domingo, 15 de noviembre de 2015

La antigua disputa entre el Cristianismo y el Gnosticismo


¿Qué interés hay hoy en estudiar el gnosticismo antiguo, una religión-filosofía que se opuso al Cristianismo hace unos 1900 años? Parecería una tarea de mero interés histórico y, sin embargo, tiene también un interés actual; me refiero a los cambios de época que se están llevando a cabo en nuestra sociedad.
Estudiando y profundizando en las antiguas tesis gnósticas podemos entender mejor el gnosticismo moderno que está en la base de corrientes filosóficas como la Teosofía, la New Age, la Masonería y la globalización.
El gnosticismo moderno fue influenciado por la Teosofía, la cual a su vez absorbió elementos de religiones orientales como el hinduismo.
Uno de los fundamentos del hinduismo, en efecto, es que el Yo, “atman”, alma individual o partícula de Dios, invade todo ser viviente y hace parte del “brahman”, o bien, del alma universal. En la base de este concepto está la posibilidad, para cada uno de nosotros, de unirse con el alma universal, o sea, con “Dios”, a través del “conocimiento” (la palabra gnosticismo deriva del griego “gnosis”, conocimiento). Es el concepto que basa el yoga, filosofía india que hace parte de las tradiciones hinduistas.
Este concepto, sin embargo, es opuesto al Cristianismo. Según la fe cristiana, en efecto, ningún ser humano tiene “una partícula de Dios en su interior”, y la salvación se alcanza a través de la humildad y no a través del conocimiento.
Particularmente, la doctrina enseñada por Jesucristo afirma que, para salvarse, el hombre debe arrepentirse de sus pecados, confesarlos y creer en Jesucristo, o sea, creer que su sangre quitó el pecado del mundo.
Como vemos, los dos conceptos son opuestos. Incluso hoy en día muchos cristianos piensan que, después de la muerte, su alma se “unirá con Dios”, sin siquiera detenerse a pensar que las dos creencias son la una opuesta a la otra.
Sin embargo, si para el gnosticismo moderno está comprobado su origen teosófico y sincrético, por tanto oriental e indio, en lo que respecta al gnosticismo antiguo, este origen no está comprobado. Se piensa, en cambio, que el gnosticismo antiguo tiene sus raíces en los cultos de las religiones mistéricas, tanto babilónicas como egipcias. Una de las corrientes más antiguas del gnosticismo antiguo es el mandeísmo, basado en un sistema de dualismo. De una parte, en efecto, está un Dios “bueno” y un mundo habitado por ángeles; de otra parte hay un Dios “maligno” y un mundo habitado por demonios. En el gnosticismo medioriental había muchas otras corrientes, como por ejemplo los Barbelognósticos, cuyos textos de referencia fueron el Evangelio de María y el Apócrifo de Juan, que fueron confutados por Ireneo de Lyon.
Una de las corrientes gnósticas más importantes fue la llamada gnosis-helenística que se desarrolló en Alejandría de Egipto a partir del inicio del II siglo de la era cristiana. En aquel período, en efecto, la Buena Nueva se estaba difundiendo en todo el mundo mediterráneo. El llamado “kerygma”, en efecto, o sea la creencia de que Jesucristo es el Unigénito Hijo de Dios, el Verbo encarnado, que vino a la tierra para quitar el pecado del mundo, y que fue injustamente crucificado para luego resurgir de entre los muertos al tercer día, estaba afianzándose en la gente, especialmente en las zonas orientales del imperio.
La asidua obra evangélica de Pablo de Tarso había dado muchos frutos en Grecia. Al principio, Pablo había sido acogido con frialdad, especialmente en Atenas, ya que la Resurrección del Señor que él predicaba no convencía a las mentes neoplatónicas de los sabios del Areópago. En efecto, los eruditos griegos veían la muerte como una liberación del alma del cuerpo y la idea de una resurrección en la carne les parecía un regreso al cautiverio del cuerpo. Luego, sin embargo, los griegos empezaron a valorar las cartas de Pablo, y se formaron algunas comunidades de cristianos en Éfeso, Corinto, Filipos, Olimpos, Colosas, Salónica. Mientras los dioses del Olimpo eran fríos y lejanos, la fe cristiana calentaba los corazones, ya que predicaba que Jesucristo, el Verbo, se había hecho carne y había venido entre los hombres (Evangelio de Juan 1, 11) con el fin principal de quitar el pecado del mundo y, por tanto, de salvarnos, volviéndonos verdaderamente libres.
Al mismo tiempo que Pablo de Tarso cumplía su acción evangelizadora, otros Apóstoles y evangelistas divulgaban el “kerygma” en el mundo.
El Apóstol Pedro se dirigió a Roma, donde fue martirizado y tuvo secuaces. El evangelista Marcos se dirigió a Alejandría de Egipto donde, después de haber predicado el Evangelio, fue martirizado, pero tuvo sucesores. El evangelista Juan vivió por mucho tiempo en Éfeso y tuvo varios secuaces, entre los cuales Policarpo de Esmirna e Ignacio de Antioquía. El Apóstol Andrés fue el primer obispo de Bizancio, cuyos sucesores fueron Estacio y Onésimo. Los Apóstoles Judas Tadeo y Bartolomé divulgaron el Evangelio en Armenia, el Apóstol Tomás se dirigió, según la tradición, hasta India.
Sin embargo, mientras la nueva fe se difundía, se enfrentaba con otros cultos preexistentes, las llamadas religiones mistéricas. Muchas personas quedaron fascinadas por la historia de Jesucristo, pero como habían nacido y crecido en un substrato cultural impregnado de cultos mistéricos e iniciáticos, empezaron a dar una propia interpretación del Cristianismo, diferente a la apostólica. Estas personas, por tanto, consideraron el nuevo culto a la luz del antiguo. No podían negar a la persona de Jesucristo puesto que era evidente su existencia histórica, y no podían siquiera negar su figura inmensa, ya que reconocían el valor de sus enseñanzas y de sus obras, y veían que muchos estaban dispuestos a morir por él, solo por no negar su nombre. Sin embargo, no tenían el coraje de abrazar siquiera el “kerygma”, o sea, el hecho de que Jesucristo había venido para quitar el pecado del mundo, de que había sido asesinado y de que había resurgido de entre los muertos al tercer día.
Esta gente creía que la salvación no se alcanzaba a través del arrepentimiento de los propios pecados y a través de la fe en Jesucristo, sino que creían que la salvación se podía alcanzar con la gnosis, o bien, con el conocimiento. El gnosticismo tenía, por tanto, una característica iniciática no abierta a todos, y una concepción cristológica diversa, ya que según los gnósticos, el Verbo no podía haberse hecho carne, sino que se manifestó en el espíritu mostrando un aparente cuerpo material. Se sigue que el sufrimiento de Jesucristo en la cruz había sido un acto aparente, no había quitado “el pecado del mundo” y también la Resurrección había sido entonces un hecho alegórico y aparente.
Esta creencia, llamada “docetismo” (del griego dokein, parecer o parecerle a uno), demuestra ser falsa por varias razones. Primero que todo, si Jesús hubiera tenido solamente un cuerpo espiritual y no real, ¿cómo habría podido experimentar sentimientos y emociones, cómo hubiera podido llorar y cómo hubiera podido sentir sed y sufrir en la cruz? Todos estos hechos están transmitidos en los Evangelios y en los otros libros neotestamentarios. Además, en la Primera Carta de Juan (4, 1-2), se reafirma que Jesucristo vino con un cuerpo físico, en la carne:

Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios.

Además, si Jesús hubiera tenido solo un cuerpo “aparentemente físico”, no habría podido mostrar sus heridas a los Apóstoles luego de la Resurrección. Veamos a tal propósito algunos pasajes del Evangelio de Juan (20, 26-28):

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: “¡Señor mío, y Dios mío!”

Además, si los sufrimientos de Jesús y, por tanto, su muerte, hubieran sido aparentes, ¿cómo habría podido Jesús declarar su Resurrección después de tres días? ¿Cómo habría podido declarar que había vencido el pecado y la muerte? Habría sido un impostor, porque habría mentido. En este caso, los Apóstoles mismos, de ser sido honestos, lo habrían desenmascarado y obviamente no habrían divulgado la Buena Nueva.
No obstante, si los Apóstoles creían en la Resurrección de Jesús, era porque estaban seguros de su muerte. Si hubieran divulgado una Resurrección que nunca había sucedido, sabiendo que divulgaban algo falso, entonces hubieran sido impostores. Pero si hubieran sido impostores, no se habrían dirigido al martirio para afirmar su predicación y sus escritos. (En efecto, casi todos los autores de los Libros del Nuevo Testamento murieron de martirios; me refiero a Marcos, Mateo, Pablo, Pedro, Judas Tadeo, Santiago).
Vemos, por tanto, que es primero que todo la lógica la que demuestra la falsedad de la hipótesis docetista.
La falsa tendencia docetista fue confutada por varios obispos y teólogos cristianos.
Veamos, a propósito, algunos pasajes de la Carta a los Tralianos (9, 1-2) de Ignacio de Antioquía:

Sed sordos, pues, cuando alguno os hable aparte de Jesucristo, que era de la raza de David, que era el Hijo de María, que verdaderamente nació y comió y bebió y fue ciertamente perseguido bajo Poncio Pilato, fue verdaderamente crucificado y murió a la vista de los que hay en el cielo y los que hay en la tierra y los que hay debajo de la tierra; el cual, además, verdaderamente resucitó de los muertos, habiéndolo resucitado su Padre, el cual, de la misma manera nos levantará a nosotros los que hemos creído en El —su Padre, digo, nos resucitará—, en Cristo Jesús, aparte del cual no tenemos verdadera vida.

