domingo, 20 de septiembre de 2015

El rito del bautismo para los primeros cristianos


Desde un punto de vista antropológico, el rito es aquel conjunto de prácticas religiosas o místicas efectuado en una comunidad de personas.
Entre todas las creaturas de la tierra, solo los seres humanos realizan ritos religiosos.
Ningún animal, hasta que se pruebe lo contrario, lleva a cabo rituales o ceremonias místicas. Esta es justamente la diferencia fundamental entre nosotros y los animales, o sea, el total conocimiento del bien y del mal, que llevó a los primeros hombres a realizar ritos místicos a los cuales daban diferentes significados, pero todos relacionados con una fuerza inmaterial, o bien, espiritual, que según las diferentes creencias, es la fuerza creadora del cielo y de la tierra.
Uno de los ritos más importantes, aunque no fundamental para la salvación, para las primeras comunidades de cristianos, me refiero entonces a los 280 años que van de la Resurrección de Jesucristo al Edicto de Milán del 313 d.C., era el bautismo.
El estudio de la vida de los primeros cristianos es importante para conocer las diferencias entre las enseñanzas transmitidas en el Nuevo Testamento (conjunto de 27 libros escritos antes del 100 d.C., o sea los más antiguos) y los dogmas que fueron agregados en épocas post-constantinianas.
En general, para los primeros cristianos, el bautismo no era visto como un ritual mágico que pudiera salvar a una persona, a menos que estuviera acompañado de la fe en Jesucristo y del verdadero arrepentimiento de los propios pecados. En práctica, el bautismo efectuado sin fe no tenía ningún valor.
El bautismo (cuya etimología deriva del griego “inmersión”) se realizaba sumergiendo completamente a la persona en el agua, la cual, una vez emergida, declaraba “Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios” (Hechos 8, 37). La inmersión es un símbolo del “descender a la tumba” del hombre viejo y la emersión es un símbolo del “renacimiento” del hombre nuevo en Cristo.
Los primeros cristianos, sin embargo, sostenían que los niños no bautizados que morían en la infancia podían salvarse, a diferencia del dogmático Agustín de Hipona (354-430 d.C.), quien sostuvo que todos los niños no bautizados estarían condenados. De Agustín, en efecto, proviene la creencia (que no está presente, sin embargo, en el Nuevo Testamento) de que bautizar a un niño recién nacido lo libera de las consecuencias negativas del pecado original (1).
Otro ejemplo del hecho de que los primeros cristianos no daban al bautismo el poder de “salvar” a una persona, fue el de los mártires. Muchos mártires murieron sin ser bautizados, pero los otros cristianos, sabiendo que Dios es infinitamente misericordioso y bueno, consideraron que el Creador no los abandonaría. En cierto sentido, los mártires no bautizados eran bautizados en la sangre, como se deduce de este pasaje del Evangelio de Marcos (10, 38-39):

Entonces Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo bebo, ó ser bautizados del bautismo de que yo soy bautizado? Y ellos dijeron: Podemos. Y Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que yo bebo, beberéis; y del bautismo de que soy bautizado, seréis bautizados.

En estos pasajes, Jesús anuncia el martirio a sus discípulos.
Hemos visto, por tanto, que los primeros cristianos no daban al bautismo el significado de “rito que lleva a la salvación”. Entonces, ¿cuál era para ellos el verdadero significado del bautismo?
Analicemos el célebre pasaje del “diálogo de Jesús con Nicodemo”, del Evangelio de Juan (3, 5-8):

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.

