viernes, 20 de enero de 2017

Jesucristo salvó también a los justos que vivieron antes de su misión sobre la tierra


Algunos escépticos del mensaje cristiano de salvación sostienen que el sacrificio de Jesucristo sobre la cruz no sirvió a quienes vivieron antes de él, ya que ellos no recibieron su mensaje.
Para responder a esta observación, iniciemos citando el noveno verso del Evangelio de Juan:

Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, 
La que venía a este mundo.

El sujeto es el Verbo. Es como si estuviera escrito: “el Verbo era la luz verdadera”. El verbo utilizado aquí es “en”, que es usado varias veces para describir la eternidad de Jesucristo. Por tanto, se podría interpretar de esta manera: “Jesucristo ha sido desde siempre la Luz eterna”.
Justo después está el adjetivo “verdadera”. Aquí Juan no estaba afirmando que Jesús se expresa en modo veraz, sino que estaba afirmando que Jesucristo es la luz genuina, perfecta, original, verdadera, y no solo por su sustancia divina, sino por su eternidad.
Todo eso se relaciona con la doctrina de la salvación. Ningún hombre puede salvar, ya que ningún hombre puede expiar el pecado de otros. Solo quien es la Luz eterna, verdadera, perfecta y original puede salvar (puede, por consiguiente, dar la vida eterna), ya que es la esencia misma de la vida.
Analicemos ahora la frase: “la que venía al mundo”. ¿Por qué el Evangelista Juan escribió “venía” y no “vino”?
En realidad, Juan se refiere a algo que está por suceder. Usa el participio “erchomenon”. El evangelista describe una cosa que está a punto de acaecer. La eternidad estaba entrando en la historia, como se describirá en el decimocuarto verso del Prólogo.
“Echomenon” significa “venía” e indica voluntad. Esta situación se diferencia desde cuando un simple ser humano viene al mundo. Ningún ser humano viene de una existencia anterior. Cristo, en cambio, tuvo una existencia anterior, eterna, ya que existía desde siempre.
Pero, ¿cuál era el propósito de la llegada de la Luz verdadera al mundo? Analicemos la frase “que ilumina a todo hombre”. La palabra utilizada en el texto griego es “phōtizei”, que deriva de la palabra “phoos”, luz.
Es como si Juan hubiera querido comunicar que Jesucristo quiso hacerse hombre para ser uno de nosotros, iluminar nuestro camino tortuoso con su luz verdadera. El tiempo phōtizei está en el presente indicativo.
Mientras “era”, en griego “en”, es un “pasado eterno”, y “erchomenon” es un futuro inminente, phōtizei está en presente. ¿Por qué?
Se piensa que Juan quiso indicar en este verbo el pasado, el presente y el futuro, y que quiso enfatizar que la Luz eterna de Cristo ha iluminado a todos los seres humanos desde siempre de forma conocida, desconocida e incluso inconcebible.
En este sentido, la acción de Jesucristo se extiende en el pasado hasta los orígenes del hombre, y en el futuro hasta el fin de los tiempos. Esto se explica también con la revelación progresiva de la Biblia, la Palabra de Dios. Jesús apareció como un Ángel de Dios en el Antiguo Testamento, y ahora estaba a punto de aparecer en forma humana.
La aparición de Cristo en forma humana, de todos modos, no significa que su luz no iluminó a los hombres en el pasado. Y no significa que no iluminará a los hombres en el futuro.
¿Cómo se justificaban los seres humanos antes de la misión de Jesucristo sobre la tierra?
La respuesta no puede ser sino una: por fe. En efecto, Abraham creyó al Señor. Veamos el verso correspondiente, Génesis (15, 6):

Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.

En cierto sentido, los creyentes del Antiguo Testamento estaban justificados porque creían que, en un tiempo futuro, Dios expiaría sus pecados. Los justos de hoy miran el pasado creyendo que Dios, en la persona de Jesucristo, ya ha expiado nuestros pecados sobre la cruz.
Por tanto, la Luz eterna de Cristo iluminó a todos los hombres desde siempre, tanto a los que vivieron en el pasado como a aquellos que viven ahora y vivirán en el futuro.
Aquellos que antes de Cristo tuvieron fe en Dios y se abandonaron a su voluntad, creyendo por fe que sus pecados serían expiados, obtuvieron la justificación y fueron luego salvados por Cristo con su muerte vicaria.
Los creyentes del Nuevo Pacto recibieron la revelación final y perfecta; se salvan por fe, creyendo que sus pecados fueron ya expiados por Jesucristo con su muerte en cruz. Ellos conocen el proyecto de Dios de modo más completo respecto a los creyentes del Antiguo Testamento. A tal propósito, veamos este pasaje de la Epístola a los judíos:

Dios, después de haber hablado antiguamente muchas veces y en muchas formas a los padres por medio de los profetas, en estos últimos días nos ha hablado a nosotros por medio del Hijo”.

Yuri Leveratto

martes, 10 de enero de 2017

La Ley de Dios es conocida por todos los seres humanos


Muchas veces nos hemos preguntado si las personas que no han recibido nunca el Evangelio podrán ser juzgadas por Dios. Hay quienes piensan que algunos reducidos grupos de indígenas que viven en las profundidades de la Amazonia (los llamados no contactados) y algunos grupos de esquimales que viven en remotas zonas del Ártico no podrían ser juzgados por Dios, justamente porque no han recibido el Evangelio y no han escuchado jamás hablar de Jesucristo.
En la Biblia, sin embargo, se encuentra la respuesta a este particular interrogante. Veamos lo que escribe Pablo de Tarso en la Epístola a los Romanos (2, 12-16):

Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados. Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.

Analicemos estos importantes pasajes. En la primera parte, Pablo de Tarso sostiene que quien ha pecado sin ley perecerá sin ley y quien ha pecado teniendo la Ley (dada por Moisés) será juzgado con base en la ley. El hecho, sin embargo, de que quien ha pecado sin Ley perecerá sin Ley, no significa que no será juzgado.
La respuesta está en el decimocuarto y decimoquinto verso. Dios puede juzgar también a quien no ha recibido la Ley y el Evangelio porque la Ley está impresa en la naturaleza misma de cada persona: la Ley está escrita en el corazón del hombre. El sentido moral es fundamentalmente igual para todos los seres humanos. También los indígenas de las tribus no contactadas de la Amazonia saben que no se debe matar, robar o cometer adulterio. Conocen la diferencia entre el bien y el mal, exactamente como la conocemos nosotros, que hemos recibido los diez mandamientos y luego la Gracia con el Evangelio.
Quien ha recibido el Evangelio tiene una responsabilidad mayor respecto a estos grupos de personas no contactadas, justamente porque más allá de la ley moral de la consciencia, ha recibido también la Ley de Dios y el Evangelio.
Las personas que no han recibido el Evangelio y que no conocen a Jesucristo tienen, por tanto, la posibilidad de salvarse siguiendo la Ley de Dios, que está impresa en sus corazones.
En este punto alguien podría objetar: si quien no ha recibido la Ley ni el Evangelio se puede salvar, ¿qué sentido tuvo entonces la revelación de Dios a Moisés y la revelación final y perfecta de Jesucristo?
La revelación es progresiva y, por tanto, quien acoge el sacrificio de Jesucristo sobre la cruz tiene la certeza de salvarse porque recibirá el Espíritu Santo. La Gracia indica el camino seguro para quien lo acepta. Nadie, por tanto, es olvidado por Dios. La Gracia es dada a todos, pero también el Juicio será para todos. El Juicio será efectuado por Dios de forma individual, con base en la fe del hombre.

