miércoles, 10 de mayo de 2017

La Epístola a los Romanos: la religión no salva al hombre


En el segundo capítulo de la Epístola a los romanos, del verso doce al dieciséis, Pablo de Tarso describe que la Ley de Dios es conocida por toda la humanidad. En los versos sucesivos, el Apóstol de los gentiles desarrolla el concepto de que la religión, entendida como una serie de actos, ritos, ceremonias y liturgias, no puede salvar al hombre que, en cambio, es salvado por Gracia de Dios por medio de la fe (Epístola a los Efesios 2, 8). 
Veamos un primer, significativo pasaje (Romanos 2: 17-24):

He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios, y conoces su voluntad, e instruido por la ley apruebas lo mejor, y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienes en la ley la forma de la ciencia y de la verdad. Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros

En estos versos, Pablo de Tarso hace notar que los israelitas, que incluso habiendo recibido una sólida educación basada en los principios de la Biblia, vivían en una sustancial incoherencia. Muchos de ellos, en efecto, se lucraban con la usura, con el comercio ilegítimo, y sin embargo se jactaban de ser los portavoces del único y verdadero Dios. En práctica, Pablo de Tarso describe una sustancial hipocresía de los israelitas, que fue ya denunciada por Jesucristo en la parábola del fariseo y del publicano (Evangelio de Lucas 18, 10-14).
Veamos ahora los pasajes sucesivos (Epístola a los romanos 2, 25-29):

Pues en verdad la circuncisión aprovecha, si guardas la ley; pero si eres transgresor de la ley, tu circuncisión viene a ser incircuncisión. Si, pues, el incircunciso guardare las ordenanzas de la ley, ¿no será tenida su incircuncisión como circuncisión? Y el que físicamente es incircunciso, pero guarda perfectamente la ley, te condenará a ti, que con la letra de la ley y con la circuncisión eres transgresor de la ley. Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.

Aquí Pablo de Tarso se refiere al rito de la circuncisión declarando abiertamente que esta no da la salvación. Este concepto podría ser aplicado también a los cristianos no judíos. Los primeros cristianos consideraban el bautismo como un rito necesario, pero no suficiente para la salvación. Para ellos, en efecto, la salvación se daba solo a partir del arrepentimiento de los propios pecados y de la fe en Jesucristo y en su sacrificio en la cruz.
Hoy muchas personas viven su fe reconociéndose en una religión y pensando que, después de haber cumplido ciertos ritos y ceremonias, podrán acceder a Dios. Pablo de Tarso, en cambio, es muy claro: ninguna “religión” puede salvar al hombre. Ningún conjunto de ritos, ceremonias y liturgias puede llevar al hombre en presencia del Padre, menos aún si su comportamiento es hipócrita y no lleva a un verdadero cambio interior. Pablo de Tarso declara abiertamente que la salvación se obtiene abriendo las puertas del propio corazón a Jesucristo, y recibiéndolo como propio Señor y Salvador. 

Yuri Leveratto

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

Imagen: uno de los frescos más antiguos de Pablo de Tarso hallado en una iglesia en los alrededores de Éfeso, que se remonta al siglo IV d.C.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El origen de la vida: análisis del cuarto verso del Evangelio de Juan


En los primeros tres artículos del estudio que he hecho sobre el Prologo del Evangelio de Juan, evidenciamos que el Apóstol se concentró en comunicarnos la esencia misma del Verbo, la Palabra, el Logos eterno. Juan nos explicó la absoluta consustancialidad del Verbo con Dios Padre, y nos describió que el Verbo es el Creador de todas las cosas. Analicemos ahora el cuarto verso del Evangelio de Juan:

En él estaba la vida, 
y la vida era la luz de los hombres.

