jueves, 30 de julio de 2015

El Jesús histórico


Hoy en día proliferan sitios y videos en la web, y algunos escritos de dudoso valor histórico que pretenden, descaradamente y con inusitada presunción, reescribir la historia de Jesús, el personaje fundamental de la civilización occidental que, además, marcó la historia de la humanidad más que cualquier otro, dando origen incluso a una nueva era. 
En algunos escritos se sostiene incluso la teoría de la inexistencia histórica de Jesús (la llamada teoría del “mito de Jesús”); en otros, que el Jesús descrito por los evangelios no existió nunca, sino que, en cambio, existió un “Jesús exaltado” o un “Jesús zelote”, que tenía por objetivo la independencia del pueblo hebreo del yugo de los romanos.
Es extraño que los autores de estos escritos, ignorando el debate histórico sostenido a lo largo de casi dos mil años por miles de filósofos, pretendan apropiarse de su historia, la mayoría de las veces sin basarse en estudios serios, como si fuera una nueva verdad, obviamente irrefutable.
Aparte de eso, no está claro por qué estos presuntos “expertos historiadores” se interesan en Jesús; si este no existió nunca, o era solo un exaltado o un zelote, ¿por qué dedican tanto tiempo intentando desacreditar su figura?
Los autores de estos escritos no comprendieron, de hecho, el mensaje de Jesús: una idea revolucionaria, ciertamente no en el sentido “militar” del término, sino en sentido interior y espiritual. Un mensaje que indica un cambio de paradigma, una idea de paz, de respeto por los demás y de amor incluso por quien se declara tu enemigo.
Según las estrafalarias teorías de los detractores de Jesús, nunca confirmadas por fuentes históricas, pero impulsadas por un profundo odio anticlerical (confundiendo, por otro lado, el anti-clericalismo con el mensaje original de Cristo), los escritores de los Evangelios y los Apóstoles divulgaron un Jesús que nunca existió con el fin de crear una religión nueva, absorbiendo cultos preexistentes (ver Horus, explicado más adelante en el artículo), que socavara las bases mismas del imperio romano.
A los defensores de este extraordinario complot les recuerdo que los apóstoles murieron todos en el patíbulo (con excepción de Juan), por no renegar de la Divinidad de Jesucristo, en la cual creían firmemente. Los primeros cristianos, por ejemplo Esteban, Pablo, Bernabé, Policarpo, Justino, Orígenes, Cipriano, etc., murieron también en el patíbulo, culpables de no haber renegado de la Divinidad de Jesucristo.
Si tienes por objetivo un siniestro y torcido complot antiromano, no te haces matar después de atroces torturas (como las infligidas a Bartolomé, por ejemplo, que fue desollado vivo), sino que reniegas, salvas tu vida y llevas adelante tus ideas de otra manera. Pero aquí, normalmente, los detractores de Jesús y de su mensaje de amor incluso llegan a sostener que el martirio mismo era utilizado por los primeros cristianos como una forma de lucha contra el imperio romano, de manera que no comprenden su verdadero significado.
Pero vamos por orden, ¿cuáles son las fuentes históricas de la vida de Jesús?
Primero que todo, las cartas de Pablo, datadas por los principales historiadores bíblicos entre el 50 y el 55 d.C., o sea solo 20 o 25 años después de la muerte de Jesús (1).
Luego, los Evangelios canónicos. El Evangelio de Marcos es el más antiguo de los cuatro canónicos y fue escrito, según los más acreditados expertos como Gerd Theissen, no más allá del 70 d.C. (2). Otros especialistas hacen remontar el Evangelio de Marcos incluso al 64 d.C., la fecha de la muerte de Pedro en Roma (3). Según el estudioso O’Callaghan, uno de los fragmentos de los Manuscritos del Mar Muerto sería parte del Evangelio de Marcos y se remontaría incluso al 50 d.C. (4)
Para el Evangelio de Mateo y el Evangelio de Lucas, los historiadores más acreditados indican una fecha alrededor del 70 d.C. (5)
Para el Evangelio de Juan, por fin, los historiadores más reconocidos indican una fecha entre el 90 y el 100 d.C. (6)
Hay otras cartas católicas, por ejemplo las de Pedro, que datan alrededor del 64 d.C., y las de Juan, cuya fecha se indica entre el 90 y el 100 d.C. (8).
Por otro lado, está el Evangelio de Tomás, texto apócrifo, pero considerado por algunos estudiosos como un texto de referencia que podría incluso ser usado como fuente para los mismos Evangelios canónicos (9). El debate de los historiadores sobre la datación del Evangelio de Tomás está abierto: según algunos, se remontaría al primer siglo (10), mientras que según otros, habría sido escrito alrededor del 140 d.C. (11)
En total, hay decenas de Evangelios apócrifos y gnósticos, escritos a partir del segundo siglo d.C. Aunque la mayoría de ellos pueden ser utilizados como pruebas indirectas de la existencia histórica de Jesús, son considerados textos tardíos y no fuentes primarias.
Están, de otra parte, las fuentes no cristianas sobre la existencia histórica de Jesús.
También aquí algunos detractores de la figura histórica de Jesús afirman que aparte de Tito Flavio Josefo, escritor romano de origen hebrea (37-100 d.C.), no hay fuentes fidedignas.
Una primera, importantísima fuente no cristiana es la de Cornelio Tácito, que escribe así en sus anales (XV, 44):

Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido justiciado por orden de Poncio Pilato”.

Tácito, por tanto, confirma lo que está escrito en los Evangelios: Jesucristo vivió bajo el imperio de Tiberio (que gobernó del 14 al 37 d.C.) y le fue impuesta la condena máxima (crucifixión) por Poncio Pilato.
También Suetonio (quien vivió del 70 al 126 d.C.), que escribió para la corte del emperador Adriano, hace referencia a Jesús en las “Vidas de los doce Césares” (12) cuando escribe:

Dado que los judíos constantemente hicieron disturbios por instigación de Cresto, Claudio los expulsó de Roma.

La mayoría de los estudiosos considera che el nombre “Cresto” deba entenderse como “Cristo” y, en consecuencia, individua que los disturbios fueron causados por la oposición que creció entre los judíos de Roma contra la predicación del Evangelio por los judíos-cristianos.
Están luego las cartas de Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, al emperador Trajano, datadas en 112 d.C. En una de estas cartas, Plinio el Joven describe la comunidad de los cristianos con el fin de solicitar al emperador el modo más adecuado para proceder legalmente contra quien se profesara cristiano, culpable de no sacrificar a los paganos. He aquí el pasaje de la carta:

Ellos afirmaban que toda su culpa o error había consistido en la costumbre de reunirse un día fijo antes de salir el sol y cantar a coros sucesivos un himno a Cristo como a un dios, y en comprometerse bajo juramento no ya a perpetuar cualquier delito, sino a no cometer hurtos, fechorías o adulterios, a no faltar a nada prometido, ni a negarse, a hacer un préstamo del depósito. Terminados esos ritos, tienen por costumbre separarse y volverse a reunir para tomar alimento, por lo demás común e inocente”. (13)

Justamente el pasaje “a Cristo como a un Dios” indica que adoraban a una persona que realmente existió, como si fuera un Dios (14). Además, este pasaje nos describe la comunidad de los cristianos, vistos no como peligrosos zelotes o violentos revolucionarios, sino como pacíficos seguidores del mensaje de un hombre.
Una atenta lectura del pasaje de Plinio el Joven revela, además, que los primeros cristianos seguían a la letra las enseñanzas de Jesús: “pronunciaban el voto solemne” de seguir precisas normas morales y, por tanto, agrega Plinio, se reunían para tomar alimento de tipo “común e inocente”. Plinio no reconoce ninguna culpa en estas congregaciones, pero justamente porque tenían tantos prosélitos podrían demoler no solo los fundamentos del imperio, sino toda la sociedad, dando inicio a una nueva era para la humanidad. Veremos más adelante cómo Constantino logró, con su “híbrido”, corromper la iglesia, creando un culto que le era favorable, desvigorizando el mensaje de Jesús y transformándolo para sus fines de conquista y de poder.
Pasemos ahora a otra fuente no cristiana sobre la existencia histórica de Jesús: los escritos de Tito Flavio Josefo, un historiador judeo-romano nacido en el 37 d.C. En su libro “Antigüedades Judías” describe varias veces la actividad de Jesús o de sus secuaces. Por ejemplo, en este pasaje:

Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, el hermano de Jesús, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados”. (15)

Luego, en este pasaje, llamado Testimonium Flavianum, Tito Flavio Josefo describe a Jesús en modo más detallado:

Por este tiempo apareció Jesús, un hombre sabio [si es que es correcto llamarlo hombre, ya que fue un hacedor de milagros impactantes, un maestro para los hombres que reciben la verdad con gozo], y atrajo hacia Él a muchos judíos [y a muchos gentiles además. Era el Cristo]. Y cuando Pilato, frente a la denuncia de aquellos que son los principales entre nosotros, lo había condenado a la Cruz, aquellos que lo habían amado primero no le abandonaron [ya que se les apareció vivo nuevamente al tercer día, habiendo predicho esto y otras tantas maravillas sobre Él los santos profetas]. La tribu de los cristianos, llamados así por Él, no ha cesado de crecer hasta este día”. (16)

