jueves, 28 de marzo de 2013

El saqueo de Machu Picchu


El soberano de los Incas Pachacutec hizo construir, alrededor de 1440 d.C., un complejo urbano con edificaciones imponentes entre las cimas llamadas Machu Picchu y Huayna Picchu, no lejos del río Urubamba, en el actual Perú meridional.
La ciudadela, cuyo nombre original era probablemente Picchu, quizá tuvo una función religiosa y fue poblada por dignatarios de casta alta cercanos al rey. El hallazgo de esqueletos de mujeres jóvenes hace pensar en las vírgenes del Sol y clasificaría al asentamiento como un Aclla o casa de las elegidas.
El asentamiento está dividido en una zona agrícola, constituida por terrazas cultivadas delimitadas por muros de contención y la zona urbana, donde se desarrollaron las principales actividades religiosas y cotidianas. Las dos áreas están divididas por un muro de aproximadamente 400 metros de largo, paralelo a una acequia que sirve para el desagüe.
La construcción de Machu Picchu (como se le denomina hoy: del quechua montaña vieja) en una zona geológicamente inestable, a altísima pluviosidad y ubicada entre dos montañas, fue una obra de ingeniería de máximo nivel. El sistema de drenaje de las aguas, constituido por 129 canales, es todavía hoy admirado como único. Los doscientos edificios aproximadamente fueron construidos teniendo en cuenta fenómenos astronómicos como los equinoccios y están destinados a coincidir con algunas estrellas durante particulares días del año. Casi todas las construcciones tienen un perímetro rectangular y los muros están formados de granito que fue elaborado con hachas de bronce, puesto que el hierro se utilizaba poco en el imperio incaico. En el sector alto, denominado Hanan, además de unidades residenciales, está el templo del Sol, utilizado para ceremonias relacionadas con el solsticio de junio; algunos estudiosos lo consideran como un mausoleo donde se conservó la momia de Pachacutec. En el sector alto, hay un patio cuadrado circundado por construcciones maravillosas: dos templos principales y una casa sacerdotal.
En el sector bajo, llamado Urin, se encuentra un gran edificio caracterizado por una sola puerta de ingreso.
De algunos estudios se deduce que se trata de la Acllahuasi o casa de las mujeres elegidas, que se dedicaban a la religión y a la artesanía.
En los cien años siguientes a su fundación, Machu Picchu prosperó. En los alrededores fueron fundados otros asentamientos como Patallacta y Quente Marca, que servían de base para las provisiones agrícolas de Machu Picchu.
En los años siguientes a la muerte de Pachacutec, sin embargo, Machu Picchu perdió parte de su importancia, puesto que debió competir con las posesiones personales de otros emperadores.
Cuando los españoles irrumpieron a la fuerza en la región de Cuzco, alrededor de 1534, muchos colonos agrícolas, llamados mitimaes, que habían sido obligados a trabajar en los valles vecinos, volvieron a sus tierras, abandonando la zona. Durante la resistencia de Manco Inca a la invasión de los españoles, algunos nobles que vivían en Machu Picchu se integraron en la corte del soberano incaico abandonando, por consiguiente, la ciudad.
Sin embargo, algunos documentos de la época prueban que Machu Picchu no permaneció del todo desierta en los años sucesivos, sino que pagaba un tributo a la ciudad de Ollantaytambo, en manos de los españoles. El último Curaca de Machu Picchu, Juan Macora, fue el líder espiritual de la ciudad hasta 1568.
Después, nada más, sólo documentos y descripciones confusas.
Machu Picchu permaneció perdida en el olvido por más de 300 años, cuando un colono alemán de nombre Augusto Berns la visitó en 1867.
