miércoles, 14 de mayo de 2014

Amazonía: la nueva frontera de la explotación petrolera mundial



Cuando se hace referencia a la producción mundial de petróleo, se piensa de inmediato en los vastísimos desiertos del Medio Oriente y de Arabia, lugares que, lamentablemente, fueron escenario de violentos enfrentamientos armados cuyo incentivo era asegurarse el control del comercio mundial de este preciosísimo líquido llamado oro negro, el cual se produce también en el país más extenso de la Tierra, Rusia; en algunos países africanos como Libia y Nigeria; en México, Estados Unidos y Venezuela; pero existe un lugar –del que poco se habla- donde la producción de petróleo está aumentando exponencialmente: la Amazonía.
La Amazonía, conocida, sobre todo, por su inmenso río, el Río Amazonas, y por su selva pluvial tropical, es un área geográfica enorme: en efecto, la colosal cuenca tiene una extensión de 7 millones de kilómetros cuadrados y pertenece a 6 países (Brasil, que ocupa el 64%, y luego Perú, Colombia, Bolivia, Ecuador y Venezuela).
Dentro de esta gigantesca área geográfica hay por lo menos dos ecosistemas: el bioma de la selva pluvial tropical (de una extensión de poco menos de 5 millones de kilómetros cuadrados, o bien, el 70% de la cuenca, la cual se divide a su vez en selva alta y selva baja, e incluye también parte de los países de Guyana, Surinam y Guyana francesa) y el bioma de la pradera amazónica (30% de la cuenca).
La selva pluvial tropical amazónica es, desde el punto de vista ambiental, el lugar más valioso de la Tierra, justamente por su inmensa biodiversidad, ya que se cree que en el Río Amazonas y en sus afluentes (de los cuales unos 20 son ríos de más de 1000 kilómetros de extensión) hay alrededor de 3000 especies de peces (más que en todo el Océano Atlántico).
En tan sólo un kilómetro cuadrado de selva puede haber miles de especies diferentes de plantas, muchas de las cuales son medicinales, y cuyas propiedades, aparte de no haber sido aún estudiadas en su totalidad, son a veces objetivo de los bio-piratas. En todo el bioma hay, además, aproximadamente dos millones de diversos tipos de insectos, cientos de especies de mamíferos, anfibios y aves.
Todo este inconmensurable patrimonio está constantemente amenazado por el llamado avance del progreso. A veces, los ataques al ecosistema se hacen de forma directa y abierta, como en el caso de las actividades que tienen por fin la extracción de petróleo y la tala de árboles para la exportación de valiosa leña; pero, otras veces, se efectúan de forma menos evidente, como en el caso de las tierras indígenas (ver el artículo El poder oculto en la Amazonía brasilera).
A partir de principios del siglo XXI, el número de concesiones petroleras en Amazonía aumentó exponencialmente: mientras que en el 2002 había sólo 30 campos petroleros en toda el área en cuestión, en el 2007 ascendieron a 151.
El área total que ocupaban en el 2007 estas 151 concesiones era de unos 52 millones de hectáreas, o bien, 520.000 kilómetros cuadrados. Las últimas estimaciones del 2010 indican que esta cifra incrementó aún más: 688.000 kilómetros cuadrados.
Hay que resaltar que en la mayoría de esta enorme área no se produce todavía petróleo, sino que se está efectuando un trabajo de “exploración”, o bien, una actividad enfocada en identificar dónde y a qué profundidad está situado el crudo.
En cuanto a la producción como tal, la zona de la Amazonía donde se produce más petróleo está ubicada en Ecuador, con un total de aproximadamente 50.000 kilómetros cuadrados utilizados para la explotación. (Cabe notar que el 95% de la producción brasilera proviene de la explotación de yacimientos situados en la plataforma continental del Océano Atlántico, y que el petróleo venezolano es producido en la región del Orinoco, que no pertenece a la Amazonía).
Uno de los problemas principales de las 151 concesiones otorgadas a empresas multinacionales es que una buena parte de ellas coinciden con parques naturales, zonas donde cualquier intervención externa debería ser absolutamente prohibida. Por ejemplo, la concesión dada a una empresa transnacional en el Parque Nacional Yasuni, en plena selva baja amazónica ecuatoriana. 