Para cerrar el discurso sobre la corriente gnóstica del docetismo, recordemos que en la creencia cristiana, el Verbo encarnado, o sea Jesucristo, tenía que tener obligatoriamente dos naturalezas, verdadero Dios y verdadero hombre.
Verdadero hombre para poder sufrir como nosotros mismos, demostrándonos que el amor más grande es dar la vida por los propios amigos. Veamos a tal propósito un pasaje del Evangelio de Juan (15, 13):

No hay amor más grande que este: dar la vida por los amigos.

Es verdadero Dios por poder “quitar el pecado del mundo” (Evangelio de Juan 1, 29) y, con la Resurrección, demostrar que venció el pecado y la muerte.
Volvamos ahora al gnosticismo cristiano, que fue una especie de sincretismo entre conceptos gnósticos y el Cristianismo.
Los gnósticos pensaban “poder elevar” el Cristianismo de una escala que ellos consideraban “inferior” a la escala sublime del conocimiento (gnosis).
Con este fin empezaron a producir una notable cantidad de escritos que se pueden distinguir en tres categorías.
Primero que todo, fueron redactados escritos anónimos que mostraban paralelismos con los libros canónicos del Nuevo Testamento. Tenían el objetivo de presentar doctrinas gnósticas a través de supuestas revelaciones de Jesucristo a los Apóstoles.
En esta primera categoría están los llamados Evangelios gnósticos, los Hechos apócrifos de los Apóstoles y algunas Cartas apócrifas de los Apóstoles.
Lo Evangelios gnósticos anónimos más importantes son: la Pistis Sophia, una exaltación del rol de María Magdalena, que sería la encarnación del eón Sophia (siglos II-III); el Apócrifo de Juan, que transmite la concepción de la tripartición de los hombres entre terrenos, psíquicos y espirituales (final del siglo II); el Evangelio de María, que exalta el rol de María Magdalena (mitad del siglo II); el Evangelio de Tomás, que es una recopilación de proverbios de Jesús, considerados en clave gnóstica (siglo II). Entre los Hechos apócrifos de los Apóstoles se recuerdan los Hechos de Juan, de Pedro, de Andrés y de Pablo (final del siglo II), pertenecientes al ciclo leuciano, y los Hechos de Tomás (siglo III), todos textos con fuertes influencias gnósticas.
Hay, además, numerosas cartas apócrifas de influencias gnóstica, como la Carta de los Corintios a Pablo (siglo II) y la Carta de Pedro a Felipe (siglo II).
En la segunda categoría hay varios “Apocalipsis gnósticos”, como el Apocalipsis de Pablo (final del siglo II – IV siglo) o el de Pedro (final del siglo II- III siglo).
En la tercera categoría hay varios escritos teológicos, éticos, dogmáticos, atribuidos a pensadores gnósticos como Valentino (100-165 d.C., Evangelio de la Verdad, Evangelio según Felipe, Tratado sobre la Resurrección), Basílides (activo del 117 al 138 d.C., Evangelio de Basílides), Marción (85-160 d.C., Antítesis, Canon marcionita).
Pero, ¿cuál era la cosmología del gnosticismo cristiano?
En la visión gnóstica-helenística, Dios, llamado también el Uno o Mónada (del griego μονάς monas, "unidad" de μόνος monos, "uno", "solo", "único"), habría generado 30 copias de eones, compuestos siempre por una entidad masculina y una entidad femenina. Estos eones habrían formado el “pléroma”, o la plenitud de Dios, por tanto no deben ser vistos como distintos de la divinidad, sino como abstracciones simbólicas de la naturaleza divina. La transición del mundo inmaterial al espiritual habría sido causada por una imperfección, un defecto o un “pecado”, en uno de estos eones.
En muchas versiones de los mitos gnósticos, y también según el estudioso alemán Albert Ehrhard, sería la entidad femenina Sophia la que habría causado esta imperfección, porque habría querido ser igual a la Mónada. Luego de esta confusión, Sophia, con su temor y su angustia, produjo al demiurgo, que a su vez creó la materia y las almas. Pero el demiurgo se generó de un error, un defecto, y es por esto que crea un mundo imperfecto, falaz, erróneo, donde dominan el dolor y el mal. En la “Pistis Sophia”, el eón Cristo fue emanado por Dios para devolver a Sophia al pléroma. El eón Sofía, mostrándose en la forma humana de María Magdalena, habría sido así “reconducido al camino correcto” por el eón Cristo, aparecido en la forma del hombre Jesús, que fue enviado por Dios a la tierra para proporcionar a los humanos la gnosis necesaria para poder abandonar el mundo físico y poder volver al mundo espiritual.
Se nota de inmediato que la cosmología del gnosticismo-cristiano deriva de una extraña copia de la cosmología bíblica. Sophia y su error o “pecado” recuerdan el “pecado original” de Eva.
Es como si los pensadores gnósticos se hubieran inspirado en el “Génesis” bíblico para luego construir una cosmología propia, que carece sin embargo de originalidad.
En general, los escritos gnósticos reflejan una visión negativa de la creación. El Dios veterotestamentario (YHWH) sería, en la visión gnóstica, justamente el demiurgo. De ahí que, para los gnósticos, el mundo estaría corrompido y dominado por el mal, porque, según ellos, el demiurgo era imperfecto.
Pero de la lectura de la Biblia se deduce claramente que Jesucristo, el Verbo encarnado, es Yahweh, o sea, el Dios veterotestamentario.
Veamos algunos pasajes para clarificar este punto. En el siguiente pasaje de Juan (8, 23-24), Jesús, atribuyéndose a sí mismo el nombre con el cual Dios se reveló a Moisés (“Yo soy”, en Éxodo 3, 14) se pone a la par con Dios.