Incluso si este pasaje fue refutado por algunos detractores de Jesús, varios expertos lo consideran auténtico (17).
El historiador judío Sholmo Pines descubrió, en los primeros años 70 años del siglo pasado, la forma original del Testimonium Flavianum, contextualizada dentro del libro “Historia Universal” de Agapio de Hiérapolis (siglo X):

En este tiempo existió un hombre de nombre Jesús. Su conducta era buena y era considerado virtuoso. Muchos judíos y gente de otras naciones se convirtieron en discípulos suyos. Los convertidos en sus discípulos no lo abandonaron. Relataron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo. Según esto fue quizá el mesías de quien los profetas habían contado maravillas”. (18)

En este caso, Tito Flavio Josefo describe a Jesús como un personaje que realmente existió y describe a los apóstoles como secuaces de un hombre justo, sabio y virtuoso. Además, describe la Resurrección, afirmando que sus secuaces creían en ella y que Jesús era el Mesías.

De todos estos testimonios históricos de escritores romanos o judíos, resulta muy claro que Jesús fue descrito como “hombre sabio” que fue crucificado bajo el poder de Poncio Pilatos. Es evidente que los escritores no cristianos no divulgaron la Divinidad de Cristo justamente porque no siendo cristianos, no creían en él, pero lo describen como una persona que existió realmente, un sabio, y afirman que también después de su muerte, sus secuaces ponían en práctica su mensaje, y bajo amenaza de muerte no renegaban porque su fe era fortísima. Es evidente que el Jesús bíblico, descrito en el Nuevo Testamento, coincide con el Jesús histórico, descrito por los historiadores no cristianos.
Permaneciendo en las fuentes no cristianas sobre Jesús desde un punto de vista histórico, no podemos dejar de citar el Talmud de Babilonia, una colección de escritos rabínicos judíos compilada a partir del 70 d.C. A continuación, un pasaje:

La vigilia de la fiesta de Pascua, Yeshu, el Nazareno, fue colgado. Durante los cuarenta días posteriores a su ejecución, un pregonero fue anunciando: “Yeshu, el Nazareno, está a punto de ser apedreado porque ha practicado la magia, ha seducido y ha descarriado a Israel”. (19).

Este pasaje non solo es una prueba de la existencia misma de Jesús, sino que explica indirectamente, desde el punto de vista de los judíos que no creyeron en él, el motivo de su crucifixión (20). De hecho, se sostiene que practicó la “magia” y que “descarrió a Israel”. De una parte, se confirman los milagros, considerados como la “magia” de quien no creía; de otra parte, se confirman los Evangelios, que describen por qué Jesús fue enviado al patíbulo, ya que desde el punto de vista de los judíos no creyentes, él era un apóstata, o bien, una persona blasfema que no cree en las sagradas escrituras, sino que se sustituye a ellas.
Hay, además, algunas fuentes griegas del segundo siglo, como por ejemplo la de Luciano de Samosata (120-180) en su obra “Sobre la muerte de Peregrino”.

Como sabéis, los cristianos adoran a un hombre de este tiempo, que creó sus novedosos ritos y que fue por ello crucificado… Su fundador dejó impresa en ellos la convicción de que todos son hermanos desde el momento en que se convierten y rechazan a los dioses de Grecia, para adorar en cambio al sabio crucificado y vivir según sus preceptos”. (21)