Veamos la pronunciación correspondiente en griego:

En autō zooee ēn kay hē zooee ēn to phoos tōn anthropon

Observemos que el sujeto de la primera frase es “la vida”. Juan aquí no se refiere a la vida creada, sino al concepto absoluto de la vida. Este concepto absoluto pertenece solo a Dios. El otro concepto de vida es la vida relativa de los seres vivientes, que fueron creados por Dios y que de Dios dependen. Naturalmente, Juan, después de habernos revelado en el tercer verso que “todas las cosas por él fueron hechas”, nos dice que “en él estaba la vida”. Obviamente, Juan, cuando escribe “él”, se refiere al Verbo, o sea al estado pre-encarnado de Jesucristo. Observemos que Juan no escribe “con él estaba la vida”, sino “en él estaba la vida”. La vida, por tanto, no era algo eternamente existente e independiente del Verbo, sino que más bien era algo completamente dependiente de él, desde siempre, desde la eternidad del pasado. Observemos además el uso del verbo ēn, con el cual Juan nos quiere comunicar que no ha existido nunca un solo instante en el cual el Verbo no tuviera vida en sí. Con este verbo, Juan nos quiere indicar que la vida que estaba ínsita en el Verbo no era como la vida que tenemos nosotros los seres humanos. Para nosotros, hubo un tiempo (antes del nacimiento) en el cual no teníamos vida, mientras él era la vida, desde siempre. A tal propósito, veamos un pasaje del Evangelio de Juan donde Jesucristo mismo corrobora este concepto. Evangelio de Juan (14, 6):

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

Por tanto, para Jesucristo, la vida no es una cualidad externa, sino que es parte de la esencia misma de su persona. Es él el Creador, el autor de la vida. El hombre puede construir cohetes para explorar la inmensidad del cosmos, pero no puede crear la vida desde cero. Puede solo utilizar y modificar células o aminoácidos ya existentes y ya “en vida”, pero no puede crear realmente la vida. El hombre quisiera hacerlo, pecando de sabiondez, pero no puede, ya que para el hombre la vida es algo externo que no le pertenece.
Analicemos ahora la palabra “zooee” que se traduce en italiano por “vida”. Hay algunas palabras que derivan de “zooee”; por ejemplo, zoología, o sea el estudio de los animales, que son seres vivientes. En práctica, “zooee” es la vida física, o bien, lo que tenemos cuando no hemos muerto.
En griego existen dos términos que se refieren a la vida: “zooee” y “bios”, del cual derivan las palabras biografía, biología. La diferencia entre estos dos términos es que zooee se refiere al principio vital, mientras que bios se refiere al periodo vital de un ser viviente, o sea, a su vida física. Esta consideración sirve para entender que Juan, usando la palabra “zooee”, quería indicar que el Verbo (Jesucristo) era la vida misma y que no podría hacer lo que hizo (o sea “todo”, tercer verso del Prólogo) si la vida no hubiera estado en él.
A pesar de eso, en los escritos de Juan, zooee significa también “vida espiritual”, del mismo modo que la palabra “muerte” es usada para describir la condición pecaminosa del hombre. La “vida” es entonces entendida como “vida espiritual” opuesta a la “muerte espiritual”. En la vida del hombre pecador y no renacido están el pecado y la muerte, mientras que después de la muerte física del hombre que ha renacido en Cristo están la santidad y la vida, la verdadera vida.
La vida espiritual es la descrita por Juan en la segunda parte de este verso, y quien la acepta, renace en Cristo y, por tanto, entra en la “verdadera vida”.
Aquí nos encontramos de frente a las dos palabras “vida” citadas en el cuarto verso. Pero mientras el primer término no está precedido por un artículo, el segundo término está precedido por el artículo hē.
¿Por cuál motivo se omite el artículo en la primera frase? El experto en lengua griega William Edward sostiene que la omisión del artículo señala que la ausencia de definición o limitación se refiere al carácter general del término (1).
En la primera frase, entonces, cuando Juan omite el artículo, nos dice que la vida era una de las características generales del Verbo, o sea de Jesucristo en su estado pre-encarnado. En Jesucristo, por tanto, siempre existió la vida, mientras el hombre, en cambio, nace físicamente con vida, pero espiritualmente está muerto, hasta que no acepta “la vida”, o sea a Jesucristo como su único Señor y Salvador.
Es como si la vida de Dios fuera puesta a disposición del hombre. De ahí que en la segunda parte del cuarto verso Juan inserte el artículo antes de la palabra “vida”, y lo hace porque en este caso no se refiere ya a un concepto absoluto y general, sino más bien a uno tangible y particular que el hombre puede aceptar. En práctica, la vida de Cristo puede pertenecer al hombre; la verdadera vida puede pertenecer al hombre por medio de la fe en Jesucristo. Veamos, a tal propósito, algunos pasajes del Evangelio de Juan:

(6, 47)
De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.

(6, 53)
Entonces Jesús les dijo: “En verdad les digo, que si no comen la carne del Hijo del Hombre y beben Su sangre, no tienen vida en ustedes”.

Concentrándonos en el significado espiritual del término “vida”, vemos que cuando el creyente acepta a Jesucristo como su único Señor y Salvador, la vida de Jesús se vuelve su vida. La nueva vida del cristiano no es una simple repetición de ciertos ritos y/o celebraciones, sino que implica un total cambio de paradigma (Evangelio de Juan 21, 6). Por tanto, cuando aceptamos a Jesucristo, no solamente iniciamos una fase de nuestra vida, sino que obtenemos la “verdadera vida”, o bien, renacemos. A tal propósito veamos un pasaje de la Epístola a los Gálatas de Pablo de Tarso (2, 19-20):

Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Analicemos ahora la segunda frase del cuarto verso:

y la vida era la luz de los hombres.

Ya hemos visto que en esta segunda frase la palabra “vida” se refiere a la vida espiritual, a la que podemos obtener con la conversión, o sea con la aceptación de Jesucristo como nuestro único Señor y Salvador. Sin embargo, notemos que Juan introduce otra palabra: “phoos”, o bien, luz.
¿Qué es la luz? Está la luz física, la creada por Dios (Génesis 1, 3), y está la luz espiritual, a la cual Juan alude en este caso.
La vida y la luz están presentes en esta segunda frase del cuarto verso en sentido espiritual. Solo una persona viva espiritualmente puede sentir la verdadera luz, que es el Señor. Entonces Juan nos quiere comunicar que el hombre, si quiere percibir la verdadera luz, debe primero tener la vida, o sea haber renacido. Sin la vida de Dios, el hombre estará siempre en la oscuridad completa y, por tanto, no podrá nunca percibir la verdadera luz. Cabe notar que está el artículo antes del término “luz”; por tanto, Juan se refiere a un concepto que el hombre puede llegar a concebir.
Inicialmente, la luz de Dios en su plenitud fue puesta a disposición del hombre, pero el hombre, con el pecado original, perdió esta posibilidad y decidió pecar, o sea, cumplir el primer acto de no humildad, escogiendo así la oscuridad. El envío del Hijo a la tierra sirvió para dar la oportunidad al hombre de volver a tener la posibilidad de percibir la luz. Sin embargo, antes de percibir la luz, el hombre debe obtener la vida, creyendo en el sacrificio del Hijo de Dios para la salvación de la humanidad.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

Bibliografía: Spiros Zodhiates, Cristo era Dios?

Notas: 
1-Gramatica del idioma griego, Vol. 2, pag. 124

martes, 14 de marzo de 2017

Jesucristo salvó también a los justos que vivieron antes de su misión sobre la tierra


Algunos escépticos del mensaje cristiano de salvación sostienen que el sacrificio de Jesucristo sobre la cruz no sirvió a quienes vivieron antes de él, ya que ellos no recibieron su mensaje.
Para responder a esta observación, iniciemos citando el noveno verso del Evangelio de Juan:

Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, 
La que venía a este mundo.

