lunes, 29 de abril de 2013

La importancia estratégica del Roraima


El Roraima es el Estado más septentrional de Brasil. Tiene una extensión de 224.000 kilómetros cuadrados y una población de poco más de 400.000 personas. Es una densidad bajísima, menos de 2 habitantes por kilómetro cuadrado. Prácticamente está casi deshabitado, exceptuando la capital Boa Vista, donde se encuentra el 75 % de la totalidad de la población.
El Roraima es riquísimo en oro y muchos otros minerales; se considera que sus selvas están entre las más biodiversas del mundo, y es además una de las zonas del planeta donde se encuentra en abundancia (miles de millones de toneladas) la sustancia más valiosa de todas para el hombre: el agua.
Desde el tiempo de los conquistadores españoles, el Roraima atrajo a decenas de aventureros que tenían por objetivo apropiarse de las enormes riquezas auríferas, pero las dificultades orográficas, ambientales y logísticas para conquistar y explotar esta porción de la Amazonía fueron tan grandes que casi todas las expediciones organizadas fracasaron.
Los primeros rumores sobre una zona riquísima en oro y piedras preciosas, situada más allá de altas montañas, le llegaron al gobernador de la Isla Margarita, en Venezuela, alrededor de 1570.
Los indígenas hablaban de un gran lago llamado Manoa (en lengua Arawak) o Parime (en idioma Caribe). Ambas palabras significaban gran lago, per algunos investigadores sostienen que Manoa podría significar puerto de Noé, agua de Noé o simplemente diluvio.
Los autóctonos contaban a los conquistadores que en la zona del gran lago había una civilización desarrollada que utilizaba mucho el oro.
Los españoles pensaron de inmediato en el famoso mito de El Dorado, leyenda que se originó en la actual Colombia, en el lago de Guatavita.
El primer explorador que se adentró en la selva venezolana en busca de Manoa fue el español Antonio de Berrío en 1584. Exploró varios afluentes del Orinoco y del Caroní, pero no logró atravesar las montañas llamadas Pacaraima, más allá de las cuales se encontraba el lago, según los indígenas. Hizo incluso una segunda expedición en 1591, pero no tuvo éxito.
El segundo aventurero que se adentró en la selva del Caroní fue el inglés Walter Raleigh, pero también él falló en el intento. No obstante, los datos que él proporcionó sirvieron al inglés Thomas Harriot para elaborar su famoso mapa de 1599, en el cual se ilustra el lago.
Algunos subalternos de Berrío y Raleigh, como Domingo de Vera y Pedro Maraver en 1593, y Laurence Keymis en 1596, llegaron de todos modos hasta el lugar donde hoy está situada la frontera Venezuela-Brasil y quedaron atónitos al ver que los indígenas utilizaban grandes cantidades de oro para adornarse, pero no pudieron continuar por falta de hombres y de medios.
La última expedición que se acercó a la zona del supuesto lago de Manoa fue la del inglés Thomas Roe, en 1611. El inglés decidió que como era tan extremadamente difícil atravesar las montañas de Pacaraima partiendo de Venezuela, sería mejor recorrer el curso del Río Amazonas remontando los ríos, en ese entonces totalmente inexplorados, que lo conducirían a Manoa. Se narra que el aventurero remontó el Río Negro y también una parte del Río Branco, pero que tuvo que desistir después, ya que sus víveres se habían acabado y estaba entrando en una zona de autóctonos peligrosos.
De esta manera, el Roraima permaneció intangible por otro siglo más: nadie había logrado descubrir sus secretos y explorar las orillas del mítico lago de Manoa o Parime. Su existencia misma estaba totalmente envuelta en el misterio y en la leyenda. Los mapas de los cartógrafos europeos de los siglos sucesivos siguieron mostrando el lago, pero nadie había comprobado en el campo la verdadera existencia de éste ni la de Manoa, la supuesta civilización desarrollada situada en sus orillas.
Fueron luego los portugueses quienes, habiendo colonizado gran parte de la cuenca amazónica, lograron adentrarse en el norte del Río Branco (afluente del Río Negro).
En efecto, a partir de 1669, con la fundación del Forte de São José da Barra do Rio Negro (denominado después Manaos), los portugueses comenzaron a colonizar la zona de la confluencia del Río Negro con el Río Amazonas. Algunos se dirigieron más al norte, en lo profundo de la selva, intentando remontar los ríos, como efectivamente hizo Thomas Roe en 1611.
Los primeros exploradores que atravesaron la cascada del Bem Querer, situada en el curso medio del Río Branco, fueron Cristóvão Aires Botelho y Lourenço Belfort, en 1706. Luego, a partir de 1710, el aventurero Francisco Ferreira junto a Lourenço Belfort y el padre carmelitano Fray Jerônimo Coelho, exploraron el Alto Río Branco en el intento de capturar indígenas para enviarlos después como esclavos a Belem do Pará.
Ninguno de ellos, sin embargo, encontró el gran lago de Manoa, con el cual habían fantaseado los españoles durante siglos. Ninguna huella del lago y tampoco de la ciudad de piedra que, según las leyendas, habría escondido antiquísimos conocimientos, además de inmensos tesoros.
A partir de 1741, tanto los holandeses como los españoles empezaron a hacer osadas incursiones en el actual Roraima. El holandés Nicolau Horstman, entrando por el actual Suriname, trató de aprisionar indígenas para venderlos luego como esclavos. En cambio, los españoles, que no habían abandonado nunca la idea de encontrar El Dorado, lograron, en 1771, entrar desde Venezuela en la cuenca del alto Uraricoera (río del viejo veneno, brazo inicial del Río Branco). Fundaron posteriormente varias fortalezas como Santa Rosa, San Juan Batista de Cada Cada y Santa Bárbara, y concentraron sus esfuerzos en buscar a Manoa en la cuenca del Río Rupununi.
Los portugueses no aceptaron presencias externas en lo que consideraban territorio sujeto a su dominio y se enfrentaron duramente con los españoles.
Sucesivamente, en 1775, los lusitanos fundaron el Forte de São Joaquim, en la confluencia del Río Tacutú con el Uraricoera. La meta era supervisar el valle, impidiendo, de esta manera, incursiones externas.
Pero ya la leyenda de Manoa se había difundido por Europa y también en el siglo XIX otros aventureros se dieron a la tarea de intentar encontrar la mítica ciudad de oro.
Durante el fin del siglo XIX, el aventurero brasilero Major Dionisio Evangelista Cerqueira escribió al regresar de una osada expedición en el alto Uraricoera:

El alto Uraricoera es tan remoto, misterioso y dominado por hordas de Maracána, Krixána y otras tribus de la sierra Parime, que permanecerá inaccesible al hombre blanco y envuelto en el misterio por muchos siglos más. Cualquier aventurero que se arriesgue a explorar estas inhóspitas selvas impenetrables pagará con la vida o regresará sin haber logrado el objetivo de su expedición.
En 1835, el alemán Robert Schomburg, quien viajaba al servicio de la Corona británica, exploró el Rupununi, remontó el Uraricoera hasta sus fuentes y entró a Venezuela. Luego regresó a Brasil descendiendo por el canal natural Casiquiare y entrando en el Río Negro. Tuvo contacto con indígenas Macuxí, Wapixaná, Sapará, Wayumara y Yanomami.
El objetivo de Schomburg era preciso: debía inspeccionar el terreno con el fin de captar cuáles eran las zonas mineras y qué tipo de minerales podían extraerse.
En el siglo XIX, algunas potencias europeas y en particular la Corona Británica, habían comprendido bien que el Roraima era riquísimo en oro y en otros minerales estratégicos. Algunos misioneros protestantes, entre los cuales estaban Thomas Yound, fueron enviados a la zona del Pirara, perteneciente oficialmente a Brasil. Schomburg había hecho mapas de la zona y había declarado que ésta estaba regida por tribus independientes, ya que no había sido colonizada por Brasil.
Señaló una nueva frontera que anexaría al territorio de la Guayana inglesa unos 16.900 kilómetros cuadrados (incluida la cuenca del Rupununi).
Fue un caso diplomático lleno de controversia que duró muchos años, hasta que la disputa del Pirara fue resuelta con un arbitraje internacional cuyo juez fue el rey de Italia Victorio Emanuel III. La decisión, que favoreció a la Corona británica, fue tomada en 1904. Brasil no pudo hacer otra cosa que aceptar la pérdida de su territorio, probablemente también porque fue presionado con el fracaso de acuerdos comerciales para la exportación de otras materias primas.
Los anglosajones continuaron interesándose en Roraima también en el siglo XX, por ejemplo con la expedición del estadounidense Hamilton Rice, la primera que utilizó medios modernos como el hidroavión (un Curtis Sea Gull) y la radio.
A partir de 1980, el Roraima fue invadido por miles de garimpeiros (buscadores de oro). La producción de oro creció exponencialmente de los 161 Kg de 1985 a las más de 5 toneladas de los primeros años de los 90. Sin embargo, en el Roraima no hay solamente oro, sino que también hay uranio, torio, cobalto molibdeno, diamantes, titanio y niobio, siendo este último importante para las producciones electrónicas. La producción de diamantes creció de 7000 a 100.000 quilates en el período comprendido entre 1985 a 1991.
No obstante, la presencia de los garimpeiros en los valles al oeste del Roraima trajo muchos problemas en la zona, tanto ambientales como sociales. Los garimpeiros son muy violentos y fue la población indígena (sobre todo los Yanomami) la que pagó los platos rotos, ya que fue objeto de masacres y abusos, además de que le quitaron su territorio vital. Asimismo, los garimpeiros contaminaron por años los ríos de la región con mercurio, usando técnicas arcaicas para sacar oro del material obtenido de la excavación.
