sábado, 22 de agosto de 2015

El Reino de Dios, “reino al contrario”


¿Cuál fue el tema principal de la predicación de Jesucristo?
Muchas personas a las que se les hace esta pregunta, podrían responder: “la salvación”. Otras podrían contestar: “el amor”.
Ciertamente, estas dos respuestas no están erradas. Incluso se puede afirmar que son verdades esenciales. Pero hay un tema sobre el cual Jesús predicó muchas veces, que hoy está casi ausente en los debates espirituales: el Reino de Dios.
En este artículo analizaré los temas relativos al concepto de “Reino de Dios” e intentaré explicar por qué este es un “reino al contrario”.
Hay muchas parábolas de Jesús donde se describe el Reino, pero por ahora quisiera citar de inmediato un pasaje del Evangelio de Juan (18, 33-36):

Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.

En este pasaje importante de Juan se observa que Jesús habla a Pilato de un Reino que no es de este mundo. Parecería, entonces, que el Reino no es un reino terreno. Veamos ahora otro pasaje de las Escrituras, del Evangelio de Mateo (24, 9-14):

Entonces os entregarán a tribulación y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo. Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.

En este pasaje se anuncia el “evangelio del Reino”. ¿Qué quiso indicarnos Jesús con estas palabras?
¿Tal vez Jesús se refería a un reino de judíos? Ciertamente no, ya que en el curso de su predicación se dirigió también a los “gentiles”, o sea, a los que no eran judíos. Además, este hecho se deduce también de este pasaje de Mateo (21, 33-44), donde Jesús está hablándoles a los fariseos:

Oíd otra parábola: hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue lejos. Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos. Mas los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro apedrearon.
Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. Finalmente les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad. Y tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron. Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?
Le dijeron: a los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a su tiempo. Jesús le dijo: ¿nunca leísteis en las Escrituras: la piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos? Por tanto os digo, que el Reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará.

Se observa que en esta parábola, la viña es Israel, y los campesinos-viticultores son los fariseos. Los siervos son los profetas, que son asesinados por los fariseos. El hijo del patrón es Jesús (piedra de ángulo) y el propietario de la viña es el Padre.
Del penúltimo pasaje se deduce que el Reino podría ser entregado a un pueblo merecedor y no a los judíos. Pero, ¿a qué pueblo será entregado? ¿Tal vez a los griegos? ¿A los italianos? ¿A los ingleses? ¿A los españoles? ¿O quizás a los brasileños?
En realidad, los ciudadanos del Reino no pertenecen a ninguna nación de la Tierra, sino que están esparcidos por todos los países. Todos aquellos que “nazcan de nuevo” podrán ver el Reino. He aquí un pasaje del Evangelio de Juan (3, 1-3) donde se explica este concepto:

Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios.

¿Qué quiere decir Jesús con “nacer de nuevo”? Posiblemente quiere decir que quien recibe sus enseñanzas, las aplica en sus acciones y cree en él, nace de nuevo, esta vez desde lo alto, desde Dios.
Además, en otro pasaje, mientras habla a la mujer samaritana (Juan 4, 21), Jesús da a entender que el Reino no tendrá ninguna capital y que no tendrá, por tanto, fronteras.

Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.

Entonces de este pasaje se deduce que el Reino no está destinado exclusivamente a los judíos y que no tendrá como capital a Jerusalén. ¿Quería tal vez decir Jesús que el Reino es un reino espiritual, ideal? No justamente. He aquí otro pasaje determinante para comprender el concepto de Reino (Lucas 17, 20-21):
Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros.
De estas palabras se deduce que el Reino no es algo lejano, futuro o etéreo. Es algo cercano a nosotros, algo que está entre nosotros. En efecto, con esto quería decir Jesús que el Reino es transversal y fragmentario. Allí donde las personas siguen con humildad sus enseñanzas, allí es donde se instaura, si bien brevemente, el Reino.
Ahora veamos, sin embargo, por qué este Reino es “al contrario”. Observemos de inmediato el pasaje de Mateo (10, 37-39):

El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.

Si nos detenemos a sopesarlo, nos damos cuenta de que este mensaje es desconcertante. En práctica, Jesús nos pide un grado de lealtad fortísimo. Pero para entrar en el Reino, ¿debemos verdaderamente amar a Jesús más que a nuestros padres o a nuestros hijos?
Hagamos un ejemplo volviendo al mundo terreno. A lo largo de la historia (incluso reciente), sucedió que nuestra nación decidió declarar la guerra a otra nación. En aquellos casos, algunos de nuestros conciudadanos se fueron a un país lejano dispuestos a matar a otras personas y dispuestos a morir por el concepto de “patria”.
En este caso, el Estado nos pidió un sacrificio absoluto: nos pidió abandonar a nuestros seres queridos -o sea padre, madre, hijos- y abandonar nuestras propiedades para ir a combatir con el fin de defender “la patria”.
Si el Estado exige de nosotros una lealtad máxima, tiene mayor razón Dios en exigirnos una lealtad incluso más fuerte. Por esto debemos elegir de qué parte estar: ¿con el Estado o con Dios?
Profundicemos en este concepto: el Antiguo Testamento reflejaba un reino “de este mundo”, mientras que con el Nuevo Testamento hay un cambio de paradigma fundamental, una revolución absoluta, un terremoto perturbador que revela justamente un “reino al contrario”. A continuación, un pasaje de Mateo (5, 38-44):

Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.