Y les decía a ellos: “Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Os he dicho que moriréis en vuestros pecados; si, de hecho, no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados”.

Y también, en el pasaje del Evangelio de Juan (8, 58):

Jesús les dijo: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, Yo Soy”.

Veamos un punto de los Salmos (Salmos 33:6): “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca”.

De manera que en los Salmos se afirma que el Eterno (Dios) creó los cielos.
Pero en el Evangelio de Juan (1, 3) se afirma:

Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

Con una lógica simple se entiende que Dios creó los cielos (Salmos) y el Verbo creó cada cosa (Juan 1,3). Obvio, porque el Verbo es Dios.
En el Libro de Isaías está escrito (44, 6):

Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios.

Y en el Apocalipsis de Juan se dice (1, 17-18):

Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

Se deduce, por tanto, que para el evangelista Juan, Jesucristo, el Primero y el Último, coincide perfectamente con el Dios descrito por Isaías, también él Primero y el Último.
Otra frase importante con la cual Jesús declaró su plena identidad y coincidencia con YHWH es la siguiente, en respuesta al sumo sacerdote, extraída del Evangelio de Marcos (14, 61-62):

Pero él callaba y nada respondía. El Sumo sacerdote le volvió a preguntar:
—¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?
Jesús le dijo:
—Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo.