Incluso si Luciano no menciona el nombre de Jesús, es obvio que se refiere a él. Interesante es ver que Luciano cuenta que desde el momento de la conversión, los cristianos son todos “hermanos”.
Hay, además, otras fuentes no cristianas sobre la existencia histórica de Jesús (Dion Casio, los escritos del emperador Adriano, Marco Aurelio).
Los detractores de Jesús, entonces, continuaron su ciega obra de descrédito y de sólito afirman que los Evangelios, sean canónicos, apócrifos o gnósticos, describen un Jesús que no corresponde al verdadero Jesús, que según ellos fue un exaltado, un zelote, un líder militar que tenía por objetivo la independencia de Palestina de los romanos.
Según esta tesis, entonces, los evangelistas actuaron de mala fe, poniéndose de acuerdo para divulgar un falso Jesús nunca existido, para “fundar una nueva religión con objetivos ocultos”.
A estas acusaciones banales e infundadas yo respondo de esta manera: hasta que se pruebe lo contrario, la Historia está hecha por las fuentes, que deberían ser fidedignas y, sobre todo, estar de acuerdo entre ellas. En este caso, las fuentes cristianas son numerosas y no están en desacuerdo entre ellas, por lo que la perversa lógica del complot termina por caer.
En lo que respecta a las fuentes no cristianas: si tuviéramos solo una fuente no cristiana que nos describiera a Jesús en acuerdo con el Jesús de los Evangelios, podríamos pensar que esta fuente es de mala fe, o demasiado filo-cristiana. Pero incluso las fuentes no cristianas que describen a Jesús como un hombre sabio que luego fue crucificado, en sintonía con los Evangelios, son numerosas, y hasta cuando no haya fuentes fidedignas opuestas y contrarias, la hipótesis de Jesús exaltado o zelote es históricamente inaceptable.
Además, si la persona en cuestión hubiera sido un exaltado, no habría tenido los secuaces que tuvo, y no se habrían escrito las fuentes primarias sobre él. ¿Quién seguiría a un exaltado? Quizás una persona, dos, pero no decenas o cientos.
Si, en cambio, hubiera sido un zelote o incluso un impostor zelote, no se explican varios hechos: primero, ¿por qué un historiador como Tito Flavio Josefo no lo describió como un zelote? Segundo, ¿por qué en el Talmud Babilónico, en vez de describir a Jesús como un apóstata (visión de los judíos que no creían en él, que coincide con los evangelios), no fue descrito como un zelote, o sea como un inspirador o líder militar? Tercero: la lógica dice que si Jesús hubiera sido un zelote, sus apóstoles no hubieran divulgado su palabra, difundiendo un mensaje de paz como en efecto hicieron, sino que habrían divulgado un mensaje de odio y de respuesta armada al yugo de Roma.
Hagamos ahora un salto hasta el 313 d.C.
Por lo general, los detractores del Cristianismo sostienen que Constantino y los Padres de la Iglesia efectuaron un sincretismo con cultos paganos preexistentes para hacer aceptar a las masas la nueva religión. Todo eso, en efecto, tiene fundamentos históricos, como también lo manifesté en mi artículo “La aceptación de la religión cristiana por parte de Constantino I en el 313 d.C.”.
Es obvio que el emperador utilizó el Cristianismo como un instrumento para consolidar su reino. Se dio cuenta de que esta nueva religión gustaba a las masas y, en vez de continuar combatiéndola, la incorporó al Estado, corrompiendo sus principios fundamentales y desnaturalizando sus valores. Los cristianos, viéndose aceptados, y luego incluso privilegiados, en realidad se alejaron de las enseñanzas originales de Jesús y comenzaron incluso a perseguir a quien criticaba su doctrina.
Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el mensaje original de Jesús contenido en el Nuevo Testamento, que es un conjunto de obras escritas en el siglo I?
Ahora bien, quienes denigran a Jesús sostienen que la figura de Jesús fue voluntariamente (y, por tanto, siguiendo de nuevo la lógica del complot) creada sobre el modelo de mitos preexistentes, por ejemplo el de Horus.
Pero Horus no tiene nada que ver con Jesús.
Veamos por qué: en la mitología egipcia, Osiris e Isis se casan. Sin embargo, a Osiris lo mata Seth (su hermano malvado), que lo descuartiza. Isis resucita a Osiris y de su unión nace Horus, el dios del sol.
Por lo general, los defensores del mito de Jesús comparan a Isis con María y a Jesús con Horus. Olvidan que si hubo un sincretismo, fue efectuado justamente a partir del 313 d.C., pero no está presente en los Evangelios. En efecto, en Juan 1:1-5 está escrito que Jesús es el Verbo, creador entonces del Universo, y que por tanto también del sol. Mientras que Horus es el Dios-Sol.
Hay también en algunos escritos una presunta conexión de Osiris con Jesús, pero Jesús no fue descuartizado; según Juan, de hecho no le rompieron ningún hueso (Juan 19:36) y no fue María (Isis) quien lo resucitó, sino que él mismo resucitó porque venció a la muerte, siendo Dios (Lucas 24:6).
Además de todo eso, ¿cómo pueden estos supuestos “expertos historiadores” comparar un mito egipcio que se remonta al 3100 a.C., del cual no existen fuentes históricas consultables, con la vida de Jesús, sobre la cual hay innumerables fuentes históricas?
En todo caso, los símbolos solares fueron introducidos después del 313 d.C. y responden, por tanto, a una lógica de asimilación y sincretismo, pero no tienen nada que ver con el mensaje original del Nuevo Testamento. Según la tradición, Horus nació la noche del 25 de diciembre, día del Sol en las culturas tradicionales. Esta fecha, indicada como el nacimiento de Jesús, solo a partir del siglo III, no está citada en el Nuevo Testamento, y fue oficialmente añadida en el 336 d.C. (22). Por tanto, también aquí el culto de Horus o del Sol Invictus es algo accesorio, pero que no tiene nada que ver con el mensaje original de Jesús contenido en el Nuevo Testamento.
Quienes, en cambio, asocian el mito de Mitra al culto de Jesús, afirmando que ambos nacieron de una virgen, buscan desacreditar de un modo especial el Evangelio de Lucas, como si fuera precisamente “una copia de un culto precedente”. A ellos les recuerdo que, según la mitología, el dios Mitra no nació de una virgen, sino de una roca, e incluso nació ya adulto (23).
De ahí entonces que la existencia histórica de Jesús y la invalidez de la teoría del “mito de Jesús” sean hechos ampliamente demostrados por fuentes históricas consultables, reconocidas por especialistas serios e imparciales.
Otra cosa, naturalmente, es creer en la Divinidad de Jesús.
Creer es un acto personal, íntimo, y obviamente con este artículo no pretendo evangelizar al lector. El recorrido espiritual del lector o del supuesto denigrador de Jesús, si existe, es algo personal e interior.
Además, con este artículo quisiera tender una mano a los difamadores o detractores de Jesús, ciertamente no para convertirlos, insisto, sino para que se acerquen a esta figura histórica inmensa de manera sumisa, humilde, buscando entenderla, sin divulgar ácidas sentencias.

