miércoles, 28 de octubre de 2015

El Cristianismo antiguo: la edad patrística prenicena


El Cristianismo antiguo empezó con la Resurrección de Jesús, y se difundió de Jerusalén por todo el mundo antiguo a través de la acción infatigable de los Apóstoles y de los demás seguidores de Cristo. Los documentos más significativos en los que se describe la edad apostólica, o bien, el período de la Resurrección a la muerte de Juan, son los Hechos de los Apóstoles, las Cartas de Pablo y las otras obras que conforman el Nuevo Testamento. Sin embargo, hay otros documentos, como la primera carta de Clemente de Roma, donde se describen algunos hechos de la edad apostólica, por ejemplo el martirio de Pedro y la infatigable obra de evangelización de Pablo (1).
Durante el primer siglo d.C., los cristianos fueron perseguidos duramente, ya que no reconocían la “divinidad” del emperador y predicaban el Evangelio de Cristo, afirmando que solo la fe en él y el arrepentimiento de los propios pecados llevarían a la salvación y, por tanto, a la vida eterna. Todo eso estaba en fuerte contradicción con la religión y con la cultura romanas, que veían al ser humano como un simple animal desarrollado y no como a un ser sagrado situado en el centro del proyecto divino.
Las persecuciones contra los cristianos empezaron bajo el mando del emperador Nerón. El emperador Vespasiano, después de las guerras judaicas, ordenó buscar a todos los descendientes de la estirpe de David. Luego, Domiciano volvió a perseguir a los cristianos con inaudita ferocidad.
Después de la muerte de Juan, el Apóstol de Jesucristo que vivió más tiempo, acaecida aproximadamente el 100 d.C. en Éfeso, ya no había nadie que hubiera conocido al Salvador del mundo.
El Cristianismo, sin embargo, a pesar de las terribles persecuciones romanas, sobrevivió, incluso se difundió “como el fuego en bosque seco”.
¿Cómo fue posible?
¿Quiénes fueron los sucesores de los Apóstoles y cuál era su estilo de vida?
¿Por qué lograron hacer aceptar la nueva fe en Dios a masas de personas que hasta hacía pocos años reconocían como divino al emperador o adoraban ídolos?
Primero que todo, hay que considerar que las iglesias cristianas que surgieron en el siglo I y que luego se desarrollaron en el siglo sucesivo, no estaban organizadas en modo jerárquico; en práctica, no había un “papa” o jefe de la Cristiandad. Contrariamente a lo que se pueda pensar, el sucesor de Pedro, que se llamaba Lino, no era el jefe de la Iglesia cristiana, sino que era solo el jefe de la Iglesia cristiana de Roma.
Cada ciudad tenía su obispo: Alejandría de Egipto, Éfeso, Antioquia, Jerusalén, Olimpo, Filipos, Corinto, Cartago, etc.
La independencia de cada congregación de las demás volvía entonces imposible que cualquier enseñanza errónea, o sea, diferente de la palabra del Señor, y que cualquier nuevo dogma se extendiera a otras comunidades.
Además, los obispos no habían sido educados por fuera de las comunidades donde profesaban, sino que habían crecido dentro de ellas, eran conocidos por todos y a todos debían responder por sus acciones.
Como la creencia cristiana exige cambios radicales no solo en palabras, sino también en hechos, los obispos que predicaban este cambio de paradigma debían demostrar con los hechos que ellos estaban dispuestos antes que nadie a dejar todo por Jesucristo. No solo debían demostrar que vivían de forma intachable y apacible, no solo debían abandonar sus propiedades materiales para donarlas a la comunidad, compartiendo los bienes, sino que tenían que estar dispuestos a anteponer a Cristo incluso a sus vidas.
Y eso fue lo que hicieron: en efecto, la mayoría de los obispos y de los sabios cristianos que vivieron después de la muerte de Juan, en la llamada “edad patrística”, murieron martirizados, dando un testimonio extremo (mártir significa testimonio en griego) de Jesucristo.
Me refiero, por ejemplo, a Clemente de Roma (muerto en el 100 d.C.), Ignacio de Antioquía (35-107 d.C.), Policarpo di Esmirna (69-155 d.C.), Justino Mártir (100-168 d.C.), Ireneo di Lyon (130-202 d.C.), Hipólito de Roma (170-235 d.C.), Orígenes (185-254 d.C.), Cipriano (210-258 d.C.), Metodio de Olimpia (250-311 d.C.).
Su principal fuerza, entonces, fue la fe inquebrantable en Cristo, y la demostraron con el martirio.
Sobre el proceso de nominación de un nuevo obispo, analicemos un escrito de Cipriano (2):

Debe ser escogido en presencia de la gente y debe demostrar que es digno y apropiado mediante juicio y testimonio público…Para una ordenación apropiada, todos los supervisores vecinos de la misma provincia deben reunirse con la congregación. El supervisor debe ser escogido en presencia de la congregación, ya que ellos conocen su vida y costumbres.