En este pasaje Jesús respondió claramente, usando las palabras de la visión de Daniel (7, 13-14).
De todos estos pasajes y de otros de la Biblia, se deduce claramente que los Apóstoles predicaron que Jesucristo, Verbo encarnado, no era otra cosa que el mismo idéntico Dios veterotestamentario, o sea YHWH. Los gnósticos, en cambio, negando al verdadero Jesucristo y a los Apóstoles, que vivieron con el Mesías y que divulgaron su mensaje hasta el martirio, repudiaron al Dios del Antiguo Testamento, reconociéndolo en su demiurgo.
En el demiurgo gnóstico coexistían tres naturalezas: material, psíquica, espiritual. Y de ahí que para los gnósticos también los humanos se distinguían en estas tres clases. En la soteriología gnóstica valentiniana la salvación no estaba relacionada con el pecado, y Cristo no era verdadero Dios y verdadero hombre como en la creencia cristiana, sino que era solamente un ser divino. Para Valentino, los seres humanos materiales (los paganos) no se salvan, los psíquicos (cristianos y hebreos) podrán unirse con Dios según su comportamiento durante su vida terrena, solo sin embargo cuando Sophia se una con el eón Cristo. Solo los humanos espirituales, o sea, los gnósticos, se unirán directamente con Dios. En efecto, en la doctrina valentiniana el mundo físico durará hasta que el último elemento espiritual que salga del demiurgo retorne al pléroma para unirse con Dios.
En práctica, en la visión gnóstica, el mundo corrupto, derivado de un error de Sophia, es como si fuera Dios petrificado. Es el hombre quien, con la gnosis, anula el mundo terreno. Por tanto, es el hombre quien, con la gnosis, “salva a Dios” y restablece la plenitud del pléroma.
En el Cristianismo, en cambio, es Dios quien, encarnándose en Jesucristo, salva al hombre.
Primero que todo, observamos que la visión gnóstica no fue una fe original, sino que fue una adaptación de conceptos gnósticos aplicados al Cristianismo, en fuerte contraposición con el Antiguo Testamento. Los gnósticos, viendo solo la negatividad del mundo terreno, o sea el mal, dolor y el sufrimiento, la atribuyeron a YHWH, a quien identificaban con el demiurgo malo.
A Jesús, en cambio, no podían repudiarlo porque, como ya subrayé, fue un personaje histórico y muchos estaban dispuestos a morir por él. Por tanto, llevaron a cabo un sincretismo, adaptándolo a su creencia.
El “Jesús gnóstico” que resultaba, por tanto, no era ya el narrado por los Apóstoles, que fueron quienes vivieron con el Salvador, sino que era el inventado e idealizado por los gnósticos. Aquel “Jesús gnóstico” no había sufrido en cruz, ya que su naturaleza genuinamente divina le impedía sufrir y, por tanto, tampoco la Resurrección tenía sentido, era una alegoría. La importancia de la llegada de Jesús era solo y únicamente su acción de “puente” que podía llevar al hombre a la verdadera gnosis y, por tanto, a Dios. De esto resulta un Jesús completamente falseado y ajeno a los textos neotestamentarios.
También la escatología cristiana neotestamentaria es suprimida por completo. Está totalmente ausente la parusía del Señor, y la resurrección de los cuerpos y el juicio final son conceptos inexistentes.
Otra característica del gnosticismo es que los maestros iniciados eran superiores a los adeptos.
En el Cristianismo antiguo, en cambio, no había jerarquía y todos tenían los mismos derechos y deberes. No había jefes, sino obispos (ἐπίσκοπος, supervisores). Como la creencia cristiana exige cambios radicales no solamente en palabras, sino también en hechos, los obispos que predicaban este cambio de paradigma tenían que demostrar en los actos que ellos estaban dispuestos de primeros a dejar todo por Jesucristo. No solo tenían que demostrar que vivían en modo intachable y apacible, no solo tenían que abandonar sus propiedades materiales para donarlas a la comunidad, viviendo y compartiendo sus bienes, sino que tenían que estar dispuestos a anteponer a Cristo incluso a sus vidas. Y eso fue lo que hicieron: en efecto, la mayoría de los obispos o de los sabios cristianos que vivieron después de la muerte de Juan, en la llamada “edad patrística”, murieron martirizados, dando testimonio extremo (mártir significa testigo, en griego) de Jesucristo.
Me refiero por ejemplo a Clemente de Roma (muerto en el 100 d.C.), Ignacio de Antioquía (35-107 d.C.), Policarpo di Esmirna (69-155 d.C.), Justino Mártir (100-168 d.C.), Ireneo di Lyon (130-202 d.C.), Hipólito de Roma (170-235 d.C.), Orígenes (185-254 d.C.), Cipriano (210-258 d.C.), Metodio de Olimpo (250-311 d.C.). Su principal fuerza, entonces, fue la fe inquebrantable en Cristo, y la demostraron con el martirio.
Los pensadores gnósticos, en cambio, no estaban dispuestos a morir por su fe. Los secuaces de Basílides y de Valentino repudiaban el martirio. En efecto, decían: “Confesar a Dios con la muerte es un suicidio” (1).
Los secuaces de Basílides creían que los tormentos sufridos por los mártires cristianos eran el justo castigo por los pecados cometidos en la vida anterior (indicio de creencias en la reencarnación). Hay indicios, entonces, de que los secuaces de Marción y Montano valoraron la acción de los martirios. En general, de todos modos, se deduce que entre los gnósticos, prácticamente ninguno estaba dispuesto a morir para afirmar “el eón de Cristo”.
Estaba, además, el concepto que está en la base de los cultos iniciáticos, que estaba en la base del gnosticismo: según la Pistis Sophia, Jesús habría impartido a sus secuaces una enseñanza “secreta” y “oculta”, especialmente después del evento de la Resurrección, que en el gnosticismo es una alegoría.
Se demuestra así fácilmente que los gnósticos predicaban un “Jesús gnóstico” que nunca existió. Primero que todo, los Apóstoles y los autores de las tesis neotestamentarias predicaron que la enseñanza de Jesús no fue nunca esotérica, o sea, reservada a pocos, sino completamente pública, o bien, abierta a todos. El mensaje de Jesucristo en el Nuevo Testamento estaba dirigido no solo a sus secuaces, sino también y sobre todo a sus no secuaces, o sea, a los pecadores, a los gentiles (ver episodio de la samaritana), a los soldados romanos (ver episodio del siervo del centurión).
En la enseñanza gnóstica, fruto de un sincretismo forzado, la enseñanza de Jesús estaba reservada a pocos iniciados, mientras que el verdadero y único Jesucristo enseñó abiertamente a todos los que se declaraban dispuestos a escucharlo.
Veamos a tal propósito el pasaje del Evangelio de Juan (18, 19-21):

Mientras tanto, el sumo sacerdote interrogaba a Jesús acerca de sus discípulos y de sus enseñanzas.
—Yo he hablado abiertamente al mundo —respondió Jesús—. Siempre he enseñado en las sinagogas o en el templo, donde se congregan todos los judíos. En secreto no he dicho nada. ¿Por qué me interrogas a mí? ¡Interroga a los que me han oído hablar! Ellos deben saber lo que dije.