Yuri Leveratto

viernes, 2 de diciembre de 2016

La fundación de la escuela alejandrina


La cristianización de Egipto inició con la misión del judío Marcos, el evangelista. Según la tradición de las Iglesias Coptas y Ortodoxas de Alejandría, Marcos llegó a Egipto el 49 d.C. y empezó a predicar la Buena Nueva. Marcos bautizó a Aniano, quien fue luego el segundo obispo de Alejandría. Aún siendo obispo de Alejandría, Marcos se ausentó por un período de dos años durante los cuales viajó a Cirenaica, en la ciudad de Ptolemaida, y después a Roma y a Aquilea. A su regreso a Egipto, Marcos encontró que la comunidad de los cristianos se había desarrollado y que había sido construida una Iglesia en la localidad de Bucolia, en el puerto de Alejandría.
Según San Jerónimo, Marcos fue también el fundador de la escuela catequística de Alejandría, cuyo primer decano fue Justo (1).
Durante el primer siglo, Alejandría era una ciudad cosmopolita donde convivían diferentes pueblos y varias creencias religiosas. Había egipcios, griegos, romanos, etíopes y la lengua más hablada era el griego.
Desde la fundación de la ciudad portuaria, por obra de Alejandro el Grande, se habían desarrollado varias corrientes culturales: la oriental, heredera de las tradiciones babilónicas, persas e indias (védicas); la egipcia, heredera de las antiguas religiones de los faraones, al interior de la cual se adoraban todavía a Horus, Isis y Osiris; y la griega, con los dioses del panteón olímpico.
En Alejandría, sin embargo, había también judíos que adoraban a YHWH, y desde el segundo siglo a.C. había habido cierto intercambio cultural entre la cultura judía y la griega, ya que el Tanaj había sido traducido al griego, o bien, los libros que ahora conforman el Antiguo Testamento (la Biblia de los setenta).
Uno de los sabios judíos más famosos de la Alejandría del siglo I fue Filón, que reconocía al demiurgo o Logos de Platón como el Dios de la tradición judía.
Según una tradición copta, Marcos fue martirizado en el 68 d.C. cuando paganos, adoradores del dios egipcio Serapis, lo ataron a la cola de un caballo y lo hicieron arrastrarse por la ciudad hasta que murió (2).
El segundo obispo de Alejandría fue Aniano, del 68 d.C. hasta el 83 d.C., fecha de su muerte.
Justo de Alejandría fue el decano de la escuela alejandrina hasta 118 d.C., cuando fue elegido obispo. Los sucesivos decanos de la escuela fueron Eumenes de Alejandría (118-129 d.C.) y Marcos II de Alejandría (129-152 d.C.).
A partir del siglo II se sintió la necesidad de defender la fe cristiana contra posibles ataques externos. Fue esta la razón de que la escuela alejandrina se desarrollara y floreciera, justo en la ciudad donde estaba más difundido el gnosticismo, una tendencia opuesta al Cristianismo apostólico.
La visión gnóstica no fue una fe original, sino una adaptación de conceptos gnósticos aplicados al Cristianismo, en fuerte contraposición al Antiguo Testamento. Los gnósticos, viendo solo la negatividad del mundo terreno, o sea el mal, el dolor y el sufrimiento, se las atribuyeron a YHWH, al que identificaban con el demiurgo malo.
A Jesucristo, en cambio, no podían repudiarlo, porque fue un personaje histórico y muchos estaban dispuestos a morir por él. Por tanto, efectuaron un sincretismo, adaptándolo a su creencia.
El “Jesús gnóstico” que resultó, por consiguiente, ya no era el descrito por los Apóstoles, que fueron los que vivieron con el Salvador, sino el inventado e idealizado por los gnósticos. Aquel “Jesús gnóstico” no había sufrido en la cruz, ya que su naturaleza meramente divina le impedía sufrir y, por tanto, tampoco la Resurrección tenía sentido, era una alegoría. La importancia de la venida de Jesús era solamente su acción de “puente” que podría llevar al hombre a la verdadera gnosis, o sea, a Dios. Resultó un Jesús completamente falseado y no correspondiente a los textos neotestamentarios.
Los dos filósofos más conocidos que divulgaban la fe gnóstica en Alejandría eran Basílides y Valentino, ambos activos en el segundo siglo.
Las cuatro características de la escuela alejandrina fueron: el contenido metafísico en la predicación de la fe, la influencia platónica, la dirección conceptualmente idealista y el método de interpretación alegórico de varios pasajes de las Sagradas Escrituras.
Uno de los decanos más importantes de la escuela alejandrina fue Panteno, quien dirigió la escuela a partir del 181 d.C.
Según Eusebio de Cesarea, Panteno viajó como misionario hasta la India. Veamos el pasaje correspondiente, extraído de su obra “Historia eclesiástica”, (5, 10):

1.  Un hombre celebérrimo por su cultura, llamado Panteno, dirigía entonces la escuela de los fieles de aquella ciudad, dado que por vieja costumbre existía entre ellos una escuela de doctrina sagrada: esta se ha conservado hasta nosotros, y hemos sabido que está en manos de hombres hábiles con la palabra y con el estudio de las cosas divinas. Se narra que el mencionado Panteno se distinguió entre los más brillantes de aquel tiempo, ya que provenía de la escuela filosófica de los denominados Estoicos.
2.  Se dice entonces que mostró tal ardor en su fervorosísima disposición para la palabra divina, que se le designó heraldo del Evangelio de Cristo en las naciones de Oriente, llegando hasta la India. Había, de hecho, había todavía en aquellos tiempos, numerosos evangelistas de la palabra que se preocupaban de llevar fervor divino imitando a los apóstoles para engrandecer y edificar la palabra divina.
3.  También Panteno fue uno de ellos, y se dice que se fue entre los Indios, donde encontró, como narra la tradición, entre algunos del lugar que habían aprendido a conocer a Cristo, que el Evangelio según Mateo había precedido su venida: entre ellos, en efecto, había predicado Bartolomé, uno de los apóstoles, que había dejado a los Indios la obra de Mateo en la escritura de los Judíos, y esa se había conservado hasta la época en cuestión.
4.   Panteno, en todo caso, después de numerosas empresas, dirigió al fin la escuela de Alejandría, comentando a viva voz y con los textos los tesoros de los dogmas divinos.