Y sobre la integridad y moralidad de los cristianos, leamos un parte de un escrito de Ignacio (3):

Es necesario por tanto, no solo ser llamado “cristiano”, sino ser en realidad cristiano…Si no estamos preparados para morir de la misma manera que Él sufrió, su vida no está en nosotros.

Otra característica de los primeros cristianos era la llamada separación del mundo.
Veamos a tal propósito los célebres pasajes del Evangelio de Juan (15, 18-19):

Si el mundo los odia, sepan que Me ha odiado a Mí antes que a ustedes. Si ustedes fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no son del mundo, sino que Yo los escogí de entre el mundo, por eso el mundo los odia.

En efecto, los primeros cristianos demostraron no estar interesados en las tentaciones del mundo. No estaban interesados en el dinero, ni en el poder. Vivían en el mundo, y sin embargo no hacían parte de él. Fue solo a partir del llamado híbrido constantiniano que las cosas cambiaron. En los 280 años que van justamente de la Resurrección al edicto de Milán, los cristianos vivieron en contextos no frívolos, ni mundanos, sino más bien austeros. No es que no fueran felices, que quede claro, sino que su alegría provenía de la fe y no ciertamente de las posesiones materiales o del poder terreno. Veamos a tal propósito dos escritos de Hermas, hermano de Pío, obispo de Roma

(4):
De hecho, estos son los que tienen fe, pero también tienen las riquezas de este mundo. Cuando viene la prueba, niegan al Señor debido a sus riquezas y negocios… Por consiguiente, aquellos que son ricos en este mundo no pueden ser útiles al Señor a menos que se reduzcan primero sus riquezas. En su caso aprendan primero esto. Cuando ustedes eran ricos eran inútiles. Pero ahora son útiles y aptos para la vida.

(5):
Absténganse de tanto negocio y eviten el pecado. Aquellos que están ocupados con tantos negocios cometen también muchos pecados y sus asuntos de negocios hacen que se distraigan, en vez de servir al Señor.

Precisamente la separación de los placeres mundanos, o sea del aparentar, del mostrarse, del culto de la posesión, no hicieron más que reforzar su actitud en ayudar y amar a su prójimo, fuera cristiano o no cristiano.
Veamos a tal propósito una cita de Justino Mártir (6):

Nosotros, que le dábamos valor a adquirir riqueza y posesiones más que a cualquier otra cosa, ahora llevamos lo que tenemos a un fondo común y lo compartimos con cualquiera que lo necesite. Nos odiábamos y nos destruíamos entre nosotros mismos y nos negábamos a asociarnos con pueblos de otras razas o países. Ahora por Cristo, vivimos junto a esas personas y oramos por nuestros enemigos.

He aquí cómo Clemente de Alejandría describía al buen cristiano (7):

Se empobrece a sí mismo por causa del amor de modo que está seguro que nunca pasará por encima de un hermano necesitado, en especial si sabe que puede soportar la pobreza mejor que él. De la misma manera considera el dolor de otro como su propio dolor. Y si sufre alguna dificultad, no se queja.