El sujeto es el Verbo. Es como si estuviera escrito: “el Verbo era la luz verdadera”. El verbo utilizado aquí es “en”, que es usado varias veces para describir la eternidad de Jesucristo. Por tanto, se podría interpretar de esta manera: “Jesucristo ha sido desde siempre la Luz eterna”.
Justo después está el adjetivo “verdadera”. Aquí Juan no estaba afirmando que Jesús se expresa en modo veraz, sino que estaba afirmando que Jesucristo es la luz genuina, perfecta, original, verdadera, y no solo por su sustancia divina, sino por su eternidad.
Todo eso se relaciona con la doctrina de la salvación. Ningún hombre puede salvar, ya que ningún hombre puede expiar el pecado de otros. Solo quien es la Luz eterna, verdadera, perfecta y original puede salvar (puede, por consiguiente, dar la vida eterna), ya que es la esencia misma de la vida.
Analicemos ahora la frase: “la que venía al mundo”. ¿Por qué el Evangelista Juan escribió “venía” y no “vino”?
En realidad, Juan se refiere a algo que está por suceder. Usa el participio “erchomenon”. El evangelista describe una cosa que está a punto de acaecer. La eternidad estaba entrando en la historia, como se describirá en el decimocuarto verso del Prólogo.
“Echomenon” significa “venía” e indica voluntad. Esta situación se diferencia desde cuando un simple ser humano viene al mundo. Ningún ser humano viene de una existencia anterior. Cristo, en cambio, tuvo una existencia anterior, eterna, ya que existía desde siempre.
Pero, ¿cuál era el propósito de la llegada de la Luz verdadera al mundo? Analicemos la frase “que ilumina a todo hombre”. La palabra utilizada en el texto griego es “phōtizei”, que deriva de la palabra “phoos”, luz.
Es como si Juan hubiera querido comunicar que Jesucristo quiso hacerse hombre para ser uno de nosotros, iluminar nuestro camino tortuoso con su luz verdadera. El tiempo phōtizei está en el presente indicativo.
Mientras “era”, en griego “en”, es un “pasado eterno”, y “erchomenon” es un futuro inminente, phōtizei está en presente. ¿Por qué?
Se piensa que Juan quiso indicar en este verbo el pasado, el presente y el futuro, y que quiso enfatizar que la Luz eterna de Cristo ha iluminado a todos los seres humanos desde siempre de forma conocida, desconocida e incluso inconcebible.
En este sentido, la acción de Jesucristo se extiende en el pasado hasta los orígenes del hombre, y en el futuro hasta el fin de los tiempos. Esto se explica también con la revelación progresiva de la Biblia, la Palabra de Dios. Jesús apareció como un Ángel de Dios en el Antiguo Testamento, y ahora estaba a punto de aparecer en forma humana.
La aparición de Cristo en forma humana, de todos modos, no significa que su luz no iluminó a los hombres en el pasado. Y no significa que no iluminará a los hombres en el futuro.
¿Cómo se justificaban los seres humanos antes de la misión de Jesucristo sobre la tierra?
La respuesta no puede ser sino una: por fe. En efecto, Abraham creyó al Señor. Veamos el verso correspondiente, Génesis (15, 6):

Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.