¿Amar a nuestros enemigos? El concepto pacífico de Jesús es claro. El cambio de paradigma respecto al Antiguo Testamento está decretado. No es suficiente, según la enseñanza de Cristo, amar a los propios enemigos, hay incluso que rezar por ellos.
El mensaje de la no-violencia y de la no-resistencia es, sin embargo, exactamente el contrario del mensaje que prevalece en el mundo actual. Si hay una injusticia, hay que responder activamente, luchando, combatiendo y, si es necesario, aniquilando al adversario.
Atención, sin embargo: el mensaje de la no-resistencia no es un mensaje de cobardía. Jesús mismo, Pedro, Pablo y todos los otros apóstoles, además de los mártires, no fueron cobardes. Murieron denunciando el mal, oponiéndose al mal, pero no resistieron al mal con la fuerza física.
Además, en el pasaje de Mateo (5, 40) hay también una exhortación a no responder a la causa judiciaria de quien exige de nosotros bienes materiales:

y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa;

Lo que significa que, además de no responder a la violencia con violencia, no deberemos ni siquiera responder a una causa judiciaria en contra de nosotros, sino que cuando una persona nos pide un bien material (ejemplo: la túnica), tendremos que dársela y darle algo más (ejemplo: la capa). Tampoco es, por cierto, una exhortación a la debilidad, sino una invitación al diálogo, a la comprensión, a la determinación y a la verdadera fuerza.
De manera que ya empezamos a comprender por qué el reino de Dios es un “reino al contrario”, donde todos los valores son opuestos a los valores terrenos.
Pero volvamos al tema de la no-violencia. Muchas personas creen que este mensaje tiene valor solo cuando se refiere al individuo. Cuando, sin embargo, el Estado, la autoridad terrena, nos pide cometer un acto violento (guerra, invasión, conquista) o nos permite cumplir una acción violenta (aborto) no debemos plantearnos el problema. Es el Estado quien nos lo pide (o nos lo permite) y entonces es justo hacerlo. ¿Es precisamente así?
En un “reino de este mundo” es obviamente así. El Estado es la autoridad máxima. Pero si queremos entrar en el Reino, ¿debemos obedecer las leyes del Estado o las leyes de Dios?
El lema “Dios y patria” ya no tiene sentido en este contexto.
¿Podemos afirmar con esto que Jesús predicó contra los militares? No precisamente, y eso se deduce del hecho de que escuchó a un centurión y, conmovido por su fe, curó y salvó a su siervo (Mateo, 8, 5-13). El hecho es que Jesús no propugnaba un cambio político, sino interior.
Es así como el concepto de “reino al contrario” se vuelve más claro. Según esta idea, el poder terreno de los Estados se disuelve como la nieve al sol, pierde significado y también el concepto de “patria” pierde sentido.
El concepto del Reino de Dios está fuertemente ligado a la vida terrena. Es obvio entonces que, en un horizonte “eterno”, cualquier vicisitud terrena pierde significado.
En una óptica de este tipo, “los reinos de este mundo”, o sea, todos los Estados de la Tierra, no tendrían más razón de existir; se derrumbarían como en un juego de dominó de escala planetaria. Es así como el concepto de “reino al contrario” asume casi toda su significación. Escribo “casi” porque hay otros conceptos importantes que deben considerar quienes quieren entrar en el Reino: la riqueza, por ejemplo.
La enseñanza de Jesús respecto a la riqueza se deduce especialmente de dos pasajes del Evangelio, el del “joven rico” y el del “Discurso de la Montaña”. Analicemos el pasaje del “joven rico” (Mateo 19, 16-22):

Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna? Él le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.

Entonces, Jesús agregó (Mateo 19, 23-24):

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.

Analicemos ahora los pasajes referidos al “Discurso de la Montaña” (Lucas 6, 20-23):

Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas.
¿Qué se deduce de estos pasajes? Las palabras de Jesús están en contra del egoísmo y contra la adoración del dinero. La persona que dedica su vida a acumular dinero y que venera el dinero como a “su Dios”, no podrá entrar en el Reino. En este sentido, asume significado el pasaje del Evangelio de Mateo (6, 24):
Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.

La riqueza entonces no da, según Jesús, ningún privilegio, sino que al contrario es un peso grave que obstaculiza el camino correcto, ya que aleja al hombre de los que deben ser sus objetivos: el amor a Dios y al prójimo.
Ahora concentrémonos en los pobres: ¿quizás tienen abiertas las puertas del Reino solo porque son pobres? Según este pasaje del Evangelio de Lucas (6, 20), los pobres tendrían las puertas del Reino abiertas:

Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

En cierto sentido, los pobres tienen una ventaja sobre los ricos, ya que no están expuestos a la “trampa” de la riqueza y pueden concentrar su vida en los verdaderos valores. Pero también aquí tendrán abiertas las puertas del Reino solo si su estilo de vida no se concentra en alcanzar la riqueza como un fin en sí mismo, sino en obtener “la salvación”.
¿Podemos anunciar con esto que Jesús quería abolir las clases sociales y la propiedad privada? ¿Podemos entonces definirlo como un “primer comunista”?
No precisamente. De la lectura atenta de los Evangelios, no se deduce que Jesús quisiera eliminar las clases sociales, uniformando los salarios. En su vida pública tuvo contacto con personas que se dedicaban a diferentes actividades laborales, pero no dijo nunca que debían ser recompensadas de la misma manera. Tuvo contacto con campesinos, pescadores y pastores, pero también con cobradores de impuestos, fariseos y publicanos.
Es cierto que los hombres tienen diferentes cualidades, y Jesús no quiso eliminar estas diferencias. Hay quien trabaja más arduamente, quien tiene brillantes intuiciones económicas, quien se arriesga emprendiendo un nuevo proyecto. Estas personas deben justamente obtener el fruto de su trabajo, a condición, sin embargo, de que no sea en perjuicio de los demás. Jesús no propuso un cambio social o económico, sino un cambio interior.
Es así como el concepto de “Reino” empieza a estar más claro. Él está entre nosotros y podría también expandirse en la Tierra; no es una pura utopía. No obstante, para entrar en el Reino, debemos “nacer de nuevo” y “abandonarnos a Dios”, teniendo fe en él. Si queremos entrar en el Reino, no podemos declararnos fieles al poder terreno, sino que debemos dedicarnos totalmente a Dios. A tal propósito, muestro otro pasaje del Evangelio de Mateo (10, 32-33):

A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

Es verdad que los cuatro Evangelios son obras monumentales, cuyo mensaje es fortísimo, revolucionario, perturbador. En todo caso, Jesús no exige de nosotros nada más que lo que podamos hacer según nuestra posibilidad. A tal propósito, cito un pasaje muy dulce del Evangelio de Mateo (11, 28-30):

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.

Hay otros conceptos importantes que deben considerar quienes aspiran a entrar al Reino, como por ejemplo, el amor por el prójimo, la honestidad, el honor, la lealtad, pero no bastaría ni un libro entero para analizarlos todos.
Consideremos, sin embargo, otro pasaje del Nuevo Testamento (Mateo 18, 1-5):

En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.
De manera que para entrar al Reino, hay que ser como niños: sencillos, puros, serenos. Cualquiera que sea “pequeño”, o bien, humilde, en el Reino será “grande”.
Volvamos ahora a los pasajes iniciales de este artículo, cuando describí el interrogatorio de Pilato a Jesús: es obvio que el Reino de Jesús no era de este mundo y que ningún discípulo combatiría para liberarlo. Ahora, entonces, está más claro por qué los ciudadanos del Reino no pueden ser de “este mundo”.
Analicemos ahora dos pasajes del Evangelio de Juan. El primero, cuando Jesús oró por sus secuaces, poco antes de ser arrestado (Juan 17, 14-18):

Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.
He aquí un segundo, significativo, pasaje de Juan (12, 25):

El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.

¿Qué significa todo eso? ¿Quizá que los secuaces de Cristo deben alejarse de la vida terrena, vivir como ermitaños en la cima de montañas, practicando el ascetismo? No exactamente. Jesús no predicó la separación total de la materialidad, sino el cambio interior respecto a la correcta relación con el “mundo terreno” y con el objetivo de alcanzar la “salvación”, o bien, la instauración del Reino que, como hemos visto, no puede ser sino “al contrario”.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducido por Julia Escobar, Medellìn, Colombia

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-No se altere el título, ninguna parte del mismo ni las fuentes bibliográficas.
-Se agregue de forma visible, después del título y al final del artículo: obra de Yuri Leveratto.

Bibliografía:
Nuevo Testamento, Sociedad Bíblicas Unidas.
El reino que trastornó el mundo, David Bercot.

jueves, 20 de agosto de 2015

Cristo no es Horus, y el Cristianismo antiguo es una religión original


Desde hace ya varios años está en curso un proceso organizado que tiene el fin de globalizar el planeta tanto desde un punto de vista cultural como económico.
Quien persigue el objetivo de homogeneizar las culturas y las religiones tiene interés en uniformar las diferentes creencias para volverlas similares, sincretizándolas. A menudo se escucha decir que “todas las religiones son iguales”, porque todas practican el amor y la paz. Pero, ¿es realmente así?
Según este proyecto, financiado y favorecido sobre todo por corrientes masónicas, la religión cristiana sería comparable a cultos solares preexistentes y, por tanto, los Evangelios no serían originales, sino que se trataría de relatos alegóricos sin fundamento histórico. En este artículo me propongo demostrar que estas tesis están erradas y que el Cristianismo antiguo es una religión original.
Primero que todo, es de fundamental importancia distinguir entre el Cristianismo antiguo y el Cristianismo post-constantiniano
Si hubo una solarización, esta ocurrió entonces en el siglo IV, para sincretizar y obtener la aceptación de las masas, pero no tiene nada que ver con el Nuevo Testamento.
Veamos por qué: en la mitología egipcia, Osiris e Isis se casan. A Osiris lo mata Seth (su hermano malvado), quien lo hace pedazos. Isis resucita a Osiris y de su unión nace Horus, el dios del Sol.
A menudo, quienes sostienen la teoría del “mito de Jesús”, comparan a Isis con María y a Jesús con Horus. Pero en Juan 1, 1-5, está escrito que Jesús es el Verbo, creador del universo y, por tanto, también del sol. Mientras que Horus es el Dios-Sol.
Hay también en algunos escritos una presunta relación de Osiris con Jesús, pero Jesús no fue descuartizado; según Juan, de hecho, no se le rompió ningún hueso (Juan 19, 36) y no fue María (Isis) quien lo resucitó, sino que él mismo resucitó porque venció a la muerte, siendo Dios (Lucas 24, 6).
Según algunos autores, como Acharia S., ya en el Evangelio de Lucas habría una “solarización”. De manera evidentemente forzada se asocia a Juan el Bautista con Seth (mito lunar) y a Jesús con Horus (mito solar). Veamos el pasaje del Evangelio de Lucas (1, 26-31) utilizado por estos escritores para su razonamiento:

A los seis meses, Dios mandó al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, a visitar una mujer virgen llamada María, que estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del Rey David. El ángel entró en el lugar donde ella estaba y le dijo: - Te saludo, favorecida de Dios! El Señor está contigo. María se sorprendió de estas palabras y se preguntaba que significaría aquel saludo. El ángel le dijo: - María no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.

De este pasaje y del pasaje precedente se deduce que Jesús fue concebido (por el Espíritu Santo) seis meses después de Juan el Bautista.
Además, tales autores sostienen que Juan el Bautista (sol-muriente) nació en el solsticio de verano, seis meses antes respecto al nacimiento de Jesús, que es el 25 de diciembre, o sea el solsticio de invierno. Haciendo un razonamiento errado afirman que tanto Juan el Bautista como Jesús son alegorías de Seth y Horus respectivamente y que, por tanto, no existieron en realidad, sino que son solo avatares.
Parecería un axioma perfecto, pero hay un error de fondo.
En el Evangelio de Lucas no está escrito que Jesús nació el 25 de diciembre. Y ni siquiera en los otros escritos del Nuevo Testamento. De solarización, entonces, no hay rastro en los Evangelios.
El 25 de diciembre como fecha oficial del nacimiento de Jesús fue introducido en el 336 d.C., cuando Constantino efectuó su solarización, como se sabe, para atraer y reunir a las masas.
Así se demuestra entonces que la teoría de “Juan Bautista-Seth-Sol muriente” y “Jesús-Horus-Sol naciente” existe solo en las mentes de tales escritores, mientras que los Evangelios reflejan una religión original que es justamente el Cristianismo antiguo.
Por lo general, estos presuntos expertos históricos como Acharia S. basan sus tesis sobre Horus (el dios del Sol) en el “Libro de los Muertos”, un texto funerario egipcio escrito a partir del 1550 a.C. En realidad, sin embargo, en tal texto hay poca información sobre Horus. La mayoría de las fuentes sobre Horus es popular, procede entonces de proverbios no escritos que surgieron en el transcurso de al menos tres milenios (del 3100 a.C. al 100 a.C.).
La segunda tesis que los sostenedores de la teoría de Jesús-Horus llevan al debate es que Isis era virgen como María y, por tanto, la historia de los Evangelios sería una copia de un mito precedente.
Pero el mito de Horus cuenta que a Osiris, al marido de Isis, lo mató Seth, descuartizándolo. Isis encontró todos los pedazos del cuerpo desmembrado de Osiris excepto el pene, que fue arrojado al Nilo. Con sus poderes, Isis devolvió a Osiris a la vida y recreó su pene (de oro o madera, simbolismo fálico), con el fin de hacerse embarazar y concebir a Horus.
Por tanto, Isis no era virgen, y no es entonces igual a María.
El hecho de que luego, en Roma, en el siglo IV, algunos templos en honor a Isis fueran readaptados y dedicados a la virgen, entra entonces en la solarización y en el proceso de sincretismo actuado por Constantino, pero no tiene nada que ver con el Cristianismo antiguo.
La tercera tesis de quienes apoyan la teoría Jesús-Horus es que Jesús fue bautizado por Juan el Bautista exactamente como Horus, que fue bautizado por Anup, luego decapitado. Entonces, una vez más, los Evangelios serían copias de mitos preexistentes. Pero en la antigua mitología egipcia no existe ningún Anup.
Esta historia proviene de falsificaciones banales de Gerald Massey, un autor del siglo XIX que no tiene ningún crédito entre los especialistas serios de egiptología. Estas tesis fueron luego retomadas por Acharia S. en su libro “Cristo en Egipto, la conexión Horus-Jesús”. En este libro, Acharia S. hace un paralelo entre el dios egipcio Anubis y “Anup el bautista”. Es posible que en algunas esculturas y pinturas egipcias haya representaciones de lavados rituales, pero ni en el Libro de los Muertos, ni en esculturas, bajorrelieves o pinturas, está Horus bautizado por Anubis.
También la tercera tesis, por tanto, se derrumba y la figura de Juan que bautiza a Jesús en el río Jordán es un hecho original que no proviene de ningún mito preexistente.
La cuarta tesis de los defensores de la teoría Jesús-Horus es que Jesús fue tentado en el desierto por Satanás, exactamente como Seth (dios del desierto) intentó matar a Horus.