Esta cita indica que posiblemente Panteno recorrió los senderos del Apóstol Bartolomé y encontró una copia del Evangelio de Mateo escrita tal vez en arameo. En el camino de regreso a Occidente, Panteno se detuvo por algunos años en la ciudad de Edesa y fue ordenado cura por el obispo de Antioquía, Serapión. Panteno, junto a Serapión, participó activamente en la confutación de las tesis gnósticas de Bardaisan, quien en aquel tiempo se había establecido en la corte de Agbar IX, rey de Osroena. Panteno volvió a Alejandría en el 200 d.C., fecha de su muerte.
Durante la ausencia de Panteno, la dirección de la escuela alejandrina fue asumida por el ateniense Clemente (Atenas, 150 – Cesarea de Capadocia, 215).
Para Clemente, entre la filosofía griega y las Sagradas Escrituras existe una relación armoniosa querida por Dios. El Creador dio la Ley a los judíos y la filosofía a los griegos. Ambas vienen de Dios y ambas conducen a Cristo.
Tanto el pensamiento de Clemente de Alejandría como el de sus predecesores (como Justino, Atenágoras, Teófilo de Antioquía) y de sus sucesores (Orígenes, Alejandro de Jerusalén) estuvieron caracterizados por el reconocimiento del valor del pensamiento de Platón, el primer filósofo que admitió la existencia de un plano metafísico, no con la fe, sino con la razón. En los filósofos cristianos alejandrinos, sin embargo, está el reconocimiento de la superioridad del Cristianismo sobre la filosofía griega, porque la Verdad, que los griegos habían solo rozado con la descripción del Logos, con el Cristianismo se reveló en toda su plenitud.
Desde este punto de vista no se puede hablar de helenización del Cristianismo, sino de cristianización del mundo helénico. Para ellos, Jesucristo es la Verdad última y vino para completar no solo la ley judía, sino también la filosofía griega, ya que se reveló a sí mismo a nosotros, el Logos que se hizo carne. El Cristianismo, por tanto, además de ser la única verdadera religión, es para ellos la única verdadera filosofía divina.
Sabemos que el Cristianismo apostólico se basaba en el arrepentimiento de los propios pecados y en la fe en Jesucristo para obtener la salvación, mientras que el gnosticismo estaba centrado en el conocimiento, o gnosis, para alcanzar la unión con Dios.
Clemente de Alejandría indica una tercera vía, ya que para él la fe y el conocimiento están íntimamente relacionados. La fe para Clemente es el fundamento de la gnosis. Para él, cada creyente puede ser gnóstico, pero el gnóstico eclesiástico es el perfecto cristiano.
La primera obra de Clemente fue el Protréptico (del griego “exhortación”, escrito posiblemente entre el 180 d.C. y el 200 d.C.). Era una exhortación a la conversión al Cristianismo dirigida a los paganos y, sobretodo, a los cultos de los griegos.
Su segunda obra fue el Pedagogo, donde se le enseña al cristiano la disciplina y una vida de rectitud.
La tercera obra de Clemente de Alejandría es denominada Stromateis (Mosaico), porque analiza muchos argumentos con el fin de reconocer la justa vida cristiana a través de la fe y el conocimiento que, según él, llevarían a la verdadera gnosis.
En práctica, las tres obras están unidas por un delgado hilo. Es como si fuera Jesucristo mismo, quien primero exhorta a emprender el camino de la conversión, luego enseña el camino correcto a recorrer y, por último, como un maestro enseña la vía a recorrer a través de la fe, por el verdadero conocimiento.
Clemente escribió también otras obras, entre las cuales se recuerdan las Disposiciones, que fueron comentarios a la Biblia, y algunos textos no canónicos, como la epístola de Bernabé y el Apocalipsis de Pedro.
En el 202, el emperador Septimio Severo ordenó la persecución de los cristianos en la parte oriental del imperio y en Egipto. Clemente de Alejandría fue entonces obligado a abandonar Egipto y la dirección de la escuela pasó a Orígenes Adamancio.
Clemente se dirigió a Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía central, donde se dedicó a la Iglesia local, ya que el obispo Alejandro había sido encarcelado. Murió en Cesarea de Capadocia pocos años después, probablemente en el 215 d.C.
Durante aquellos años, la escuela alejandrina estaba dirigida por Orígenes Adamancio (Alejandría, 185 d.C. – Tiro, 254 d.C.), uno de los principales filósofos del Cristianismo antiguo.
En el tercer siglo, la convicción de que la Verdad había sido revelada al mismo tiempo a los judíos con la Biblia y a los griegos con la filosofía, y la creencia de que esta se había encarnado en la persona de Jesucristo, se enfrentaron con el pensamiento de los filósofos neoplatónicos, entre los cuales se recuerdan Amonio Saccas, Plotino y Porfirio.

YURI LEVERATO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Notas:
 (1)-http://www.copticchurch.net/topics/patrology/schoolofalex/I-Intro/chapter1.html
(2)- http://www.copticchurch.net/topics/synexarion/mark.html

miércoles, 16 de noviembre de 2016

La línea de la fe


No es una novedad que haya personas no creyentes. Ya desde los años inmediatamente posteriores a la vida terrena de Jesucristo, había personas que no creían que Él era realmente el Hijo de Dios. La tarea de nosotros los cristianos no es la de forzar a los otros a creer. Nosotros debemos solo dar testimonio, en diferentes modos, del Evangelio de Jesucristo. Nuestro testimonio debe ser tranquilo, cortés, humilde, pero firme. Con nuestro testimonio lograremos acercar a las personas a Jesús, y lograremos acercarlas a “la línea de la fe”. Lo que no podremos es hacer que una persona crea. Esto es imposible por parte del hombre. La verdadera conversión, según las palabras de Juan (1, 12-13), viene directamente de Dios, o sea, es obra del Espíritu Santo:

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Sin embargo, como acabo de escribir, nuestra tarea es testimoniar el Evangelio. Pero hoy hay gente que no quiere escuchar el Evangelio, porque tiene prejuicios sobre Jesús o sobre los primeros cristianos y, por tanto, se pone a la defensiva. Analicemos brevemente estos prejuicios y demostremos su falta de fundamento.
Antes que nada, siguiendo al liberalismo, muchas personas hoy creen que Jesús fue un gran “sabio”, una persona de altísimo valor moral que predicó el bien y que tuvo varios secuaces. Prácticamente lo reconocen como una persona iluminada, un gran filósofo o “el sabio más grande de todos los tiempos”. Otros, siguiendo esta línea, consideran que Jesús era un “predicador apocalíptico”.
Esta interpretación es fácilmente demolida no solo por la Biblia, sino sobre todo por la lógica. Primero que todo, veamos este punto: si Jesucristo hubiera sido “solo” un “gran sabio”, no habría resurgido de entre los muertos al tercer día. Entonces ninguno de sus secuaces habría divulgado su Resurrección, arriesgando la vida tanto frente al poder sacerdotal judaico como frente al poder romano. ¿Qué habrían ganado los secuaces de Jesús divulgando una mentira sabiendo que divulgaban una mentira? Nada.
Además, el mensaje central del Evangelio no es solo amor, sino que es salvación. De las fuentes bíblicas e históricas en nuestro poder, se deduce que desde los años inmediatamente siguientes a la vida terrena de Jesús, los Apóstoles y otros secuaces de Cristo predicaron que solo a través del arrepentimiento de los propios pecados y la fe de que Jesús murió en la cruz para perdonar todos los pecados se puede acceder al Padre. En práctica, ellos predicaron que solo a través de Jesús se puede obtener la vida eterna (Evangelio de Juan 14, 6). Además, los primeros cristianos bautizaban en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Evangelio de Mateo 28, 19), demostrando que creían en la Trinidad y, por tanto, que consideraban que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La mayoría de los primeros cristianos fue al martirio incluso por no negar la Resurrección de Jesús en la carne y su plena Divinidad.
Todos los Apóstoles, excepto Juan, murieron mártires. Y, además, Esteban, Pablo, Bernabé, Santiago el Justo, Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía, Justino Mártir y otros también murieron en el patíbulo, culpables de no haber renegado de la Divinidad de Jesucristo.
En este punto alguien podría objetar que la Resurrección misma no fue un evento real, sino que los Apóstoles se convencieron de haber vuelto a ver a Jesús, su maestro, y divulgaron su Resurrección. En mi artículo “Consideraciones sobre la Resurrección de Jesucristo” analicé varias hipótesis sobre la Resurrección. Por ejemplo, que el cuerpo de Jesús haya sido sacado de la tumba o que los Apóstoles hayan tenido alucinaciones colectivas.
Analicemos el primer punto: primero que todo hay que recordar que la ley judía prohibía expresamente abrir los sepulcros (si no era para depositar otros muertos) y castigaba con la muerte el hurto de cadáveres; por tanto, la hipótesis de que alguno de los secuaces de Jesús haya realmente extraído el cuerpo es, desde un punto de vista histórico, remota. Los Apóstoles mismos no habrían ganado nada divulgando una mentira que ellos mismos habrían inventado. Al contrario, se habrían arriesgado a la muerte. Incluso si uno de los Apóstoles, por absurdo, hubiera extraído el cuerpo, la verdad hubiera salido a la luz, y nadie habría divulgado una mentira, poniendo en riesgo la vida. Está excluida la posibilidad de que los sacerdotes judíos o los soldados romanos hayan extraído el cuerpo, justamente porque no tenían ningún interés en alimentar el mito de que Jesús había resurgido de entre los muertos.
También la hipótesis de la alucinación colectiva debe descartarse. Los estudiosos de fenómenos de alucinación sostienen que normalmente las alucinaciones se verifican a través de uno de los cinco sentidos. Por tanto, se pueden verificar alucinaciones visuales, olfativas, auditivas, táctiles e incluso gustativas. Es rarísimo, sin embargo, que el fenómeno de alucinación se manifieste en modo completo, o sea, viendo, escuchando y tocando “a alguien o a alguna cosa”: Además, todavía más difícil es que una alucinación se manifieste en varias personas al mismo tiempo.
Pero las apariciones de Jesús no tuvieron lugar en un solo evento. Hubo varias, y en diferentes lugares. Además, los Apóstoles, luego de las apariciones, no dieron signos de delirio o locura, sino que vivieron de forma dócil, calma y tranquila, divulgando con firmeza la Buena Nueva.
Por otro lado, el hecho de que ninguno haya contradicho a los demás es otro indicio de que lo que vieron era verídico. Además, el hecho de que los primeros cristianos estuvieran dispuestos incluso a morir con tal de no renegar de Jesucristo es una ulterior prueba de la veracidad de las apariciones.  Ninguno de ellos hubiera ido a morir si no hubiera estado más que seguro de que quien se le apareció después de la Resurrección era justamente Jesús, en carne y hueso, recordando obviamente que este evento había sido anunciado por él, mientras estaba en vida. Además, hay un hecho por considerar: si la teoría de las alucinaciones fuera verdadera, debería ser verdadera también la teoría de la extracción del cadáver de Jesús de la tumba. En este punto, los escépticos de la Resurrección deben conciliar varios hechos para negar que la Resurrección sucedió realmente: deben, de hecho, asumir que el cuerpo de Jesús fue robado (teoría que, como vimos, es, desde un punto de vista histórico, remota) y que al mismo tiempo todos los Apóstoles, además de María Magdalena, los discípulos de Emaús, Santiago el Justo y luego Pablo de Tarso tuvieron alucinaciones en grupo por más de una vez. Considerando, de hecho, que en el Nuevo Testamento hay descritas al menos doce apariciones diferentes entre ellas (excluyendo el Apocalipsis), resulta altamente improbable que hayan sido todas debido a alucinaciones, incluso teniendo en cuenta que durante los años sucesivos ninguno de los Apóstoles dio signos de esquizofrenia o delirio.
Vemos, por tanto, que la teoría de Jesús como un “gran sabio” cae justamente por el comportamiento de los Apóstoles. Si hubiera sido solo “un gran sabio”, ninguno de ellos habría divulgado su Resurrección en la carne.
Analicemos ahora la teoría del Jesús revolucionario, partisano antiromano que habría combatido contra las injusticias con el fin de liberar a Israel del yugo de los romanos. Primero que todo, podemos confutar esta teoría con la primera argumentación: si Jesús hubiera sido solo un partisano antiromano, ninguno habría divulgado su Resurrección. Pero hay más: si Jesús hubiera sido un partisano antiromano que quería generar una revuelta para liberar a Israel, sus secuaces, después de su muerte, habrían difundido ideas revolucionarias y violentas, pero la historia prueba que ellos divulgaron el Evangelio, o sea, amor hacia los enemigos y salvación para quien acepta el sacrificio de Jesús sobre la cruz.
El simple hecho de que los Apóstoles murieron como mártires desmiente la posibilidad misma de que Jesús fuera un revolucionario antiromano. El martirio, de hecho, era un acto pacífico y no violento. Ellos preferían morir en vez de negar el nombre de Jesús y su Divinidad.
Si, en cambio, hubieran tenido como objetivo un complot antiromano, no se habrían hecho matar después de torturas atroces para no renegar la Divinidad de Cristo (como las infligidas, por ejemplo, a Bartolomé, que fue desollado vivo), sino que habrían renegado, salvándose la vida y desarrollando sus ideas de otra manera. También la teoría del Jesús partisano antiromano decae, por tanto.
Analicemos ahora brevemente la teoría islámica sobre Jesús. Según el Corán, Jesús fue solo un profeta de Dios, pero no la encarnación de Dios. Además, no murió en la cruz (Corán 4, 157-158) y, por tanto, no pudo perdonar los pecados del mundo. Obviamente, para los islámicos, Jesús no resucitó en la carne.
La teoría islámica sobre Jesús se confuta fácilmente con las citaciones históricas sobre la muerte de Jesucristo en la cruz; también y, sobre todo, con la lógica. Si, de hecho, Jesús no hubiera muerto en la cruz, no habría tampoco resucitado de entre los muertos. Nadie habría entonces divulgado su Resurrección, arriesgando la vida tanto frente al poder sacerdotal judaico como frente al poder romano.
Analicemos ahora la última teoría sobre Jesús, o sea la del “Jesús gnóstico”. Primero que todo, reconozcamos brevemente qué fue el gnosticismo cristiano del segundo siglo de nuestra era. La visión gnóstica de Basílides, Valentino y Marción no fue una fe original, sino una adaptación de conceptos gnósticos aplicados al Cristianismo, en fuerte contraposición con el Antiguo Testamento. Los gnósticos, viendo solo las negatividades del mundo terreno, o sea, el mal, el dolor y el sufrimiento, se las atribuyeron a YHWH, que identificaban con el demiurgo malo.
A Jesús, en cambio, no podían repudiarlo, porque su mensaje era grandioso y muchos estaban dispuestos a morir por él. Por tanto, efectuaron un sincretismo, adaptándolo a su creencia.
El “Jesús gnóstico”, por tanto, ya no era el descrito por los Apóstoles, que fueron quienes vivieron con el Salvador, sino que era el inventado e idealizado por los gnósticos. Aquel “Jesús gnóstico” no había sufrido en la cruz, ya que su naturaleza puramente divina le impedía sufrir y, por tanto, tampoco la Resurrección tenía sentido, era una alegoría. La importancia de la venida de Jesús era solo y solamente su acción de “puente” que habría podido llevar al hombre a la verdadera gnosis y, por tanto, a Dios. Resulta, de esta manera, un Jesús completamente falseado que no corresponde a los textos neotestamentarios.
Los gnósticos actuales, por lo general, reconocen a Jesús como una persona iluminada que fue capaz de encarnar en sí la “consciencia de Cristo” (a menudo utilizan el término “consciencia crística”, en perfecto estilo nueva era), y lo señalan como un puente para poder obtener la salvación. Declaran, además, que aceptan la Biblia como revelación de Dios, pero ninguno de ellos habla del pecado y del mensaje de salvación que Jesucristo dio. Repudian la Gracia que nos fue dada por Jesucristo con su muerte en la cruz y, por tanto, niegan el concepto de la “Muerte vicaria de Jesucristo”. Cuando se les hace observar que los Apóstoles predicaron el concepto de “muerte vicaria de Jesucristo” y el concepto de expiación de los pecados, sostienen que este pensamiento fue de Pablo de Tarso, pero no de los Apóstoles. Esta tesis es fácil de confutar. Primero que todo, las citas sobre la “muerte vicaria de Jesucristo” son numerosas no solo en las cartas de Pablo, sino también en los Evangelios y en otros libros neotestamentarios. En segundo lugar, es errado decir que Pablo de Tarso influenció a los otros Apóstoles y Evangelistas. Antes que nada, según algunos estudiosos, tanto el Evangelio de Mateo como el Evangelio de Marcos fueron escritos antes de las epístolas de Pablo. Para el estudioso J. Carmignac, el Evangelio de Mateo fue escrito en el 45 d.C., inicialmente en arameo. Además, según el estudioso O’Callaghan, uno de los fragmentos de los Rótulos del Mar Muerto sería parte del Evangelio de Marcos, y se remontaría incluso al 50 d.C.
Además, si antes del concilio de Jerusalén los Apóstoles se hubieran dado cuenta de que Pablo de Tarso sostenía tesis que no coincidían con el mensaje central de Jesucristo, el kerygma (o bien, Jesucristo nació de una virgen, por tanto es el Hijo de Dios, murió sobre la cruz para perdonar todos los pecados y resurgió al tercer día en la carne), lo habrían alejado e incomunicado y no le habrían permitido predicar la palabra del Señor.
En tercer lugar, las Epístolas de Pablo fueron dirigidas a las comunidades cristianas de los tesalonicenses, los corintios, los gálatas, los filipenses, los romanos, los efesios y los colosenses. Por tanto, estas cartas inicialmente no llegaron a las manos de otros Evangelistas, que entonces no habrían podido copiar su contenido. En cuarto lugar, hay que considerar que Pablo de Tarso no viajó a Egipto, ni a Bizancio (Constantinopla), ni a Armenia, ni a Etiopía, ni a Persia y mucho menos a India. Sin embargo, en aquellos lugares se difundió el kerygma desde el siglo I. ¿Quién difundió el kerygma en aquel territorio donde Pablo de Tarso no viajó? Los Apóstoles, naturalmente. Si Pablo de Tarso hubiera inventado algo, y si su prédica no hubiera coincidido perfectamente con la enseñanza de Jesucristo, habría resultado que en los lugares que cité se habría difundido algo distinto, mientras solo en las áreas visitadas por Pablo se habría difundido el kerygma, pero como sabemos, no fue así; por ejemplo, en Egipto se difundió el kerygma y el Cristianismo apostólico, exactamente igual al Cristianismo difundido por Pablo, y el primero que lo difundió fue el Evangelista Marcos. Y lo mismo para otros lugares que he citado: Andrés para Bizancio, Judas Tadeo y Bartolomé para Armenia, Tomás para India, etc.
Además, Pablo de Tarso fue al martirio para no renegar de lo que había escrito y dicho sobre Jesucristo. Naturalmente, las fuentes históricas sobre el martirio de Pablo de Tarso son numerosas.
Queda entonces demostrado que la doctrina de la “muerte vicaria de Jesucristo” es apostólica, o sea, fue divulgada por todos los Apóstoles y no fue una invención de Pablo de Tarso.
Por tanto, la visión gnóstica que no considera el Evangelio en su totalidad, o sea, descarta el pecado y el mensaje central de la predicación de Jesucristo sobre la salvación, resulta ser una fe falseada, acomodada a las exigencias de una tendencia de moda, que muestra un Evangelio de amor, pero no de salvación. Se descartan las partes del Evangelio que son mordaces y que resaltan el arrepentimiento de los propios pecados y la fe de que Jesús murió para expiarlos en nuestro lugar, y se detiene solo en el amor, la compasión y la misericordia.
Hemos visto entonces que cada una de estas cuatro teorías (a saber, Jesús como “gran sabio” o “predicador apocalíptico”, “Jesús revolucionario antiromano”, “Jesús islámico” y “Jesús gnóstico”) no tienen un fundamento sólido ni desde el punto de vista histórico ni desde el punto de vista lógico.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

