lunes, 10 de marzo de 2014

La Amazonía colombiana, nueva frontera de la explotación minera y petrolera


Colombia es un país muy desequilibrado en lo que concierne al desarrollo socioeconómico. 
Históricamente, el país se ha concentrado en la creación de centros de poder socioeconómico alrededor de las ciudades andinas, como Bogotá y Medellín.
En el curso de dos siglos de vida republicana de la nación, las zonas periféricas del país, como la costa pacífica y la inmensa área de la cuenca del Orinoco y de la Amazonía, fueron prácticamente abandonadas a sí mismas y, por desgracia, en los últimos cincuenta años, varios grupos armados ilegales se instauraron allí creando “feudos”, cuyo objetivo principal ha sido la actividad de narcotráfico.
La zona de la cuenca de los ríos Meta y Guaviare (llamada Orinoquía) y la Amazonía colombiana, que unidas conforman el 60% del territorio colombiano (unos 720.000 kilómetros cuadrados), donde vive apenas el 4% de la población total del país, ha sido por largo tiempo dejada en condición de semi-abandono por parte del Estado.
En los últimos diez años, las políticas de pacificación efectuadas en Colombia han dado considerables frutos, y estos inmensos territorios, hoy parcialmente libres de las precedentes amenazas de grupos violentos dedicados al narcotráfico, han comenzado a atraer a grandes grupos económicos nacionales y extranjeros, tanto para realizar megaproyectos agrícolas como para invertir en el sector petrolero y minero.
Según la opinión de varios expertos socioeconómicos colombianos, mientras que la Orinoquía (285.000 kilómetros cuadrados, 1.250.000 habitantes) debería ser utilizada para expandir la agricultura y transformar a Colombia en uno de los grandes productores mundiales de arroz, maíz, aceite de palma, caucho, soya y caña de azúcar, la Amazonía colombiana (483.000 kilómetros cuadrados, 900.000 habitantes) debería estar totalmente preservada, evitando por todos los medios destruir sus biomas.
En la Orinoquía, en efecto, se están llevando a cabo grandes proyectos para ampliar la zona agrícola. Tales inversiones las realizan principalmente grupos económicos colombianos que ya operan en el sector agrícola. Falta ver si, con la entrada del TLC (Tratado de Libre Comercio) con los EEUU (mayo 2012), resultará ventajoso producir arroz y maíz en Colombia, cuando contemporáneamente enormes cantidades de estos cereales llegarán del país norteamericano a precios muy competitivos.
En la Orinoquía, en todo caso, están tomando fuerza grandes proyectos infraestructurales, como por ejemplo la carretera Puerto-Gaitán – Puerto Carreño (700 km), la cual, una vez terminada, conectará enormes territorios, hasta hoy prácticamente abandonados, con el centro del país.
Respecto a la Amazonía colombiana, en cambio, la idea inicial, que apoyaba el proteccionismo ambiental, fue pisoteada por la realidad de los hechos.
Las áreas que el Estado ha dado en concesión para la explotación minera, por ejemplo, mientras que de 1998 al 2005 llegaban en promedio a 209 hectáreas al año, del 2006 al 2012 subieron en promedio a 16.000 hectáreas al año.
Solamente en el 2012 se dieron en concesión (para “exploración”) 48.000 hectáreas de tierras amazónicas.
Estos datos no tienen en cuenta la explotación minera ilegal que a menudo provoca una fuerte contaminación de los ríos y de los lagos a causa de la utilización del mercurio.
Algunas reservas forestales recientemente creadas, como la del Yagoyé Apaporis, están de nuevo en peligro. Aunque en el 2009 esta área del Vaupés había sido declarada Parque Nacional, hoy una multinacional canadiense (Cosigo Frontier) está pidiendo el permiso de extraer oro de la zona, poniendo en duda la constitucionalidad de la reserva forestal.
También la explotación petrolera está aumentando a ritmos alarmantes, principalmente en la región de la Orinoquía (Meta, Casanare, Arauca), pero también en la Amazonía colombiana (departamentos de Caquetá y Putumayo).
Como recalcaron justamente algunos analistas colombianos y extranjeros, por cada barril de petróleo extraído se sustraen de las reservas hídricas subterráneas el equivalente a tres barriles de agua. Si no se implementan adecuados programas de reforestación en las áreas deforestadas, en poco tiempo podrían secarse las fuentes subterráneas y los torrentes superficiales.
Es opinión difundida que este tipo de explotación de los suelos debería ser contingentada y controlada. Las empresas que operan en el territorio amazónico deberían destinar la mitad de sus ganancias a programas de instrucción y de desarrollo eco-sostenible en el área de la agricultura biológica y de la reforestación.
El debate sobre la Amazonía colombiana se está haciendo cada día más actual en Colombia.
En mi opinión, un bioma tan delicado e importante para el mantenimiento del ecosistema amazónico en su complejo debería ser preservado en su globalidad. Las únicas actividades permitidas deberían ser: la incentivación de la agricultura biológica y de la reforestación, la implementación de pueblos ecológicos con impacto cero en el ambiente, con generación de energía creada por implantes fotovoltaicos y microcentrales hídrica, y el sostenimiento de las producciones locales.