Primero que todo, Seth, en la mitología egipcia, no es ciertamente comparable a Satanás. “Intentar matar” o “incitar a batalla” a Horus no es la misma cosa que “tentar”, como hizo Satanás a Jesús en los Evangelios.
La relación entre Horus y Seth no es nunca igual a la de Jesús y Satanás. Horus y Seth estaban a menudo en desacuerdo entre ellos; su sucesiva reconciliación permitió al faraón gobernar Egipto.
Jesús y Satanás, en cambio, no se reconciliaron nunca.
La quinta tesis de los defensores de la teoría de Jesús-Horus es que Osiris (cuyo nombre egipcio es Wsjr, cuya pronunciación es Ausar, Usir o Asar), fue resucitado, exactamente como fue resucitado Lázaro por Jesús.
Pero no fue Horus quien resucitó a Osiris, sino que fue Isis, su mujer.
Además, el nombre Lázaro deriva del hebreo “Eleazar” que significa “Dios ha ayudado” y no tiene nada que ver con el nombre egipcio Wsjr, al cual los más acreditados egiptólogos atribuyen el significado de “el potente”.
La sexta tesis de los divulgadores de la teoría Jesús-Horus es que Horus tenía doce apóstoles, exactamente como Jesús.
Esta leyenda proviene también de Gerald Massey, quien dice que fueron doce los apóstoles de Horus. En realidad, en algunas creencias populares se habla de los cuatro hijos de Horus, semidioses, pero nunca de doce secuaces.
La séptima tesis de los simpatizantes de la teoría Jesús-Horus es que Horus fue crucificado antes de Jesús, por lo que la crucifixión de Jesús sería un mito construido sobre un mito precedente.
En realidad, Horus es representado a veces con los brazos abiertos pero no “crucificado en una cruz”. No hay ni una sola fuente histórica que describa a un personaje real llamado Horus que fuera crucificado y, además de todo, no hay ninguna fuente histórica que compruebe que en el antiguo Egipto se efectuara la crucifixión.
Por el contrario, para la crucifixión de Jesús las fuentes históricas son varias, las cuales describí en mi artículo “El Jesús histórico”.
La octava tesis de los defensores de la teoría Jesús-Horus es que Horus resucitó después de tres días, exactamente como Jesús.
Esta leyenda proviene del estudio aproximativo de la estela de Metternich, conservada en el Metropolitan Mueum of Art de Nueva York. Esta estela no evoca de manera alguna la muerte sacrificial de Jesús. Horus murió siendo niño, picado por un escorpión enviado por Seth, y luego fue resucitado por el dios Thot, pero en las creencias populares no hay rastro del renacimiento al “tercer día”.
Además, Horus no muere llevando consigo los “pecados del mundo”, no muere para redimir a la humanidad que, con el pecado original, se había excluido de la salvación. Horus no es el “Salvador del mundo”, sino que es, según las leyendas, el dios del cielo, del sol y de la guerra.
La lista de falsos paralelos podría continuar, pero ninguno de ellos está basado en fuentes históricas ciertas, pues la mayoría de las veces las “fuentes” son los libros de Gerald Massey (siglo XIX) o de sus seguidores contemporáneos, como Acharia S.
Una última teoría sostiene que, siendo la cruz un símbolo antiquísimo que se remontaría a la civilización egipcia (ankh, llave de la vida o cruz ansada), entonces la religión cristiana sería una copia de religiones antiguas.
También en este punto hay que recordar que en el Cristianismo antiguo el símbolo más utilizado era el pez (Ἰχθύς, ichthýs) y no la cruz, cuyo uso se difundió solo a partir del 313 d.C. con Constantino (in hoc signo vinces).
Los defensores de la teoría de que el Cristianismo antiguo es una religión solar proveniente de cultos preexistentes asocian a Jesús también con otras figuras religiosas del pasado como Mitra o Krisna, pero también estas son simplificaciones banales que no tienen fundamento histórico. Una vez más confunden (¿de buena fe?) el Cristianismo antiguo con el Cristianismo post-constantiniano.
De todo lo anterior se deduce que Jesús no es de ninguna manera Horus, y que los Evangelios y los otros libros del Nuevo Testamento son originales y no están basados en cultos preexistentes. Se sigue que el Cristianismo antiguo es una religión absolutamente original.
YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