También después de estos tristes hechos, el gobierno federal de Brasil creó áreas indígenas con el fin de preservar la cultura y el territorio de los autóctonos. Hoy, en Roraima hay 23 áreas indígenas de un total de 127.000 kilómetros cuadrados. Por ejemplo, el área indígena Yanomami, donde viven sólo 15.000 nativos, tiene una extensión mayor que la de Portugal (94.000 kilómetros cuadrados).
Últimamente, la demarcación del área indígena Raposa Serra do Sol (de 17.474 kilómetros cuadrados) causó muchas polémicas, puesto que muchos brasileros tuvieron que abandonar sus propiedades, que fueron confiscadas cuando su tierra fue declarada indígena. Sin embargo, el hecho de que los nativos sean poquísimos y que la mayoría de ellos haya perdido, desde hace ya mucho tiempo, su cultura y su lengua original, no hace más que causar perplejidad.
Algunos investigadores brasileros piensan que hay un proyecto claro detrás de las demarcaciones de inmensas áreas indígenas. Según estas opiniones independientes, la causa indigenista y ambientalista sería un mero pretexto para controlar enormes zonas estratégicas que están cerradas a cualquier periodista o simple curioso, para poder llevar a cabo después prospecciones mineras y biodiversas y controlar una de las regiones más importantes del mundo desde el punto de vista hídrico.
Varios brasileros creen que, de hecho, está sucediendo más o menos lo que sucedió en el siglo XIX cuando la Corona británica y Brasil se disputaron el área del Pirara. Según estos últimos, en las áreas indígenas operarían varias ONG extranjeras que llevarían a cabo estudios sobre la biodiversidad y sobre los recursos mineros al servicio de estados extranjeros.
Aunque ciertamente lo positivo de las grandes demarcaciones de tierra indígena es la imposibilidad (al menos oficial), de deforestar, queda la duda de si los enormes recursos de estas tierras serán explotados para la ventaja de pocos o si se pondrán a disposición de todos.
Durante los cinco siglos transcurridos desde la entrada oficial de los europeos a América, el Roraima fue siempre un territorio poco explorado y desconocido. De Manoa se perdieron los rastros, pero últimamente el explorador chileno Roland Stevenson parece haber encontrado las antiguas huellas del lago de Manoa, que ahora está seco. Después de hacer el estudio del territorio, con ayuda de algunos geólogos, Stevenson pudo verificar que en todas las colinas y montañas que circundan la sabana de Boa Vista, se puede encontrar un signo recurrente, situado a aproximadamente 120 metros sobre el nivel del mar. Es el signo que indica el nivel del antiguo lago.
Los geólogos pertenecientes al equipo de Stevenson, Federico y Salomão Cruz y Gert Woeltye dedujeron, después del estudio del suelo y de los pólenes de las flores, que la sabana era antiguamente un enorme lago que tenía un diámetro de 400 kilómetros y una extensión aproximada de 80.000 kilómetros cuadrados. Según estos investigadores, habría comenzado a secarse alrededor del siglo XVI de la era de Cristo.
Si el lago existía realmente en ese entonces, ¿deben considerarse quizá como verdaderos los relatos de los autóctonos que describieron la ciudad en las cercanías del espejo de agua?
Probablemente, más que una ciudad, Manoa era una confederación de tribus, pero la última palabra sobre esta fascinante historia aún no se ha pronunciado.

YURI LEVERATTO
Copyright 2010

No hay comentarios:

Publicar un comentario