En cierto sentido, los creyentes del Antiguo Testamento estaban justificados porque creían que, en un tiempo futuro, Dios expiaría sus pecados. Los justos de hoy miran el pasado creyendo que Dios, en la persona de Jesucristo, ya ha expiado nuestros pecados sobre la cruz.
Por tanto, la Luz eterna de Cristo iluminó a todos los hombres desde siempre, tanto a los que vivieron en el pasado como a aquellos que viven ahora y vivirán en el futuro.
Aquellos que antes de Cristo tuvieron fe en Dios y se abandonaron a su voluntad, creyendo por fe que sus pecados serían expiados, obtuvieron la justificación y fueron luego salvados por Cristo con su muerte vicaria.
Los creyentes del Nuevo Pacto recibieron la revelación final y perfecta; se salvan por fe, creyendo que sus pecados fueron ya expiados por Jesucristo con su muerte en cruz. Ellos conocen el proyecto de Dios de modo más completo respecto a los creyentes del Antiguo Testamento. A tal propósito, veamos este pasaje de la Epístola a los judíos:

Dios, después de haber hablado antiguamente muchas veces y en muchas formas a los padres por medio de los profetas, en estos últimos días nos ha hablado a nosotros por medio del Hijo”.

Yuri Leveratto

martes, 10 de enero de 2017

La Epístola a los Romanos: la Ley de Dios es conocida por todos los seres humanos


Muchas veces nos hemos preguntado si las personas que no han recibido nunca el Evangelio podrán ser juzgadas por Dios. Hay quienes piensan que algunos reducidos grupos de indígenas que viven en las profundidades de la Amazonia (los llamados no contactados) y algunos grupos de esquimales que viven en remotas zonas del Ártico no podrían ser juzgados por Dios, justamente porque no han recibido el Evangelio y no han escuchado jamás hablar de Jesucristo.
En la Biblia, sin embargo, se encuentra la respuesta a este particular interrogante. Veamos lo que escribe Pablo de Tarso en la Epístola a los Romanos (2, 12-16):

Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados. Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.

Analicemos estos importantes pasajes. En la primera parte, Pablo de Tarso sostiene que quien ha pecado sin ley perecerá sin ley y quien ha pecado teniendo la Ley (dada por Moisés) será juzgado con base en la ley. El hecho, sin embargo, de que quien ha pecado sin Ley perecerá sin Ley, no significa que no será juzgado.
La respuesta está en el decimocuarto y decimoquinto verso. Dios puede juzgar también a quien no ha recibido la Ley y el Evangelio porque la Ley está impresa en la naturaleza misma de cada persona: la Ley está escrita en el corazón del hombre. El sentido moral es fundamentalmente igual para todos los seres humanos. También los indígenas de las tribus no contactadas de la Amazonia saben que no se debe matar, robar o cometer adulterio. Conocen la diferencia entre el bien y el mal, exactamente como la conocemos nosotros, que hemos recibido los diez mandamientos y luego la Gracia con el Evangelio.
Quien ha recibido el Evangelio tiene una responsabilidad mayor respecto a estos grupos de personas no contactadas, justamente porque más allá de la ley moral de la consciencia, ha recibido también la Ley de Dios y el Evangelio.
Las personas que no han recibido el Evangelio y que no conocen a Jesucristo tienen, por tanto, la posibilidad de salvarse siguiendo la Ley de Dios, que está impresa en sus corazones.
En este punto alguien podría objetar: si quien no ha recibido la Ley ni el Evangelio se puede salvar, ¿qué sentido tuvo entonces la revelación de Dios a Moisés y la revelación final y perfecta de Jesucristo?
La revelación es progresiva y, por tanto, quien acoge el sacrificio de Jesucristo sobre la cruz tiene la certeza de salvarse porque recibirá el Espíritu Santo. La Gracia indica el camino seguro para quien lo acepta. Nadie, por tanto, es olvidado por Dios. La Gracia es dada a todos, pero también el Juicio será para todos. El Juicio será efectuado por Dios de forma individual, con base en la fe del hombre.