Agua y espíritu evocan, por tanto, el bautismo, momento en el cual se actúa el rito de “renacer”. La carne indica lo que es impermanente. El Espíritu indica el principio vital que viene de Dios, que no es corruptible. El viento que sopla es el “Espíritu Santo”, que es una fuerza misteriosa que se manifiesta “donde quiere”.
Los primeros cristianos, pero no los gnósticos, creían que las palabras de Jesús se referían al “bautismo de agua”.
Los primeros cristianos creían entonces que el bautismo, asociado sin embargo al reconocimiento de Jesucristo como Hijo de Dios y al arrepentimiento de los propios pecados, servía para obtener el perdón divino.
A tal propósito, veamos el pasaje de los Hechos de los Apóstoles (2, 38):

Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

No por casualidad Pedro inicia su frase con “arrepentíos” y no con “bautícese”.
Pero también los primeros cristianos como Justino Mártir (100-168 d.C.) tenían la misma creencia. Veamos un pasaje a tal propósito de su obra “Diálogo con Trifón” (2):

No hay otro modo (para obtener las promesas de Dios) que este: conocer a Cristo, bañarse en la fuente de la cual hablaba Isaías para la remisión de los pecados y, por último, llevar una vida sin pecado.

Los primeros cristianos daban, además, al bautismo, el significado de “renacer”.
Veamos lo que escribió Ireneo de Lyon (130-202 d.C.) en su “recopilación de fragmentos de las obras perdidas” (3):

Como leprosos en el pecado, somos limpiados, por medio del agua sagrada y la invocación del Señor, de muestras transgresiones, siendo espiritualmente regenerados como bebes recién nacidos, aun cuando el Señor ha declarado: “El que no naciere de nuevo a través del agua y el Espíritu, no entrará en el reino de los cielos” (Juan 3, 5).

Por último, los primeros cristianos creían “obtener la iluminación espiritual” después de haber recibido el Espíritu Santo.
En resumen, para los primeros cristianos el bautismo era un rito importante pero no fundamental que llevaba al perdón de los pecados por parte de Dios, pero solo si estaba acompañado de la fe en Jesucristo como Hijo de Dios y del verdadero arrepentimiento de los propios pecados.
Por tanto, el bautismo no era absolutamente necesario para la “salvación”, mientras que sí lo eran la fe en Jesucristo y el arrepentimiento de los propios pecados.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

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3-Se añada de forma visible, después del título y al final del artículo: obra de Yuri Leveratto.

Bibliografía:
Nuevo Testamento
Que hablen los primeros cristianos, David Bercot.

Notas:
(1) Sin embargo, la idea del limbo no fue nunca considerada a nivel de verdad de fe dogmática, sino que fue más bien una hipótesis teológica creída plausible, como resulta de una declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe en el 2007 y firmada por el papa Benedicto XVI. En efecto, el actual Catequismo de la Iglesia Católica prevé que los niños muertos sin Bautismo son confiados “a la misericordia de Dios [...] que quiere que todos los hombres se salven”.
(2) Justino, Diálogo con Trifón, capítulo 44.
(3) Ireneo, Fragmentos de las Obras Perdidas, 34 –http://www.newadvent.org/fathers/0134.htm 

jueves, 10 de septiembre de 2015

La verdadera identidad de Jesucristo


Pocas personas dudan de la existencia histórica de Jesucristo. Muchas, sin embargo, lo definen como un “gran profeta de Dios”, un “hombre sabio”, un “reformador del judaísmo” o incluso “el hombre más sabio que haya existido jamás”.
Algunas religiones, por otro lado, lo consideran un “gran profeta”, un “enviado de Dios” o un “mensajero de Dios”.
Estas definiciones, sin embargo, se contradicen con los libros del Nuevo Testamento, que son los textos más antiguos que describen la vida y obra de Jesucristo y sus secuaces, los Apóstoles, y que fueron escritos antes del 100 d.C.
De manera que, para profundizar en el tema de la verdadera identidad de Jesucristo, debemos estudiar los textos del Nuevo Testamento, que fueron escritos por quienes vivieron con Jesús o por quienes recibieron una enseñanza directa de los Apóstoles.
Primero que todo, analicemos el Prólogo del Evangelio de Juan (1, 1-5):

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
Este era en el principio con Dios.
Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

En estos célebres pasajes, Cristo es proclamado como Palabra de Dios (Verbo), Dios mismo, Creador del mundo y principio de la vida. Analicemos también otro pasaje del prólogo (Juan 1, 14):