De estas y otras citas de los textos patrísticos resulta, por tanto, que los cristianos del segundo y del tercer siglo se dedicaban realmente al prójimo, no solo al prójimo cristiano, que quede claro. Otra de sus características era el hecho de que no solían llevar a juicio a un “hermano” suyo, sino que intentaban dirimir las controversias en modo tranquilo, con el diálogo y la comprensión.
Su espíritu ultra-conservador los llevaba, además, a considerar que no debía haber ninguna nueva revelación después de los textos del Nuevo Testamento. Cualquier posible cambio o añadidura a los textos sagrados era, por tanto, visto como un grave error.
¿Cómo podían vivir los primeros cristianos dentro de sociedades, la romana y la griega, profundamente corruptas, tanto desde un punto de vista moral como de las costumbres sexuales?
Los cristianos se encontraban, literalmente, nadando contra la corriente.
Primero que todo, el hecho mismo de no hacer los sacrificios rituales a los dioses paganos o de no quemar incienso en honor al “genio” del emperador, que era reconocido el “dios” protector de los romanos, era ya de por sí una situación que los exponía a la muerte. En efecto, muchas persecuciones contra los cristianos tuvieron origen justamente en el obstinado rechazo de los cristianos a someterse a rituales que para ellos no tenían sentido.
Los primeros cristianos estaban, sin embargo, también en contraste con la cultura de la época y no solo con la religión griega o romana. Tomemos por ejemplo el caso del aborto: en la Roma imperial era una práctica común y tolerada. La vida humana, en efecto, no era considerada sagrada, no se veía como el proyecto de Dios que debía ser preservado a cualquier precio.
El ser humano era considerado solamente un animal que había desarrollado cualidades intelectivas particulares, pero no era visto en un plano superior al de los otros seres vivientes.
Por tanto, el feto podía ser destruido sin problemas, exactamente como algunos esclavos que eran arrojados a la arena a la merced de bestias feroces, solo por diversión de las masas.
Los primeros cristianos se oponían tenazmente a todo eso. A tal propósito, veamos un escrito de Tertuliano (8):

En nuestro caso, ya que el asesinato está absolutamente prohibido en cualquiera de sus formas, ni siquiera podríamos destruir al feto en el útero…detener un nacimiento es simplemente una forma más rápida de matar. No importa si se quita una vida que nace o si se destruye una vida que todavía no ha nacido.

Los primeros cristianos estaban obviamente en contra de la institución de la esclavitud, ya que en la enseñanza de Cristo, todos los hombres son libres y ninguno debe prevalecer o dominar al otro.
He aquí una cita de Lactancio que sanciona este concepto (9):

Antes los ojos de Dios, nadie es esclavo, nadie es amo. Ya que todos tenemos el mismo Padre somos por igual sus hijos. Nadie es pobre ante los ojos de Dios excepto el que carece de justicia. Nadie es rico excepto el que está lleno de virtudes.

Veamos ahora cuáles eran las creencias de los primeros cristianos en relación al bautismo. ¿Pensaban que el bautismo purificaría los pecados de una persona? ¿Pensaban quizá que sin bautismo un niño se condenaría? En lo absoluto. Para los primeros cristianos el bautismo no era considerado un ritual mágico que podía salvar a una persona, a menos que estuviera acompañado de la fe en Jesucristo y del verdadero arrepentimiento de los propios pecados. En práctica, el bautismo actuado sin fe, no tenía ningún valor. Por tanto, sostenían que los niños no bautizados que morían en la infancia podían salvarse, a diferencia del dogmático Agustín de Hipona (354-430 d.C.).
Veamos, a tal propósito, un pasaje de Justino Mártir, en su obra “Diálogo con Trifón” (10):

No hay otra forma (de obtener las promesas de Dios) que esta: conocer a Cristo, ser bañado en la fuente de la que hablaba Isaías pera la remisión de los pecados y, por último, vivir una vida sin pecado.

¿Qué sostenían los primeros cristianos a propósito de la salvación?
Según la mayoría de los historiadores, entre los cuales el estadounidense David Bercot, durante el cristianismo antiguo, o bien, tanto en la era apostólica como en la era patrística, se creía que la fe en Dios era absolutamente esencial para la salvación y que sin la gracia de Dios, ninguno podía salvarse.
Sin embargo, en el curso de los siglos siguientes se desarrollaron locuaces diatribas entre los que sostenían la salvación por fe y los que apoyaban la salvación a través de las obras. Según estas dos tendencias, entonces, o la salvación es un regalo de Dios o se consigue a través de buenas obras.
Estas polémicas, sin embargo, fueron introducidas por el dogmático Agustín de Hipona y luego por Martín Lutero, y no existían en los tiempos del cristianismo antiguo.
Los cristianos de los primeros tres siglos tenían claro que solo a través de la fe absoluta se puede obtener la salvación. Su razonamiento consideraba naturalmente que una fe sin obras no es verdadera fe. Pero veamos algunas citas de los primeros cristianos de la edad patrística a tal propósito. Clemente de Roma, por ejemplo (11):

Y nosotros por lo tanto, que por Su voluntad fuimos llamados en Jesús Cristo, no somos justificados por nosotros mismos. Ni por nuestra propia sabiduría, ni entendimiento, ni piedad, ni obras hechas en la santidad de corazón. Sino por esa fe, a través de la cual Dios Todopoderoso ha justificado a todos los hombres desde el principio.

