban esta situación renovada. En vez de avanzar hacia el hombre renacido, típico del Nuevo Testamento, retrocedieron a algunos conceptos típicos del Antiguo Testamento. De ahí que se haga referencia al concepto de “híbrido constantiniano”. En este híbrido, inventado por Constantino, se intentaron adaptar algunos preceptos del Nuevo Testamento a la moral y al estilo de vida del Antiguo Testamento. Mitad del híbrido era el Estado y la otra mitad era la Iglesia. Fue una especie de retorno al modelo del viejo estado de Israel. Solo que ahora era más grande, ya que incluía al imperio romano. En muchos puntos, el híbrido constantiniano se parecía al Antiguo Testamento. Por ejemplo, en el concepto de riqueza. Como en el Antiguo Testamento no hay particulares exhortaciones a no acumular riquezas, tampoco en el híbrido las hubo y, por tanto, hubo un alejamiento de los preceptos evangélicos, donde la riqueza no podía ser central en la vida de una persona. Los juramentos eran lícitos en el Antiguo Testamento y, por tanto, volvieron a serlo en el híbrido, mientras que en el Nuevo Testamento no era lícito jurar, ya que una persona debía tener honor.
La violencia era completamente rechazada en el Nuevo Testamento. Incluso había que amar a los propios enemigos. Los cristianos del híbrido volvieron, en cambio, a una moral típica del Antiguo Testamento: “ojo por ojo, diente por diente”.
Ya en el cuarto siglo se volvió lícito responder con la fuerza a las provocaciones y a afirmar con violencia las propias ideas. Naturalmente, en el híbrido hubo también cosas positivas: Constantino promulgó leyes para ayudar a las familias pobres, condenó la inmoralidad sexual y la brujería. Prohibió los crueles combates de gladiadores, declaró ilegal la prostitución y se opuso al concubinato. Sin embargo, el único modo para castigar los comportamientos contrarios a la moral era con la fuerza bruta. Por tanto, decidió que los castigos para comportamientos en contra de la tradición sexual debían ser efectuados con métodos terribles: practicar la tortura, quemar vivas a las personas o verter plomo fundido en la garganta de los condenados.
Con el tiempo, Constantino se convirtió en un gobernante cruel. Después de haber vencido a Licinio, utilizando incluso tropas de cristianos, le concedió mantenerse con vida, pero después de pocos meses lo hizo asesinar. Luego, viendo enemigos por doquier, hizo asesinar a su hijo Crispo y a su esposa Fausta. Ningún obispo le pidió que se arrepintiera por estos hechos.
Durante 280 años, el Cristianismo antiguo no había cambiado, justamente porque estaba protegido por los cuatro muros descritos al principio de este artículo. Pero ahora el muro externo, el espíritu ultraconservador de la Iglesia primitiva, estaba amenazado. Fue así como los cristianos empezaron a pensar que el cambio no podía ser sinónimo de error, sino que tal vez podía traer mejoras. Es como si los cristianos se hubieran dicho a sí mismos que Dios había cambiado las reglas. Veamos a tal propósito un escrito de Eusebio (3):

“A todos los que consideraban estos hechos, les debía parecer que una fresca y nueva era había empezado a aparecer y que una luz, primero desconocida, comenzaba a surgir de la oscuridad hacia la raza humana. Y todos debieron confesar que estas cosas eran obra de Dios que nos había dado a este pío emperador para contrarrestar la multitud de impíos”.

La Iglesia ya no equiparaba el cambio al error, sino que empezaba a pensar que el Cristianismo podía cambiar para mejorar. Se comenzaba a pensar que quizás el Cristianismo apostólico era solo el inicio de nuevas y más sublimes revelaciones. A tal propósito, se recuerda que los cristianos del siglo IV aplicaban a la Iglesia la profecía de Hageo (2, 9) sobre la reconstrucción del templo (4):

“La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera”

El otro muro que había defendido la Iglesia durante los primeros tres siglos era la separación del mundo. Por primera vez en la historia ser cristiano daba prestigio social y muchos cristianos accedieron a los cargos públicos.
En el pasado, ser cristiano presuponía una fe real y un cambio de vida radical. En el siglo IV, ser cristiano indicaba que una persona aprobaba un credo particular y participaba en varios ritos cristianos como el bautizo y la eucaristía. Pero ya no significaba que esta persona hubiera realmente cambiado de vida.
La Iglesia empezó a adoptar los métodos del mundo. Por ejemplo, este cambio se vio también en el modo como los cristianos se oponían al poder. Durante los primeros tres siglos, los cristianos, cuando eran perseguidos, huían, y si eran capturados, no oponían resistencia.
Los cristianos del siglo IV, en cambio, si eran víctimas de una injusticia o de una persecución, no tenían la más mínima intención de no oponer resistencia y obviamente ni siquiera de aceptar la tortura o la muerte.
Por ejemplo, cuando el hijo de Constantino envió a uno de sus generales a Constantinopla en el intento de reemplazar al obispo de la Iglesia, en vez de aceptar aquella decisión, la multitud, compuesta de cristianos, prendió fuego a la casa del general. Cuando luego el general salió a la calle, fue asesinado (5) (6).
En general, la actitud de los cristianos, y especialmente de aquellos que tenían puestos de poder, había cambiado. En pocos años, los perseguidos se encontraron siendo los perseguidores. Constantino pensaba que hubiera sido mejor que no hubiera herejías, con el fin de determinar un modo a seguir.
Veamos el pensamiento de Constantino, transmitido por Eusebio de Cesarea (7):

