sábado, 27 de junio de 2015

Occidente y multiculturalismo


Hoy en día hay en el mundo básicamente dos tendencias económico-sociales. La primera es poderosísima, casi invencible: la globalización. La segunda es débil y, a menudo, utilizada por políticos populistas: la autarquía.
El plan de los globalistas comenzó hace 101 años con la creación de la Federal Reserve Bank, el banco central de los Estados Unidos de América. Luego continuó financiando ideologías opuestas y contrarias que llevaron a la Segunda Guerra Mundial.
En 1954 tuvo lugar la primera reunión del Bilderberg, en la cual participaron David Rockefeller (el nieto del hombre más rico de todos los tiempos) y N. D. Jay (agente de la J. P. Morgan).
En aquella reunión se decidió la futura estructura de Europa, cuyo organismo embrionario, la CECA, fue financiado y apoyado por Rockefeller y por la CIA (1) por medio del ACUE (American Commitee on United Europe).
Con la caída del muro de Berlín y la consiguiente disolución de la Unión Soviética, Estados Unidos se encontró nuevamente en una posición de absoluto dominio del planeta.
La era de la globalización y del capitalismo extremo había comenzado.
Este modelo de desarrollo llevó a la concentración de la riqueza mundial en poquísimas manos y produjo, especialmente en Occidente, muchos nuevos pobres.
Las grandes multinacionales occidentales tienen necesidad de mercados abiertos para poder expandirse, allí donde se pueda comerciar libremente sin impuestos aduaneros y, además, necesitan mano de obra barata.
He ahí la razón por la cual los grandes grupos económicos favorecieron la creación del espacio común europeo, idea noble, pero que hasta el día de hoy no ha sido interpretada como debería ser.
Por tanto, en Europa, el debate entre “derecha” e “izquierda” está ya completamente fuera de lugar.
En Europa se está desarrollando una completa “americanización” del trabajo, volviéndolo más acorde a las exigencias de los capitalistas extremos o incluso de los especuladores. Quizás haría mejor en escribir que en Europa está en acto la “colombianización” del trabajo.
Colombia, de hecho, es un país donde no existen los sindicatos y donde los capitalistas extremos tienen vía libre, ya que no hay certeza sobre la estabilidad del propio empleo y el salario mínimo ronda por los 300 dólares al mes.
Es este el proyecto final de la globalización que, en algunos casos, como por ejemplo en Brasil, se disfraza de “socialismo de mercado”, con grandes subsidios a las clases menos pudientes y a los indígenas, volviendo entonces al pueblo dependiente del gobierno y, por tanto, fácilmente influenciable y corrupto.
Pero hay otro punto importantísimo que los globalistas sostienen como si fuera la “nueva Biblia”: el multiculturalismo.
Desde hace ya unos cincuenta años, en Occidente ha habido olas migratorias de otros países. Es indudable que la integración cultural es a veces algo positivo (un pueblo que conoce la filosofía, los usos y las costumbres de otro pueblo se enriquece culturalmente), pero es cierto también que los globalistas tienen necesidad de mano de obra a bajo precio para poder continuar lucrándose del trabajo de los seres humanos.
Pongamos un ejemplo concreto del proyecto globalista: desde que la globalización empezó a propagarse en el mundo, en 1991 con la disolución de la Unión Soviética, pero en especial en el 2001 con la entrada de la República Popular China en la OMC y en el 2002 con la instauración del euro, un emprendedor europeo tiene interés en deslocalizar, o bien, en llevar su fábrica a países donde el trabajo cueste menos. Llevará su fábrica de Francia o de Italia a Rumania o a Turquía, donde podrá pagar a los trabajadores hasta un cuarto de lo que les pagaba en Europa Occidental.
Por consiguiente, en Europa Occidental el empleo disminuirá cada vez más y los derechos sociales serán desarraigados, acercando a Europa a Suramérica.
Los salarios o las horas de trabajo serán disminuidos. Los trabajadores europeos protestarán, pero los inmigrantes, sean de origen africano o medio-oriental, aceptarán porque no tendrán opción. En cierto momento, también los trabajadores europeos aceptarán esta situación. La clase obrera bajará de nivel y se debilitará.
Si este plan se ejecutara en su totalidad, los globalistas habrían ganado, tendrían el gobierno mundial, controlado por los bancos y por las multinacionales, y una masa de humanidad subyugada y enmudecida, justo como en el famoso libro “1984” de George Orwell.
Pero hay otro punto que podría causar serios problemas en Occidente.
La inmigración salvaje, deseada por los globalistas (por ejemplo, el flujo de “latinos” de México a Estados Unidos y el de africanos y árabes a Europa a través de Italia), lleva a una situación paradójica, donde los clandestinos tienen más derechos que los ciudadanos europeos y son acogidos no sólo por las empresas, sino también por las mafias.
Si esta situación aumentara en un futuro cercano, podría haber enfrentamientos sociales en Occidente, sobre todo con grupos de radicalistas islámicos, que en vez de adaptarse a la cultura occidental, pretenderían importar la sharia a Europa (ver los casos sucedidos en algunos barrios de Londres).
Todo eso, como indiqué al principio del artículo, favorece a los políticos que proponen un regreso a la autarquía: cierre de fronteras, salida del euro, de la Unión Europea y de la OTAN, incentivos a las producciones locales e impuestos aduaneros a las importaciones.
Estas propuestas difícilmente lograrían ser puestas en práctica, justamente porque la mayoría de la población estaría contaminada de la publicidad de los medios de comunicación, en manos de los poderes fuertes.
A mi modo de ver, sin embargo, este no sería tampoco el camino correcto a seguir, porque la Historia ha demostrado que quien se cierra en sí mismo está destinado a fracasar.
En mi opinión, habría que proceder simplemente con sentido común: en lo que respecta a la economía, habría que imponer altos impuestos a las especulaciones y los capitalistas extremos deberían pagar en proporción mayor a los pequeños emprendedores.
Además, habría que reducir los salarios muy altos, distribuir esa riqueza entre los pensionados con el mínimo e incentivar las producciones locales sin subir, no obstante, los impuestos aduaneros a las importaciones.
Desde el punto de vista de la inmigración y, por tanto, del multiculturalismo, considero que los flujos migratorios deberían ser controlados y ordenados, de manera que no hubiera enfrentamientos sociales y con el fin de que no se trastornara la cultura originaria de los pueblos occidentales.

YURI LEVERATTO
Copyright 2014

Nota:
1-
http://www.telegraph.co.uk/news/worldnews/europe/1356047/Euro-federalists-financed-by-US-spy-chiefs.html

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

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