lunes, 31 de octubre de 2016

La Creación: análisis del tercer verso del Evangelio de Juan



Como analizamos en los artículos anteriores, los primeros dos versos del Evangelio de Juan describen a la persona de Jesucristo, denominado “Palabra” o “Verbo”. Las cuatro afirmaciones de estos dos primeros versos son:

1, 1ª. “En el principio era el Verbo”. O sea, el Verbo existe desde siempre, desde la eternidad.

1, 1b: “Y el Verbo era con Dios”. En este pasaje se confirma la eterna comunión del Verbo con Dios Padre, desde siempre.

1, 1c: “Y el Verbo era Dios”. Esto significa que el Verbo, siendo de la misma sustancia de Dios Padre, es Dios, si bien tiene una personalidad diferente.

2: “Este era en el principio con Dios”. En este segundo pasaje se confirma que el Verbo siempre estuvo en comunión con Dios Padre, desde la eternidad.

Después de haber hecho estas afirmaciones de fundamental importancia, el Apóstol Juan empieza a describir la obra del Logos, el Verbo, Jesucristo. Y lo hace en el tercer verso del primer capítulo de su cuarto Evangelio:

todas las cosas por él fueron hechas, 
y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. 

Veamos la pronunciación correspondiente en griego:

Panta dia autou egeneto kay chōris autou egeneto oude hen ho gegonen

Empecemos a analizar la primera parte del tercer verso:

todas las cosas por él fueron hechas

La palabra griega con la cual el Apóstol Juan empieza este verso es “panta”, o bien, “todo”. En algunas otras versiones (nueva Diodati) es traducida por “cada cosa”. En griego, el artículo definido (ho) se omite antes de “panta”, justamente con el fin de volver absoluto el significado de “todo”. Juan, prácticamente, quiere referirse a la totalidad de las cosas que fueron creadas en todos los tiempos, o sea, en el pasado, en el presente y en el futuro.
Panta es el nominativo plural del neutro pan. En práctica, significa: todas las cosas que fueron, todas las cosas que son y todas las cosas que serán: todo.
La segunda palabra que encontramos en el análisis de este tercer verso es δι’, cuya pronunciación es dia. Se traduce “por medio”. En realidad, esta palabra griega es pariente de “duo” (dos) o “dis” (dos veces). El significado basilar de la palabra indica el intermediario o la causa para llegar a un resultado final. Encontramos esta preposición en la palabra diagrama. El diagrama es, en efecto, algo que está entre el concepto de una cosa y el resultado final de la cosa misma. Se hace un diagrama para mostrar lo que se va a construir.
Juan explica entonces que “todas las cosas por él fueron hechas”, o sea por medio de Jesucristo, el Verbo, el Logos eterno. El Verbo, sin embargo, es Dios (ver verso 1, 1c), y su sustancia siempre ha sido la misma de Dios Padre. Esto fue confirmado también por Pablo de Tarso en su Epístola a los colosenses (2, 9):

Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad

Como el Verbo, Jesucristo, fue el Creador, del mismo modo fue el Redentor. Por tanto, Él fue tanto el agente de la creación como el agente de la redención.
El hecho, sin embargo, de que él haya sido el agente de la creación no significa que haya sido diferente en esencia o inferior a Dios Padre. Él pudo ser tanto la Causa Primera como el agente de la Creación. Esto se deduce también de la Epístola a los romanos (11, 36):

Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.

También del célebre pasaje del Génesis se deduce que Jesucristo fue tanto la Causa Primera, como el agente de la Creación (Génesis 1, 26):

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.