El mismo Clemente, sin embargo, exhorta a cumplir buenas obras (12):

¿Qué haremos, oh hermanos? ¿Cesaremos de hacer el bien y descuidaremos la caridad? Nunca permita el señor que esto suceda entre nosotros, sino que con celo y ardor nos esforcemos en cumplir cualquier buena obra.

De la misma manera, consideremos dos citas de Policarpo, el discípulo de Juan. En la primera, transmite un célebre pasaje de la Carta a los Efesios de Pablo:

Muchos desean entrar en su gloria, sabiendo que: “Por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte” (Efesios 2, 8-9).

En la segunda cita, sin embargo, el mismo Policarpo exhorta a hacer obras de bien (14):

Aquel que se levantó de entre los muertos también nos levantará, si hacemos su voluntad y seguimos sus mandamientos y amamos lo que él ama manteniéndonos lejos de toda corrupción.

Ahora veamos el pensamiento de Clemente de Alejandría respecto a la salvación a través de la fe (15):

Abraham no fue justificado por sus obras, sino por la fe (Romanos 4, 3). Por lo tanto, aun si realizan buenas obras ahora, no les aprovecha después de la muerte, si no tienen fe.

El mismo Clemente, sin embargo, afirma (16):

Quien obtenga la Verdad y se distinga por sus buenas obras ganará el premio de la vida eterna… Algunas personas entienden de forma aceptable como (Dios provee el poder necesario), pero al darle poca importancia a las obras que llevan a la salvación, no se preparan lo suficiente para conseguir los objetos de su esperanza.

En este último pasaje, Clemente confirma que “después de haber reconocido la Verdad”, o sea, después de haber afirmado la Verdad en Cristo, el creyente debe hacer buenas obras para obtener la vida eterna.
De estas citas se deduce, por tanto, que los primeros cristianos daban prioridad a la fe en Cristo para alcanzar la salvación. Para ellos, no había ninguna diatriba entre fe y obras, justamente porque si la fe es verdadera, debe necesariamente incluir buenas obras.
De todo eso se llega a la conclusión, por tanto, de que el mundo greco-romano y la cultura de los primeros cristianos, derivada obviamente de su fe en Cristo, eran dos planetas opuestos que irremediablemente habían de enfrentarse. Uno de los dos englobaría al otro. Y así fue, en efecto: el mundo antiguo greco-romano desapareció y fue transformado en la civilización cristiana, incuso si esta, en el período del híbrido constantiniano, fue parcialmente diluida y corrompida.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

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2. No se altere el título, alguna parte del mismo ni las fuentes bibliográficas.
3. Se agregue visiblemente después del título y al fin del artículo: obra de Yuri Leveratto.
Bibliografía: Que hablen los primeros cristianos, David Bercot.

Notas:
(1) Hay, además, otros testimonios que describen el martirio de Pablo, bajo el emperador Nerón, como la carta a los Romanos de Dionisio, obispo de Corinto. He aquí su testimonio:
“Por lo tanto, usted mediante su urgente exhortación ha ligado muy estrechamente la siembra de Pedro y Pablo en Roma y en Corinto. Pues ambos plantaron la semilla del Evangelio también en Corinto y juntos nos instruyeron, tal como en forma similar enseñaron en el mismo lugar de Italia y sufrieron el martirio al mismo tiempo"
O como el testimonio de Gayo, que vivió en Roma en los tiempos del obispo Ceferino. Él, en un escrito contra Proclo, jefe de la secta del Montanismo, dice a propósito de los lugares donde fueron puestos lo sagrados despojos de los apóstoles:
“Pero yo puedo mostrar los trofeos de los Apóstoles. Si tienen a bien ir al Vaticano o al camino a Ostia, hallarán los trofeos de aquellos que han fundado esta Iglesia".
Estos dos testimonios fueron extraídos de la Historia Eclesiástica de Eusebio.
(2) Cipriano, Lettera alla congregazione della Spagna (epistola 67, capitoli 4, 5)
(3) Ignazio, Lettera ai Magnesi, cap. 5
(4) Erma, Il pastore di Erma, tomo 1, vis.3, cap.6
(5) Erma, Il pastore di Erma, tomo 3, sim.4
(6) Giustino, prima apologia, cap.14
(7) Clemente di Alessandria, Miscellanea, tomo 7, cap. 12
(8) Tertulliano, Apologia, cap.9
(9) Lattanzio, Istituzioni divine, tomo 5, cap.15/16
(10) Giustino, Dialogo con Trifone, capitolo 44
(11) Prima Lettera di Clemente, cap. 32, 4
(12) Prima Lettera di Clemente, cap. 33, 1
(13) Policarpo, Lettera ai Filippesi, cap. 1
(14) Policarpo, Lettera ai Filippesi, cap. 2
(15) Clemente, Miscellanea, tomo 1, cap. 7
(16) Clemente, uomo ricco, cap. 1, 2