YURI LEVERATTO
Copyright 2012

miércoles, 5 de marzo de 2014

Los caciques negros de Esmeraldas



En 1533 sucedió algo muy particular en el Nuevo Mundo, en la actual costa ecuatoriana de Esmeraldas, llamada así porque es muy rica en estas piedras preciosas.
En aquel tiempo, el mezquino tráfico de esclavos africanos ya se efectuaba desde hacía varias décadas, pero precisamente alrededor de la segunda mitad del siglo XVI estaba aumentando y asumiendo una enorme importancia.
Por lo general, el tráfico de esclavos, cuyo monopolio lo tenían, en principio, los Españoles y Portugueses, se desarrollaba entorno a un lucrativo comercio trilateral.
Los comerciantes de mercancía humana llegaban a África con alcohol, armas y cachivaches que intercambiaban por esclavos con los gobernantes locales.
Posteriormente, revendían los esclavos en Coro o en Cartagena de Indias, obteniendo a cambio oro, tabaco, cacao, caña de azúcar, algodón y café. Con estas mercancías regresaban a Europa y se preparaban para emprender otro viaje.
A partir de 1540, también en el recién fundado virreinato de Perú se necesitaron esclavos para el arduo trabajo en los campos.
Los galeones españoles que salían del puerto de Panamá se dirigían al sur con destino a la Ciudad de los Reyes, llamada posteriormente Lima, nombre que evoca a los indígenas que vivían en el área donde Francisco Pizarro fundó su capital.
Uno de aquellos galeones, cuyo armador era Alonso Illescas, se dirigió al Perú en octubre de 1553. A bordo, además de diversa mercancía para entregar allí, había veintitrés esclavos africanos (17 hombres y 6 mujeres). El velero se detuvo en la actual costa de Esmeraldas por aproximadamente 30 días, a causa de una total carencia de viento.
Cuando, finalmente, hubo una ligera brisa, el galeón español retomó su marcha hacia el sur, pero el comandante decidió detenerse después de pasar por el Cabo de San Francisco, y echó anclas en una bahía llamada Portete.
El objetivo de la parada era buscar agua fresca, fruta y, posiblemente, carne de caza, puesto que durante los largos días de calma en el mar se había acabado la totalidad de los víveres.
Los españoles desembarcaron y se llevaron consigo a todos los africanos, dado que éstos podrían ayudarlos en la búsqueda de alimento. Durante su ausencia, el viento empezó a soplar con fuerza inusual y hubo una súbita tempestad. El galeón fue arrastrado al acantilado y naufragó sin que aquellos que se habían quedado cuidándolo pudieran hacer nada.
Cuando el grupo que se había dirigido al interior en búsqueda de alimento regresó a la bahía, se dio cuenta de que ya había ocurrido lo irreparable: el galeón estaba destruido y la mayoría de la mercancía se había perdido. Aprovechándose de la confusa situación, los veintitrés africanos escaparon a la selva.
Los españoles no reaccionaron muy astutamente, ya que, en vez de disponerse a construir un bergantín con el cual, costeando, hubieran podido salvarse, decidieron emprender un difícil camino a lo largo del litoral, esperando quizá llegar a un pueblo habitado por otros europeos.
Casi todos murieron en la marcha: algunos de malaria cerebral, otros de sed y de cansancio. Sólo unos pocos sobrevivientes llegaron, después de meses de adversidad e indescriptibles penurias, a una remota aldea habitada por colonos, pero perecieron justo después de relatar lo ocurrido.
