martes, 14 de mayo de 2013

El dilema de la Amazonía: ¿capitalismo extremo, proteccionismo o decrecimiento eco-sostenible?


La cuenca del Río Amazonas, de aproximadamente 7 millones de kilómetros cuadrados de extensión, es la cuenca hidrográfica más vasta del planeta.
El Río Amazonas, río de los récords por excelencia (en longitud, con unos 6992 kilómetros, y en caudal, aproximadamente 300.000  m³/s en su estuario) transporta las aguas de unos 10.000 ríos entre los cuales 20 son grandes afluentes, cada uno de más de 1000 kilómetros de largo.
La cuenca amazónica está políticamente dividida entre 6 países: Brasil (64% de toda el área), Perú, Bolivia, Colombia, Ecuador y Venezuela.
El interior de la gran cuenca comprende al ecosistema amazónico, o bien, el conjunto de biomas de selva alta, selva pluvial tropical y pradera amazónica. La extensión de este especial y delicado ecosistema es de aproximadamente 5 millones de kilómetros cuadrados donde viven alrededor de 30 millones de personas (23 millones sólo en la Amazonía brasilera).
La Amazonía, desde el inicio de la colonización europea (fundación de Santa Cruz, 1561, por los Españoles, y de Belem, 1616, por los Portugueses), ha sido considerada por los respectivos países que poseían otras tantas de sus áreas como una tierra por explotar con el fin de extraer recursos para vender luego en el mercado internacional.
Como lo describí en mi artículo Historia de la colonización de la Amazonía, este enorme territorio fue explotado inicialmente para la producción de café, cacao, algodón y tabaco. Más tarde, finalizando el siglo XIX, el motor de la explotación intensiva de la Amazonía y de sus indígenas (ver el caso Arana) fue la demanda mundial de caucho.
En el siglo XX continuó la expansión de capitalistas y propietarios de tierras que utilizaron los suelos para enriquecerse desmesuradamente, sin considerar las exigencias de un desarrollo armónico y sostenible.
Es el caso de la deforestación masiva causada por los grandes productores de soya y ganaderos en Brasil, que en algunos casos han controlado a estados enteros, como por ejemplo el Mato Grosso.
En otros casos, enormes porciones de la Amazonía fueron otorgadas a compañías petroleras estadounidenses, como en el caso de la Chevron Texaco (ver mi artículo: Amazonía, la nueva frontera de la explotación petrolera mundial).
Hoy, en el siglo XXI, el país dominante de Suramérica es Brasil, y a él se le atribuye cualquier decisión económico-política que ataña al ecosistema amazónico en su totalidad.
Brasil, quien ya es la sexta potencia mundial (producto interno bruto a precios nominales), está invirtiendo en faraónicos proyectos infraestructurales que están cambiando la faz de la Amazonía, con particulares riesgos para el ecosistema y los indígenas que viven allí.
Es el caso, por ejemplo, de la represa de Inambari en Perú, de las dos en el gigantesco Río Madeira y la de Belomonte en el Río Xingú, estructuras construidas no tanto para abastecer de electricidad a bajo costo a la Amazonía, sino más bien para alimentar a las empresas del rico sur del Brasil (São Paulo y estados limítrofes).
Otros colosales proyectos, como la Rodovia Transamazônica (BR-230), que debería partir la selva transversalmente para unir el noreste del Brasil con Benjamin Constant (la frontera con Perú y Colombia) con el propósito de encontrarles luego una salida hacia el Ecuador y después hacia el Océano Pacífico a los productos de exportación brasileros, y la controvertida carretera del TIPNIS (Bolivia amazónica), financiada con fondos brasileros, hacen dudar si ofrecerán un efectivo beneficio a la población que vive en la Amazonía o si serán de utilidad para grandes grupos económicos que exportan materias primas como biomasas, soya o productos mineros.
El problema de la explotación sostenible de la Amazonía es real también en Colombia.
La Amazonía colombiana ocupa un territorio de 483.000 kilómetros cuadrados y dos grandes afluentes del Río Amazonas la recorren: el Río Caquetá y el Río Putumayo. Por un breve trayecto (aproximadamente 100 kilómetros) el mismo Río Amazonas fluye en territorio colombiano, de Puerto Nariño a Leticia (frontera con Perú y Brasil). La economía de los habitantes de la región (menos de un millón) se basa en la pesca, en la agricultura de subsistencia y en la deforestación.
