jueves, 20 de septiembre de 2012

El reino perdido de Vilcabamba



Cuando los 168 hombres al mando de Pizarro llegaron a Cajamarca, en el actual Perú septentrional, el imperio de los Incas acababa de salir de una cruenta guerra civil: Huáscar y Atahualpa se habían enfrentado. Cuando este último venció, las tropas que habían sido fieles a Huáscar vieron en los invasores la posibilidad de salvarse de Atahualpa, pero no se dieron cuenta de que el verdadero proyecto de los extranjeros era conquistar, a cualquier precio, todo el Perú con sus riquezas.
En este proceso de conquista, Pizarro y sus hombres se encontraban frente a innumerables peligros, incluso después de la vil ejecución de Atahualpa, en 1532.
Para mantener el orden y legitimar la presencia de los extranjeros en el Perú, Pizarro decidió nombrar un sapa inca, o bien, un nuevo soberano, un títere en las manos del poder español. El primer sapa inca designado fue Toparpa, un hermano de Atahualpa quien, sin embargo, murió en la marcha de la tropa española hacia Cusco. El sucesivo sapa inca elegido por Pizarro fue Manco Inca, en 1534.
Aunque probablemente las intenciones de Manco Inca fueron las de restablecer el imperio con la ayuda de los Españoles, en realidad el sapa inca se convirtió en una marioneta en manos de los invasores, quienes querían mostrar a la población que respetaban las tradiciones antiguas, por ejemplo, nombrando a un rey cusqueño.
En un principio, Manco Inca combatió junto a las tropas de Diego de Almagro contra el general Quisquis, que había sido fiel a Atahualpa, y resultó vencedor. De esta manera, había participado inconscientemente en el juego de los Españoles, cuyo propósito era el de dividir a los Incas entre ellos, de lo cual no extraerían sino beneficios y ventajas.
Empero, ya en 1536, el auténtico carácter de Manco Inca, quien no se sometió nunca a los Españoles, empezó a hacerse conocer. Los invasores, ávidos de riquezas, continuaban exigiendo a Manco Inca información sobre la ubicación del tesoro del Cusco, pues no se habían contentado con el saqueo del palacio de Coricancha. Cuando Manco Inca se rehusó a proporcionar más datos a los españoles, fue encarcelado en su palacio; pero luego probablemente comprendió que era mejor actuar con astucia. Logró partir de Cusco prometiendo a Hernando Pizarro volver con estatuas de oro macizo. Se dirigió a Yucay, donde consiguió reorganizarse y armar un ejército que lucharía por reconquistar el poder.
Organizó dos expediciones punitivas: la primera contra algunos pueblos Huanca del valle del Río Mantaro (afluente del Urubamba), y la segunda contra algunas tribus de etnia Lima (en las cercanías de la actual capital), que habían ayudado a Pizarro en la conquista del Perú. Luego, preparó el retorno a Cusco para asediar su capital, cuyo control lo tenían ahora los españoles. La ofensiva partió de Sacsayhuamán y duró muchos meses.
La sucesiva batalla de Sacsayhuamán, en la que vencieron los españoles, indujo a Manco Inca a retirarse al remoto valle del Urubamba, en la fortaleza conocida hoy como Vitcos Rosaspata, de donde organizó la resistencia hasta 1544, año de su muerte.
Vitcos Rosaspata fue por varios años el cuartel general del llamado reino de Vilcabamba. Es una ciudadela situada a mitad de camino entre la sierra y la selva, que sirvió probablemente por mucho tiempo como centro de intercambio entre los pueblos andinos y los del valle del Urubamba. En los años siguientes, los Incas de Vilcabamba transfirieron su capital a la remota ciudadela de Hatun Wilca Pampa, ubicada en el Río Concevidayoc, conocida hoy como Vilcabamba la Vieja o Vilcabamba-Espíritu Pampa.
Después de la muerte de Manco Inca, el poder cayó en las manos del hijo Sairi Túpac, quien empezó a negociar con los españoles para obtener propiedades en el valle del Urubamba. Sairi Túpac aceptó ser bautizado.
El sucesor al trono de Vilcabamba fue Titu Cusi Yupanqui, quien volvió a asumir una severa posición contra los invasores españoles. De todos modos, en 1568 permitió la entrada de algunos misioneros al reino y fue justamente durante un enfrentamiento con algunos de ellos que resultó herido y luego murió.
La ulterior represalia de los Incas contra un religioso (Diego de Ortiz) convenció a los Españoles de usar mano dura contra los rebeldes, con el fin de destruir el reino de Vilcabamba de una vez por todas. El poder en ese momento ya había pasado a manos de un joven hermano de Titu Cusi Yupanqui, llamado Túpac Amaru.
El virrey Toledo envió una expedición militar a Vilcabamba, al mando de Martín García Óñez de Loyola. Los Españoles vencieron: las débiles defensas de los Incas fueron derrumbadas una vez más, la ciudadela de Vitcos Rosaspata fue destruida y Túpac Amaru fue capturado, llevado al Cusco y decapitado en mayo de 1572.
El reino de Vilcabamba y sus restos arqueológicos cayeron en el olvido por más de 300 años, hasta que los tres cusqueños Manuel Ugarte, Manuel López Torres y Juan Cancio Saavedra llegaron al sitio de Hatun Wilca Pampa en 1892.
Las ruinas de Vilcabamba fueron estudiadas también por Hiram Bingam en 1911, pero quien identificó el sitio arqueológico de Espíritu Pampa, asociándolo al verdadero Vilcabamba fue Antonio Santander Casselli en 1959.
Santander Casselli, quien recopiló sus escritos en la monografía “Andanzas de un soñador”, regresó a Espíritu Pampa en 1964 junto al explorador estadounidense Gene Savoy, quien contribuyó a hacer conocer Vilcabamba a nivel mundial.
En 1976, el profesor Edmundo Guillen y los exploradores polacos Tony Halik y Elzbieta Dzikowska estudiaron a fondo el sitio, valiéndose de importantes soportes históricos provenientes del prestigioso Archivo de Indias de Sevilla.
El sitio arqueológico fue visitado y estudiado igualmente por el explorador Gregory Deyermenjian (en 1981) y el investigador Vincent Lee (en el 2000), ambos estadounidenses.
El reciente descubrimiento (2011) de la tumba de un rey en Espíritu Pampa, la cual se remonta a la época Wari, testimonia no sólo que el sitio estuvo habitado desde épocas remotas, sino también que fue utilizado casi seguramente como centro de intercambio comercial entre los pueblos de la selva baja y los habitantes de los altiplanos andinos.