YURI LEVERATTO
Copyright 2015

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Se puede reproducir este artículo siempre y cuando:
1. Se reproduzca en su totalidad
2. No se altere el título, alguna de sus partes o las fuentes bibliográficas
3. Se adjunte de forma visible, debajo del título y al final del artículo “Obra de Yuri Leveratto”
Bibliografía:
(1) Vidal Garcìa (2007). Pablo. De Tarso a Roma
(2) Opere di Gerd_Theissen
(3) Mary Healy,Peter Williamson, The Gospel of Mark
(4) http://www.statveritas.com.ar/Varios/JLoring-01.htm
(5) Dal C. Allison Jr., "Matthew", in Muddiman e Barton, "The Gospels - The Oxford Bible Commentary", 2010.
(6) The Gospel according to John, The Cambrige Bible Commentary, Cabridge University Press, 1965.
(7) Wayne A. Grudem, The First Epistle of Peter: an introduction and commentary, 1999.
(8) Bruno Maggioni, Introduzione all'Opera giovannea, in La Bibbia, Edizioni San Paolo, 2009
(9) Gerd Theissen e Annette Merz, The Historical Jesus: A Comprehensive Guide Minneapolis, 1998
(10) Marvin Meyer, Albert Schweitzer and the Image of Jesus in the Gospel of Thomas
(11) Arland J. Hultgren, The Parables of Jesus: A Commentary, Wm. B. Eerdmans Publishing, 2002, p. 432.
(12) Svetonio (Vite dei dodici Cesari)
(13) Plinio, Epistole X, 96
(14) M. Harris, "References to Jesus in Early Classical Authors
(15) Antichità Giudaiche XX, 200
(16) Antichità Giudaiche XVIII, 63-64
(17) Studiosi come Ètienne Nodet e Serge Badet
(18) SHLOMO PINES - AN ARABIC VERSION OF THE TESTIMONIUM FLAVIANUM AND ITS IMPLICATIONS - THE ISRAEL ACADEMY OF SCIENCES AND HUMANITIES - JERUSALEM 1971.
(19) Talmud Babilonese, trad. di I. Epstein, vol. III, 43a/281; cfr. Sanhedrin B, 43b
(20) El término "colgado" se refiere a la crucifixión. Por eso en Galatas 3, 13 se puede leer que Cristo fue "colgado", y en los Hechos 10, 39 que fue "colgado en una cruz", y en Lucas 23, 39 este término es usado también para los criminales que fueron crucificados con Jesus
(21) Luciano, De morte Peregrini., 11-13, trad. di H.W. Fowler
(22) Joseph F. Kelly: "in 336 the local church at Rome proclaimed December 25 as the dies natalis Christi". Lo stesso autore precisa che "the document containing the affirmation of December 25 as the 'dies Natalis Christi' in 336 is called "The Cronograph of 354" (Cfr. Joseph F. Kelly, "The Origins of Christmas", p. 64).
(23) Vermaseren, M. J. "The miraculous Birth of Mithras". In Làszlò Gerevich. Studia Archaeologica. Brill. pp. 93–109. Retrieved 10-04-2011.

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