Que sean informados, a través de este estatuto, los novacianos, los paulicianos, los montanistas y todos los que apoyen herejías a través de las propias asambleas privadas… sabemos que sus ofensas son abominables y atroces y que un solo día no bastaría para contarlas todas… como ya no es posible tolerar sus errores terribles, les advertimos que ninguno de ellos deberá reunirse de ahora en adelante. Por tanto hemos ordenado que sus sitios de reunión sean clausurados. Y está por tanto prohibido llevar a término sus cultos y supersticiones y sus inútiles reuniones, no solo en público, sino también en lugares privados o en cualquier otro lugar.

Tan solo una década antes, ser cristiano era un crimen. Sin embargo, ahora el crimen era ser hereje. En efecto, además del Cristianismo apostólico, se habían desarrollado otras tendencias que veían a Jesucristo no como el Verbo encarnado, el Hijo de Dios, sino solamente como un “puente” para poder alcanzar a Dios. Estas visiones diferentes de Jesucristo, que no reflejaban la creencia original del siglo I, habían sido confutadas a partir de Ireneo en el siglo II, pero nunca combatidas con la violencia. Para Constantino, estas disputas sobre la verdadera esencia del Cristianismo eran una amenaza para la estabilidad del imperio. Para gobernar hacía falta una sola fe, no importa que fuera un híbrido entre creencias cristianas originales, un parcial retorno al Antiguo Testamento (Agustín de Hipona, en el siglo sucesivo, avalaría la guerra justa, ver nota 8) y sincretismo con religiones solares (culto al Sol Invictus). Los cristianos heréticos, como en el caso de los arrianos, tenían que ser silenciados y combatidos a toda costa.
La controversia principal empezó entre Alejandro, el obispo de Alejandría de Egipto y Arrio, un presbítero de Alejandría. Arrio, contradiciendo las escrituras, sostenía que el Hijo de Dios no podía tener la misma naturaleza del Padre. Por tanto, para Arrio, el Hijo de Dios no podía ser coeterno con el Padre.
Constantino decidió, por tanto, que debía llevarse a cabo un concilio de obispos en Nicea (actual Turquía), con el fin de decidir de una vez por todas cuál era la creencia cristiana original y darle el estatus de doctrina.
El mismo Constantino presidió el Concilio, en el cual participaron más de 300 obispos del oriente y del occidente. El mismo Constantino propuso la redacción de un “Credo” donde se indicara la creencia cristiana y la doctrina de la consustancialidad encerrada en la palabra griega “homoousios”, término que traduce “de la misma sustancia”. Esta decisión de declarar al Padre y al Hijo de la “misma sustancia” concordaba exactamente con la escrituras del Nuevo Testamento, aunque el término “homoousios”, si bien no aparece en las sagradas escrituras, fue incluido en el “Credo Niceno”, al cual fue dada una importancia máxima, casi comparable a las escrituras. Con el Concilio de Nicea, por tanto, se había creado un precedente, en el sentido que se había “agregado” algo a la creencia original escrita en el Nuevo Testamento. Es como si se hubiera aceptado que existe una creencia esencial, sin la cual no podemos salvarnos, que no se expresa en modo específico en la escritura.
La mayoría de los obispos sancionó la consustancialidad del Padre con el Hijo y la preexistencia del Hijo (como se deduce del Evangelio de Juan). Los más notables fueron Alejandro de Alejandría, Eustacio de Antioquía, Atanasio, Marcelo de Ancira (Ankara). Cinco obispos, entre los cuales Arrio, se habían negado a firmar el Credo Niceno (9).
Lo que importa es la actitud agresiva del emperador, quien decretó:

Si se encuentra algún tratado de Arrio, que sea quemado, de manera que no solo su doctrina corrupta sea eliminada, sino que tampoco quede ningún recuerdo de la misma. Por tanto decreto que si alguien es sorprendido ocultando un libro de Arrio y no lo presente a las autoridades para quemarlo, se le dé la pena de muerte. (10).