martes, 27 de octubre de 2015

Evolucionismo contra creacionismo


Hoy en día no está de moda hablar de Dios. Muchos prefieren decir “la madre naturaleza”, “la energía del cosmos” o “la evolución”. Estos términos están “de moda”. Pero, ¿explican realmente cuál es el origen del universo, de la vida sobre la tierra y de nosotros, seres humanos, seres dotados de consciencia?
La teoría de la evolución es, justamente, una teoría que no está probada científicamente y que no está demostrada. En la base de esta teoría, divulgada por Charles Darwin (1809-1882), está el absurdo concepto de la generación espontánea.
Según esta teoría, que hoy se presenta como si fuera cierta en todos los colegios e universidades, al principio hubo una gran explosión, el big bang, el “gran bang”, del cual se originaron las galaxias, las estrellas, el sol y la tierra. Por una increíble secuencia de casualidades se habría originado la vida, de la nada, de la materia inerte, y entonces del ser unicelular se habrían originado, también casualmente, todos los animales, hasta llegar al ser humano que sería “solo” un animal más desarrollado, con más inteligencia que los otros.
Del caos, por tanto, se habría originado el orden, por medio de la casualidad. Pero, de acuerdo a la segunda ley de la termodinámica, existe una tendencia a pasar del orden al desorden, y no viceversa.
Pero, ¿qué había antes del big bang? Si asumimos que había materia, hacemos entonces un “acto de fe”. Sí, ¡fe!
No obstante, de la nada no puede crearse la materia por casualidad. Es imposible. Sin embargo, los científicos evolucionistas sostienen que de la nada se originó una enorme explosión, de la cual a su vez “evolucionaron” las galaxias, las estrellas y nuestro sistema solar.
Fue el belga George Lemaître quien primero propuso la teoría del big bang en 1927. Según Lemaître, de la explosión inicial se originaron los protones, los neutrones y los electrones, pero no se especifica qué había antes de la explosión. ¿Estaba quizás el tiempo, antes de la explosión? No nos es dado saberlo.
Y, ¿de dónde se habría originado la materia que se condensó en un solo punto? De la nada no se puede originar algo casualmente. Además, ¿cómo habría podido explotar una cantidad de materia si todavía no había átomos?
No es cierta una explosión atómica, por tanto. Por otro lado, hubo otra tesis contra el big bang: en el universo no hay suficiente masa que haga pensar que una explosión inicial existió. Es el famoso problema de la masa faltante. Esa es la razón por la que la teoría del big bang se acepta como un “acto de fe”, en cuanto no está demostrada ni es demostrable.
Está luego el problema del origen de la vida. De la materia inerte no se puede generar vida en modo casual. Se hicieron experimentos para intentar demostrar que, uniendo átomos de carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno y, por tanto, añadiendo descargas eléctricas, se podían generar algunas moléculas elementales, pero hasta ahora no han dado ningún resultado. Fueron producidos (con intervención humana) algunos aminoácidos, pero no proteínas. Y, además, el paso casual de la proteína a la célula dotada de membrana es inaceptable.
Según los evolucionistas, la vida habría nacido de los elementos inertes producidos después del big bang. Pero esta hipótesis es contraria a la ley de la biogénesis de Pasteur, que sostiene que la vida solo puede nacer de la vida, y no de la materia inerte. Algunos evolucionistas sostienen “por fe” que la generación espontánea sucedió solo una vez, miles de millones de años atrás. Pero ninguno de ellos ha probado que esta sucedió y ninguno ha explicado por qué no puede suceder de nuevo.
El famoso libro de Darwin, cuyo título completo es “El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida” fue publicado en 1859.
El mensaje central del libro de Darwin, que hasta hoy no ha sido demostrado científicamente, es que a partir de mutaciones casuales, algunos animales se adaptan mejor que otros al ambiente circunstante y que, en el transcurso del tiempo, se transforman, originando nuevas especies.
Pero la selección natural, o bien, la supervivencia del mejor, del más apto, no produce nuevas especies. Hay una gran diferencia entre “adaptación”, “mutación genética” y “evolución de la especie en otras especies con patrimonio genético diferente”.
Hasta hoy, la mutación genética es el único mecanismo que algunos científicos evolucionistas han propuesto para llegar al cambio evolutivo, en práctica para explicar que de la sola molécula se ha llegado al ser humano. Pero la mutación genética es un evento raro, y no ha sido probado que produzca nuevo patrimonio genético”.
Veamos a propósito una cita del científico evolucionista (no creacionista) Theodosius Dobzhansky: (1)