Además, en el Cristianismo está el concepto de que los pobres de espíritu (los que no se jactan de su condición espiritual, sino que son conscientes de no haber llegado al Reino de Dios), pueden acceder al Reino si se arrepienten de los propios pecados y reconocen que Jesucristo vino para quitar el pecado del mundo. Todos, entonces, pueden acceder al Reino de Dios. También un rico, también una persona que tenga poder terreno, si se vuelve humilde y se despoja de sus riquezas o de su presunción, puede acceder al Reino.
Entonces se observa que Cristianismo antiguo y Gnosticismo no podían estar de acuerdo, porque son contrarios. Los gnósticos, por tanto, no renunciaron a sus tradiciones mistéricas, sino que adaptaron a Jesucristo a su tradición, tergiversando los conceptos básicos del Nuevo Testamento y, por tanto, predicando a un Jesús que no existió jamás.
¿Cuál fue la respuesta a las primeras comunidades de cristianos al culto sincrético del gnosticismo-helenístico?
Primero que todo, hubo una respuesta eclesiástica. Ninguno de los gnósticos-helenísticos que predicaban más que todo en un ambiente alejandrino y romano fue nombrado obispo. El alejandrino Valentino fue inicialmente nombrado diácono en Roma, bajo los obispos Igino y Aniceto. Pero no fue nombrado obispo, por tanto escogió el camino de la predicación gnóstica independiente y murió en Chipre, posiblemente en el 165.
Hubo una densa respuesta teológica a las tesis sincréticas de los gnósticos. El principal escritor y teólogo antignóstico fue Ireneo de Lyon (130-202 d.C.), pero también Tertuliano (155-230 d.C.) e Hipólito de Roma (170-235 d.C.) escribieron en el intento de defender la originalidad de la fe cristiana.
Ireneo había nacido en Esmirne y fue discípulo de Policarpo. Durante la persecución de Marco Aurelio fue sacerdote en la ciudad de Lyon, cuyo obispo era Potino. De regreso de un viaje a Roma se dio cuenta de que Potino había muerto luego de una persecución y fue nombrado segundo obispo de Lyon. Muchos de sus escritos tuvieron el objetivo de demostrar lo infundado y lo falso de las doctrinas gnósticocristianas. Su obra antignóstica más importante fue Adversus haereses o Desenmascarar y Refutar la falsamente llamada Ciencia.
En esta obra, Ireneo confuta a Valentino y a sus predecesores, que hace remontar a Simón Mago, personaje descrito en los Hechos de los Apóstoles (cap. 8). Ireneo hace notar que simplemente los textos gnósticos no hacen parte de los escritos apostólicos, pertenecientes al canon. Justo en la segunda mitad del siglo II, en efecto, el canon testamentario estaba por tomar forma, como luego se probó con el descubrimiento del fragmento muratoriano (2). Además, Ireneo demuestra que ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento hay doctrinas gnósticas. Hace notar, además, que ninguno de los sucesores de los Apóstoles enseña doctrinas gnósticas.
Ireneo demuestra, por tanto, ya a finales del siglo II, que el gnosticismo-helenístico no es otra cosa que un culto no original y no apostólico. Demuestra que los gnósticos divulgaron un Jesús que no existió nunca, que reflejaba solamente su tradición, pero que no tenía nada que ver con el verdadero Jesucristo, divulgado por los Apóstoles tanto oralmente como en los escritos canónicos del Nuevo Testamento.
Según el emperador Flavio Claudio Juliano (331-363), existían escuelas Valentinianas en Asia Menor hasta sus tiempos. En el siglo IV, cuando el Cristianismo fue aceptado y luego impuesto como religión de estado, el culto gnóstico-docético declinó y fue marginalizado en algunas zonas periféricas del imperio, como por ejemplo Arabia (3).
Ciertos conceptos gnósticos, sin embargo, no se extinguieron, sino que se trasformaron y sobrevivieron hasta y más allá de la Edad Media, para luego renacer en la época moderna a través del pensamiento de personas como el poeta William Blake, el masón Albert Pike, la esotérica H. P. Blavatsky (fundadora de la sociedad teosófica) y el psicoanalista Carl Gustav Jung.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducido por Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Notas:
(1) Clemente de Alessandria, strom. IV, 4; Ireneo, Adv. hæres. III, 18,5; IV, 33,9.
(2) https://en.wikipedia.org/wiki/Muratorian_fragment
(3)http://www.answering-islam.org/authors/masihiyyen/gnostic_islamic_crucifixion.html

