miércoles, 16 de noviembre de 2016

La línea de la fe


No es una novedad que haya personas no creyentes. Ya desde los años inmediatamente posteriores a la vida terrena de Jesucristo, había personas que no creían que Él era realmente el Hijo de Dios. La tarea de nosotros los cristianos no es la de forzar a los otros a creer. Nosotros debemos solo dar testimonio, en diferentes modos, del Evangelio de Jesucristo. Nuestro testimonio debe ser tranquilo, cortés, humilde, pero firme. Con nuestro testimonio lograremos acercar a las personas a Jesús, y lograremos acercarlas a “la línea de la fe”. Lo que no podremos es hacer que una persona crea. Esto es imposible por parte del hombre. La verdadera conversión, según las palabras de Juan (1, 12-13), viene directamente de Dios, o sea, es obra del Espíritu Santo:

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Sin embargo, como acabo de escribir, nuestra tarea es testimoniar el Evangelio. Pero hoy hay gente que no quiere escuchar el Evangelio, porque tiene prejuicios sobre Jesús o sobre los primeros cristianos y, por tanto, se pone a la defensiva. Analicemos brevemente estos prejuicios y demostremos su falta de fundamento.
Antes que nada, siguiendo al liberalismo, muchas personas hoy creen que Jesús fue un gran “sabio”, una persona de altísimo valor moral que predicó el bien y que tuvo varios secuaces. Prácticamente lo reconocen como una persona iluminada, un gran filósofo o “el sabio más grande de todos los tiempos”. Otros, siguiendo esta línea, consideran que Jesús era un “predicador apocalíptico”.
Esta interpretación es fácilmente demolida no solo por la Biblia, sino sobre todo por la lógica. Primero que todo, veamos este punto: si Jesucristo hubiera sido “solo” un “gran sabio”, no habría resurgido de entre los muertos al tercer día. Entonces ninguno de sus secuaces habría divulgado su Resurrección, arriesgando la vida tanto frente al poder sacerdotal judaico como frente al poder romano. ¿Qué habrían ganado los secuaces de Jesús divulgando una mentira sabiendo que divulgaban una mentira? Nada.
Además, el mensaje central del Evangelio no es solo amor, sino que es salvación. De las fuentes bíblicas e históricas en nuestro poder, se deduce que desde los años inmediatamente siguientes a la vida terrena de Jesús, los Apóstoles y otros secuaces de Cristo predicaron que solo a través del arrepentimiento de los propios pecados y la fe de que Jesús murió en la cruz para perdonar todos los pecados se puede acceder al Padre. En práctica, ellos predicaron que solo a través de Jesús se puede obtener la vida eterna (Evangelio de Juan 14, 6). Además, los primeros cristianos bautizaban en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Evangelio de Mateo 28, 19), demostrando que creían en la Trinidad y, por tanto, que consideraban que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La mayoría de los primeros cristianos fue al martirio incluso por no negar la Resurrección de Jesús en la carne y su plena Divinidad.
Todos los Apóstoles, excepto Juan, murieron mártires. Y, además, Esteban, Pablo, Bernabé, Santiago el Justo, Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía, Justino Mártir y otros también murieron en el patíbulo, culpables de no haber renegado de la Divinidad de Jesucristo.
En este punto alguien podría objetar que la Resurrección misma no fue un evento real, sino que los Apóstoles se convencieron de haber vuelto a ver a Jesús, su maestro, y divulgaron su Resurrección. En mi artículo “Consideraciones sobre la Resurrección de Jesucristo” analicé varias hipótesis sobre la Resurrección. Por ejemplo, que el cuerpo de Jesús haya sido sacado de la tumba o que los Apóstoles hayan tenido alucinaciones colectivas.