A ese punto se había llegado: quien no aceptaba el Credo Niceno y quien ocultara libros de Arrio tenía que ser condenado a muerte. Una posición no precisamente evangélica.
Constantino, además, pensó que la Iglesia debía ser organizada bajo el modelo del imperio romano. De este modo, según Constantino, sería más fuerte y se evitarían escisiones futuras. Por tanto, a cada obispo se le daba una diócesis (del griego: διοίκησις, unidad administrativa del imperio romano).
Con el tiempo, el poder de los obispos metropolitanos, o sea los obispos de las ciudades principales del imperio, creció notablemente. Ningún obispo nuevo podía ser nombrado sin el permiso del obispo metropolitano.
Resumiendo, con el Concilio de Nicea se puso fin a la independencia de las congregaciones individuales. De ahora en adelante, cualquier cambio o añadidura a la doctrina, podía difundirse rápidamente por todas las Iglesias. En práctica, se había establecido una jerarquía piramidal, en cuya cima estaba la Iglesia de Roma, mientras antes, hasta el 313 d.C., había habido varias Iglesias, ninguna sin embargo sujeta a las demás. De un solo golpe cayeron el tercer y el cuarto muro defensivos del Cristianismo antiguo.
Inmediatamente después de Nicea se tuvo un gobierno conservador. Era evidente que algo había cambiado, pero ya la Iglesia, en vez de revolucionar el mundo (Hechos de los Apóstoles 17, 6) se estaba dejando absorber por él. Los conservadores, que veían el cambio como un error, habían notado que en el Credo Niceno se habían utilizado palabras que no estaban presentes en las escrituras, como “homoousios”. Un personaje importante de este período fue Anastasio, que fue obispo de Alejandría de Egipto, del 328 al 373 d.C.
Fue justamente Anastasio quien se opuso al movimiento conservador, el cual basaba su creencia más sobre las escrituras que sobre el Credo. Aparentemente, Anastasio, defendiendo el Credo, quería preservar la fe original de los primeros cristianos apostólicos, pero luego el Credo se volvió tan importante como las escrituras, siendo, según Anastasio, inspirado por Dios.
En realidad, el propósito de Constantino, o bien el de unificar la Iglesia en una sola creencia y anular las disputas teológicas, falló.
Fue justamente después de Nicea cuando se multiplicaron las divisiones entre las diversas corrientes cristianas. En efecto, la controversia arriana no terminó en lo absoluto con el Concilio de Nicea. Uno de los obispos arrianos más destacados, Eusebio de Nicomedia, quien fue obispo de Constantinopla del 339 al 341 d.C., obtuvo un gran prestigio cuando bautizó a Constantino a punto de morir, en el 337 d.C. Siguieron varios concilios menores y disputas teológicas sobre la consustancialidad del Padre y del Hijo. Pocos años después, a las disputas sobre la consustancialidad del Padre con el Hijo se agregaron también las de la naturaleza del Espíritu Santo, cuya Divinidad era negada por el obispo Macedonio de Constantinopla (342-360 d.C.).
En el 381 d.C. hubo otro Concilio de obispos, esta vez en Constantinopla. Fue el emperador Teodosio quien lo convocó en el 381 d.C. con el objetivo de reunificar las diferentes controversias doctrinales que amenazaban la Iglesia y, por tanto, indirectamente, al imperio.
La principal decisión del Concilio de Constantinopla fue la proclamación del Credo Nicenoconstantinopolitano. Al Credo Niceno se agregaron algunas frases (en negrilla), entre las cuales la más significativa fue:

Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo

Con esta frase, reiterando la Divinidad del Hijo y del Espíritu Santo, se condenaba a los arrianos y a los secuaces de Macedonio.
Además, al Credo Niceno se le agregó la frase:

se encarnó en el seno de la Virgen María

Con la introducción del nombre de María, se pusieron las bases para las sucesivas disputas teológicas sobre la naturaleza de la madre de Jesucristo, que lentamente abrieron el camino a nuevos y ulteriores dogmas, decretados luego en el Concilio de Éfeso del 431 d.C.
Era el dominio de la teología. Pero la teología, aun teniendo su importancia, si se vuelve central, desvía al creyente de una vida de fe, caridad y esperanza. En práctica, muchos cristianos daban aprobación a un Credo, pero en esencia ya no estaban dispuestos a cambiar sus vidas por Jesucristo. En práctica, lentamente se daba más importancia a la teología cristiana que a la vida cristiana. En el curso del siglo IV las discusiones de teología eran cotidianas, pero desde entonces la Iglesia no ha visto un solo año totalmente libre de cuestiones teológicas. Tan solo un siglo después del Concilio de Nicea, ya no era suficiente conocer la Biblia para poder ayudar a una persona a acercarse al mensaje de Jesucristo. Era necesario estudiar los escritos de los Padres de la Iglesia y los decretos de los diversos concilios. En práctica, ya no era importante tener un conocimiento profundo de la Biblia, sino que era necesario saber lo que la Iglesia había decretado. Esto llevó con el tiempo a considerar la Biblia como un libro peligroso. En efecto, en 1229, en el sínodo de Tolosa se prohibió la posesión de la Biblia a los laicos.
En ese momento hubiera sido necesario un predicador como Pedro o como Pablo de Tarso para devolver la frescura propia del mensaje apostólico, y en cambio llegó un gran filósofo, quien sin embargo estaba al servicio del híbrido constantiniano, ajustándose perfectamente a aquel tipo de arquitectura social: Agustín de Hipona.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Foto: el emperador Costantino.

