viernes, 26 de junio de 2015

Occidente y relativismo cultural


No hay duda de que, durante siglos, en la civilización occidental ha prevalecido el concepto de etnocentrismo. Occidente, a partir de los grandes descubrimientos geográficos, ha conquistado gran parte de la Tierra, no sólo militar y políticamente, sino también culturalmente.
La idea de la superioridad de nuestra cultura y el principio de proyectar en todo el planeta nuestra visión del mundo, nuestro concepto de sociedad, de economía y de relaciones interpersonales, fueron dominantes por cientos de años.
Con el imperialismo, el colonialismo y el excepcionalismo, Europa y Estados Unidos de América exportaron su idea de sociedad y convivencia entre pueblos. El etnocentrismo, y particularmente el eurocentrismo, dominaron en el pensamiento occidental por más de cuatro siglos y medio, a partir de 1492.
En 1948, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos firmada en París, se establecieron pautas en nuestra sociedad occidental.
Fueron decretados los derechos del hombre, que a su vez derivaron de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, firmada en 1789 durante la explosión de la Revolución Francesa.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos, que es como la “Piedra de Rosetta” de nuestra civilización, fue firmada por casi todos los países soberanos del planeta, con excepción de los islámicos.
Desde 1948, varios países musulmanes han señalado que esta Declaración está en antítesis con los preceptos islámicos, y luego, en 1981, cincuenta y siete países musulmanes, de Mauritania a Pakistán, de Argelia a Omán, firmaron una Declaración Islámica Universal de los Derechos Humanos, basada en preceptos coránicos.
Esto testimonia que las dos civilizaciones, la occidental y la islámica, están separadas por profundas diferencias. El hecho mismo de que en algunos países musulmanes la apostasía sea condenada con la pena de muerte hace comprender qué tan abismal es la brecha entre las dos sociedades.
Nuestra civilización, nacida en Grecia hace 2523 años (con la democracia de Clístenes en el 508 a.C.), ha estado inspirada, influenciada e invadida por el Cristianismo.
Diecisiete siglos después de Cristo, a partir del debate sostenido durante la Ilustración, la sociedad occidental criticó fuertemente al Cristianismo y al Judaísmo, basándose en la Razón.
Un debate semejante al de la Ilustración nunca se ha llevado a cabo en las sociedades islámicas, y es justamente ese el motivo por el que estos países no firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Sin embargo, en el mundo occidental, desde la posguerra, también por el hecho de que Europa perdió en perjuicio de las dos superpotencias, el poder político y militar del planeta, se desarrolló un sentimiento de tolerancia y valoración de las otras culturas, que originó una fuerte crítica al etnocentrismo: el relativismo cultural.
Esta teoría antropológica, divulgada por los especialistas Franz Boas y Melville Jean Herskovits, considera que cada cultura es única, que tiene el mismo valor respecto a las demás y que sus usos y costumbres tienen siempre una justificación en su contexto específico.
Querer considerar todas las culturas en un mismo plano es, en mi opinión, una actitud errada. Es verdad que las costumbres, las tradiciones y las usanzas de diferentes etnias tienen valor en el contexto local, pero considero que debe haber un límite, que se identifica justamente con la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Un primer ejemplo: el hecho de que los yanomami del Brasil reduzcan los huesos de sus difuntos a polvo que luego ingieren, puede ser para nosotros los occidentales una conducta que no compartimos, pero debemos respetarla, ya que se efectúa en su contexto local, la selva amazónica, y no violenta a nadie. No obstante, la práctica del infanticidio de los mismos yanomami, llevada a cabo por razones propiciatorias y por supersticiones, debe ser interrumpida, y los niños deben ser salvados. El derecho a la vida debe prevalecer sobre las tradiciones y usanzas del pueblo en cuestión.
En nuestro Occidente, sin embargo, varios antropólogos que avalan la tesis del relativismo sostienen que la cultura de los yanomami debe ser considerada más importante que la vida de los niños y que las tradiciones indígenas deben ser respetadas a toda costa.
Los relativistas culturales, han ido más lejos. Cuando el multiculturalismo puso el pie en la cultura occidental, ellos justificaron cualquier comportamiento asumido fuera de su contexto local, a veces simplemente extraño a nuestra cultura, pero otras veces incluso peligroso para nuestra supervivencia.
Esta actitud, que consiste en justificar y relativizar cualquier acción, puede llevar a una total pérdida de identidad de parte de los jóvenes que, no teniendo referencias, podrían convertirse en presas fáciles de la red de fundamentalistas religiosos.