Analicemos el primer punto: primero que todo hay que recordar que la ley judía prohibía expresamente abrir los sepulcros (si no era para depositar otros muertos) y castigaba con la muerte el hurto de cadáveres; por tanto, la hipótesis de que alguno de los secuaces de Jesús haya realmente extraído el cuerpo es, desde un punto de vista histórico, remota. Los Apóstoles mismos no habrían ganado nada divulgando una mentira que ellos mismos habrían inventado. Al contrario, se habrían arriesgado a la muerte. Incluso si uno de los Apóstoles, por absurdo, hubiera extraído el cuerpo, la verdad hubiera salido a la luz, y nadie habría divulgado una mentira, poniendo en riesgo la vida. Está excluida la posibilidad de que los sacerdotes judíos o los soldados romanos hayan extraído el cuerpo, justamente porque no tenían ningún interés en alimentar el mito de que Jesús había resurgido de entre los muertos.
También la hipótesis de la alucinación colectiva debe descartarse. Los estudiosos de fenómenos de alucinación sostienen que normalmente las alucinaciones se verifican a través de uno de los cinco sentidos. Por tanto, se pueden verificar alucinaciones visuales, olfativas, auditivas, táctiles e incluso gustativas. Es rarísimo, sin embargo, que el fenómeno de alucinación se manifieste en modo completo, o sea, viendo, escuchando y tocando “a alguien o a alguna cosa”: Además, todavía más difícil es que una alucinación se manifieste en varias personas al mismo tiempo.
Pero las apariciones de Jesús no tuvieron lugar en un solo evento. Hubo varias, y en diferentes lugares. Además, los Apóstoles, luego de las apariciones, no dieron signos de delirio o locura, sino que vivieron de forma dócil, calma y tranquila, divulgando con firmeza la Buena Nueva.
Por otro lado, el hecho de que ninguno haya contradicho a los demás es otro indicio de que lo que vieron era verídico. Además, el hecho de que los primeros cristianos estuvieran dispuestos incluso a morir con tal de no renegar de Jesucristo es una ulterior prueba de la veracidad de las apariciones.  Ninguno de ellos hubiera ido a morir si no hubiera estado más que seguro de que quien se le apareció después de la Resurrección era justamente Jesús, en carne y hueso, recordando obviamente que este evento había sido anunciado por él, mientras estaba en vida. Además, hay un hecho por considerar: si la teoría de las alucinaciones fuera verdadera, debería ser verdadera también la teoría de la extracción del cadáver de Jesús de la tumba. En este punto, los escépticos de la Resurrección deben conciliar varios hechos para negar que la Resurrección sucedió realmente: deben, de hecho, asumir que el cuerpo de Jesús fue robado (teoría que, como vimos, es, desde un punto de vista histórico, remota) y que al mismo tiempo todos los Apóstoles, además de María Magdalena, los discípulos de Emaús, Santiago el Justo y luego Pablo de Tarso tuvieron alucinaciones en grupo por más de una vez. Considerando, de hecho, que en el Nuevo Testamento hay descritas al menos doce apariciones diferentes entre ellas (excluyendo el Apocalipsis), resulta altamente improbable que hayan sido todas debido a alucinaciones, incluso teniendo en cuenta que durante los años sucesivos ninguno de los Apóstoles dio signos de esquizofrenia o delirio.
Vemos, por tanto, que la teoría de Jesús como un “gran sabio” cae justamente por el comportamiento de los Apóstoles. Si hubiera sido solo “un gran sabio”, ninguno de ellos habría divulgado su Resurrección en la carne.
Analicemos ahora la teoría del Jesús revolucionario, partisano antiromano que habría combatido contra las injusticias con el fin de liberar a Israel del yugo de los romanos. Primero que todo, podemos confutar esta teoría con la primera argumentación: si Jesús hubiera sido solo un partisano antiromano, ninguno habría divulgado su Resurrección. Pero hay más: si Jesús hubiera sido un partisano antiromano que quería generar una revuelta para liberar a Israel, sus secuaces, después de su muerte, habrían difundido ideas revolucionarias y violentas, pero la historia prueba que ellos divulgaron el Evangelio, o sea, amor hacia los enemigos y salvación para quien acepta el sacrificio de Jesús sobre la cruz.