Notas:
1-Cipriano – On the Lapsed and Commodianus Instruction on Christian discipline: idioma italiano: “E a questo punto sono indignato per la evidente follia di Stefano che si vanta del suo vescovato e afferma che ha la successione di Pietro, sui quali furono poste le fondamenta della Chiesa".
2-Eusebio, la vita di Costantino, 1, cap. 28
3-Eusebio, la vita di Costantino, 3, cap. 1
4-Eusebio, Storia ecclesiastica 10, 4, 36
5-Socrate scolastico, Storia della Chiesa, tomo 2, cap. 13
6-http://www.newadvent.org/fathers/26012.htm
7-Eusebio, Costantino, tomo 3, capitoli 64-65
8-Esta es una citacion (en idioma italiano) de Agustìn en su escrito "Contro Fausto Manicheo" Libro 22, 74: "Cosa infatti si biasima nella guerra? Forse il fatto che muoiano quelli che sono destinati a morire, perché i destinati a vivere siano sottomessi nella pace? Obiettare questo è proprio dei paurosi, non dei religiosi. Il desiderio di nuocere, la crudeltà della vendetta, l'animo non placato e implacabile, la ferocia della ribellione, la brama di dominare e simili: è questo che a ragione si biasima nelle guerre. È soprattutto per punire a buon diritto simili cose che le guerre vengono intraprese dai buoni, per ordine di Dio o di qualche altro potere legittimo, contro la violenza di chi si oppone, quando essi vengono a trovarsi in una congiuntura delle umane vicende tale che la situazione stessa li costringe giustamente o a ordinare qualcosa di simile o ad eseguirlo". (http://www.augustinus.it/italiano/contro_fausto/index2.htm)
9-Socrate scolastico, Storia, tomo1, cap. 8
10-Socrate scolastico, Storia, cap. 9
11-Gibbon, il declino e la caduta dell’impero romano, 252

viernes, 18 de marzo de 2016

La influencia del darwinismo y de la teosofía en la sociedad occidental: la filosofía nueva era