Yuri Leveratto

viernes, 2 de diciembre de 2016

La fundación de la escuela alejandrina


La cristianización de Egipto inició con la misión del judío Marcos, el evangelista. Según la tradición de las Iglesias Coptas y Ortodoxas de Alejandría, Marcos llegó a Egipto el 49 d.C. y empezó a predicar la Buena Nueva. Marcos bautizó a Aniano, quien fue luego el segundo obispo de Alejandría. Aún siendo obispo de Alejandría, Marcos se ausentó por un período de dos años durante los cuales viajó a Cirenaica, en la ciudad de Ptolemaida, y después a Roma y a Aquilea. A su regreso a Egipto, Marcos encontró que la comunidad de los cristianos se había desarrollado y que había sido construida una Iglesia en la localidad de Bucolia, en el puerto de Alejandría.
Según San Jerónimo, Marcos fue también el fundador de la escuela catequística de Alejandría, cuyo primer decano fue Justo (1).
Durante el primer siglo, Alejandría era una ciudad cosmopolita donde convivían diferentes pueblos y varias creencias religiosas. Había egipcios, griegos, romanos, etíopes y la lengua más hablada era el griego.
Desde la fundación de la ciudad portuaria, por obra de Alejandro el Grande, se habían desarrollado varias corrientes culturales: la oriental, heredera de las tradiciones babilónicas, persas e indias (védicas); la egipcia, heredera de las antiguas religiones de los faraones, al interior de la cual se adoraban todavía a Horus, Isis y Osiris; y la griega, con los dioses del panteón olímpico.
En Alejandría, sin embargo, había también judíos que adoraban a YHWH, y desde el segundo siglo a.C. había habido cierto intercambio cultural entre la cultura judía y la griega, ya que el Tanaj había sido traducido al griego, o bien, los libros que ahora conforman el Antiguo Testamento (la Biblia de los setenta).
Uno de los sabios judíos más famosos de la Alejandría del siglo I fue Filón, que reconocía al demiurgo o Logos de Platón como el Dios de la tradición judía.
Según una tradición copta, Marcos fue martirizado en el 68 d.C. cuando paganos, adoradores del dios egipcio Serapis, lo ataron a la cola de un caballo y lo hicieron arrastrarse por la ciudad hasta que murió (2).
El segundo obispo de Alejandría fue Aniano, del 68 d.C. hasta el 83 d.C., fecha de su muerte.
Justo de Alejandría fue el decano de la escuela alejandrina hasta 118 d.C., cuando fue elegido obispo. Los sucesivos decanos de la escuela fueron Eumenes de Alejandría (118-129 d.C.) y Marcos II de Alejandría (129-152 d.C.).
A partir del siglo II se sintió la necesidad de defender la fe cristiana contra posibles ataques externos. Fue esta la razón de que la escuela alejandrina se desarrollara y floreciera, justo en la ciudad donde estaba más difundido el gnosticismo, una tendencia opuesta al Cristianismo apostólico.
La visión gnóstica no fue una fe original, sino una adaptación de conceptos gnósticos aplicados al Cristianismo, en fuerte contraposición al Antiguo Testamento. Los gnósticos, viendo solo la negatividad del mundo terreno, o sea el mal, el dolor y el sufrimiento, se las atribuyeron a YHWH, al que identificaban con el demiurgo malo.
A Jesucristo, en cambio, no podían repudiarlo, porque fue un personaje histórico y muchos estaban dispuestos a morir por él. Por tanto, efectuaron un sincretismo, adaptándolo a su creencia.
El “Jesús gnóstico” que resultó, por consiguiente, ya no era el descrito por los Apóstoles, que fueron los que vivieron con el Salvador, sino el inventado e idealizado por los gnósticos. Aquel “Jesús gnóstico” no había sufrido en la cruz, ya que su naturaleza meramente divina le impedía sufrir y, por tanto, tampoco la Resurrección tenía sentido, era una alegoría. La importancia de la venida de Jesús era solamente su acción de “puente” que podría llevar al hombre a la verdadera gnosis, o sea, a Dios. Resultó un Jesús completamente falseado y no correspondiente a los textos neotestamentarios.
Los dos filósofos más conocidos que divulgaban la fe gnóstica en Alejandría eran Basílides y Valentino, ambos activos en el segundo siglo.
Las cuatro características de la escuela alejandrina fueron: el contenido metafísico en la predicación de la fe, la influencia platónica, la dirección conceptualmente idealista y el método de interpretación alegórico de varios pasajes de las Sagradas Escrituras.
Uno de los decanos más importantes de la escuela alejandrina fue Panteno, quien dirigió la escuela a partir del 181 d.C.
Según Eusebio de Cesarea, Panteno viajó como misionario hasta la India. Veamos el pasaje correspondiente, extraído de su obra “Historia eclesiástica”, (5, 10):