El simple hecho de que los Apóstoles murieron como mártires desmiente la posibilidad misma de que Jesús fuera un revolucionario antiromano. El martirio, de hecho, era un acto pacífico y no violento. Ellos preferían morir en vez de negar el nombre de Jesús y su Divinidad.
Si, en cambio, hubieran tenido como objetivo un complot antiromano, no se habrían hecho matar después de torturas atroces para no renegar la Divinidad de Cristo (como las infligidas, por ejemplo, a Bartolomé, que fue desollado vivo), sino que habrían renegado, salvándose la vida y desarrollando sus ideas de otra manera. También la teoría del Jesús partisano antiromano decae, por tanto.
Analicemos ahora brevemente la teoría islámica sobre Jesús. Según el Corán, Jesús fue solo un profeta de Dios, pero no la encarnación de Dios. Además, no murió en la cruz (Corán 4, 157-158) y, por tanto, no pudo perdonar los pecados del mundo. Obviamente, para los islámicos, Jesús no resucitó en la carne.
La teoría islámica sobre Jesús se confuta fácilmente con las citaciones históricas sobre la muerte de Jesucristo en la cruz; también y, sobre todo, con la lógica. Si, de hecho, Jesús no hubiera muerto en la cruz, no habría tampoco resucitado de entre los muertos. Nadie habría entonces divulgado su Resurrección, arriesgando la vida tanto frente al poder sacerdotal judaico como frente al poder romano.
Analicemos ahora la última teoría sobre Jesús, o sea la del “Jesús gnóstico”. Primero que todo, reconozcamos brevemente qué fue el gnosticismo cristiano del segundo siglo de nuestra era. La visión gnóstica de Basílides, Valentino y Marción no fue una fe original, sino una adaptación de conceptos gnósticos aplicados al Cristianismo, en fuerte contraposición con el Antiguo Testamento. Los gnósticos, viendo solo las negatividades del mundo terreno, o sea, el mal, el dolor y el sufrimiento, se las atribuyeron a YHWH, que identificaban con el demiurgo malo.
A Jesús, en cambio, no podían repudiarlo, porque su mensaje era grandioso y muchos estaban dispuestos a morir por él. Por tanto, efectuaron un sincretismo, adaptándolo a su creencia.
El “Jesús gnóstico”, por tanto, ya no era el descrito por los Apóstoles, que fueron quienes vivieron con el Salvador, sino que era el inventado e idealizado por los gnósticos. Aquel “Jesús gnóstico” no había sufrido en la cruz, ya que su naturaleza puramente divina le impedía sufrir y, por tanto, tampoco la Resurrección tenía sentido, era una alegoría. La importancia de la venida de Jesús era solo y solamente su acción de “puente” que habría podido llevar al hombre a la verdadera gnosis y, por tanto, a Dios. Resulta, de esta manera, un Jesús completamente falseado que no corresponde a los textos neotestamentarios.
Los gnósticos actuales, por lo general, reconocen a Jesús como una persona iluminada que fue capaz de encarnar en sí la “consciencia de Cristo” (a menudo utilizan el término “consciencia crística”, en perfecto estilo nueva era), y lo señalan como un puente para poder obtener la salvación. Declaran, además, que aceptan la Biblia como revelación de Dios, pero ninguno de ellos habla del pecado y del mensaje de salvación que Jesucristo dio. Repudian la Gracia que nos fue dada por Jesucristo con su muerte en la cruz y, por tanto, niegan el concepto de la “Muerte vicaria de Jesucristo”. Cuando se les hace observar que los Apóstoles predicaron el concepto de “muerte vicaria de Jesucristo” y el concepto de expiación de los pecados, sostienen que este pensamiento fue de Pablo de Tarso, pero no de los Apóstoles. Esta tesis es fácil de confutar. Primero que todo, las citas sobre la “muerte vicaria de Jesucristo” son numerosas no solo en las cartas de Pablo, sino también en los Evangelios y en otros libros neotestamentarios. En segundo lugar, es errado decir que Pablo de Tarso influenció a los otros Apóstoles y Evangelistas. Antes que nada, según algunos estudiosos, tanto el Evangelio de Mateo como el Evangelio de Marcos fueron escritos antes de las epístolas de Pablo. Para el estudioso J. Carmignac, el Evangelio de Mateo fue escrito en el 45 d.C., inicialmente en arameo. Además, según el estudioso O’Callaghan, uno de los fragmentos de los Rótulos del Mar Muerto sería parte del Evangelio de Marcos, y se remontaría incluso al 50 d.C.