El 24 de noviembre de 1859 fue publicado en Londres el libro de Charles Darwin El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. La teoría expuesta en el libro estaba basada en el concepto de que las diferentes especies animales evolucionan en el tiempo a través del proceso de selección natural. A partir de esta teoría se desarrolló, en los años sucesivos, la filosofía conocida como darwinismo social.
El 17 de noviembre de 1875 fue fundada en Nueva York la Sociedad Teosófica. Los principales socios fundadores fueron Helena Petrovna Blavatsky, Herny Steel Olcott y William Quan Judge.
Aparentemente, estos dos acontecimientos no están relacionados entre sí. Sin embargo, la difusión a gran escala de estas filosofías, que están en cambio interconectadas, influenció todo el mundo occidental, dando inicio incluso a nuevas corrientes de pensamiento (la nueva era).
Analicemos brevemente la teoría de la evolución y la consiguiente filosofía darwinista, para luego concentrarnos en la filosofía teosófica y en sus derivaciones.
Primero que todo, hay que poner en evidencia que hoy en día, a más de ciento cincuenta años de la publicación del libro de Darwin, la teoría de la evolución sigue siendo una teoría no comprobada.
Veamos el porqué: esta teoría está basada en el absurdo concepto de la generación espontánea. Por una increíble secuencia de casualidades se habría originado la vida, de la nada, de la materia inerte y, por tanto, del ser unicelular se habrían originado, también casualmente, todos los animales, hasta llegar al ser humano, que sería “solo” un animal más desarrollado, con más inteligencia que los otros. Del caos, entonces, se habría generado el orden, por medio de la casualidad. No obstante, de acuerdo al segundo principio de la termodinámica, existe una tendencia a pasar del orden al desorden, y no viceversa. De la materia inerte no se puede generar vida en modo casual. Se han hecho experimentos para intentar demostrar que uniendo átomos de carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno, y agregando luego descargas eléctricas, se podrían generar algunas moléculas elementares, pero hasta ahora no han dado ningún resultado. Se han producido algunos aminoácidos, pero no proteínas. Y, además, el paso casual de la proteína a la célula dotada de membrana es inconcebible.
Según los evolucionistas, la vida habría nacido de los elementos inertes producidos después del Big Bang. Sin embargo, esta hipótesis es contraria a la ley de la biogénesis de Pasteur, que sostiene que la vida puede nacer solamente de la vida, y no de la materia inerte. Algunos evolucionistas sostienen “por fe” que la generación espontánea sucedió solo una vez, hace miles de millones de años. Pero ninguno de ellos ha probado que ocurrió y ninguno ha explicado por qué no puede acaecer otras veces.
El mensaje central del libro de Darwin, que hasta el día de hoy no está todavía demostrado científicamente, es que luego de mutaciones casuales, algunos animales se adaptan mejor que otros al ambiente circunstante y, en el curso del tiempo, se transforman, originando nuevas especies.
Pero la selección natural, o bien, la supervivencia del mejor, del más adaptado, no produce nuevas especies. Hay una gran diferencia entre “adaptación”, “mutación genética” y “evolución de la especie en otras especies con patrimonio genético diferente”.
Hasta ahora, la mutación genética es el único mecanismo que algunos científicos evolucionistas han propuesto para llegar al cambio evolutivo, prácticamente para explicar que de la sola molécula se llegó al ser humano. No obstante, la mutación genética es un evento raro, y no ha sido comprobado que produzca nuevo patrimonio genético.
Muy pronto, de esta teoría científica no comprobada, se originó una nueva corriente de pensamiento filosófico, el “darwinismo social” (1879), divulgado principalmente por Herbert Spencer. Esta filosofía está basada en el concepto de que la lucha por la vida fundamentaría las sociedades humanas. Por tanto, la “supervivencia del más apto” sería un concepto aplicable no solo al reino animal, sino también al hombre, siendo el hombre, en la visión darwinista, un animal desarrollado.
La Iglesia Católica se opuso a este concepto de inmediato, resaltando que, según el Cristianismo, todos los hombres son iguales frente a Dios, ya que Jesucristo murió en la cruz para la salvación de todos y que las diferencias de clase y de censo deberían ser reducidas, no consideradas como base de la competencia entre los hombres.
Por desgracia, el concepto de la afirmación del más adaptado se desarrolló ampliamente en la sociedad occidental e influenció a personas como Francis Galton, el patrocinador de la eugenesia, o sea la ciencia que se ocupa de “mejorar la raza humana” (concepto luego retomado por los nazistas).
El darwinismo social se difundió entonces como una teoría que basaba una legitimación de la “raza pura” y, por tanto, la afirmación de un poder político ideologizado y totalizante.
A partir de principios del siglo XX, el “darwinismo social”, junto a la filosofía teosófica, sirvió de sustrato para la difusión de la ariosofía, del misticismo nazista y del neopaganismo, conceptos que dieron luego origen al ascenso del nacionalsocialismo. 
Regresemos ahora al siglo XIX. En 1875 se funda en New York la Sociedad Teosófica. En realidad, la palabra “teosofía” es muy antigua e indica un recorrido sapiencial a través del cual se podría llegar a Dios.