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

En este pasaje se describe que el Verbo se hizo carne, o sea, se encarnó en una persona humana (Jesús). Además, se explica que el hijo es Unigénito, o bien, “único y solo” (o sea, no hubo otros y no habrá otros por fuera de él). Ya estos primeros pasajes del Evangelio de Juan expresan con fuerza la plena identidad de Jesucristo. Él es el Verbo, la Palabra de Dios, Dios mismo.
Hay otro pasaje del prólogo del Evangelio de Juan muy importante para identificar plenamente a Jesucristo (1, 18):

A Dios nadie le vio jamás; el Unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Cuando Juan escribe “A Dios nadie lo vio jamás” se refiere a Dios Padre. Cuando escribe “Unigénito Dios” se refiere a Dios Hijo, el cual “está en el seno del Padre” y que reveló al Padre. Por tanto, Juan, en este pasaje, definiendo “Unigénito Dios” al Hijo, nos revela una vez más la verdadera identidad de Jesucristo.
Ahora analicemos un pasaje sucesivo del Evangelio de Juan (1, 29):

El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Es Juan el Bautista quien habla. Nos dice que Jesús es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. ¿Qué significa esto?
En el Antiguo Testamento, los sacrificios animales se llevaban a cabo para que Dios perdonara los pecados. La pérdida de un animal del rebaño y la visión de la muerte de un animal, que es inocente por definición, ya que no conoce el bien ni el mal, tenían el objetivo de hacer redimir al pecador.
Pero, ¿qué es el pecado? El pecado es un acto carente de humildad. Un acto de arrogancia, presunción, pedantería. El pecado original fue cometido por Adán y Eva, la primera pareja de seres humanos, dotada de libre albedrío. Ellos quisieron sustituir a Dios, derrocarlo de su trono. Pecaron de presunción, de pedantería. El pecado original es lo que hizo necesario el sacrificio de Cristo en la cruz.
Su sufrimiento y su sangre, derramado en nuestro lugar, nos vuelve libres de pecado, si reconocemos a Cristo y lo aceptamos como nuestro salvador. (Carta a los Romanos 3, 22).
El sacrificio del Hijo de Dios es, por definición, el sacrificio final y perfecto, como se deduce de este pasaje de la carta a los hebreos (7, 27):

Que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes, luego por los del pueblo: y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

Cabe notar que Juan el Bautista dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, y no dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado de Israel”, indicando así que Jesús vino para cargar sobre sí todos los pecados del mundo, justamente todos, incluso los de quienes no son judíos. Su misión no es, por tanto, la de un “reformador del judaísmo”, como afirman algunos escritores, sino que es “universal, para todos los seres humanos.
Otro pasaje importante para comprender este concepto es Juan (3, 16-21):

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.
El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.
Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.

También en estos pasajes se describe a Jesús como “el Salvador del mundo” y no “quien condena el mundo”. Salvador es aquel que con su sacrificio “quita los pecados del mundo”. Quien cree en él ya está salvado, en el sentido de que acepta que Cristo recibió sobre sí mismo sus pecados.
A tal propósito veamos estos pasajes del Evangelio de Mateo 

(20, 27-28):
Y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Y (26, 26-28):
Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo.
Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos;
porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.

Entonces, según la creencia cristiana, Dios no perdona los pecados “desde lo alto”, sino pagando él mismo. Dios no delegó a una “criatura” suya el sufrimiento en la cruz. Dios mismo estaba en la cruz, dándonos el máximo ejemplo de humildad, porque amaba de tal forma al hombre que se sacrificó por él, cargando sobre sí mismo todos los pecados del mundo y volviéndonos, de esta manera, libres. Además, solo Dios, ser infinito, podía pagar con su sangre por todos los pecados del mundo.
Sólo con un cuerpo humano el Verbo pudo realmente sentir nuestro dolor, nuestro sufrimiento y nuestra tristeza. Quiso sentir este dolor en sí mismo, no por una razón vacua, sino porque el acto de cargar sobre sí todo el dolor del mundo, todo el sufrimiento en el mundo, y todos los pecados del mundo era una condición necesaria para salvar a la humanidad. Sin la acción salvadora de Cristo, ningún hombre podía expiar sus pecados. Esto sugiere que la verdadera identidad de Jesucristo es una unión perfecta de dos naturalezas, divina y humana, en una sola persona. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
De varios pasajes de los Evangelios se deduce que el Padre y el Hijo son “de la misma sustancia”. Es Jesús mismo quien lo afirmó, disipando cualquier duda sobre su identidad y su misión.
He aquí un primer pasaje del Evangelio de Mateo (11, 27):

Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
Continuemos con el análisis del Evangelio de Juan. En el siguiente pasaje (8, 18-19) está escrito:
Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí.
Ellos le dijeron: ¿Dónde está tu Padre? Respondió Jesús: Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais.