Los africanos, en cambio, lograron apropiarse de armas blancas y también de algunos arcabuces que los españoles habían abandonado en el área del naufragio.
Se dirigieron al interior y entraron en un pueblo de indígenas Pidi, que eran bajos y fornidos, y que tenían características somáticas muy similares a los actuales siberianos del norte: ojos almendrados, pómulos muy pronunciados y cabellos lisos y negros. Estaban acostumbrados desde hacía siglos a vivir en un clima ecuatorial húmedo, donde la selva era muy intricada e insidiosa.
También los africanos, originarios del golfo de Guinea, encontraron un ambiente natural muy similar al de su lejana tierra, y se adaptaron rápidamente.
A la llegada de los extranjeros al pueblo, inicialmente los autóctonos Pidi escaparon aterrorizados.
Podemos imaginar su reacción, viendo llegar a 17 hombres y 6 mujeres de piel oscura, con rasgos somáticos diferentes a los suyos: nariz achatada, labios prominentes, cabellos crespos.
Los africanos se establecieron en el pueblo y se apoderaron de todo el alimento que encontraron.
Cuando, pocas horas después, los nativos regresaron decididos a echar a los invasores de su territorio, hubo una violenta batalla de la cual los africanos salieron victoriosos, sobre todo porque podían contar con la fuerza de las armas de hierro, como hachas y puñales; pero también porque su físico era superior.
Los Pidi, al sufrir algunas pérdidas, se dieron cuenta de que los recién llegados eran tipos duros y decidieron entablar un pacto, aceptando someterse a ellos.
Fue entonces cuando surgió un jefe, el africano llamado Anton. Habían transcurrido ya algunos días desde el naufragio, y en las tierras ecuatorianas de Esmeraldas estaba por suceder uno de los casos más interesantes de adaptación, simbiosis y sincretismo entre diferentes culturas de toda la Historia del género humano.
En la zona había también otros grupos indígenas: los pacíficos Niguas y los belicosos Campas, que pronto se dieron cuenta de la inestabilidad creada desde la llegada de los intrusos africanos.
Pocos días después se dio otro cruento enfrentamiento entre los africanos guiados por Anton junto con un grupo de Pidi, y los temibles Campas.
Estos últimos salieron victoriosos y seis africanos perdieron la vida en la batalla, además de varios indígenas Pidi.
Los africanos tuvieron que retirarse y, a causa de varias escaramuzas sucesivas, quedaron sólo siete hombres y tres mujeres. Después de la muerte de Anton, fue Alonso Illescas quien asumió el poder, un africano nativo de Cabo Verde que había vivido durante muchos años en Sevilla como esclavo del armador del galeón naufragado y que había sido bautizado con el mismo nombre de su jefe anterior.
Fue entonces cuando los africanos remanentes, dándose cuenta de que estaban rodeados por grupos de indígenas hostiles que tarde o temprano los matarían, decidieron llevar a cabo un plan diabólico: a cada nativo potencialmente peligroso habría que dársele muerte; sólo a los dóciles, junto con los ancianos, mujeres y niños, se les perdonaría la vida.
Fue una verdadera guerra por la supervivencia: la matanza fue cruel y la mayoría de los Campas fue asesinada.
Alonso Illescas fue nombrado cacique de los Niguas y de los pocos sobrevivientes Campas, y se le ofreció como esposa una bellísima joven Nigua.