En efecto, ya en el siglo II d.C., el gnosticismo cristiano era una forma de teosofía. El gnosticismo no era una fe original, sino una adaptación de la visión gnóstica del acontecimiento de Jesucristo. Los gnósticos del siglo II d.C. creían que la salvación no se alcanzaba a través del arrepentimiento de los propios pecados y a través de la fe en Jesucristo, sino que creían que se podían unir con Dios a través de la gnosis, o bien, con el conocimiento. El gnosticismo tenía, por tanto, una característica iniciática no abierta a todos y una diversa concepción cristológica, ya que, según los gnósticos, el Verbo (Dios) no podía haberse hecho carne, sino que se manifestó en el espíritu mostrando un aparente cuerpo material. La visión gnóstica, por tanto, no fue una fe original, sino una adaptación de los conceptos gnósticos aplicados al Cristianismo.
También después del Renacimiento algunos filósofos teosóficos sostenían que el único modo de alcanzar a Dios era a través del conocimiento y no a través del arrepentimiento de los propios pecados y de la fe en Jesucristo. No obstante, estas ideas eran combatidas por la Iglesia Católica desde el principio y, por tanto, tuvieron poca difusión. Fue después la Ilustración, o sea en el siglo XIX, cuando las ideas gnósticas, esotéricas y teosóficas se desarrollaron e iniciaron a afirmarse.
En el siglo XIX empezó a difundirse, sobre todo con el pensamiento de la ocultista ruso-americana Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891), la idea de que todas las religiones tienen un origen común. Hay que resaltar que H. P. Blavatsky estaba afiliada a la Masonería. H. P. Blavatsky afirmó haber viajado a Asia, particularmente a India y al Tíbet, donde habría conocido a los “maestros de la enseñanza antigua”. Fue indudablemente influenciada por las religiones indias y, a su regreso a Occidente, efectuó un sincretismo entre ellas y las religiones abrahámicas. Blatavsky sostuvo que el Cristianismo sería un obstáculo para alcanzar la Verdad y difundió los conceptos de autodeificación y reencarnación.
La teosofía es, por tanto, una filosofía esotérica que llevaría al hombre al verdadero conocimiento de Dios a través de la sapiencia. Esta filosofía es entonces muy distinta al Cristianismo, en cuya base están la humildad, el arrepentimiento de los propios pecados y la fe en Jesucristo, con el fin último de alcanzar la salvación.
Otro concepto básico de la teosofía, que está muy bien ilustrado por el símbolo de la sociedad teosófica, es la asimilación de diferentes creencias, todas consideradas “verdaderas”. El símbolo teosófico está, en efecto, formado por la esvástica (a su vez símbolo de hinduismo, budismo y jainismo), por la estrella de David (símbolo del judaísmo), por la cruz ansada (símbolo axial proveniente del antiguo Egipto), por el Om (símbolo de hinduismo, budismo y jainismo, pero también de sikhismo), todos rodeados por el Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola, el eterno retorno, que es un símbolo, en las culturas preabrahámicas, pero también en las culturas indígenas suramericanas, de la vida, del eterno regenerarse.
La teosofía, por tanto, está basada en el concepto relativista por el cual se sostiene que todas las religiones son iguales, y que la Verdad está en todas las diferentes creencias. Según este concepto, todas las religiones serían verdaderas, porque todas predican el amor y la paz.
Sin embargo, las religiones no son todas iguales; al contrario, cada una es distinta de las otras.
Por ejemplo, en las religiones orientales predominan conceptos diversos de los expuestos en el Cristianismo, como el del nirvana, la unión con el absoluto, o el concepto mismo del panteísmo, o sea de un dios que está en todas las cosas.
Es así como empezamos a entender que para el Deísmo, uno de los conceptos básicos de la Masonería, Jesucristo sería asimilable a Krishna, Buda o Zoroastro y, por tanto, a un sabio, un grandísimo filósofo y pensador, o quizás el más grande de todos, pero humano al fin y al cabo y no, como en la creencia cristiana, el “Salvador del Mundo”, el “Verbo”, o sea “Dios Hijo”.
Además, con el difundirse de la filosofía teosófica se empezó a afirmar la idea neoplatónica de la metempsicosis, que coincidía sustancialmente con el concepto de la reencarnación de las almas en las creencias budistas e hinduistas.
Es menester recordar que en 1872 fue publicado Moral y dogma del antiguo y aceptado rito escocés del americano Albert Pike, la obra principal de la Masonería, que influenció a la esotérica H. P. Blavatsky y a todo el pensamiento relativista del siglo XX.
Vemos entonces cómo al principio del siglo XX se creó un terreno fértil para la difusión de ideas masónicas e iniciáticas, que contemplaban la negación del Cristianismo y consideraban a Jesucristo como un sabio, pero no como la encarnación del Verbo. Otros filósofos divulgaron estas ideas a principios del siglo XX, como por ejemplo el esotérico austríaco Rudolf Steiner (1861-1925), fundador de la antroposofía; el masón francés René Guénon (1886-1951) y el ocultista ruso George Gurdjieff (1877-1949).