El exceso de multiculturalismo, el querer mezclar de manera forzada pueblos de culturas diferentes y, en particular, el querer reunir etnias que a menudo no desean en absoluto integrarse en la cultura occidental, me refiero a las de religión islámica, puede causar desequilibrios en nuestra sociedad que desembocarían en serios enfrentamientos violentos.
Al considerar cada cultura igualmente válida, se igualan las costumbres y las tradiciones, se uniforman los usos, se disuelven las diferencias entre las etnias y se empieza así el juego de los poderes fuertes, aquel de los jefes de bancos y multinacionales, cuyo objetivo es precisamente vender un producto a escala planetaria. Si perdiste tus tradiciones, tu modo de vestir y de comer; si no te reconoces más en tu cultura, sino en la cultura global, aceptarás fácilmente el producto global, incluso lo defenderás.
De ahí entonces que los relativistas consideren que la cultura de los islámicos presentes en Occidente deba ser respetada y defendida, incluso cuando va en contra de los valores occidentales.
Es este el error de Occidente, que sin darse cuenta está participando en el juego de los globalistas extremos.
Si en algunos barrios de Londres se implementó la sharía, con el fin de respetar y defender los valores culturales de la civilización islámica, se está cometiendo, a mi modo de ver, un grave error. Instaurar “islas culturales” en pleno Occidente, donde se ponen en acción las leyes musulmanas, es una equivocación porque esas leyes van en contra de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Permitir que una herencia se asigne a los hijos varones y no se comparta con las hijas mujeres de la persona fallecida, o autorizar la poligamia, significa renunciar al principio de igualdad de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Legitimar algunos comportamientos ilegales, justificándolos porque están siendo efectuados por sujetos de religión musulmana, quiere decir ir contra el concepto de igualdad.
Un ejemplo es el caso de Hatun Sürücü, una mujer curda que vivía en Alemania y que fue asesinada en el 2005 por sus hermanos, quienes la acusaban de comportamientos juzgados inmorales, entre los cuales, haberse separado del marido con quien había sido obligada a casarse a la edad de dieciséis años. Uno de los hermanos fue condenado a sólo nueve años de cárcel, mientras que los otros dos fueron absueltos, en consideración de su cultura musulmana.
Por desgracia, los relativistas culturales “extremos” tienden a justificar también actos terroristas efectuados por fanáticos islámicos. Ante todo, sostienen que los terroristas son “pocos y aislados”, olvidando que hacen parte de una red y que desde el 2001 hasta hoy ha habido en el mundo unos 24.000 atentados sanguinarios. Afirman, además, que estos eventos no tienen que ver con la religión, cuando, en cambio, es evidente que siguen una interpretación radical de su libro sagrado.
Es verdad que la mayoría de las personas de religión islámica es pacífica, pero es también cierto que existe un substrato de personas, que algunos expertos como Sam Harris valoran en el 30% del total de los musulmanes, que apoya a los terroristas y que simpatiza con ellos. Estas personas aceptarían y no se opondrían a la instauración de la sharía en Occidente, de manera que están de acuerdo con el fin de la libertad de prensa, de palabra y de expresión. En práctica, quieren el fin de la civilización occidental.
El problema del terrorismo es completamente islámico, pero los relativistas no lo reconocen, incluso no nombran siquiera el adjetivo “islámico” y se limitan a decir “extremismo”, siguiendo el mainstream de la globalización extrema que quiere incluir a los países islámicos en el círculo del consumismo.
Pero más allá del terrorismo islámico hay otra amenaza para nuestra civilización: la islamización de Europa y de Estados Unidos, junto al hecho de que los relativistas culturales avalan y apoyan la negación de nuestra cultura para abrirle paso a una cultura totalmente distinta a la nuestra, con el nombre de una integración forzada que, en primer lugar, los islámicos mismos no desean.
Y así se ha intentado quitar crucifijos de los lugares públicos, porque es ofensivo para la cultura islámica. Algunos rectores de colegios públicos deciden no armar el pesebre en Navidad porque, según ellos, no conjuga con la tradición musulmana. Se autoriza la construcción de mezquitas y universidades islámicas, pero no se tiene control sobre el origen de los recursos que las posibilitan y no se verifica si provienen de países fundamentalistas islámicos.
Aceptar e incluso apoyar costumbres y tradiciones contrarias a nuestra cultura desembocará en la pérdida de identidad de muchos de nuestros jóvenes, además de que incitará enfrentamientos al interior de nuestra sociedad, como ya ha ocurrido en las periferias de algunas ciudades europeas.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

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