viernes, 10 de junio de 2011

El inframundo de Tierradentro


La zona arqueológica denominada Tierradentro se encuentra en Colombia meridional, en la frontera entre los departamentos del Cauca y del Huila, justo en la ladera del imponente macizo montañoso llamado Nevado del Huila (la montaña andina más alta de Colombia, de 5750 metros sobre el nivel del mar).
La primera noticia sobre Tierradentro la difundió el fray Santa Gertrudis en 1757. A continuación, una de sus descripciones del lugar:

En el sitio llamado Pedregal hay muchas tumbas que fueron excavadas tanto por el sacerdote como por el doctor Caycedo, un jesuita expulsado del cual hablaré luego. El padre me contó que hace muchos años hallaron mucho oro. Estas dos personas se volvieron riquísimas y poderosas con estas actividades de excavación.

De este testimonio del fray Gertrudis, quien fue también el primer occidental en describir a San Agustín, se infiere que ya desde el lejano 1757, o bien hace 252 años, la zona de Tierradentro fue saqueada, despojada y por desgracia, las joyas de oro encontradas, las cuales hubieran podido proporcionar importante información sobre la vida de los indígenas que vivían allí, fueron fundidas y vendidas, generando inmensas ganancias ilícitas.
La sucesiva descripción del lugar la hizo un siglo más adelante el general Carlos Cuervo Márquez, quien en su libro Prehistoria y viajes se refirió tanto a San Agustín como a Tierradentro como sitios donde vivió una “gran población prehistórica”. Además, describió varios terraplenes y montículos circulares, usados como lugares de sepultura, en la confluencia de los ríos Santo Domingo y Culebrina, los cuales, sin embargo, no fueron jamás hallados de nuevo.
A partir de 1936, varios investigadores como Gregorio Hernández de Alba y José Pérez de Barrados empezaron a estudiar las tumbas y los hipogeos con fines científicos, tratando de revelar los secretos de una misteriosa cultura esotérica, la cual ya 9 siglos antes de Cristo celebraba liturgias ocultas cuyo significado está todavía hoy envuelto en el misterio.
Después de los estudios de varios arqueólogos, se puede llegar a la conclusión de que la cultura de Tierradentro se remonta al 900 a.C., período durante el cual se inició la construcción de los hipogeos.
Durante unos 2100 años, hasta el 1200 d.C., la cultura Tierradentro prosperó, puesto que se percibe una continuidad estilística y ornamental tanto en las decoraciones murales al interior de los hipogeos, como en la cerámica.
Alrededor del siglo XIII, la zona de Tierradentro fue invadida por etnias Páez, que posteriormente se enfrentaron con valentía contra la avanzada española en el siglo XVI.
Algunos investigadores descubrieron dos tipos distintos de estatuas en el sur del actual territorio colombiano. El primer tipo, situado en el occidente del departamento de Nariño y en algunas zonas aisladas del Cauca, es de tamaño pequeño y de menor elaboración.
La segunda clase de estatuas, que se encuentra en San Agustín, Tierradentro, Moscopán y Aguabonita, es más grande y demuestra un notable avance estilístico.
En Tierradentro se hallaron varias esculturas, todas enterradas, escondidas en la cavidad de las raíces de los árboles. Estas estatuas son estilísticamente diferentes de las decoraciones murales de los hipogeos y por consiguiente, parece que no tienen que ver con la llamada cultura Tierradentro, sin más bien parece que se relacionan con la cultura de San Agustín.
Entre las figuras esculpidas descubiertas en Tierradentro hay una con la cabeza sauroforme, cuyo cuerpo, ahora deshecho, tenía que tener muchos metros de longitud. Las antropomorfas, tanto masculinas como femeninas, representan figuras frontales solemnes.
La cabeza tiene por lo general proporciones más grandes de las reales y ocupa aproximadamente un tercio de toda la figura.
Las piernas son muy cortas y los brazos son casi siempre paralelos al busto. Son características muy similares al estilo agustiniano del V y del VIII siglo después de Cristo.
La diferencia sustancial respecto a San Agustín es que esta última está dominada por la cultura del jaguar y por lo tanto, sus estatuas, incluso las antropomorfas, manifiestan claros rasgos del felino amazónico, mientras que las estatuas de Tierradentro tienen rostros más simples, menos elaborados, sin influencia félida.
Debe resaltarse que todas las estatuas antropomorfas fueron encontradas con collares, brazaletes y zarcillos muy similares a los que se usaban tanto en las culturas amazónicas como en las culturas andinas del Perú.
Lamentablemente, el semblante de muchas estatuas fue destruido, porque los buscadores de oro de la zona, llamados en jerga “guaqueros”, piensan erróneamente que dentro de él está el codiciado metal amarillo.