jueves, 5 de noviembre de 2015

Las estrategias de la globalización


Para entender el complejo fenómeno de la globalización, se debe imaginar el concepto de mente y de dos brazos. La mente guía, manda y controla en modo astuto y sutil, mientras que los dos brazos cumplen las órdenes luchando cada uno por su lado, a veces entre ellos mismos, otras veces uniendo las fuerzas. Alguien podría preguntar de repente: ¿quiénes son los brazos y, sobre todo, quién es la mente?
Para explicar las estrategias de la globalización quisiera partir de un concepto importante. Si un grupo de poder tiene un proyecto y se propone que la sociedad lo acepte, no querrá imponerlo con la fuerza, descubriendo sus cartas, sino que, disponiendo de tiempo y de medios, creará un substrato fértil de modo que aquella idea sea aceptada lentamente. Hará imprimir libros, financiará escritores y actores famosos, difundirá mensajes subliminales, apoyará campañas políticas y sociales. Después de años o incluso de decenios, aquel proyecto se habrá impuesto. Esta es la estrategia de los globalistas.
La primera y la más importante de las piezas del proyecto global es el intento de alejar a cualquier persona del planeta de sus creencias religiosas. Como sabemos, en efecto, la fe en Dios es uno de los componentes fundamentales de cada persona, ya que influye en la cultura y, por tanto, en la vida de cada ser humano.
Pero, para alcanzar este objetivo, los globalistas favorecieron a partir del siglo XIX el crecimiento y la difusión de varios movimientos que influenciaron las mentes de muchísimas personas.
En 1875, H.P. Blavatsky fundó en Nueva York la Sociedad Teosófica, una filosofía-religión que llevaría al hombre al verdadero conocimiento de Dios. Por tanto, es un concepto gnóstico, muy distinto al Cristianismo, que se basa en la humildad y en el arrepentimiento para alcanzar la salvación.
A partir de 1945 se empezó a difundir, según algunos justamente sobre las bases de la Teosofía, la New Age o Nueva Era del Acuario, una filosofía-religión compuesta por una multiplicidad de corrientes como el panteísmo, la antroposofía, el espiritismo, el yoga, el neopaganismo; todas caracterizadas por la idea de fondo de que en cada uno de nosotros hay una “partícula de Dios” y de que con el perfeccionamiento moral y el conocimiento podemos (o podremos) alcanzar “la unión con Dios” o, incluso, como sostienen algunas corrientes extremas que veremos más adelante, llegar a sustituir a Dios, ya que “Dios no existe” o, como afirmaba Nietzsche en su obra La gaya ciencia, “Dios murió”.
Otro concepto básico de la New Age, que está muy bien caracterizado por el símbolo de la sociedad teosófica, es la asimilación de diferentes creencias, todas consideradas “válidas”. El símbolo teosófico está, en efecto, formado por la esvástica (a su vez símbolo de hinduismo, budismo y jainismo), por la estrella de David (símbolo de judaísmo), por la cruz ansada (símbolo axial proveniente del antiguo Egipto) y por el Om (también símbolo de hinduismo, budismo y jainismo, y a su vez del sijismo). Todos ellos están rodeados por el Uróboros, la serpiente que se muerde la cola, el eterno retorno, que es un símbolo en las culturas preabrahámicas, pero también en las culturas indígenas y suramericanas, de la vida, del eterno regenerarse.
Cuando se empieza a crear un substrato de este tipo, cuyo proceso, repito, puede durar decenios o incluso siglos, muchas personas comienzan lentamente a aceptar la idea de que la Verdad no está justamente en su religión, sino que hay otras “verdades”, todas igualmente válidas. Así, poco a poco, la idea del relativismo, o bien que “todas las religiones son iguales” porque todas “predican el amor y la paz” se abre paso en las mentes de los seres humanos.
Pero, ¿son en realidad iguales todas las religiones? ¿Todas predican el amor y todas se basan en la humildad y en la creencia de que Dios encarnó en un hombre que cargó con todos los pecados del mundo, dándonos así la posibilidad de alcanzar la salvación?
No precisamente, visto que en las religiones orientales predominan conceptos diferentes, por ejemplo el del nirvana, la unión con el absoluto o el concepto mismo del panteísmo, o sea de un dios que está en todas las cosas.
Empezamos entonces a entender que para el Deísmo, uno de los conceptos que fundamentan la Masonería, Jesús es asimilable a Buda, Krisna o Zoroastro. Por tanto, se le puede considerar un sabio, un grandísimo filósofo y pensador, quizás el más grande de todos, pero en todo caso un hombre y no, como indica la creencia cristiana, el “Salvador del Mundo”, el “Verbo”, o sea “Dios Hijo”.
Cuando se pierden los verdaderos valores de la religión, entonces se forma un “vacío” que se colma automáticamente con un exceso de materialidad. Es así como el dinero y las riquezas materiales ocupan poco a poco un puesto principal dentro de la vida de las personas.
Acabamos de analizar la primera y la más importante estrategia de los globalistas extremos, útil para derrumbar el “primer muro” en cada uno de nosotros: la Fe en Dios. Una vez derrocado el “primer muro”, o incluso simplemente puesto en duda, los otros podrían caer más fácilmente.
El segundo muro que debería caer es el de la ética.
Desde la segunda mitad del siglo pasado, varios movimientos sociales y políticos fueron financiados y apoyados con el fin de hacer aceptar la idea de que el aborto es justo y de que es asimilable a un derecho. Se dio después la batalla por la eutanasia, considerando que la muerte es un “derecho” y que entonces podría ser provocada con el fin de no prolongar el sufrimiento de una persona en estado de enfermedad terminal.