1.  Un hombre celebérrimo por su cultura, llamado Panteno, dirigía entonces la escuela de los fieles de aquella ciudad, dado que por vieja costumbre existía entre ellos una escuela de doctrina sagrada: esta se ha conservado hasta nosotros, y hemos sabido que está en manos de hombres hábiles con la palabra y con el estudio de las cosas divinas. Se narra que el mencionado Panteno se distinguió entre los más brillantes de aquel tiempo, ya que provenía de la escuela filosófica de los denominados Estoicos.
2.  Se dice entonces que mostró tal ardor en su fervorosísima disposición para la palabra divina, que se le designó heraldo del Evangelio de Cristo en las naciones de Oriente, llegando hasta la India. Había, de hecho, había todavía en aquellos tiempos, numerosos evangelistas de la palabra que se preocupaban de llevar fervor divino imitando a los apóstoles para engrandecer y edificar la palabra divina.
3.  También Panteno fue uno de ellos, y se dice que se fue entre los Indios, donde encontró, como narra la tradición, entre algunos del lugar que habían aprendido a conocer a Cristo, que el Evangelio según Mateo había precedido su venida: entre ellos, en efecto, había predicado Bartolomé, uno de los apóstoles, que había dejado a los Indios la obra de Mateo en la escritura de los Judíos, y esa se había conservado hasta la época en cuestión.
4.   Panteno, en todo caso, después de numerosas empresas, dirigió al fin la escuela de Alejandría, comentando a viva voz y con los textos los tesoros de los dogmas divinos.