En mi opinión, quienes edificaron las estatuas de Tierradentro pertenecen a otra cultura distinta de la etnia desconocida que construyó los hipogeos en el 900 a.C. Probablemente, era un grupo de gente afín a la etnia que se estableció en San Agustín, pero que sucesivamente declinó o se mezcló con los nuevos llegados, dando vida, de esta manera, a la denominada cultura de Tierradentro.
En Tierradentro, el culto de los muertos fue importantísimo, tanto así que esta antigua cultura daba más importancia a la vida después de la muerte que a la vida misma. El complejo rito del funeral y de la sepultura comprendía varias fases. La primera consistía en colocar el cuerpo del difunto en una tumba transitoria, comúnmente junto a algunas ofrendas como piedras semipreciosas, cerámica y objetos de oro, además de recipientes con alimentos como maíz y bebidas (chicha, a base de maíz). El cadáver se ponía luego en posición fetal.
Los objetos de oro se situaban cerca al difunto, puesto que el metal amarillo simbolizaba el Sol y por tanto, la Divinidad, representando una especie de puente que podía conducir el alma hacia lo Absoluto.
En una segunda ceremonia, los huesos restantes se colocaban al interior de los hipogeos, en urnas funerarias. Estos templos verticales se caracterizan por un pozo, al cual se puede acceder utilizando empinadas escaleras en forma de caracol esculpidas en la roca.
La profundidad de dichos pozos varía entre 2 a 8 metros. El interior de los hipogeos tiene por lo general una anchura entre los 2,5 y los 8 metros. Hay hipogeos simples, menos profundos y con decoraciones pobres, y otros complejos, muy hondos y ricamente adornados, como los de San Francisco y Segovia.
En cuanto a las cerámicas, se encontraron principalmente de dos clases, relacionadas con el tipo de entierro efectuado.
La terracota simple, con ornamentación nítida y sin elaborar se halló en las cámaras de sepultura, donde el cadáver se ponía en posición fetal. La cerámica más hermosa, mejor decorada y comúnmente adornada con tintas rojas, negras y blancas, se encontró, por el contrario, en los hipogeos.
Las urnas funerarias, donde se colocaban los huesos de los difuntos, dentro de los hipogeos, fueron construidas con arcilla mezclada con cuarcita y mica, que servía para dar una mayor consistencia.
En los hipogeos más importantes, las urnas funerarias se ponían sobre bases de piedra, que a veces asumen formas humanoides o de seres míticos. Los motivos zoomorfos más utilizados en la decoración de las urnas funerarias eran la serpiente, el lagarto, el milpiés y el jaguar, símbolo del poder.
La serpiente es, de todos modos, el motivo más recurrente, simbolizando el inframundo o el útero de la Tierra, a donde se pensaba que iban los cuerpos de los muertos. El reptil rastrero se consideraba también como el símbolo de la vida y de la muerte, la energía vital que está a la base del todo, el devenir continuo donde no hay muerte definitiva, sino continuidad en diferentes niveles. La serpiente que abandona su vieja piel marchita para renacer al día siguiente con una piel nueva, turgente, sana y joven es el símbolo del eterno retorno, de lo trascendente que en cada uno de nosotros continúa un camino infinito en un cosmos sin tiempo. La serpiente de dos cabezas simboliza la vida donde hay muerte, el eterno renovarse de cada ser viviente.
El lagarto y el milpiés son también ellos símbolos del inframundo, porque viven en los barrancos, en las cavidades de la Tierra que conducen al centro de ésta. Hacen parte también de particulares rituales de la fertilidad en un mundo donde los tabúes impuestos por el catolicismo no existían.
En general, Tierradentro parece como un libro abierto donde está escrito que los antiguos habitantes del valle daban un valor enorme al alma e intentaban relacionarse con las fuerzas de la naturaleza sin tener la presunción de dominarlas, sino más bien interactuando con ellas.
Entre los pocos objetos de oro recuperados en los últimos años está la famosa máscara de Inzá (custodiada actualmente en el Museo de Oro de Santafé Bogotá), representación de un rostro zoomorfo con características felinas y orejas de murciélago; y el brazalete de Tierradentro, con motivos de felino y de rana, que simboliza la fecundidad.
Tierradentro es un enorme rompecabezas que todavía no está completo, tanto a causa del desafortunado saqueo de muchas tumbas ya en el siglo XVIII, como por la falta de estudios apropiados durante el siglo pasado.
No se sabe quiénes fueron los constructores de los hipogeos y tampoco si tenían relación con los enigmáticos habitantes de San Agustín. No se sabe de dónde venían, si de Mesoamérica o si, más probablemente, de la Amazonía o de los Andes y en fin, no se sabe qué lengua hablaban. Por ahora, todo eso constituye el misterio arqueológico más grande de Colombia; pero quizás en un futuro, si se autorizan nuevos y más profundos análisis en el sitio, se podría conocer mucho más de esta fascinante civilización.

YURI LEVERATTO
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