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3. Se adjunte de forma visible, debajo del título y al final del artículo “Obra de Yuri Leveratto”

Bibliografía:
-Antiguo Testamento, Sociedad Bíblicas Unidas
-Nuevo Testamento, Sociedad Bíblicas Unidas
-Libro de los Muertos
-Acharya S. The Christ Conspiracy, the Greatest Story Ever Sold
-Acharia S Christ in Egypt: The Horus-Jesus Connection
-Unmasking the Pagan Christ por Stanley E. Porter y Stephen J. Bedard
-Hopfe, Lewis M.; Richardson, Henry Neil (9-1994). «Archaeological Indications on the Origins of Roman Mithraism». En Lewis M. Hopfe. Uncovering ancient stones: essays in memory of H. Neil Richardson. Eisenbrauns. pp. 147
-Gerald Massey, The natural genesis

miércoles, 19 de agosto de 2015

El híbrido constantiniano



En Esmirna, en el 155 d.C., fue condenado a muerte un anciano seguidor de Cristo, cuyo nombre era Policarpo. Fue acusado de no haber hecho sacrificios para el emperador romano Antonino Pío. 
El procónsul Stazio Quadrato miraba a Policarpo en cadenas. Le dijo que si juraba por la Divinidad del César, sería liberado.
Pero Policarpo se negó a jurar por la Divinidad de un simple hombre, incluso si era emperador. Entonces Stazio Quadrato lo exhortó a maldecir a Jesucristo y a negar a Dios. Solo esto debía hacer y, si lo hubiera hecho, hubiera sido liberado.
Pero Policarpo no podía renegar de Cristo. Su Fe era sólida como la roca y no temía a la muerte, ya que le daba más importancia a la Vida Eterna que a la vida terrena.
Cuando Policarpo fue quemado vivo, la gente de Esmirna pensó que con su muerte se borraría para siempre esa “detestable superstición” llamada Cristianismo.
Pero en los años siguientes, el Cristianismo, en vez de desaparecer, creció cada vez más, la comunidad de amplió y la palabra de Cristo se difundió por todo el imperio.
Pero, ¿por quiénes estaban conformadas las primeras comunidades de cristianos?
Además de Policarpo de Esmirna, se recuerda a Ignacio de Antioquía (35-107 d.C.), Justino Mártir (100-168 d.C.), Ireneo di Lyon (130-202 d.C.), Clemente de Alejandría (150-215 d.C.), Tertuliano (155-230), Orígenes (185-254), Cipriano (210-258) y Lactancio (250-317).
Las características principales de las comunidades cristianas difundidas por el mundo antiguo reflejaban la enseñanza original de los Evangelios. Especialmente, los cristianos primitivos vivían separados del “mundo”, o sea separados de la mundanidad.
Su Fe era tan fuerte que cualquier cosa que reclamara la adoración de la materialidad era para ellos negativa y debía ser evitada. No eran ascetas, como por ejemplo algunos santones hindúes, que practican la mortificación de la carne y la negación del deseo, sino que vivían en contextos no mundanos, no frívolos, entonces más bien austeros, sin oropeles, para ser más claros.
La adoración del dinero, la búsqueda del poder y de la materialidad eran conceptos que no les interesaban a los cristianos del primero, segundo y tercer siglo; por el contrario, se detenían en el concepto de compartir y de amar incondicionalmente a los hermanos y también a las personas externas a las comunidades, los llamados no cristianos.
A tal propósito, una frase de Justino Mártir (1):

Nosotros que le dábamos valor a adquirir riqueza y posesiones más que a cualquier cosa, ahora llevamos lo que tenemos a un fondo común y lo compartimos con cualquiera que lo necesite. Nos odiábamos y nos destruíamos entre nosotros mismos y nos negábamos a asociarnos con pueblos de otras razas o países. Ahora, por Cristo, vivimos juntos a esas personas y oramos por nuestros enemigos.

Otra característica de los primeros cristianos era la Fe incondicional en Dios. He aquí una frase de Clemente de Alejandría (2):

Una persona que no hace lo que Dios le ha ordenado demuestra que en realidad no cree en Él.

La aceptación de las persecuciones y la respuesta pacífica hacia ellas fue el mejor ejemplo de la Fe absoluta que los primeros cristianos habían depositado en la figura de Jesucristo. A continuación, un pasaje escrito por Lactancio (3):

Si todos tenemos nuestro origen en un hombre, a quien Dios creó, claramente todos pertenecemos a una familia. Por consiguiente, se debe considerar una abominación odiar a otro ser humano, sin importar qué tan culpable pueda ser. Por esta razón, Dios ha decretado que no odiemos a nadie, sino que eliminemos el odio. De esta manera, podemos confortar a nuestros enemigos recordándoles nuestra relación mutua. Porque si nos fue dada la vida por el mismo Dios, ¿qué otra cosa somos sino hermanos?... Como todos somos hermanos, Dios nos enseña a nunca hacernos daño el uno al otro, sino solo el bien, ayudando a aquellos que estén oprimidos y pasando dificultades y dándole de comer al hambriento.

La Fe absoluta de los primeros cristianos en las enseñanzas de Jesús y de los apóstoles se demostró principalmente en las persecuciones.
Ser cristiano era ilegal en el imperio romano, sobre todo porque los secuaces de Cristo negaban la Divinidad del emperador y no hacían los sacrificios solicitados por la cultura del tiempo. Los primeros cristianos eran conscientes de que podían ser enviados al patíbulo sufriendo torturas atroces, pero estaban convencidos de que Dios no los abandonaría.
He aquí un pasaje de las Cartas de Ignacio, un secuaz de Juan:

Es necesario por tanto, no solo ser llamado “cristiano”, sino ser en realidad cristiano… Si no estamos preparados para morir de la misma manera en que Él sufrió, su vida no está en nosotros (4).

Y he aquí otro pasaje, escrito antes de ser llevado al patíbulo:

Que traigan el fuego y la cruz. Que vengan las manadas de bestias salvajes. Que se quiebren y disloquen mis huesos y se separen mis extremidades. Que venga la mutilación de todo mi cuerpo. De hecho, que vengan todas las torturas diabólicas de Satanás. ¡Solo déjenme alcanzar a Jesucristo!... Preferiría morir por Jesucristo en vez de reinar sobre los confines de la tierra. (5).