Frase significativa, porque indica que solo conociendo y aceptándolo, se puede aceptar al Padre.
Nos estamos sumergiendo en lo profundo del Evangelio de Juan al analizar los importantes pasajes donde Cristo reveló su plena identidad a los fariseos y a los religiosos en el templo.
En el siguiente pasaje de Juan (8, 23-24), Jesús, atribuyéndose a sí mismo el nombre con el cual Dios se reveló a Moisés (“Yo Soy”, en Éxodo 3,14) se pone a la par con Dios.

Y les dijo: Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.
Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.
Y todavía en Juan (8, 53-58):
¿Eres tú acaso mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió? ¡Y los profetas murieron! ¿Quién te haces a ti mismo?
Respondió Jesús: Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios.
Pero vosotros no le conocéis; mas yo le conozco, y si dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros; pero le conozco, y guardo su palabra.
Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.
Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?
Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, Yo Soy.

También el décimo capítulo del Evangelio de Juan es particularmente significativo para conocer la verdadera identidad de Jesucristo. Leamos los siguientes pasajes (10, 14-18):

Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.
También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.
Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.
Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.
Primero que todo, en estos pasajes está escrito que Jesús nos conoce, exactamente como el Padre lo conoce y él conoce al padre. Luego está escrito que él da la vida por nosotros.
En esta frase, entonces, Jesús anticipa lo que será su sacrificio, y además nos anticipa su Resurrección: él da su vida y él la retoma, justamente porque él es el Señor.
Además, también de esta frase de deduce que Jesús vino por todos y no solo por los judíos. (También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor).
Pocos pasajes más adelante, cuando algunos judíos le piden que revele su verdadera naturaleza, Jesús responde (Juan 10, 24-30):

Y le rodearon los judíos y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.
Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos.

Con esta última frase, Jesús afirma estar en unión con el Padre. Sin embargo, cuando los judíos recogieron piedras para lapidarlo, se dio este diálogo (Juan 10, 32-38):

Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.
Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois?
Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis.
Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.

Los judíos habían entendido que, con aquella afirmación, Jesús sostenía que era Dios, pero Jesús mismo no negó serlo. Jesús se remite al Antiguo Testamento: en las escrituras son llamados dioses e hijos del Altísimo los jueces y los reyes, porque son partícipes de la prerrogativa divina de juzgar a los hombres (Sal. 82, 6-Sal. 2- Dt 1, 17; 19, 17). Jesús agrega que quien es santificado y enviado por el Padre tiene derecho a ser considerado en unión con el padre. En la última frase, además, confirma de nuevo que él y el Padre son una sola cosa.
Analicemos ahora otro pasaje del Evangelio de Juan (20, 28): 

Respondió Tomás y le dijo: “¡Señor mío y Dios mío!
En este caso, Jesús no negó ser Dios, sino que respondió, en Juan (20, 29): Le dijo Jesús: “¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron”.

La naturaleza divina de Jesús no se deduce solo de lo que dijo, sino también obviamente de lo que hizo. Los milagros, narrados en los cuatro Evangelios, muestran su dominio total sobre las fuerzas de la naturaleza, los demonios, las enfermedades y la muerte. Jesucristo resucita a los muertos: la hija de Jairo (en Lucas 8, 49-56), el hijo de la viuda de Naín (en Lucas 7, 11-17) y Lázaro (Juan, 11).
He aquí el célebre diálogo de Jesús con Marta antes de la resurrección de Lázaro (Juan 11, 23-27):

Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.
Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.
Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.
Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?
Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.