Después del fin de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética se afirmaron como las únicas superpotencias mundiales. Se abría un período de oro para el desarrollo de la ciencia y de la tecnología. La energía nuclear había sido dominada, nuevos aviones a reacción habían sido construidos, nuevos misiles abarcarían pronto la inmensidad del espacio cósmico y nuevas medicinas resolverían el problema de las enfermedades, derrotando el sufrimiento y el dolor. Parecía casi que el hombre hubiera alcanzado el dominio total sobre las fuerzas de la naturaleza. Desde 1930, en la Unión Soviética se había divulgado en las escuelas la teoría de la evolución de Darwin. La mayoría de los soviéticos ya era atea desde 1950. En las masas de campesinos y operarios se había instalado a la fuerza la frase del comunista Karl Marx: “La religión es el opio del pueblo”.
A partir de 1950, en la Unión Soviética, varios conceptos derivados del nihilismo desembocaron incluso en el supranaturalismo, o sea en la filosofía cosmista, basada en el concepto de que el hombre, a través de la ciencia, podría alcanzar la inmortalidad, resucitar a sus antepasados y colonizar el universo.
Prácticamente, el hombre podría convertirse en Dios. Es así como el viejo sueño gnóstico, el de la unión con Dios, sería puesto en práctica, en breve, pero no con la espiritualidad, sino con la técnica.
Sin embargo, en todo esto estaba una vez más la negación de Jesucristo y de su sacrificio hecho por nosotros en la cruz. En todo esto, el hombre, con su arrogancia máxima, afirmaba ser él mismo Dios, y daba la espalda a Jesucristo.
No obstante, más adelante, en 1991, con la caída de la Unión Soviética, el Cristianismo volvió a afirmarse y, por tanto, allí donde se pensaba que Jesucristo había sido derrotado, el verdadero vencido fue justamente Karl Marx y su ideología comunista.
Pero volvamos ahora al 1950/60.
Tanto en la Unión Soviética como en Occidente, a pesar de los desarrollos de la ciencia, la gente común no podía prescindir de la búsqueda espiritual. El concepto de “vida después de la muerte” y, por tanto, del alma, está tan radicado en los seres humanos que ni la suma de todas estas filosofías antirreligiosas logra erradicarlo por completo. Fue así como a partir de 1970 se difundió en los Estados Unidos un movimiento cultural denominado “nueva era”.
El origen del movimiento nueva era se puede reconocer tanto en la afirmación de la filosofía darwinista como en la filosofía teosófica. Primero que todo, es justamente el término “evolución” el que inicia a impregnarse en lo profundo de la sociedad occidental.
La teoría de la evolución se enseña en las escuelas y los niños son adoctrinados no solo para creer que dicha teoría es en todo y por todo cierta, sino que incluso son inducidos indirectamente a asumir el concepto de “evolución” personal y, por tanto, también espiritual, en sus vidas presentes y futuras. Todo gira alrededor de una supuesta evolución de la cual todos deberemos hacer parte. Es así como el concepto de evolución espiritual y superación personal se amalgaman muy bien con los conceptos expresados en la filosofía nueva era. Según los defensores de la nueva era, el sol, según la ley de precesión de los equinoccios, estaría por pasar del signo piscis al de acuario. Es así como iniciaría una “nueva era”.
La nueva era es reconocida como un conjunto de filosofías, muchas de las cuales derivan de religiones orientales, que son sincretizadas y oportunamente occidentalizadas. El sustrato masónico y teosófico permite considerar que la verdad está en cada una de estas tendencias. Pero, como hemos visto, la Verdad por definición no puede estar en filosofías y religiones opuestas entre ellas, de manera que ya aquí identificamos una fuerte contradicción.
La nueva era retoma el antiguo concepto gnóstico y oriental por el cual el alma individual, presente en cada uno de nosotros, haría parte del alma universal. Con la superación del sí mismo y con oportunas técnicas de evolución espiritual, ¡cada uno de nosotros podría llegar a ser Dios!
La nueva era se presenta como un conjunto de corrientes gnósticas y panteístas. El universo estaría dominado por una fuerza, a veces denominada “energía cósmica”. Para alcanzar esta energía, unirse con ella, es necesario elevarse y, por tanto, evolucionar a través de la mediación de algunas fuerzas espirituales menores. El hombre, para la nueva era, no fue creado por Dios con una acción directa, sino que sería el fruto de una constante evolución. Ya aquí se observan muchos puntos contrarios al Cristianismo. La concepción evolucionista del hombre, derivada de influencias darwinistas, incita a la arrogancia, que lleva al clasismo y al esoterismo. Solo los iniciados serían los puros, que alcanzan la unión con Dios o con la energía cósmica. La salvación no sería en este caso una posibilidad ofrecida a todos, sino solo a los sapientes. En el Cristianismo, en cambio, no es el hombre quien debe evolucionar para alcanzar a Dios, sino que es Dios quien se hizo carne para venir a salvar al hombre. Los dos conceptos son, por tanto, opuestos.
En lo que concierne al pecado, muchos secuaces de la filosofía nueva era sostienen que no existe. Como Dios no es, en la visión de la nueva era, un ser personal, no existe un “pecado contra Dios”, sino solamente un no-perfecto conocimiento del Absoluto. En la nueva era habría una auto-redención, pero no se explica, sin embargo, como podría un pecador purificar su pecado. Tomemos como ejemplo a un asesino. En ningún modo puede devolver a la vida a la persona que mató. Puede demostrar arrepentimiento con los parientes de la víctima, dedicarse a ellos toda la vida para buscar compensar su acto, pero no podrá nunca devolver a la vida a quien asesinó. Según la filosofía nueva era, el sujeto que cometió homicidio podría alcanzar un perfecto conocimiento de sí mismo, y solo así podría purificarse del pecado. Pero el asesinado permanece asesinado. Y, por tanto, en la nueva era, nadie puede expiar realmente un pecado.