Fue justamente la fortísima fe que los primeros cristianos tenían en Dios, testimoniada incluso en el sacrificio extremo (no es gratuito que “mártir” signifique testigo en griego), la que sirvió de “volante de inercia” para nuevas conversiones y para nuevos mártires. La fe en Jesucristo, a pesar de las persecuciones, se propagaba de manera evidente.
De los escritos de los primeros cristianos se deduce que realmente ellos vivían “en el mundo”, incluso “no estando en el mundo”.
No tenían jerarquías, pero cada congregación era independiente de las otras, de manera que una enseñanza errada o una herejía no pudieran esparcirse por todas las iglesias.
No adoraban la riqueza material, sino que vivían en comunidades de creyentes, compartiendo sus posesiones con los secuaces.
No buscaban el poder terreno, sino más bien la salvación espiritual.
No aceptaban que existieran nuevas revelaciones o nuevas creencias, sino que basaban su Fe solo en los Evangelios y en los otros escritos del Nuevo Testamento.
Cualquier posible dogma adjunto era un cambio de dirección y, por tanto, un error.
En el 303 d.C. tuvo lugar la última persecución contra los cristianos, querida por Diocleciano y Galerio. Se ordenó la destrucción de Iglesias y la quema de las Sagradas Escrituras. Se decretó la confiscación de los bienes de los cristianos y el arresto de muchos de ellos.
Pocos años después, el imperio romano no tenía un único jefe supremo.
Flavio Valerio Severo gobernaba Italia y África del norte, mientras que Constantino gobernaba Britania y Galia. Otros dos líderes militares gobernaban la parte oriental del imperio.
Cuando Severo fue derrotado por Majencio, Constantino se declaró “legítimo emperador” del imperio romano de Occidente. Pero faltaba todavía vencer a Majencio antes de poder entrar triunfalmente a Roma.
El historiador Eusebio (265-340) narra en su “Vida de Constantino” (6):

Dijo que a medianoche… vio con sus ojos el signo de una cruz de luz en los cielos, superpuesta al sol, con las palabras: con este signo serás vencedor. (in hoc signo vinces)

La batalla la ganó Constantino, quien atribuyó la victoria al “Dios de los cristianos”. No sabemos si a causa de este hecho Constantino se convirtió al Cristianismo. Sin embargo, hizo de todo para aventajar a los cristianos, favorecerlos e, indirectamente, corromperlos (quizás sin quererlo). Veamos por qué.
Con el edicto de Milán (313 d.C.), el emperador Constantino y Licinio (Augusto de Oriente) decretaron la libertad de culto para cualquier religión en todo el imperio.

Entonces nosotros, Constantino Augusto y Licinio Augusto, habiéndonos encontrado proficuamente en Milán y habiendo discutido todos los argumentos relativos a la pública utilidad y seguridad, entre las disposiciones que veíamos útiles a muchas personas o entre las que considerábamos prioritarias, habíamos puesto las relativas al culto de la divinidad con el fin de que les sea consentido a los cristianos y a todos los otros la libertad de seguir la religión que cada uno profese, de manera que la Divinidad que esté en el cielo, cualquiera que sea, a nosotros y a todos nuestros súbditos nos dé paz y prosperidad.