Con esta frase, Marta reconoció la verdadera identidad de Jesucristo.
Prosiguiendo con el análisis de los Evangelios, particularmente del Evangelio de Juan, analicemos otro pasaje fundamental para comprender la verdadera identidad de Jesucristo (Juan, 12, 44, 45):

Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió.

En este último pasaje, Jesús afirma que es consustancial al Padre.
Y todavía en Juan (14, 5-14):

Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?
Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.
Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.
Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?
¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.
Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras. De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.
Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.
En estos pasajes hay dos conceptos significativos. Primero que todo, Jesús responde a Tomás diciendo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”.Luego responde a Felipe diciendo: “yo soy el Padre, y el Padre en mí”. 

Jesús afirma entonces que es la verdad, que está unido al Padre y que es, por tanto, de la misma “sustancia”.
También en Juan (16, 27-28), hay algunas frases importantes:

Pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre.

Salí de Dios”,frase que da la idea del Verbo generado, pero no creado y finalmente encarnándose en un hombre, Jesús.
En el capítulo 17 del Evangelio de Juan hay también afirmaciones muy importantes de Jesús, que está rezando al Padre. He aquí un primer y significativo pasaje (Juan 17, 3-5):

Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.
Y todavía, Juan (17,24):
Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo

En estos dos pasajes se deduce que Jesús estaba con el Padre antes de que el mundo fuese, antes de la fundación del mundo, del universo. Estos dos pasajes, indirectamente, confirman la Divinidad de Cristo.
Pero el evento cardinal de la misión de Jesús es la Resurrección (Mateo, 28; Marcos 16; Lucas, 24; Juan, 20). En la Resurrección, Jesucristo venció la muerte y demostró su poder sobre ella. Solo Dios mismo, que creó el universo, tiene el poder de vencer el pecado y la muerte. He aquí los famosos pasajes de la Carta a los Corintios de Pablo (1, Corintios, 15, 54-55):

Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita:
Sorbida es la muerte en victoria.
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?
¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?

La Resurrección es, además, la demostración de que Dios aceptó el extremo sacrificio de Cristo hecho por todos los seres humanos y certifica que quienes creen en Jesucristo serán resucitados en la Vida Eterna.
Hay, además, otras frases y comportamientos de Jesús que indican su naturaleza consustancial al Padre. En el capítulo quinto del Evangelio de Mateo, hablando de la ley mosaica, o sea, la ley dada por Dios, Jesús repitió varias veces: “habéis comprendido que fue dicho… yo os digo más”. Jesús enseña entonces sobre los comportamientos correctos a asumir en el caso de matrimonio, juramentos, amor al prójimo. Seis veces repite la frase: “en cambio yo os digo”.
¿Cómo podría un simple profeta agregar o modificar las leyes dadas por Dios si no quien por su naturaleza es consustancial al Padre? Los profetas decían: “Así habla el Señor”, mientras que Jesús dijo: “yo en cambio os digo”.
Se sabe que los judíos cumplían la ley del descanso durante el sábado, y por esto criticaron a Jesús por haber curado a un paralítico en sábado. Juan (5, 1-10). Pero Jesús, demostrando estar por encima de la ley, dijo (Juan 5, 17):

Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.

Jesús se pone, entonces, por encima de la ley, por ejemplo también cuando dice:

Porque el Hijo del Hombre es Señor del día de reposo” (Mateo, 12, 8).

Son afirmaciones inauditas, que nunca salieron de la boca de ningún hombre, y que prueban la verdadera naturaleza de Jesucristo, que es consustancial al Padre.
Otra frase importante con la cual Jesús declaró su plena identidad es la siguiente, en respuesta al sumo sacerdote, extraída del Evangelio de Marcos (14, 61-62):

Mas él callaba, y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?
Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.

En este pasaje, Jesús responde claramente, usando las palabras de la visión de Daniel (7, 13-14).
Veamos ahora, un pasaje importante de la Carta del apóstol Pablo a los Filipenses (2, 3-11):

Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,
el cual, siendo en forma de Dios,
no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,
sino que se despojó a sí mismo,
tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;
y estando en la condición de hombre,
se humilló a sí mismo, haciéndose obediente
hasta la muerte,
y muerte de cruz.
Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo,
y le dio un nombre que es sobre todo nombre,
para que en el nombre de Jesús
se doble toda rodilla
de los que están en los cielos,
y en la tierra, y debajo de la tierra;
y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor,
para gloria de Dios Padre.