Lamentablemente, el alemán no era un arqueólogo y tampoco una persona interesada en la historia o respetuosa con los hallazgos antiguos. El rudo aventurero constituyó una sociedad para la explotación de los tesoros auríferos que encontrara en el lugar, llamada Compañía Anónima Explotadora de las Huacas del Inca y, con el consentimiento del gobierno peruano de entonces, comenzó a saquear la ciudad y a vender innumerables manualidades de oro de enorme valor artístico e intrínseco a comerciantes sin escrúpulos.
En 1870, el estadounidense Harry Singer dibujó un mapa de la zona y, por primera vez, lo nombró Machu Picchu, probando que el lugar comenzaba a ser conocido.
En 1902, Agostino Lizaraga, un propietario de tierras del Cuzco, visitó Machu Picchu con algunos de sus amigos.
Nueve años más tarde, el estadounidense Hiram Bingham, profesor de historia, llegó a Cuzco.
Tuvo contacto con el arqueólogo Gabriel Cosio, que le describió a Machu Picchu. Bingham intuyó la posibilidad de conocer un lugar arqueológico de enorme importancia. Llegó allí poco después, guiado por otro peruano, Melchor Arteaga. El estadounidense se dio cuenta inmediatamente de que se encontraba frente a un lugar extraordinario.
Con el apoyo de la Universidad Yale, de la National Geographic Society y del gobierno peruano, Bingham realizó cuidadosos estudios arqueológicos del 1912 al 1915, en cooperación con otros dos estadounidenses y varios peruanos. La existencia de Machu Picchu fue divulgada al mundo en 1913, mientras Bingham llevaba a cabo sus estudios.
El estadounidense, quien fue el primero en estudiar el lugar arqueológico, fue, sin embargo, el responsable de haber enviado a los Estados Unidos unos 46.332 hallazgos arqueológicos, que hoy en día se encuentran en la Universidad privada Yale, en la ciudad de New Haven, en Connecticut y no han sido todavía restituidos al gobierno de Perú.
Cientos de cajas que contenían momias enteras perfectamente adornadas, objetos de oro de valor inestimable, cerámicas finamente talladas y otros utensilios importantísimos para conocer la vida y la cultura de los Incas, fueron transportados en la espalda de mulas hasta el Cuzco y luego montadas en trenes hasta el puerto de Mollendo, ciudad del actual departamento de Arequipa, de donde se dirigieron, vía mar, hacia los Estados Unidos.
¿Quizás entre las momias sustraídas estaba aquella de Pachacutec?
El gobierno de Lima, que había autorizado a Bingham a efectuar los estudios histórico-arqueológicos, se mostró impotente para detener el saqueo de Machu Picchu.
Luego de este atraco, efectuado probablemente con la excusa de que en la Universidad Yale los hallazgos podían ser estudiados, Bingham obtuvo fama y poder y posteriormente fue elegido senador de los Estados Unidos y gobernador de Connecticut (en 1925).
Los objetos robados se encuentran aún hoy en la Universidad Yale. Sólo en los años 80’s del siglo pasado se comenzaron a estudiar y a catalogar. Actualmente, algunos hallazgos se exhiben en el museo Peabody en la Universidad Yale.
En los primeros años del siglo XXI, el gobierno peruano inició un proceso contra la Universidad Yale para obtener la restitución de los hallazgos substraídos. El actual gobierno peruano está, en cambio, llevando una política más suave para buscar un acuerdo con la Universidad Yale. Parece, sin embargo, que la Universidad puso condiciones para la restitución de aproximadamente 350 hallazgos, entre las cuales pide tenerlos por otros 99 años. Además, puso la condición de que se construya un museo (financiado por Perú) en el Cuzco, donde estos objetos puedan ser exhibidos. No está clara la suerte de los otros hallazgos.
En mi opinión, todos los 46.332 objetos injustamente sustraídos deben ser devueltos lo más pronto posible, sin condiciones de la Universidad Yale, al pueblo peruano, legítimo propietario. Debe, además, pagarse una compensación equitativa al gobierno peruano.