“El proceso de mutación es la única fuente de la variabilidad genética y por tanto de la evolución… las mutaciones que se originan demuestran, sin embargo, con raras excepciones, una involución, o sea, una peor adaptación al ambiente circunstante”.

Dobzhansky pasó su propia vida estudiando las moscas de la fruta (Drosophila melanogaster), provocando en ellas mutaciones genéticas con algunas radiaciones ionizantes. Al final obtuvo solamente otras moscas de la fruta, no nuevas especies con nuevo y diferente patrimonio genético, sino los mismos insectos, además estériles.
Los axiomas que el evolucionista acepta “por fe” son siete, y ninguno está demostrado científicamente:
1-De la materia inerte se origina la vida. Generación espontánea.
2-La generación espontánea sucedió solo una vez.
3-Virus, bacterias, plantas y animales tienen una raíz común.
4-De los protozoos se originaron los metazoos.
5-Varias especies de invertebrados están interrelacionadas.
6-De los invertebrados se generaron los vertebrados.
7-Entre los vertebrados, de los peces se generaron los anfibios, de los anfibios los reptiles, y de los reptiles las aves y los mamíferos.
Normalmente se habla de la séptima, y se ignoran las otras seis, ninguna de ellas demostrada.
Si el séptimo punto fuera verdadero, hubiéramos debido encontrar un número enorme de fósiles de animales intermedios entre todas las especies que han vivido en la tierra.
Pero estos fósiles, estos “eslabones perdidos” no fueron hallados nunca. En práctica, no se ha encontrado jamás un solo fósil que pruebe el séptimo punto. En cambio, se han encontrado fósiles de animales que experimentaron mutaciones inmediatas y que se adaptaron a particulares nichos ambientales, pero dentro de las especies examinadas.
El archaeopterix, que por mucho tiempo fue mostrado como un ave-reptil, y por tanto como el eslabón perdido entre los dos grupos de animales, no era más que un ave adaptada a un particular nicho ambiental.
Pero son los propios científicos evolucionistas quienes afirman que los fósiles de los supuestos animales de transición no fueron hallados nunca. El mismo Darwin demostraba estar confundido en una carta a un amigo suyo escrita en 1863 (2):

Cuando entramos en los detalles no podemos probar que una sola especie ha cambiado, además no podemos probar que los supuestos cambios dan beneficios, lo que estaría en la base de la teoría. No podemos siquiera explicar por qué algunas especies cambiaron en otras y otras no.