Analizando este importante fragmento rítmico, vemos que en el sexto pasaje Pablo escribe: “el cual, siendo en forma de Dios”. De modo que Pablo escribe claramente que Jesús es Dios por naturaleza. Además, en el undécimo pasaje escribe: “y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. De esta manera, retomando el sexto pasaje, certifica la Divinidad del Hijo.
Analicemos ahora un importante pasaje de la Primera carta de Juan. El primero (1 Juan 5, 20):

Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento a fin de que conozcamos al que es verdadero; y nosotros estamos en aquel que es verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna.

En este pasaje “El Verdadero” es Dios. Juan afirma que solo el Hijo de Dios nos dio la inteligencia para conocer a Dios. Además, afirma permanecer en el Verdadero, o sea en su hijo Jesucristo. En el último pasaje Juan escribe algo que no debería dar lugar a dudas: “Este es el verdadero Dios y la vida eterna”, o sea, Jesucristo es el verdadero Dios.
Por último, analicemos algunos pasajes importantes de las cartas de Pablo. El primero, extraído de la Carta a los Colosenses (2, 8-9):

No se dejen esclavizar por nadie con la vacuidad de una engañosa filosofía, inspirada en tradiciones puramente humanas y en los elementos del mundo, y no en Cristo. Cristo, Cabeza, Salvador y Mediador, porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad.

Pablo afirma que en Cristo se tiene "toda la plenitud de la divinidad", o sea, la Esencia divina. Cristo es Dios. Él, como persona, se distingue del Padre por la relación que tiene con el Padre siendo él el Hijo Unigénito, pero una sola es la Esencia. Toda la plenitud de la divinidad "habita corporalmente" en él, o sea, no por medio de una simple acción de la divinidad sobre un cuerpo humano, sino por la unión hipostática de las dos naturalezas, la divina y la humana. En Cristo hay dos naturalezas, que no están mezcladas, en la única Persona que es la divina. En Dios se tienen tres Personas iguales y distintas en la única Esencia. Dios es Trinidad.
Miramos ahora el siguiente pasaje (1) de la Primera Carta a Timoteo (3, 16):

E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:
Dios fue manifestado en carne,
Justificado en el Espíritu,
Visto de los ángeles,
Predicado a los gentiles,
Creído en el mundo,
Recibido arriba en gloria.


Dios fue manifestado en carne”, es el Verbo (Evangelio de Juan, 1, 14).
Y ahora analicemos un último pasaje, en la Carta a los Romanos (9, 4-5)

que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.

También de este pasaje se concluye que Pablo sostuvo la plena Divinidad del Hijo.
Quienes niegan la Divinidad de Cristo, la cual se deduce de los textos del Nuevo Testamento, y la cual no es un dogma agregado en época post-constantiniana, se encuentran entonces ante un dilema de difícil solución. Ellos dicen que Jesucristo fue un gran sabio, si no el más grande de todos los sabios. Pero, ¿cómo podría haber sido el más grande de los sabios si hubiera mentido?
De manera que la verdadera identidad de Jesucristo, consustancial al Padre y al Espíritu Santo, Dios mismo y creador del mundo, resulta clara.
Naturalmente, en la vida de Jesucristo hay varios misterios que el creyente acepta por fe.
No obstante, queda todavía un hecho fundamental: Dios, el creador del cielo y de la tierra, habría podido muy bien juzgarnos desde lo alto, sin venir entre nosotros, sin humillarse él mismo, encarnándose en un ser humano. Pero Dios mismo, infinitamente misericordioso y bueno, quiso enviar a su Hijo para redimirnos del pecado y pagar por nosotros en la cruz. Dios amaba de tal forma al hombre que se sacrificó por él, pagando con el sufrimiento en la cruz y perdonando así todos los pecados:

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3, 16).

YURI LEVERATTO
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Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

(1) Textus Receptus, King James, Reina Valera.