Dios creó el universo y al hombre por medio del Verbo, pero en un cierto sentido todas las tres personas de la Trinidad participaron en la obra de la Creación, así como todas las tres participaron en la obra de la redención y de la salvación del hombre.
El verbo utilizado por Juan fue egeneto, o sea, “hizo”. Todas las cosas se volvieron por medio de Él, por medio de Jesucristo. El verbo egeneto difiere del verbo en utilizado en el primer y en el segundo verso. Mientras en significa “era”, en un tiempo eterno, egeneto significa “hizo”, en un momento definido. Este verbo “egeneto” excluye entonces que Juan quisiera referirse a una creación eterna o continua. Juan describió que el mundo fue creado en un determinado momento, y que antes de la Creación el mundo no existía, mientras Dios existía desde siempre.
Para concluir, añado que en esta primera parte del tercer verso se afirma indirectamente que Jesucristo es el Creador del universo, la Causa Primera, Dios. Si, en efecto, el Verbo fuera un ser creado, no habría podido crear “todo”, sino que habría creado “todo excepto a sí mismo”. En cambio, Juan nos dice que el Verbo hizo “todo”.
Analicemos ahora la segunda parte del tercer verso del Evangelio de Juan:

y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

Después de haber hecho una afirmación positiva, Juan hace énfasis en la parte negativa de tal afirmación. Las palabras “y sin él” se refieren inequivocablemente al Verbo, o sea, a Jesucristo. La palabra griega “chōris”, significa “sin”.
Se afirma, por tanto, que sin el Verbo, o sea Jesucristo, nada de lo que existe fue hecho. Juan, escribiendo la palabra “chōris”, nos hace entender que el universo no tiene la posibilidad de auto crearse. No es posible que la materia se transforme en algo vivo, ni es posible que una célula se transforme en ser consciente sin que haya una voluntad creadora.
En este punto, sin embargo, alguien podría afirmar que como nada fue hecho de lo que existe sin la voluntad creadora del Verbo, él creó también el mal.
La Biblia, sin embargo, nos enseña que el mal tuvo origen del primer acto de no humildad efectuado por una creatura del Señor, la cual quiso suplantar a Dios (Libro de Isaías 12 y Libro de Ezequiel 28, 12-18). Cuando luego el hombre desobedeció a Dios, el Señor, siendo perfectamente sagrado, no pudo hacer otra cosa que permitir que el hombre sufriera las consecuencias de su decisión. Luego de la separación del hombre de Dios, el hombre y el mundo se hundieron en el pecado y en el mal. Todo eso llevó a la necesaria venida de Dios al mundo en la persona de Jesucristo (Evangelio de Juan 1, 14), con el fin de redimir al hombre y restablecer su relación inicial con el Creador.
De esta segunda parte del tercer verso se deduce que el Verbo no fue hecho, y que todo lo que fue hecho, no es el Verbo. Juan, en efecto, expresa el concepto de que antes de la Creación, el Verbo ya existía. Pero él mismo no fue hecho, era auto existente y, por tanto, era Dios. (Evangelio de Juan 1, 1).
De aquí se deduce también que el mundo no se auto creó. Por tanto, no es Dios. Es un error garrafal afirmar que la naturaleza es Dios. A veces se escucha la expresión “madre naturaleza”, como si la naturaleza fuese “madre” o como si la naturaleza fuese “Dios”. Es un error inducido por filosofías nueva era y panteísticas. Juan, en cambio, nos indica claramente que Dios es completamente distinto de su creación.
También esta segunda parte del tercer verso del Evangelio de Juan excluye que Jesucristo sea un ser creado. Si, de hecho, Él fuera un ser creado, no tendría sentido la frase: “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”, que significa que no hay nada en la creación que no tenga origen en Jesucristo. Por tanto, vemos que el Creador no puede ser creatura, ya que si Él fuera creatura, habría tenido que crear todo excepto a sí mismo, pero esto no es lo que Juan nos comunicó.
Se deduce lógicamente que Jesucristo, siendo auto existente, es Dios, exactamente como lo es Dios Padre. Ambos, por tanto, son co-iguales y co-eternos. El Apóstol Pablo confirma este concepto en la Epístola a los colosenses (1, 16):

Porque en él fueron creadas todas las cosas,
las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, 
visibles e invisibles; 
sean tronos, sean dominios, 
sean principados, sean potestades; 
todo fue creado 
por medio de él y para él.

Volvamos a analizar la segunda parte del tercer verso del Evangelio de Juan:

y sin él nada de lo que ha sido hecho, existe.

Mientras el primer verbo de esta segunda parte del verso es “egeneto”, volverse, traducido por “fue hecho”, el último verbo utilizado es “gegonen”, traducido por “existe”. Juan se refiere a “lo que ahora existe”. Prácticamente Juan indica que todo lo que ahora existe deriva del poder creativo de Jesucristo. Este segundo verbo se encuentra en el tiempo perfecto y esto indica indirectamente que Jesucristo permite la existencia de cualquier cosa que nos circunda y de cualquier ser viviente. Es la Gracia la que nos sostiene, la que nos permite cada día despertarnos en la mañana, la que es causa de la germinación de las flores y del crecimiento de las plantas, de las cuales se alimentan los seres vivientes.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

Bibliografía: Spiros Zodhiates, Cristo era Dios?

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Confutación de la religión islámica

La palabra “islam” significa “sumisión” y se refiere a la sumisión a Dios. El nombre “musulmán” viene de la misma raíz y significa “aquel que se somete”. La historia de su origen y expansión está interconectada con las guerras de conquista que algunos grupos de musulmanes llevaron a cabo a partir del séptimo siglo d.C. El fundador del Islam fue Mahoma, quien nació en la Meca en el 570 d.C.
La tradición de los árabes se remontaba a los tiempos de Abraham y a la promesa que Dios había hecho a su hijo Ismael (Génesis 17, 20). Según los árabes, el ángel de Dios habló a Agar en la Meca cuando Agar estaba huyendo de Sarai (Génesis 16). También según la visión árabe, la profecía tuvo su cumplimiento en el multiplicarse de las tribus de los descendientes de Ismael, el hijo de Abraham y Agar. Los árabes creían que Ismael, y no Isaac, era el hijo que Abraham estaba por sacrificar en el monte Moriah cuando Dios intervino. Pero la Biblia es clara y en el capítulo 22 del Génesis se describe claramente que Abraham estaba por sacrificar a Isaac y no a Ismael, cuando luego Dios intervino e interrumpió el sacrificio. Está claro, además, como se deduce de la Biblia, que la persona con la cual Dios hizo una alianza perenne fue Isaac, y no Ismael. Veamos el pasaje bíblico correspondiente, Génesis (17, 19-22):

Respondió Dios: Ciertamente Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y confirmaré mi pacto con él como pacto perpetuo para sus descendientes después de él. 
Y en cuanto a Ismael, también te he oído; he aquí que le bendeciré, y le haré fructificar y multiplicar mucho en gran manera; doce príncipes engendrará, y haré de él una gran nación.
Mas yo estableceré mi pacto con Isaac, el que Sara te dará a luz por este tiempo el año que viene. Y acabó de hablar con él, y subió Dios de estar con Abraham.