YURI LEVERATTO
Copyright 2011

lunes, 10 de septiembre de 2012

La grandeza de Tenochtitlán, la capital de los Aztecas


El ocho de noviembre de 1519, un grupo de conquistadores españoles, dirigido por Hernán Cortés, llegó al valle de México. A lo lejos se podía ver el lago Texcoco y varios pueblos que surgían en sus orillas: Mixquic, Iztapalapa, Huitzilopochco, Coyoacán, Tlacopán y Texcoco.
En el centro del lago, repleto de canoas, vieron, en una vasta isla atravesada por canales, una gran ciudad: era la capital del reino de los Aztecas, Tenochtitlán.
A continuación, un comentario del conquistador Bernal Díaz del Castillo, extraído de su libro Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:

Al ver tantas ciudades y pueblos construidos en el agua, y otras poblaciones en tierra firme, nos quedamos admirados. Hubo quienes pensaron que se trataba de un hechizo, como los que se narran en el libro de Amadís, pues había grandes torres, templos y pirámides erigidos en el agua. Otros se preguntaban si todo eso no sería un sueño.

La aglomeración del lago Texcoco estaba constituida por Tenochtitlán, isla rocosa en la cual estaban los templos y los edificios públicos más importantes, y Tlatelolco, unida a Tenochtitlán, donde había un templo y un mercado. La ciudad, fundada por el mítico rey Tenoch en 1325, fue construida también en terrenos pantanosos, después de un paciente trabajo que duró muchos años, utilizando material de cimentación.
A comienzos del siglo XVI, tenía una extensión de aproximadamente 1000 hectáreas (10 km cuadrados) y estaba dividida en cuatro barrios: Cuepopán, al norte; Teopán, al sur; Moyotlán, al este y Aztacalco al oeste.
En cada barrio había grupos de casas llamados Calpulli, los cuales disponían de su propio templo, escuela y jefe de barrio. Los Calpulli se distinguían también por el trabajo de sus habitantes: artesanos, comerciantes o pescadores.
Sobre la población de Tenochtitlán a la llegada de los conquistadores se ha especulado mucho. Los libros de los historiadores españoles de la época reportan que en la ciudad había de 60.000 a 120.000 “fuegos”, hogueras, o bien, unidades residenciales.
No obstante, el verdadero número de la población de Tenochtitlán sigue siendo un misterio. De algunos libros de aquel período, como la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Vastillo, se deduce que las familias eran muy numerosas.
Si se considera que en cada casa vivía un promedio de siete individuos, se puede evaluar que un total de aproximadamente 700.000 personas vivía en la capital de los aztecas.
Otras estimaciones más prudentes proponen un número de 550.000 pobladores. De todos modos, este valor, muy respetable para el siglo XVI, hacía de Tenochtitlán la ciudad más poblada de América y la tercera del mundo después de las ciudades chinas de Pekín (700.000 habs.) y Hangzhou (600.000 habs.), con notable diferencia de Estambul (300.000 habs.) y Sevilla (250.000 habs.).
El centro de la actual Ciudad de México, llamado Zócalo, corresponde a lo que fue el centro de Tenochtitlán. En marzo de 1978, algunos arqueólogos mexicanos encontraron evidencias de lo que fue el llamado Teocalli, una pirámide de 30 metros de altura, con base de 100x80 metros, en cuya cima había dos santuarios: Tláloc (Dios de la lluvia y de la abundancia) y Huitzilopochtli (Dios del Sol y de la guerra).
A los lados del Teocalli se encontraban dos internados-monasterios, llamados Calmécac, donde vivían los sumos sacerdotes. En frente del Teocalli estaba el santuario del Dios del viento Ehécatl, una construcción cónica sostenida por una base de cuatro plataformas. Entre este último santuario y la muralla que separaba el centro ceremonial (llamado Coatepantli) de la ciudad, había un patio, llamado Tlachtli, utilizado para el juego de la pelota, al cual se atribuía una significación cosmológica (el balón representaba el Sol). Al interior del centro ceremonial había, además, depósito de armas, balnearios para baños rituales, una academia de música y casas donde se hospedaban nobles que llegaban a peregrinaciones. Asimismo, había un lugar macabro: en el llamado Tzompantli se exponían los cráneos de las víctimas que habían sido sacrificadas.
El palacio del soberano se encontraba, en cambio, por fuera del centro ceremonial, pero muy cerca del mismo. La residencia de Moctezuma II, el rey de los Aztecas al momento de la llegada de Hernán Cortés, era suntuosa.
Era una construcción de dos pisos, con amplios jardines interiores donde abundaban las plantas exóticas, donde elegantes cisnes nadaban en los estanques y donde numerosas aves multicolores gorjeaban en las pajareras.
Hernán Cortés y sus hombres quedaron atónitos cuando Moctezuma II, pecando de ingenuidad, los invitó a residir en el palacio.
He aquí una descripción del conquistador español de la capital de los aztecas, extraída de la Segunda Carta de Relación al Emperador Carlos V (1522):