Una de las últimas tendencias de la llamada cultura global es la llamada “teoría queer”, según la cual el hombre y la mujer serían en esencia iguales y que sus diferencias derivarían únicamente de diferente educación.
La filosofía queer niega entonces las diferencias sexuales. Según este concepto, no existirían ya el padre y la madre, sino “padre o madre uno” y “padre o madre dos”. Por tanto, la humanidad futura no se dividiría entre hombres y mujeres, sino que sería una humanidad de personas que elegirían quiénes querrían ser.
De acuerdo con este punto de vista, las personas del mismo sexo pueden unirse en matrimonio y adoptar niños. También son aceptadas prácticas innaturales como la subrogación gestacional (sustitución de la maternidad). Recordemos que, hoy en día, el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal en veinte Estados soberanos (entre los cuales España, Francia y Estados Unidos) y es aceptado por religiones neopaganas (Wicca) e incluso por el Budismo (1).
Por desgracia, la UE está favoreciendo la difusión de la ideología queer, que si se propagara a nivel mundial y fuera universalmente aceptada, trastornaría completamente toda la humanidad tal como la conocemos.
Pero la filosofía queer no es la más preocupante de las tendencias globales en el plano de la ética. Está la ingeniería genética, la clonación humana y la eugenesia, que es el intento de perfeccionar artificialmente la especie humana. Esta última práctica, que tiene un precedente durante el nazismo, permitiría forjar una “humanidad mejor”. La última tendencia extrema de la eugenesia unida a la tecnología es el transhumanismo, que llevaría a una estrecha élite de personas a buscar incluso la inmortalidad, creyendo que pueden usurpar a Dios.
El tercer muro que debe ser derribado son las culturas nacionales únicas. Me refiero a la cultura literaria, popular, teatral, gastronómica, folclórica. En un pueblo global, las culturas locales no sirven, ya que son índice de atraso.
Considerando a todas las culturas igualmente válidas, se homogenizan las costumbres y las tradiciones, se uniforman los usos, se diluyen las diferencias entre las etnias, y se desarrolla así el juego de los poderes fuertes, que tienen justamente esto por objetivo, con el fin de vender un producto a escala mundial. Quien pierde las propias tradiciones, el modo de concebir las relaciones interpersonales y las costumbres, quien no se reconoce más en su cultura y acepta fácilmente el producto global, lo defenderá e incluso se identificará con él.
En esta última parte di a entender cuáles son los objetivos de la globalización económica. Sin embargo, este es solo un brazo de la “mente”.
Otra manera de favorecer una gradual asimilación de las culturas es la caída de las barreras nacionales, unida a una inmigración excesiva y forzada por diferentes etnias con religiones distintas. De este modo, con la ayuda del relativismo cultural (que ya tomó posesión de muchos estratos de la sociedad) habrá un ulterior distanciamiento de la cultura y de la religión local y una gradual aceptación de diferentes etnias. En el pueblo global que surgirá, ninguno estará ya unido fuertemente a su tradición, y la cultura única prevalecerá.
Además de eso, los globalistas se aprovechan de la fuerte inmigración incontrolada en Occidente, pudiendo así contar con un substrato de personas que aceptan bajos salarios y silencian las peticiones de los trabajadores.
El cuarto muro que debería caer en cada uno de nosotros es el de la paz. Cada uno de nosotros quiere vivir en serenidad y paz con el mundo, pero esto es difícil: hay guerra, terrorismo y, en fin, caos.
A tal propósito recordemos que el lema “ordo ab chao”, que se puede traducir por “orden al caos”, se cita en una de las obras más importantes del masón Albert Pike, “Morales y Dogma”.
A veces los dos brazos se enfrentan entre ellos, como sucedió por ejemplo en la Segunda Guerra Mundial cuando nacionalismos extremos opuestos (nazismo y comunismo) fueron subvencionados y financiados durante años con el fin de provocar la guerra y, por tanto, obtener el sucesivo dominio y control económico y cultural de los países derrotados.
La Segunda Guerra Mundial es solo un ejemplo de lo que está sucediendo hoy en el mundo y de lo que podría suceder. Los nacionalismos extremos opuestos están siendo también hoy financiados y apoyados, de manera que, enfrentándose entre ellos, se debilitan y son subyugados y dominados. Un ejemplo podría ser la desestabilización que se está llevando a cabo en África, la inmigración forzada en Occidente, que causa roces con las poblaciones locales, o las guerras internas entre las dos facciones del Islam, solo por citar los casos más conocidos.
Hemos reconocido ya las cuatro estrategias dominantes de la globalización extrema. Según esta óptica, en un mundo futuro no habría más religiones, ni guerras, ni enfermedades, ni culturas locales: una cultura global dominaría el planeta.
La realidad, en cambio, es que estamos frente a un proyecto excluyente y peligroso que esconde disimuladamente un plan estratégico basado en una idea presuntuosa: el concepto de usurpar a Dios e incluso de superarlo.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Nota:
1-http://www.telegraph.co.uk/news/worldnews/asia/tibet/10682492/Dalai-Lama-supports-gay-marriage.html