Según la tradición árabe, Abraham e Ismael edificaron la Kaaba en el desierto en el lugar donde sucesivamente se construyó la ciudad de la Meca. Además, la tradición indicaba que en un lado de la Kaaba estaba la piedra negra (probablemente un meteorito), que el ángel Gabriel habría traído del cielo.
La historia misma confuta esta tesis, ya que, ante todo, como vimos en la Biblia, el hijo de Abraham con el cual Dios hizo el pacto era Isaac, y no Ismael. Además, Abraham no viajó nunca a la península arábiga, sino que viajó desde Ur a Harrán (ciudad de la Mesopotamia septentrional, hoy situada en Turquía) para luego desplazarse definitivamente a la tierra de Canaán (actual Israel). La Kaaba, además, era una construcción preislámica (1), y está comprobado que allí se adoraban ídolos paganos como la divinidad masculina Hubal (2). Alrededor del séptimo siglo d.C., por tanto, los árabes, aun reconociendo su descendencia de Abraham, se habían alejado de la fe de Abraham en un solo Dios, YO SOY – YHWH, y habían empezado a adorar a una multitud de ídolos y dioses. Obviamente, en la península arábiga había también cristianos apostólicos, cristianos nestorianos y judíos ortodoxos.
Alrededor del 610 d.C., Mahoma afirmó que el ángel Gabriel se le había aparecido en un sueño y le había dicho que él debería predicar lo que Alá (término usado por los árabes para referirse a Dios) le habría dicho. Mahoma empezó entonces a predicar lo que para él era el mensaje divino. No escribió nada, pero luego de su muerte otras personas recopilaron sus palabras en el libro del Corán.
Muchas personas en la Meca repudiaban el mensaje de Mahoma y en poco tiempo su vida estuvo en peligro. Algunos de sus secuaces escaparon a Etiopía. Mahoma y su amigo Abu Bakr se desplazaron a Medina, ciudad de la cual escaparon el 20 de junio del 622 d.C. Esta fecha es recordada como la fundación de la religión islámica (la llamada hégira). En la ciudad de Medina, en todo caso, la doctrina de Mahoma influenció a muchas personas y, por tanto, indujo a sus secuaces a una “guerra santa” (yihad) para someter a todas las personas a la fe en Alá. Cuatro años después, en el 624 d.C., los musulmanes, guiados por Mahoma, combatieron contra las fuerzas de la Meca en la batalla de Badr. Pero fue en el 630 d.C. cuando Mahoma, frente a un ejército de aproximadamente diez mil soldados, lideró las fuerzas musulmanas hacia la conquista de la Meca. Luego de la victoria de las fuerzas musulmanas, la religión islámica se difundió en la península arábiga. Mahoma depuró la Kaaba de los ídolos e hizo de ella un santuario islámico.
También aquí se notan fuertes diferencias entre la difusión inicial del Cristianismo y la difusión del Islam. El Cristianismo no se impuso con la fuerza, ya que los primeros cristianos eran combatidos por el poder; eran, de hecho, perseguidos y asesinados por el poder romano. El Islam, en cambio, se impuso con la fuerza y, desde la conquista de la Meca, el Islam mismo se identificó con el poder político y militar dominante, primero en Arabia y luego en gran parte del Medio Oriente.
Mahoma estableció los cinco pilares del islam, requisitos para cualquier musulmán: el credo, la oración, la limosna, el ayuno (ramadán) y el peregrinaje (hajj). Inicialmente, Mahoma trataba con respeto a los cristianos y judíos, pero viendo que estos se negaban a aceptar sus tesis, su actitud hacia ellos cambió. Se empezó a observar el viernes como día sagrado, y no el sábado, como era según la tradición bíblica; además, se impuso que en la oración el fiel tenía que dirigirse a la Meca, y no hacia Jerusalén.
Cuando Mahoma murió en el 632 d.C., Abu Bakr fue nombrado su sucesor. Inicialmente se le ordenó recopilar las palabras de Mahoma y ordenarlas en un libro, el Corán. El sucesor de Abu Bakr fue un joven militar de nombre Omar, quien lideró la conquista armada de algunos países vecinos como Palestina, Siria, Persia y parte de Egipto.
Analicemos ahora la doctrina del Islam desde un punto de vista teológico. Primero que todo, la creencia islámica se refiere a un solo Dios, omnipotente. Para los musulmanes, Dios es el Dios de la Biblia, y es también el Dios que inspiró a los profetas del Antiguo Testamento. En el Corán está escrito expresamente que la Biblia (se refiere a la Torá y a los Evangelios, denominados Ingil) es la palabra de Dios. Veamos algunos pasajes correspondientes:

Sura (5, 46):

E hicimos que tras ellos, siguiendo sus huellas, viniera Isa, hijo de Maryam, confirmando aquello que ya estaba en la Torá. Y le dimos el Inyil en el que había guía, luz y una confirmación de lo que ya estaba en la Torá, así como guía y amonestación para los temerosos.

Sura (3, 3-4): 

Ha hecho que descienda sobre ti el Libro con la Verdad confirmando lo que ya había, al igual que hizo descender la Torá y el Inyil. Anteriormente como guía para los hombres. Y ha hecho descender el Discernimiento. Es cierto que los que niegan los signos de Allah tendrán un fuerte castigo. Allah es Irresistible, Dueño de venganza.

Sura (2, 136):

Decir: Creemos en Allah, en lo que se nos ha hecho descender, en lo que se hizo descender a Ibrahim, Ismail, Ishaq, Yaqub y a las Tribus, en lo que le fue dado a Musa e Isa y en lo que le fue dado a los profetas procedente de su Señor (Torà, Salmos y Inyil). No hacemos distinciones entre ninguno de ellos y estamos sometidos a Él.

De estas citas coránicas se deduce que el Corán mismo afirma que la Biblia (incluidos los Evangelios, llamados  “Inyil”), es la Verdad, dada por Dios al hombre. Pero la Biblia contradice el Corán en muchos puntos. Por ejemplo, en la Biblia está escrito que Jesucristo murió en la cruz, mientras que en el Corán se niega la muerte en cruz de Jesucristo. Por tanto, ya al inicio de nuestra confutación nos encontramos frente a una lógica deficitaria para el Islam: si el Corán dice lo verdadero, la Biblia es la Verdad. Pero si la Biblia es la Verdad, el Corán no es la verdad. (3).
Algunos musulmanes responden a esta crítica diciendo que los Evangelios habrían sido alterados, pero en el Corán no se dice que los Evangelios hayan sido alterados. Por tanto, es el Corán mismo el que se contradice fuertemente.
Analicemos ahora la visión islámica de Jesús. Primero que todo, veamos el pasaje donde se niega la muerte en cruz de Jesús:

Corán (4, 157-158):

Y por haber dicho: Nosotros matamos al Ungido, hijo de Maryam, mensajero de Allah. Pero, aunque así lo creyeron, no lo mataron ni lo crucificaron. Y los que discrepan sobre él, tienen dudas y no tienen ningún conocimiento de lo que pasó, sólo siguen conjeturas. Pues con toda certeza que no lo mataron. Sino que Allah lo elevó hacia Sí, Allah es Poderoso y Sabio.

Este pasaje, en el cual se niega la muerte en cruz de Jesús, es completamente antihistórico y antilógico. Ante todo, de la Sura (5, 46) vimos que los Evangelios son la Verdad. Pero si los Evangelios son la Verdad, como en los mismos Evangelios se afirma repetidamente la muerte en cruz de Jesús, entonces el Corán mismo que afirma que Jesús no murió en la cruz se aleja de la verdad. Además, sabemos que desde un punto de vista histórico, la muerte en cruz de Jesucristo es un hecho histórico y comprobado, no solo por las fuentes documentales, sino también por la lógica. Analicé estos conceptos en mi artículo “La muerte en cruz de Jesucristo” (4). Se cree que la tesis que niega la muerte en cruz de Jesús deriva de algunos Evangelios gnósticos que circulaban en Arabia ya a partir del cuarto siglo (5).
Los musulmanes, luego, consideran que Dios no puede tener un Hijo. Pero este concepto está confutado por la Biblia en numerosos pasajes, por ejemplo en los Salmos (2, 7):

Yo publicaré el decreto;
Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú;
Yo te engendré hoy.

Pero también en muchas otras profecías bíblicas que anuncian la encarnación, la muerte y la Resurrección del Hijo de Dios (6).
Naturalmente, luego están los numerosos pasajes del Evangelio donde se describe la encarnación de Jesucristo, por ejemplo el siguiente pasaje del Evangelio de Lucas (1, 35):

Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. 

Además, Dios habló desde el cielo anunciando que Jesús era su Hijo (Evangelio de Mateo 3, 13-17; 17, 1-5). Además de eso, Jesús se refirió a Dios como su Padre y se denominó “Hijo de Dios”, (Evangelio de Juan 3, 16; 5, 17-29).