YURI LEVERATTO
Copyright 2008

domingo, 10 de marzo de 2013

Biopiratería: la última frontera de la explotación



El Amazonas es el lugar con la mayor biodiversidad del planeta.
En cuanto a reino vegetal, en una hectárea de bosque amazónico hay en promedio 400 especies diferentes de árboles y plantas, algunas sin estudiar a fondo todavía. Con un quinto de todas las especies de pájaros de la tierra, dos mil especies de mamíferos y dos mil de peces, además de dos millones y medio de especies de invertebrados, el bosque pluvial tropical suramericano es considerado como el lugar biodiverso más precioso del mundo.
Lamentablemente esta enorme riqueza, que pertenece a los estados que tienen parte de su territorio en el Amazonas (Brasil, Perú, Colombia, Bolivia, Ecuador y Venezuela) está en grave peligro.
En los últimos años creció exponencialmente una nueva amenaza: la biopiratería.
Por biopiratería se entiende el acceso ilegal o irregular a recursos biológicos y genéticos con el fin de explotarlos económicamente. En la mayoría de los casos, los biopiratas del siglo XXI son científicos sin escrúpulos que se introducen en los territorios indígenas del Amazonas, se ganan la confianza de los nativos, a menudo dando sumas de dinero, logrando de este modo apoderarse de secretos milenarios, como por ejemplo el uso de plantas medicinales o el uso de sustancias contenidas en el organismo de algunos animales (ranas, insectos) para fines terapéuticos. Apenas regresan a su país, los biopiratas registran el uso de la sustancia por ellos estudiada y obtienen una patente internacional, sin el permiso del estado de donde sustrajeron el principio activo. Se estima que las ganancias derivadas de la biopiratería han abonado 4.5 billones de $ anuales a multinacionales del norte del mundo, que actuaron sin las necesarias autorizaciones de los gobiernos de Sur America.
Los daños de los biopiratas son muchos: primero que todo, explotan de manera desconsiderada el patrimonio vegetal y animal amazónico sin ninguna regla o procedimiento científico. Si no se frena este desastre, el 20% de las especies animales endémicas amazónicas desaparecerá en los próximos veinte años.
Además se les quitan vilmente recursos importantes a países en vía de desarrollo, que podrían ser utilizados para mejorar las condiciones de vida de la población y para crear una mayor consciencia ambiental.
Además de eso, los biopiratas, con su presencia no autorizada en los territorios indígenas, causan enormes shocks culturales y sociales y a veces difunden enfermedades mortales entre los nativos que no tienen suficientes anticuerpos para combatir virus y bacterias típicas del mundo occidental. Los biopiratas privatizan los conocimientos autóctonos, que deberían en cambio ser utilizados por los gobiernos gratuitamente, para beneficiar lo más posible a los estratos de población con menor acceso a los servicios básicos.
Desde el punto de vista del derecho internacional, los países del área amazónica firmaron un acuerdo llamado ‘Tratado de las Naciones Unidas sobre la diversidad biológica’, que data del 1992. En este convenio se declaró la soberanía de cada estado sobre los recursos naturales, biológicos y genéticos que se encuentran al interior de su territorio y el derecho a obtener una justa compensación en caso de que fuese concedido el uso de dichos recursos a entidades o empresas no estatales.
He aquí algunos de los ejemplos más conocidos de la biopiratería:
El Cupuacu (pronunciación copuassù), un fruto tradicional amazónico rico en vitaminas, cuyo principio activo fue registrado con un nombre parecido, es utilizado para la producción de chocolate por una reconocida multinacional.
Otro caso famoso es la patente de epibatidina, un alcaloide contenido en la piel de una rana endémica del Amazonas ecuatoriana (epipedobates anthonil). Esta sustancia es eficaz contra el tratamiento del dolor (es 200 veces más potente que la morfina). Aproximadamente 750 ranas de esta especie fueron transportadas ilegalmente fuera de Ecuador. El principio activo de la piel del anfibio fue registrado en Norte América y es utilizado por varias empresas que trabajan en el sector farmacéutico.
El principio activo de la Carapa Guianensis Aubl (llamada Andiroba), utilizada por nativos amazónicos contra la fiebre y como repelente contra los insectos, fue registrado en Europa y Norte América para la producción de cosméticos y medicamentos.
Del Ocotea Rodile (bibiri) se extrae una sustancia activa que fue registrada por una empresa europea y que se utiliza en la lucha contra enfermedades mortales.
Las esencias contenidas en la planta conocida con el nombre Uña de Gato (Uncaria tormentosa), fueron registradas por una reconocida multinacional, después de haber sido substraídas a indígenas Ashaninka de la selva amazónica peruana.
El veneno contenido en las glándulas del reptil Bothrops Jararaca puede servir como potente medicamento contra la hipertensión: una empresa europea registró el principio activo y comenzó a comercializar el producto. Hoy este medicamento es vendido en todo el mundo con enormes ganancias.
La lista de los abusos podría continuar. ¿Cómo frenar este desastre? Se hicieron varias propuestas, pero hasta ahora ninguna ha sido eficaz.
Podría resultar útil una marca internacional, que pueda identificar rápidamente los productos obtenidos con la autorización de los gobiernos de Sur America, de manera que el consumidor sepa distinguir entre un producto autorizado y un producto pirata.

YURI LEVERATTO
2008 Copyright