Así, Constantino decidió que toda propiedad confiscada a los cristianos durante las persecuciones de Diocleciano tenía que ser devuelta. Además, toda casa de oración que había sido quemada, debía ser reconstruida a expensas del Estado.
El edicto de Milán no había transformado la religión cristiana en religión de Estado, pero es innegable que, con el tiempo, el emperador había adoptado una fuerte actitud positiva hacia los cristianos. Constantino ordenó la construcción de nuevas y suntuosas iglesias para poder recibir más fieles.
Pronto se dio cuenta de que la mayoría de los obispos cristianos estaba viviendo en la pobreza. Les ofreció entonces salario y protección. Permitió que las Iglesias pudieran recibir bienes en herencia. Concedió a la institución una especie de tribunales obispales (episcopalis audientia) a los cuales los cristianos podían acceder para dirimir sus controversias. Además, eximió del pago de impuestos a todos los obispos y a sus propiedades.
Increíblemente, en pocos años los cristianos pasaron de ser una minoría perseguida a ser los favoritos de la corte. ¡Qué diferencia respecto a algunos años antes!
Fue así como, lentamente, el espíritu conservador de los primeros cristianos se encontró fuertemente amenazado.
Durante el período de los primeros cristianos, por ejemplo, nadie había nunca pensado en pagar salarios a los obispos, pero cuando Constantino lo hizo, ellos aceptaron. Nadie había pensado nunca en que fuera justo estar exentos de impuestos, pero cuando Constantino los eximió, ellos aceptaron. Nadie había pensado nunca que fuera justo vivir en un palacio suntuoso, pero cuando Fausta, la segunda mujer de Constantino, concedió la Domus Faustae (en el área del Palacio Laterano) a Milcíades, el obispo de Roma, él aceptó sin reservas.
De esta manera, los cristianos empezaron a pensar que el cambio no podía ser sinónimo de error, sino que quizá podría conllevar mejoras.
¿Qué obtuvo el emperador a cambio de todos estos favores y privilegios?
Ya en el 314 d.C., cuando hubo una polémica entre donatistas y católicos, él la dirimió y dio a los católicos la prioridad y el reconocimiento de ser la legítima corriente de la Cristiandad.
Constantino ya no era considerado una “Divinidad” como los emperadores anteriores, pero como el obispo de Roma lo reconocía, obtenía el “derecho divino”, o bien, “el derecho de reinar otorgado por Dios”.
El Cristianismo, en cambio, se había corrompido, se había mezclado con la política y con los negocios del mundo. No estaba ya formado por un conjunto de personas que practicaban el culto de manera desapegada de los bienes y de las cargas materiales. Por primera vez en la historia, a los cristianos se les reconocía prestigio social, importancia, honores. Cuando el Cristianismo comenzaba a ser aceptado y además aportaba beneficios desde el punto de vista social, miles de personas se convirtieron. Y el Estado aprobaba. Así, los cristianos, viéndose aceptados y luego privilegiados, en realidad se alejaron de las enseñanzas originales de Jesucristo y empezaron incluso a perseguir a quien criticaba su nueva doctrina. Lentamente, de hecho, se le estaba dando más importancia a la teología y a la doctrina que al cambio radical e interior que tenía que generarse en un cristiano para poder tener acceso al Reino de Dios.
En el 325 d.C., se dio una fuerte disputa sobre la naturaleza del Hijo de Dios y del Padre. Los dos principales contendientes de esta polémica fueron Alejandro, obispo de Alejandría, y el presbítero Ario.
Constantino, que era considerado como “obispo universal”, convocó a un concilio de todos los obispos, que se desarrolló en Nicea.
Ario sostenía que el Hijo de Dios no tenía la misma naturaleza del Padre y que tenía que ser considerado entonces en un plano menor, entre los Ángeles y el Padre, justamente.
Constantino, para dirimir la disputa, decidió incluir el término homoousion (de la misma sustancia) en la doctrina (7), proclamando que el Padre y el Hijo eran homoousion. Esta afirmación concuerda plenamente con las creencias de los primeros cristianos y se deduce de varios pasajes de los Evangelios (por ejemplo: Prólogo del Evangelio de Juan, Juan, 10, 30, o Mateo 28, 19).
Sin embargo, lo que me urge resaltar aquí es que las disputas sobre la doctrina habían asumido mucha más importancia que el cambio interior predicado por Cristo y, además, las herejías debían ser suprimidas con una violencia inaudita. Quienes fueron perseguidos, me refiero a los primeros cristianos, se convirtieron en perseguidores.
Ario fue enviado al exilio en Iliria, todos sus escritos fueron quemados y se sancionó que quien fuera descubierto siguiendo sus enseñanzas, tendría que ser ajusticiado. Es verdad que Ario y sus secuaces eran heréticos, pero eso no justificaba una represión tan brutal. ¿En qué momento se había acabado el perdón cristiano?
La iglesia empezó a estar organizada a la manera del imperio, en el sentido que los obispos metropolitanos tenían autoridad sobre las iglesias de su circunscripción. Fue así como se acabó la independencia de toda congregación, y había riesgo entonces de que una adición errada a la doctrina pudiera difundirse velozmente.
Constantino, además, favoreció un proceso de sincretismo con algunas religiones paganas, en una óptica de difusión y asimilación. En Roma, algunos templos que habían sido consagrados a Isis fueron readaptados y dedicados a la Virgen, y en el 336 d.C. se decretó oficialmente la fecha de nacimiento de Jesús para el día 25 de diciembre, en una óptica de sincretismo con algunos cultos preexistentes.
Pareciera que Constantino hubiera logrado cristalizar la enseñanza de Jesús en el llamado Credo Niceno, y que nadie hubiera podido ponerla en discusión nunca más.
Pero no fue así: en los años sucesivos hubo otros concilios donde se proclamaron otros dogmas rígidos y vinculantes, que sin embargo resultaban ser añadiduras a los Evangelios y, por tanto, fórmulas accesorias, no originales.
Algunos escritores, como el estadounidense David Bercot, se refieren a este período como al híbrido constantiniano, durante el cual hubo un alejamiento de los Evangelios.
Fue un parcial retorno al Viejo Testamento. Por ejemplo, mientras Jesús había predicado el desapego de los bienes materiales, en el Viejo Testamento no había prohibición de acumular riquezas, y así fue durante el híbrido constantiniano.
Después del 325 d.C., la Iglesia, ya jerarquizada, reconocía al Estado, y se encontraba atrapada en el poder y en la doctrina.
Los cristianos vivieron por casi tres siglos en un régimen que consistía en compartir, ser iguales, ser hermanos y perdonar. Por tres siglos vivieron “en el mundo”, pero no eran “de este mundo”, en el sentido en que no adoraban la riqueza ni deseaban la mundanidad y mucho menos el poder.
Los cristianos del híbrido, en cambio, se dejaron corromper y, lentamente, se alejaron de las verdaderas enseñanzas de Jesucristo.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Bibliografía:
Nuevo Testamento, Sociedad Biblicas Unidas
Que hablen los primeros cristianos, David Bercot
La vida de Costantino, Eusebio de Cesarea

Notas:
(1) Giustino, Primera Apologia, cap. 14
(2) Clemente, Miscellanea, Tomo 4, cap.10
(3) Tertulliano, A los martires, capitulos 2, 3
(4) Cartas a los Magnesios, cap 5
(5) Cartas a los Romanos, cap 5
(6) Eusebio, la vida de Costantino, 1, 28
(7) El Credo niceno-costantinopolitano