También a esta parte de la Amazonía se están acercando grandes grupos económicos que generalmente no escuchan las necesidades de la población local. Hay algunos grupos petroleros extranjeros y nacionales que operan en los departamentos del Putumayo y Caquetá. Hay luego varias actividades extractivas, tanto de oro como de otros minerales raros, por ejemplo, del estratégico coltan (departamentos de Vaupés y Guainía), que causan a menudo problemas de contaminación de los ríos con los consiguientes traumas para las poblaciones locales e indígenas.
En la Amazonía colombiana, por otro lado, hay un problema extra respecto a los demás países del área: grandes zonas de tierra virgen están por desgracia bajo el control de grupos armados ilegales que explotan los suelos sea para la producción de hojas de coca y la consiguiente comercialización de cocaína, sea para actividades mineras ilegales y fuertemente contaminantes.
Todo eso causa daños irreparables al ecosistema amazónico y a los indígenas y colonos, obligados a vivir muchas veces en los márgenes de verdaderas guerras no declaradas.
El cuadro global que resulta de este análisis es una Amazonía herida, a veces por grupos económicos legales, pero que tienen por objetivo sólo y exclusivamente el lucro, sin escuchar las peticiones de las poblaciones autóctonas; otras veces por grupos de poder oculto e ilegal que persiguen fines de lucro pisoteando aun más las necesidades y las exigencias de las poblaciones locales.
En los centros políticos y económicos de los países suramericanos que poseen partes de la Amazonía estos problemas no son vistos como prioritarios.
En Bogotá, por ejemplo, pero también en Lima o en São Paulo, la Amazonía parece lejana, y sus problemas son considerados secundarios respecto a los problemas normales de un país: desocupación, pobreza, seguridad.
De vez en cuando se lee en los periódicos locales que la deforestación continúa y que la biodiversidad está amenazada, pero nadie comprende realmente la magnitud del problema “Amazonía”. Pocos, además, se dan cuenta de que si se pudiera desarrollar una economía sostenible en la Amazonía, se podrían reducir o quizás incluso eliminar muchos problemas que afligen a los países suramericanos.
Si se empezase a crear un debate entre gobiernos de los seis países amazónicos suramericanos, se podría llegar a conclusiones importantes. 
En primer lugar, para dar a conocer la realidad amazónica a los ciudadanos de los países en cuestión, los cuales comúnmente la ignoran y se dejan pasivamente adoctrinar por falsas noticias de difícil verificación.
En segundo lugar, para orientar a los Gobiernos que a veces actúan políticas equivocadas.
Por ejemplo, dar en concesión inmensas áreas para la explotación petrolera sin escuchar la opinión de los nativos (como en el caso de Bagua, en Perú) o intentar construir vías a través de las reservas ecológicas (como en el caso del TIPNIS), lo que resulta extremadamente perjudicial para el ambiente y la población local.
Me parece que ni siquiera con el excesivo proteccionismo ambientalista e indigenista se puede dar una respuesta adecuada al problema “Amazonía”. Hemos visto, de hecho, que en Brasil la creación de numerosas y enormes “tierras indígenas” no ha disminuido los conflictos internos, sino que al contrario los ha intensificado (ver mi artículo sobre la tierra indígena Raposa Serra do Sol).
La solución podría ser una economía eco-sostenible, orientada a incentivar las producciones locales en una óptica de decrecimiento, contingentar las exportaciones de productos crudos (petróleo, carbón, minerales raros, soya, biomasas) que hasta hoy han servido sólo al lucro de poderosos grupos industriales privados (por lo general extranjeros), y favorecer una gradual redistribución de tierras a las clases menos pudientes, enseñándoles las más avanzadas técnicas de agricultura biológica.