El Parque Yasuni, de una extensión de 9820 kilómetros cuadrados, es un oasis de biodiversidad. Las selvas primarias del parque, que en este momento están tan intactas como lo estaban cientos de años atrás, están, sin embargo, amenazadas por varios proyectos de explotación petrolera los cuales, además de la contaminación producida por las inevitables pérdidas de petróleo en los ríos, inducen a deforestaciones en las zonas contiguas al centro petrolero. Aparte de la concesión, cuya área se extiende en la parte norte del parque, se han abierto ya varias vías de acceso a los futuros pozos petroleros. Estos caminos, que no son otra cosa que verdaderas heridas a la selva, favorecen la entrada de colonos, la caza indiscriminada y ulteriores deforestaciones que tienen por objetivo la plantación de palmas que producirán aceite, el cual será utilizado tanto para fines alimenticios como para elaborar bio-combustibles.
De otra parte, el instituto llamado IIRSA (Iniciativa para la integración de la infraestructura regional suramericana), está proyectando el dragado del Río Napo (el cual delimita el parque en la parte norte), con el propósito no sólo de favorecer la navegación fluvial a lo largo del Napo, sino también de conectar Manaos con la costa pacífica ecuatoriana.
Probablemente, este proyecto servirá a Brasil para hallarle una salida a sus materias primas en el Océano Pacífico, las cuales serán vendidas cada vez más a China en el futuro próximo.
Por ahora, parece que las alertas emitidas por algunos científicos ambientales sobre los enormes peligros que la explotación indiscriminada de la zona septentrional del Yasuni desencadenaría, sirvieron para congelar temporalmente el proyecto de extracción. Parece que el gobierno de Ecuador puede decidir si renovar o no la concesión pidiendo a la comunidad internacional una “compensación” para no explotar el subsuelo.
Sólo para dar una idea de los daños que la explotación petrolera puede causar a la Amazonía, basta mencionar que, según estimaciones, en Ecuador, de 1972 a 1993, hubo numerosísimas pérdidas de petróleo que contaminaron ríos, lagos y terrenos incultos del país, perjudicando gravemente el ambiente; hecho que pocos medios de comunicación han divulgado.
También las comunidades nativas sufrieron por hallarse cerca a los campos petroleros, puesto que, a partir de estudios médicos, se llegó a la conclusión de que el porcentaje de personas afectadas de cáncer es mayor respecto a las áreas vírgenes, donde no hay plantas industriales ni explotación petrolera. Por tanto, aumentaron exponencialmente, por desgracia, los tumores de estómago, intestino, riñones y todo tipo de enfermedades que nunca se habían reportado en la selva amazónica ecuatoriana.
Además de estos daños directos, algunos científicos avisaron a la comunidad internacional que ulteriores deforestaciones al interior del parque podrían causar períodos de sequía en otras partes de la Amazonía, justamente porque menos árboles seculares producen menos humedad en el aire y, por consiguiente, menos precipitaciones, o, al contrario, precipitaciones fortísimas concentradas en otras áreas del continente.
La Amazonía reacciona de modo imprevisible a las profundas lesiones que se le hacen. La explotación petrolera que se efectuó en Ecuador en los últimos treinta años, con todos los problemas que conllevó, podría significar sólo una mínima parte de lo que podría suceder en el resto de la Amazonía durante los próximos decenios.
En Brasil se están dando en concesión inmensas nuevas áreas a grupos petroleros privados, y se está incrementando la producción en la zona de Coari; en Perú se dieron en concesión muchos territorios, sobre todo en las regiones de Loreto y Ucayali.
¿Nos dirigimos hacia un futuro en el que la selva pluvial tropical amazónica será completamente arrasada para dar paso a campos petroleros, zonas agrícolas cultivadas de soya o palma, y áreas destinadas a la ganadería bovina?
Por fortuna, estamos todavía lejos de una situación similar, pero la alarma debe emitirse ahora, de manera que se desarrolle una consciencia ambiental en todos y cada uno de los habitantes del planeta. Por ejemplo, el uso de automóviles tiene que ser reducido de inmediato, y se debe incrementar el uso del transporte público. Un mundo donde haya un vehículo por persona es absolutamente insostenible.
Si se reducen las ventas de automóviles, se mermará inevitablemente el consumo de petróleo, lo cual no hará más que beneficiar a la Amazonía.

YURI LEVERATTO
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