Con el Cristianismo, en cambio, es Jesucristo quien expió nuestros pecados en la cruz. Por tanto, creyendo en él y en su sacrificio expiatorio, el hombre obtiene el perdón de sus pecados y la salvación.
Otros secuaces de la nueva era que persiguen filosofías orientales como el budismo y el hinduismo sostienen que el pecado se purifica con la reencarnación de las almas. Pero tampoco la creencia en la reencarnación resuelve el problema del mal. En efecto, según la ley del karma, quien asesinó, en la próxima vida reencarnará en una persona que será a su vez asesinada. Solo así pagará por haber cometido un pecado. Pero para poder ser asesinada, esa persona necesita a su vez de un nuevo asesino. De manera que la reencarnación, en vez de resolver el problema del mal, lo multiplica al infinito.
En la nueva era se difunden las religiones y las filosofías orientales, como justamente el budismo, el hinduismo, el tao, el yoga, el zen, el tantra, el reiki, el feng-shui y la meditación trascendental, pero también conceptos más occidentales como la antroposofía, el espiritismo y el neopaganismo, y también religiones nuevas como la cienciología, el credo ufológico y los raelianos. Según las creencias de la nueva era, cada una de estas tradiciones puede conducir a la iluminación, a la unión con la energía cósmica, con la fuerza que invade el universo.
Sin embargo, esta energía cósmica es concebida a menudo en contraposición a Dios Padre, visto como patriarcal y Trascendente.
Mientras en el Cristianismo Dios es Trascendente, en la nueva era, la energía universal está presente en el inmanente e invade al universo. En el panteísmo de la nueva era “todo es dios”. Pero si todo es dios, nada es dios.
Para los secuaces de la nueva era, quien sabe canalizar esta supuesta energía divina hacia sí, alcanza la iluminación o perfecto conocimiento y podría entonces unirse con la energía cósmica. Esta energía divina es a menudo llamada “energía crística”: Cristo es, por tanto, cualquiera que obtenga esta energía cósmica y la sepa canalizar.
Para el Cristianismo, Jesucristo es el Verbo (Dios encarnado), muerto en la cruz para quitar el pecado del mundo, y resucitó al tercer día venciendo el pecado y la muerte.
En la nueva era, Jesucristo es degradado a un gran sabio, una persona que supo concentrar en sí “la energía crística”. Para la nueva era, Jesús de Nazaret no era “el Cristo”, sino solo un gran sabio, a la par que Krishna, Buda y Zoroastro.
Ahora entonces nos damos cuenta de cómo la nueva era, derivada principalmente de la teosofía, tomó varios conceptos de la Masonería, del Deísmo y de las religiones orientales, sincretizándolos y mostrándolos como originales, cuando no lo son. Y desde este momento podemos afirmar que la nueva era no puede tener nada que ver con el Cristianismo, ya que lo niega en su esencia.
La nueva era se identifica también con movimientos ecológicos actuales que utilizan términos como “madre tierra”, “madre naturaleza”, “gaya” o “pachamama”, para subrayar que la naturaleza tendría una mente. Según este concepto, la tierra misma, concebida en su totalidad, estaría interconectada o podría responder a estímulos o ataques externos. Por tanto, la tierra, y con ella la naturaleza, tendría una mente.
No obstante, la naturaleza no puede tener una mente, ya que es un conjunto de elementos que no demuestran inteligencia. La naturaleza no puede ser la “causa primera”.
La “causa primera” es, por definición, la entidad que nadie creó, que existe desde siempre y que dio origen a todo lo creado.
Otra característica de la nueva era es la negación de las diferencias. El bien y el mal, como por otra parte lo masculino y lo femenino, no servirían más y serían conceptos superados. Lo humano se fundiría con lo divino, el alma con el cuerpo, y lo inmanente con lo Trascendente. Notemos que la nueva era se ajusta muy bien a la sociedad actual, individualista y enfocada en la elevación del propio yo. La nueva era se integra también en la cultura global que varios grupos de poder quieren imponer en la sociedad occidental. En la nueva era cada uno puede hacerse una espiritualidad propia. Como en esta óptica no existe el concepto de un Dios personal, no existe el concepto de pecado, y por tanto, es avalada la eliminación de las normas éticas que basan el Cristianismo. Por ejemplo, se avalan el aborto, la eutanasia, las uniones entre homosexuales e incluso la adopción de niños a parejas homosexuales, además de prácticas abominables como el alquiler de vientre (subrogación gestacional) y la negación de las diversidades sexuales (estudios de género). Se va incluso más allá, y reconectándose con el cosmismo, tan en boga en la posguerra soviética, se empieza a hablar de eugenesia y transhumanismo, que llevarían a una restringida élite de personas a buscar incluso la inmortalidad, creyendo poder ponerse en el lugar de Dios.
En definitiva, la nueva era, que hunde las propias raíces en los conceptos gnósticos, masónicos y teosóficos, no puede coexistir con el Cristianismo. Para el cristiano, Jesucristo es el único camino hacia el Padre:

Le dijo Jesús: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Evangelio de Juan 14:6)

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Foto: una persona camina en un laberinto, utilizado en cultos de la nueva era.
By JamesJen - Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7135938