Además, si antes del concilio de Jerusalén los Apóstoles se hubieran dado cuenta de que Pablo de Tarso sostenía tesis que no coincidían con el mensaje central de Jesucristo, el kerygma (o bien, Jesucristo nació de una virgen, por tanto es el Hijo de Dios, murió sobre la cruz para perdonar todos los pecados y resurgió al tercer día en la carne), lo habrían alejado e incomunicado y no le habrían permitido predicar la palabra del Señor.
En tercer lugar, las Epístolas de Pablo fueron dirigidas a las comunidades cristianas de los tesalonicenses, los corintios, los gálatas, los filipenses, los romanos, los efesios y los colosenses. Por tanto, estas cartas inicialmente no llegaron a las manos de otros Evangelistas, que entonces no habrían podido copiar su contenido. En cuarto lugar, hay que considerar que Pablo de Tarso no viajó a Egipto, ni a Bizancio (Constantinopla), ni a Armenia, ni a Etiopía, ni a Persia y mucho menos a India. Sin embargo, en aquellos lugares se difundió el kerygma desde el siglo I. ¿Quién difundió el kerygma en aquel territorio donde Pablo de Tarso no viajó? Los Apóstoles, naturalmente. Si Pablo de Tarso hubiera inventado algo, y si su prédica no hubiera coincidido perfectamente con la enseñanza de Jesucristo, habría resultado que en los lugares que cité se habría difundido algo distinto, mientras solo en las áreas visitadas por Pablo se habría difundido el kerygma, pero como sabemos, no fue así; por ejemplo, en Egipto se difundió el kerygma y el Cristianismo apostólico, exactamente igual al Cristianismo difundido por Pablo, y el primero que lo difundió fue el Evangelista Marcos. Y lo mismo para otros lugares que he citado: Andrés para Bizancio, Judas Tadeo y Bartolomé para Armenia, Tomás para India, etc.
Además, Pablo de Tarso fue al martirio para no renegar de lo que había escrito y dicho sobre Jesucristo. Naturalmente, las fuentes históricas sobre el martirio de Pablo de Tarso son numerosas.
Queda entonces demostrado que la doctrina de la “muerte vicaria de Jesucristo” es apostólica, o sea, fue divulgada por todos los Apóstoles y no fue una invención de Pablo de Tarso.
Por tanto, la visión gnóstica que no considera el Evangelio en su totalidad, o sea, descarta el pecado y el mensaje central de la predicación de Jesucristo sobre la salvación, resulta ser una fe falseada, acomodada a las exigencias de una tendencia de moda, que muestra un Evangelio de amor, pero no de salvación. Se descartan las partes del Evangelio que son mordaces y que resaltan el arrepentimiento de los propios pecados y la fe de que Jesús murió para expiarlos en nuestro lugar, y se detiene solo en el amor, la compasión y la misericordia.
Hemos visto entonces que cada una de estas cuatro teorías (a saber, Jesús como “gran sabio” o “predicador apocalíptico”, “Jesús revolucionario antiromano”, “Jesús islámico” y “Jesús gnóstico”) no tienen un fundamento sólido ni desde el punto de vista histórico ni desde el punto de vista lógico.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

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