En lo que respecta al Espíritu Santo, los musulmanes niegan que este sea una de las tres personas divinas, pertenecientes a la Trinidad. Algunos musulmanes interpretan erróneamente algunos pasajes del Evangelio de Juan, sosteniendo que Jesús se refirió a Mahoma cuando prometió la venida del Paráclito (Evangelio de Juan 14, 16-26).
Obviamente es el mismo Evangelio de Juan el que confuta esta fantasiosa hipótesis de los musulmanes. Veamos, en efecto, este pasaje, Evangelio de Juan (14, 26): 

Más el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. 

La venida del Espíritu Santo que se describe en los Hechos de los Apóstoles (2, 1-4) es el cumplimiento de la promesa hecha en los siguientes pasajes neotestamentarios: Evangelio de Lucas (3, 16), Evangelio de Juan (14, 16-26) y Hechos de los Apóstoles (1, 1-8). Esto está confirmado por Pedro en los Hechos de los Apóstoles (11, 15-16).
Los musulmanes niegan también la Trinidad. A veces, algún musulmán declara que los cristianos adoran tres dioses: Dios Padre, Jesús y María.
Obviamente sabemos que la Trinidad es la Verdad de Dios, único y en tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Profundicé en varios pasajes bíblicos que se refieren a la Trinidad en uno de mis artículos (7).
Por tanto, cristianos y musulmanes no rezan al mismo Dios como a veces se escucha decir: para los cristianos, Dios es único, y es Trinidad en las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
También en lo que respecta a la salvación, la doctrina coránica difiere mucho de la Biblia. Como el Corán mismo afirma que la Biblia es la Verdad (Sura 5, 46), he ahí que el camino propuesto en el Corán para alcanzar la salvación (diferente del que propone la Biblia) no puede ser la verdad. Para los musulmanes, Dios hará un balance de los hechos buenos y los hechos malos cometidos por el hombre y luego, con su misericordia, decidirá si enviar al hombre al paraíso o al infierno.
El concepto de salvación expresado en la Biblia es completamente diferente del expuesto en el Corán. Fundamentalmente, para los cristianos, es el sacrificio que Jesucristo efectuó por todos nosotros en la cruz. Los musulmanes, como niegan la muerte en la cruz de Jesucristo, no reconocen siquiera que Jesucristo haya muerto por nuestros pecados. La expiación de los pecados en la cruz por parte de Jesucristo se describe en numerosas profecías del Antiguo Testamento, además de naturalmente en los Evangelios y en los otros libros del Nuevo Testamento. Veamos algunos pasajes:

Libro de Isaías (53, 4-5):

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. 
Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

Libro de Isaías (53, 11-12):

Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. 
Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.

Evangelio de Mateo (26, 27-28):

Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.

Es Jesucristo mismo quien asevera que su sangre se derramó para el perdón de los pecados. Según la Biblia, solo quien se arrepiente de los propios pecados y cree que Jesucristo, el Cordero de Dios, muriendo, expió sus pecados en la cruz, o sea que Jesucristo murió en su lugar, obtiene el perdón y la vida eterna. El ladrón que estaba en la cruz al lado de Jesús, de hecho, se salvó por la fe que tuvo en Jesús y no por sus obras, que no fueron buenas (Evangelio de Lucas 29, 39-43).
Analicé varios pasajes bíblicos concernientes a la expiación de los pecados efectuada por Jesucristo en la cruz en uno de mis artículos (8).
Para concluir, agrego que con esta confutación mía de la religión islámica, pretendo abrir un debate amigable con las personas musulmanas, con el fin de señalares el único camino para la salvación: Jesucristo.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

Bibliografía: Luisa Jeter de Walker, ¿Cuál? camino? Ed. Vida

Notas:
1-Se considere el lema «Kaʿba»,a cura di J. A. Wensinck e di J. Jomier, su: The Encyclopaedia of Islam, donde se puede leer: "formerly the word was also used to designate other similarly shaped sanctuaries".
2- Claudio Lo Jacono, "Le religioni dell'Arabia preislamica e Muhammad", in Islām, a cura di G. Filoramo, Roma-Bari, Laterza, 1999.
3- http://www.pergrazia.com/apologetica/se-il-corano-e-vero-allora-il-corano-e-falso/2014/
4- http://yurileveratto1.blogspot.com/2015/12/la-muerte-en-la-cruz-de-jesucristo.html
5- http://www.answering-islam.org/authors/masihiyyen/gnostic_islamic_crucifixion.html
6- http://camcris.altervista.org/messia.html
7- http://yurileveratto1.blogspot.com/2015/11/la-trinidad-el-fundamento-de-la-fe.html
8- http://yurileveratto2.blogspot.com/2015/11/lo-scopo-principale-della-missione-di.html

lunes, 29 de agosto de 2016

La eterna comunión del Logos con el Padre: análisis del segundo verso del Evangelio de Juan


El Evangelio de Juan está compuesto por una parte inicial de dieciocho versos donde se describe la esencia misma de Jesucristo. En el artículo anterior analizamos el primer verso y llegamos a la conclusión de que el Apóstol Juan quiso comunicarnos estas tres verdades fundamentales:

En el principio era el Verbo,

Significa que el Verbo (o sea Jesucristo) ha existido desde siempre, desde la eternidad.

y el Verbo era con Dios

Significa que el Verbo (o sea Jesucristo) ha estado siempre en perfecta armonía y comunión con Dios Padre.

y el Verbo era Dios.

Significa que el Verbo (o sea Jesucristo) era y es Dios desde siempre, en su total plenitud.

Ahora analicemos el segundo verso del Evangelio de Juan:

Este era, en el principio, con Dios:

Veamos la pronunciación correspondiente en griego:

Houtos ēn en archè pros ton Theon

En el segundo verso, Juan ratifica algunos conceptos importantes que escribió en el primer verso.
La palabra griega con la que Juan comienza este segundo verso es Houtos, que significa “este”, “esta persona”. Se refiere al Verbo, al Logos eterno, del cual habló en el primer verso, y utiliza un pronombre demostrativo. Houtos aparece en el singular masculino, entonces Juan nos quiere hacer notar que el Verbo es una persona, no es una entidad abstracta.
El verbo que se utiliza es el mismo que se usó en el primer verso. Es el imperfecto del verbo eimi, o sea “ser”.
La expresión “en el principio” es exactamente la misma que se utiliza en el primer verso “en archè”.
Juan está ratificando entonces que el Logos “era” desde el principio, entonces era y es eterno. Pero la eternidad es una característica que solo Dios puede tener, ya que es la Causa Primera. Sin embargo, Juan distingue una vez más entre Este, el Verbo y Dios, o sea Dios Padre. Obviamente, aunque el Verbo (Jesucristo) es descrito con una personalidad diferente de la del Padre, no significa que Este sea menos eterno, menos infinito y menos “Dios” que el Padre.
Luego Juan sigue usando las palabras empleadas en el primer verso: pros ton Theon, traducidas al español “con Dios”.
En griego, pos indica una relación activa e igual entre las dos partes. Entonces Juan nos quiere indicar que Dios Padre es superior al Verbo, pero quiere señalar una relación de comunión eterna y paritaria.
Para nosotros este concepto es incomprensible, ya que nuestras mentes finitas y limitadas no pueden concebir del todo la esencia de Dios en sus tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (del cual se hablará en otras partes del cuarto Evangelio y del Nuevo Testamento). Justamente por esto fue necesario que el Verbo se hiciera carne (Evangelio de Juan 1, 14) y viniera entre nosotros, no solo para salvarnos del pecado, sino también para revelarnos la resplandeciente Trinidad.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

Bibliografía: 
Spiros Zodhiates, ¿Cristo era Dios?

Foto: Detalle del Código Vaticano, inicio del Evangelio de Juan.