martes, 10 de junio de 2014

La explotación de las biomasas en el Sur del mundo


En el 2010 me encontraba en el estado brasilero de Amapá, viajando de su capital Macapá hacia el norte.
A pocos kilómetros de distancia de la ciudad me di cuenta de que, a ambos lados de la carretera asfaltada, había inmensas plantaciones de eucaliptos cuyo destino consistiría en ser talados y luego transportados a los Estados Unidos para producir papel.
Estimaba que la plantación tenía unos 20 o 30 kilómetros de extensión, pero, en realidad, tenía alrededor de 500: la gran parte del recorrido de Macapá a Calçoene, ocupando entonces aproximadamente la mitad de todo el estado de Amapá (cuya superficie total es de 143.000 kilómetros cuadrados).
Lo que vi es un claro ejemplo de uso masivo de una enorme área de suelo que beneficia casi exclusivamente a una empresa privada, en aquel caso produciendo papel que posteriormente es vendido en el mercado a precios internacionales.
Hace pocas semanas salió en periódicos de todo el mundo la noticia de que algunas multinacionales del norte del planeta están comprando terrenos en el sur, especialmente en África y en el sureste asiático, con la intención de plantar árboles que luego serán transportados a centrales térmicas para ser quemados y producir, así, energía; la llamada energía de biomasa.
Leí también los comentarios de algunos lectores que sostenían que todo eso es sustancialmente justo porque reduciría la dependencia que tienen los estados industrializados del petróleo y que, además, daría trabajo a los campesinos africanos, a quienes “si no se les guía, hacen desastres en su propia casa”.
El problema principal que, en mi opinión, podría originarse de esta enésima depredación de los países pobres, es social: los terrenos que serán comprados por empresas multinacionales en países como Mozambique, Angola, Madagascar, Indonesia, India o Camboya, están ocupados por campesinos pobres que viven de agricultura de subsistencia y que, por lo general, no tienen el título de propiedad de la tierra donde viven, sino sólo un derecho de uso concedido por el Estado.
Por desgracia, se ha comprobado muchísimas veces que los gobernantes de los países del sur del mundo no respetan las exigencias de las poblaciones locales, trátese de indígenas o de colonos, sino que ceden a fuertes presiones internacionales o a lucrosas concesiones, procediendo a desalojar a la fuerza a los campesinos indígenas, quienes terminan luego por ir a sobrevivir en las megalópolis del sur del mundo, como por ejemplo São Paulo, Lagos, Kinshasa, Dacca o Yakarta.
Este “asalto” a las tierras del sur del planeta, que se efectúa por la producción de papel, como pude constatar en el estado de Amapá (Brasil); por la producción de soya en el estado de Mato Grosso (Brasil), por la producción de biocombustibles (Brasil, Colombia) o, en este caso, por el cultivo de árboles destinados a ser quemados, es un proceso que inevitablemente desencadenará desastrosos conflictos sociales.
De hecho, en vez de incentivar a los campesinos y a los habitantes rurales a permanecer en sus tierras, se les está obligando a concentrarse en las ciudades, homogeneizándolos, con el fin de poderlos transformar de ciudadanos a consumidores.
Muchos lectores de este artículo se preguntarán cómo enfrentar la creciente demanda de energía en los países ricos, pero a esta pregunta la única respuesta posible es promover la producción de energía solar, eólica y geotérmica no masificada, y limitar los consumos, proyectando una sociedad en decrecimiento e impulsando las producciones agrícolas locales.
Un mundo entero que prevé consumos per cápita comparables a los de Europa occidental o Estados Unidos es completamente inviable, y los desastres de esta insensata carrera al denominado “progreso” se perciben ya desde hace decenios: aumento exponencial de las enfermedades causadas por la contaminación industrial y por las emisiones de los medios de transporte motorizados, cimentación maciza de las áreas costeras y aumento generalizado de los consumos; todo esto perteneciente al llamado mundo globalizado.
Lo que se nota al observar la situación de continua explotación de los recursos y acaparamiento de las tierras del sur del mundo no está lejos del análisis que Eduardo Galeano hizo en 1971 en su libro “Las venas abiertas de América Latina”.
En realidad, en los cuarenta años que han pasado de la redacción de aquel libro, la explotación de los países pobres por parte de los países ricos no sólo no ha cesado, sino que incluso ha aumentado, inicialmente en lo que respecta al petróleo y las minas, pero hoy en día también en lo que concierne al uso de los suelos para la producción de biocombustibles y biomasas, y a la construcción de inmensas digas para el aumento exponencial de energía (ver mis artículos Inanbari y Marañón).
En el norte del mundo, el debate político y económico está estancado desde hace muchos años sobre la necesidad de mantener y de incrementar el número de los empleados, y de garantizar a las empresas el aprovechamiento y, por tanto, la capitalización bursátil: es un sistema destinado a colapsar, y ya se ven las primeras señales.
La única solución para emprender el camino de un decisivo desarrollo humano espiritual y social es un gradual regreso a un mundo rural, donde cada uno de nosotros sea responsable de producir una cantidad de energía (utilizando la energía solar u otros métodos renovables) y de alimentos por medio de la agricultura y la ganadería no masificadas, y de redistribuir en el mercado (por medio de internet), a eventuales compradores, los excesos de producción.
El cambio puede y debe comenzar desde cada uno de nosotros: si continuamos a participar en esta insensata carrera hacia el consumismo, sin concentrarnos en la reducción de la llamada “huella ecológica”, seremos responsables del completo desequilibrio del planeta, que causará a su vez conflictos sociales, crisis alimentarias e hídricas, además de cruentas guerras por el control de los recursos.

YURI LEVERATTO
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