YURI LEVERATTO 
Copyright 2012

miércoles, 8 de mayo de 2013

Los Mayoruna de la “tierra indígena Vale do Yavarí”




Mi experiencia con los indígenas mayoruna de Brasil comenzó en el pueblo Atalaya do Norte, a orillas del Río Yavarí.
Días despuésde haberme adentrado en la selva establecí contacto con una familia de marubos, cuyo jefe me acogió en la comunidad y me ilustró sobre su modo de vivir y sus tradiciones.
La tierra indígena Valle del RíoYavarí se extiende en la Amazonía brasilera, cerca de la frontera entre Brasil y Perú, que está justamente delimitada por el curso del Río Yavarí.Tiene una extensión aproximada de 85.000 kilómetros cuadrados donde viven varias tribus indígenas, algunas de ellas aisladas.
Con el término mayoruna (del quechua: mayo, río;runa, gente) se denomina a un conjunto de pueblos que vive tanto en la tierra indígena Vale do Yavarí (Brasil) como en los ríos Yavarí, Gálvez y Yaquerana, en territorio peruano.Estos pueblos son marubos, matis, matsés, kulinapano, korubo, kanapari, tsohom-dyapa, además de otros grupos de indígenas no contactados. En total, alrededor de 3800 personas viven en la tierra indígena Vale do Yavarí, en Brasil.La mayoría de ellas habla lenguas pertenecientes al grupo pano.
La historia de los indígenas mayoruna está marcada por continuos conflictos con los no indígenas: el primer período después de la conquista española se caracterizó por la entrada de las misiones jesuitas (1653-1769); hacia el fin del siglo XIX se introdujo el capitalismo en la Amazonía con la explotación del caucho (1880-1914); luego de la Segunda Guerra Mundial comenzó el tráfico de valiosa leña, todavía en curso; después de 1970 empezaron las prospecciones petrolíferas de empresas nacionales y extranjeras que ponen en riesgo la integridad del ambiente y de los indígenas mismos.
Aún hoy muchos mayoruna viven en malocas (ver fotografía a la derecha), grandes cabañas tradicionales comúnmente rectangulares, erigidas por cuatro troncos que representan el eje del mundo, pero no faltan las malocas de planta circular. Por lo general, estas casasancestrales tienen dos accesos orientados en dirección de los cursos de agua más cercanos.
La ubicaciónde los miembros de la gran familia en la maloca no es casual. El jefe y su hermano duermen respectivamente a la izquierda y a la derecha de la entrada principal. El chamán yla esposa del jefe duermen, en cambio, a la izquierda y a la derecha delportal secundario.
La maloca es el núcleo del universo para los mayoruna. De noche se transforma en un centro de conocimiento. Una fogata constantemente encendida, donde se preparan los alimentos, representa el “estómago”, el punto donde se transforma la energía y, por tanto, la fuerza.
Es muy importante anotar que cuando muere uno de sus constructores, la maloca debe ser quemada.
Actualmente los mayoruna viven en un estado de aparente tranquilidad que, sin embargo, esconde algunas insidias.
El hecho de que los mayoruna de la tierra indígena Vale do Yavarí reciban un subsidio del estado brasilero es, a mi modo de ver, algo negativo: son manipulados, no pueden cazar animales de la selva como hacían en el siglo pasado y el “salario” que se les da los ha transformado en seres dóciles, fácilmente corruptibles, que no son por completo artífices de su destino.
Hace unos pocos meses se informó que la empresa petrolífera PacificStratus (100% propiedad de Pacific Rubiales) intentó iniciar actividades de exploración de petróleo en la cuenca de los ríos Galvez y Yaquerana, pertenecientes al Perú. En este caso, los mayoruna brasileros objetaron que la eventual contaminación del Río Yaquerana causaría un daño gravísimo también a la tierra brasilera, y tienen razón.Por ahora, la empresa Pacific Stratus no ha iniciado la explotación del área, pero podría presentar otro proyecto en un futuro cercano.
Respecto a una posible amenaza directa para la tierra indígena Vale do Yavarí (en Brasil), a partir del 2007 la Agencia Nacional del Petróleo (ANP) ha conducido búsquedas tanto en la cuenca del Río Juruá como en el sur de la tierra indígena Vale do Yavarí, donde la empresa Georadar ya llevó a cabo trabajos de exploración de algunos pozos petrolíferos sin tener en cuenta la opinión de los jefes indígenas mayoruna, quienes consideran que estas labores podrían contaminar los ríos Itaquaí y Yaquerana; este último es la parte alta del mismo Yavarí.
Como puede verse, la delimitación de estas enormes tierras indígenas no es suficiente para proteger a los nativos que viven en ellas.Precisamente la enorme extensión de estas áreas hace que sea tan difícil vigilarlas.
Por otro lado, el hecho de que los indígenas que las habitan estén acostumbrados desde hace tiempo al comercio de los recursos presentes en su territorio (valiosa madera, pero también piedras preciosas y oro), los hace fácilmente corruptibles y entonces favorece la entrada de entidades externas al territorio, algo que no es fácil de controlar.

YURI LEVERATTO
Copyright 2014