miércoles, 29 de julio de 2015

El mundo islámico, último escollo para la globalización


1989 fue un año fundamental para la aceleración del plan de los globalistas extremos.
En junio hubo protestas en la Plaza de Tiananmén, en Pequín. Posteriormente, China abrió sus puertas a la globalización, permitió el desembarque de empresas extranjeras en su territorio y, luego, en el 2002, entró a hacer parte de la Organización Mundial del Comercio.
Durante el mes de noviembre, con la caída del muro de Berlín, Europa del Este se abría lentamente a la globalización.
Pero también la Unión Soviética, tan sólo dos años después (1991), caería, implosionando.
El enorme territorio ruso se integraría poco a poco en el mundo globalizado, aunque hoy observemos que el fuerte nacionalismo de Putin ha cerrado parcialmente las puertas al proyecto globalista.
En los años siguientes, la Unión Europea se extendió hacia el este, incluyendo las naciones del ex Pacto de Varsovia.
Ya el proyecto globalista se estaba propagando en el planeta, pero había todavía un territorio inmenso, que se extendía de Mauritania a Pakistán, habitado por más de mil doscientos millones de personas, donde la globalización no había llegado aún.
Me refiero al mundo islámico.
Exceptuando pocas islas globalizadas, como por ejemplo Dubái o Abu Dabi, todo el bloque islámico era una barrera para el plan globalista. Los grandes bancos y multinacionales no habían llegado todavía. En práctica, no era posible comer en KFC o comprar Nike en Jartum, la capital de Sudán, o en Yemen, o en Irán.
El mundo islámico, justamente por su fuerte caracterización cultural, y siendo todavía hoy un bloque único de religión, cultura y leyes, no podía ser presa fácil de los poderes fuertes, o sea de las multinacionales y bancos pertenecientes al circo global. ¿Por qué?
Es obvio: el mundo islámico, no habiendo efectuado críticas a su religión, como en cambio se hizo en Occidente, no cumplió una decidida separación entre religión, cultura y leyes (sharia). La cultura islámica, entonces, era y es vista como una barrera granítica para la globalización.
El plan puesto en acción por los globalistas para la conquista económica y cultural del mundo islámico se está actuando tanto en los países musulmanes como, indirectamente, en los países occidentales.
El primer paso de este plan es la masiva difusión del relativismo cultural en Occidente, pero también en el mundo islámico.
Considerando cada cultura igualmente válida, se homogeneizan las costumbres y tradiciones, se uniforman los usos, se disuelven las diferencias entre las etnias, y se actúa en beneficio de los poderes fuertes, de los jefes de bancos y multinacionales que tienen justamente esto como objetivo para poder vender un producto a escala planetaria.
La afluencia de millones de inmigrantes islámicos en Occidente, de la cultura agresiva y exigente, tiene el fin de desorientar a los occidentales.
En nombre del relativismo, masas de europeos y norteamericanos podrían empezar poco a poco a aceptar en Occidente prácticas culturales hostiles a su tradición (me refiero a la sharia) y entonces diluirían lentamente sus valores cristianos y referentes a la Ilustración.
Si perdiste tus tradiciones, tu modo de concebir las relaciones interpersonales y tus costumbres, si no te reconoces más en tu cultura, aceptarás fácilmente el producto global, incluso lo defenderás y te identificarás con él.
Además de eso, los globalistas se aprovechan de la fuerte inmigración incontrolada en Occidente, pudiendo así contar con un substrato de personas que aceptan salarios bajos y aplastan las exigencias de los trabajadores.
Al mismo tiempo, en el mundo islámico se introdujeron las redes sociales (como Facebook, Google Plus y Twitter) y grandes cadenas televisivas como Al Jazeera y CNN en árabe, que favorecieron la occidentalización cultural y económica.
Además, los países occidentales, Estados Unidos de América en primera fila, impulsaron a los países islámicos fundamentalistas a que concedieran mayores derechos a las mujeres y a que abrieran las sociedades al libre mercado.
Con el famoso discurso de Barack Obama en El Cairo (2009, “A New Beginning”), el líder americano resaltó los logros de la civilización islámica en el pasado, favoreciendo una integración con Occidente, que en realidad conviene al globalismo extremo.
Prácticamente, los líderes de Occidente presionan al mundo árabe para que se aleje de la sharia e integre progresivamente los valores occidentales. Si esto se verifica, la cultura islámica será diluida, convirtiéndose, por tanto, en fácil presa de la globalización.
El proyecto globalista tiene como objetivo único el de nivelar las culturas, atenuar las diferencias, considerar todas las religiones similares e igualmente válidas, aunque, por el contrario, no sean para nada iguales, ya que se basan en conceptos a menudo contradictorios entre ellas.
En definitiva, este plan se reconoce como un intento de homologación global de la humanidad bajo una sola y única bandera, la del consumismo.
De modo que las diferencias de cultura y de religión representan, para los globalistas extremos, sólo una barrera para su objetivo.
Es así como la Unión Europa renunció a declarar las raíces cristianas como patrimonio común europeo. Si se hubieran establecido como tal, se habría puesto freno a la inclusión forzada del mundo islámico, como en efecto se está haciendo. Y, además, la Unión Europea presiona para abarcar a Turquía, país islámico y no europeo.
La inmigración islamica en Europa hace parte del plan global. Es verdad que muchos islámicos que van a vivir a Europa se radicalizaron, abrazando el fundamentalismo e incluso apoyando el terrorismo, pero, según la visión globalista, la mayoría de ellos se occidentalizará, perdiendo en parte sus valores islámicos.
El diseño final de los globalistas es un Medio Oriente cada vez más parecido a Europa y una Europa cada vez más islamizada, justamente porque, sin diferencias, los ciudadanos-consumidores, que ya habrán perdido por completo su identidad, aceptarán los productos globales, no reconociéndose más en su cultura originaria.
¿Cómo frenar todo eso?
Muchos sostienen que el proyecto globalista se detendría prescindiendo del euro y volviendo a las monedas nacionales. A esta teoría respondo que con una divisa nacional débil, los países serían todavía más susceptibles de ser presas de las famélicas multinacionales, incluso chinas, quienes se apoderarían de las últimas joyas en venta, como por ejemplo las empresas estratégicas europeas.
El euro es sólo un instrumento de pago, pero no es responsable de este plan globalista que tiende a homogeneizar las culturas con el fin de dominar económicamente el planeta.
En mi opinión, los países de la Unión Europea deberían, primero que todo, reconocer las raíces comunes cristianas y detener de inmediato la expansión de la Unión Europea (impidiendo definitivamente el ingreso de Turquía), lo que contribuiría sólo a atenuar ulteriormente los valores. Luego, el proceso de islamización debería ser interrumpido, pues mezclar pueblos de culturas contrarias entre ellas no hace más que favorecer el plan de los globalistas.
Las diferencias entre culturas no son algo negativo, lo importante es que los pueblos se respeten y funden sus relaciones en bases amigables.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Bibliografía: http://en.wikipedia.org/wiki/A_New_Beginning

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