Al día siguiente de mi llegada a la ciudad de Iztapalapa, decidí partir, y después de haber caminado una media legua, entré en una amplia calle que atraviesa la laguna hasta llegar a la gran ciudad de Temixtitán (Tenochtitlán), que está fundada en el centro exacto de este lago; la avenida era tan ancha que hubiéramos podido transitarla con ocho caballos puestos uno al lado del otro…
Continuamos por esta calle, la cual, a una media legua de la entrada a la ciudad de Temixtitlán, se une con otra vía que la conecta con la tierra firme, y justo ahí hay un castillo de doble torre, una alta muralla y dos puertas principales, una para entrar y otra para salir. A poca distancia hay un puente de madera de unos diez pasos de anchura… una vez que lo atravesamos fue a recibirnos el Señor Moctezuma con otros doscientos señores…Esta gran ciudad de Temixtitán está fundada en el centro de este lago, y de la tierra firme hasta ella hay dos leguas de cualquier punto del que se quiera entrar. Hay cuatro entradas principales, a las que se llega por medio de amplias calles, iguales a las que describí anteriormente. La ciudad es tan grande como Sevilla y Córdoba juntas. Sus vías principales son muy anchas y derechas, y algunas tienen canales paralelos donde transitan muchísimas canoas. Tiene muchas plazas donde hay un mercado activo y gente que quiere vender y comprar. Hay también una plaza tan grande como la ciudad de Salamanca entera, en Castilla, toda rodeada de portales donde cotidianamente concurren alrededor de sesenta mil personas para comprar y vender…

Además de tratarse de un centro ceremonial y político de fundamental importancia, Tenochtitlán era también un punto comercial muy activo. Como se describe en la Carta de Relación, el mercado principal se encontraba en Tlatelolco, donde había unos 25.000 comerciantes que vendían alimentos (maíz, fríjoles, tomates, cacao, papas dulces, sal, miel, pavos y otras aves comestibles; pescado, crustáceos, moluscos), tejidos, calzado, pieles de puma y jaguar, utensilios de piedra, obsidiana y cobre; cerámica, tabaco, madera tallada y otros objetos artesanales; joyas de oro y de jade.
Como no existía moneda, todo se obtenía por medio del trueque, pero la costumbre de intercambiar objetos por semillas de cacao o haba era cada vez más común. Era un intento rudimental de pago. No obstante, se producían numerosas controversias y, por esta razón, había varios vigilantes, además de tres magistrados que, en caso de disputa, emitían una sentencia inmediata.
Como el agua de la laguna no era potable, el soberano Moctezuma I (1440-1469), hizo construir un acueducto de 5 kilómetros de longitud desde las fuentes de Chapultepec.
Luego del aumento demográfico, el agua fresca y limpia empezó a escasear.
El emperador Ahuízotl (1486-1503) hizo construir un segundo acueducto, de 8 kilómetros de longitud, que transportaba agua desde las alturas de Coyoacán.
Tenochtitlán era una ciudad lacustre que dependía del lago Texcoco para abastecerse de pescado, crustáceos y moluscos, pero las frecuentes inundaciones, sobre todo durante la estación de lluvias, hacían que su población pasara calamidades.
Moctezuma I mandó a construir, en 1449, una gran diga, de unos 16 kilómetros de longitud, con el fin de contener las crecidas del lago Texcoco.
Por consiguiente, a inicios del siglo XVI, Tenochtitlán era una ciudad cosmopolita donde se cruzaban diversas culturas del altiplano mexicano. ¿Cuál hubiera sido el desarrollo de esa metrópolis del mundo antiguo si no se hubiera dado, en 1519, el terrible impacto destructor de los conquistadores españoles?

YURI LEVERATTO
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