En otros casos, se divulgaron tesis ambiguas que apoyan el séptimo punto, como por ejemplo que las ballenas evolucionaron de mamíferos terrestres que volvieron a vivir en el mar. Se divulgó que el antepasado común de las ballenas sería el pakicetus, pero de este animal se encontraron solo algunos dientes, fragmentos de mandíbula y la calavera de un ejemplar adulto, y no las partes lumbares y femorales que habrían podido probar el estado transicional. Además, según otros estudios, los restos del pakicetus encontrados habrían sido más jóvenes que algunas ballenas normales, por lo que la tesis de la presunta antigüedad de este animal se caería.
En el transcurso del siglo veinte se desarrollaron muchas críticas a la teoría de la evolución, ya que se reconoció en la base de esta teoría hay algunos axiomas no demostrados científicamente y, por tanto, esta no es otra cosa que un sistema basado en la “fe”, de la misma manera que lo es el “creacionismo bíblico”.
Paralelamente, sin embargo, se desarrolló otra teoría, sostenida por científicos, llamada “teoría del diseño inteligente” (3). En práctica, según esta teoría, la realidad del universo visible y de la vida se explica solo con una intervención inteligente, una “causa primera”. Estos científicos no definen “Dios” a la causa primera, sino que se refieren a ella sin entrar en términos teológicos o religiosos. Esta teoría no debe ser confundida con el evolucionismo teísta o “darwinismo cristiano”, al cual me referiré más adelante.
La persona que inicialmente difundió la teoría del “diseño inteligente” fue Philip E. Johnson, con su libro del 1987 “Proceso a Darwin”. Hay otros sostenedores del “diseño inteligente” como Michael Behe, William Dembski, Jonathan Wells y Stephen Meyer. En práctica, estas personas han desarrollado fuertes críticas al modelo evolucionista y han demostrado que este no es científico, o bien, no responde a los criterios de cientificidad, como por ejemplo los de una demostración matemática.
Según la teoría del diseño inteligente, por tanto, la realidad natural que podemos estudiar sería solo admisible a través de la intervención de un “proyectista inteligente”. La mayoría de ellos, incluso si no se pueden definir creacionistas bíblicos, son creyentes de Dios, y del Dios del Cristianismo.
Algunos cristianos, además, han adaptado su credo inicial, basado en la Biblia, al evolucionismo, desarrollando una teoría particular llamada “evolucionismo teísta” o “darwinismo cristiano”. Según esta teoría, la creación no habría salido de las manos de Dios enteramente cumplida, sino en camino hacia la perfección última. Este devenir pone junto a la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros, con las construcciones de la naturaleza, pero también las destrucciones. Dios habría creado algunos seres iniciales, habría hecho surgir la chispa de la vida, y de estos seres iniciales se habrían desarrollado luego todas las criaturas vivientes. En práctica, el evolucionismo teísta fue inventado para que los creyentes de la Biblia pudieran “aceptar” la evolución, o para adaptar el credo evolucionista a la Biblia. En efecto, según el Génesis, Dios creó todo el universo, la tierra, las plantas y los animales en seis días (Génesis 1), mientras que, según el teísmo evolucionista, Dios habría creado solo algunos seres primordiales, de los cuales después de miles de millones de años habría evolucionado el hombre. El teísmo evolucionista está entonces en fuerte contraste con el Génesis, que según esta teoría debería ser leído en clave alegórica.
Varios creacionistas bíblicos hicieron duras críticas a las tesis de los “darwinistas cristianos”. Por ejemplo, Thomas F. Heinze, en su libro “Respuestas a mis amigos evolucionistas” sostuvo la interpretación literal de la Biblia, y criticó el hecho de que Dios hubiera tenido necesidad de la evolución para crear al hombre. Heinze hizo notar que en muchos pasajes de la Biblia está escrito claramente que Dios creó a todos los seres vivientes y al hombre, y no creó solo algunos seres de los cuales luego habrían evolucionado los otros. Hizo notar que también en los Evangelios está escrito que Dios creó al hombre (Evangelio de Mateo 19, 4; Evangelio de Marcos 10, 6).
Otro creacionista bíblico que criticó fuertemente las tesis del teísmo evolucionista es el biólogo Jobe Martin. En su libro “La evolución de un creacionista” se opone a los detalles de las tesis de los evolucionistas y de los darwinistas cristianos, y explica algunos puntos controversiales de la paleontología desde un punto de vista bíblico.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

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2-No se altere el título, ninguna parte del mismo ni las fuentes bibliográficas.
3-Se agregue de modo visible el título y al final del artículo: obra de Yuri Leveratto.

Notas:
1-On the methods of evolutionary biology and antropology American scientist, 1957 pag.385.
2-Frances Darwin, The life and letters of Charles Darwin (NY Appleton & Co, 1898 Vol.11 pag 210 (Darwin’s letter to G. Benham, may 22, 1863)
3-Science and Policy: Intelligent Design and Peer Review, American Association for the Advancement of Science, 2007