Transcurridos algunos meses de relativa calma, Alonso Illescas fue invitado a una fiesta de un poderoso cacique llamado Chilindauli, que era el rey de un valle vecino, en las cercanías de la actual bahía de San Mateo.
En plena celebración, aprovechando el estado de embriaguez del cacique Chilindauli y de sus hombres de más confianza, Alonso Illescas y los otros africanos atacaron, matando al cacique y a la mayoría de los hombres armados.
Fue un acto vil y despreciable, pero es probable que Alonso Illescas lo haya premeditado precisamente para evitar caer víctima de los autóctonos.
Después de esta victoria innoble, Alonso Illescas se convirtió en el señor indiscutible de toda la zona y llegó incluso a efectuar saqueos en las cercanías de la ciudad de Puerto Viejo, habitada por españoles e indígenas.
Entretanto, los siete africanos restantes se habían mezclado con varias mujeres autóctonas, y ya en 1600, cuarenta y siete años después del naufragio, había unos cincuenta zambos, o bien, hijos de la unión entre africanos y amerindios.
En 1565, Illescas dominaba un área inmensa y su creciente poder comenzaba a preocupar a los españoles de Puerto Viejo.
En todos estos años de permanencia en las tierras ancestrales de los indígenas Pidi, Campas y Niguas, los Africanos adoptaron algunos usos, costumbres y tradiciones de los autóctonos que habían conquistado. Hubo un sincretismo entre la religión tribal africana y las creencias locales de los nativos, basadas en el culto del Sol y de la Luna.
Anton Illescas y sus lugartenientes se adornaban con aretes y anillos de oro que se ponían en las narices, y con deslumbrantes esmeraldas.
Se vestían con ropa de algodón tejida por los indígenas, pero usaban también algunos accesorios típicos de los conquistadores españoles, como los collares de algodón blanco que se ven en el retrato principal.
Como para los españoles de Puerto Viejo no era aconsejable organizar una expedición militar contra el ejército de Illescas, se pensó en conceder algún privilegio, como un título de gobernador, a cambio de obtener una conversión de los rebeldes a la religión cristiana.
Miguel Cabello Balboa, autor de la obra Verdadera descripción y relación larga de la Provincia y Tierras de las Esmeraldas, fue enviado a negociar con Illescas para obtener la conversión y la sumisión de su reino a la Corona española, pero regresó a Puerto Viejo sin haber logrado nada.
En 1598, los caciques negros de Esmeraldas habían consolidado todavía más su dominio y eran los principales interlocutores del gobierno español de Quito, que estaba cada vez más preocupado en cómo conquistar para la Corona aquellas regiones de rebeldes.
Durante el siglo sucesivo, la población de los zambos creció mucho, y la mayoría se estableció en los pueblos de Esmeraldas Vieja y Atacames. Se estima que, en 1670, eran cientos los descendientes de los africanos que sobrevivieron al naufragio.
De los documentos oficiales se deduce que, en 1607, el cacique negro Sebastián Illescas (un sucesor de Alonso), era todavía el indiscutible dominador de Esmeraldas.
En los siglos ulteriores hubo otras oleadas de migrantes “forzados” en Ecuador, país en el que, actualmente, el 75 % de la población es mestiza, mientras que los afrodescendientes son el 5 % del total, o bien, poco menos de 700.000 personas.

YURI LEVERATTO
Copyright 2010

Bibliografía:
Miguel Cabello Balboa – Verdadera descripción y relación larga de la Provincia y Tierras de las Esmeraldas (finales del siglo XVI).