Esta cita indica que posiblemente Panteno recorrió los senderos del Apóstol Bartolomé y encontró una copia del Evangelio de Mateo escrita tal vez en arameo. En el camino de regreso a Occidente, Panteno se detuvo por algunos años en la ciudad de Edesa y fue ordenado cura por el obispo de Antioquía, Serapión. Panteno, junto a Serapión, participó activamente en la confutación de las tesis gnósticas de Bardaisan, quien en aquel tiempo se había establecido en la corte de Agbar IX, rey de Osroena. Panteno volvió a Alejandría en el 200 d.C., fecha de su muerte.
Durante la ausencia de Panteno, la dirección de la escuela alejandrina fue asumida por el ateniense Clemente (Atenas, 150 – Cesarea de Capadocia, 215).
Para Clemente, entre la filosofía griega y las Sagradas Escrituras existe una relación armoniosa querida por Dios. El Creador dio la Ley a los judíos y la filosofía a los griegos. Ambas vienen de Dios y ambas conducen a Cristo.
Tanto el pensamiento de Clemente de Alejandría como el de sus predecesores (como Justino, Atenágoras, Teófilo de Antioquía) y de sus sucesores (Orígenes, Alejandro de Jerusalén) estuvieron caracterizados por el reconocimiento del valor del pensamiento de Platón, el primer filósofo que admitió la existencia de un plano metafísico, no con la fe, sino con la razón. En los filósofos cristianos alejandrinos, sin embargo, está el reconocimiento de la superioridad del Cristianismo sobre la filosofía griega, porque la Verdad, que los griegos habían solo rozado con la descripción del Logos, con el Cristianismo se reveló en toda su plenitud.
Desde este punto de vista no se puede hablar de helenización del Cristianismo, sino de cristianización del mundo helénico. Para ellos, Jesucristo es la Verdad última y vino para completar no solo la ley judía, sino también la filosofía griega, ya que se reveló a sí mismo a nosotros, el Logos que se hizo carne. El Cristianismo, por tanto, además de ser la única verdadera religión, es para ellos la única verdadera filosofía divina.
Sabemos que el Cristianismo apostólico se basaba en el arrepentimiento de los propios pecados y en la fe en Jesucristo para obtener la salvación, mientras que el gnosticismo estaba centrado en el conocimiento, o gnosis, para alcanzar la unión con Dios.
Clemente de Alejandría indica una tercera vía, ya que para él la fe y el conocimiento están íntimamente relacionados. La fe para Clemente es el fundamento de la gnosis. Para él, cada creyente puede ser gnóstico, pero el gnóstico eclesiástico es el perfecto cristiano.
La primera obra de Clemente fue el Protréptico (del griego “exhortación”, escrito posiblemente entre el 180 d.C. y el 200 d.C.). Era una exhortación a la conversión al Cristianismo dirigida a los paganos y, sobretodo, a los cultos de los griegos.
Su segunda obra fue el Pedagogo, donde se le enseña al cristiano la disciplina y una vida de rectitud.
La tercera obra de Clemente de Alejandría es denominada Stromateis (Mosaico), porque analiza muchos argumentos con el fin de reconocer la justa vida cristiana a través de la fe y el conocimiento que, según él, llevarían a la verdadera gnosis.
En práctica, las tres obras están unidas por un delgado hilo. Es como si fuera Jesucristo mismo, quien primero exhorta a emprender el camino de la conversión, luego enseña el camino correcto a recorrer y, por último, como un maestro enseña la vía a recorrer a través de la fe, por el verdadero conocimiento.
Clemente escribió también otras obras, entre las cuales se recuerdan las Disposiciones, que fueron comentarios a la Biblia, y algunos textos no canónicos, como la epístola de Bernabé y el Apocalipsis de Pedro.
En el 202, el emperador Septimio Severo ordenó la persecución de los cristianos en la parte oriental del imperio y en Egipto. Clemente de Alejandría fue entonces obligado a abandonar Egipto y la dirección de la escuela pasó a Orígenes Adamancio.
Clemente se dirigió a Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía central, donde se dedicó a la Iglesia local, ya que el obispo Alejandro había sido encarcelado. Murió en Cesarea de Capadocia pocos años después, probablemente en el 215 d.C.
Durante aquellos años, la escuela alejandrina estaba dirigida por Orígenes Adamancio (Alejandría, 185 d.C. – Tiro, 254 d.C.), uno de los principales filósofos del Cristianismo antiguo.
En el tercer siglo, la convicción de que la Verdad había sido revelada al mismo tiempo a los judíos con la Biblia y a los griegos con la filosofía, y la creencia de que esta se había encarnado en la persona de Jesucristo, se enfrentaron con el pensamiento de los filósofos neoplatónicos, entre los cuales se recuerdan Amonio Saccas, Plotino y Porfirio.

YURI LEVERATO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

Notas:
 (1)-http://www.copticchurch.net/topics/patrology/schoolofalex/I-Intro/chapter1.html
(2)- http://www.copticchurch.net/topics/synexarion/mark.html

miércoles, 16 de noviembre de 2016

La línea de la fe


No es una novedad que haya personas no creyentes. Ya desde los años inmediatamente posteriores a la vida terrena de Jesucristo, había personas que no creían que Él era realmente el Hijo de Dios. La tarea de nosotros los cristianos no es la de forzar a los otros a creer. Nosotros debemos solo dar testimonio, en diferentes modos, del Evangelio de Jesucristo. Nuestro testimonio debe ser tranquilo, cortés, humilde, pero firme. Con nuestro testimonio lograremos acercar a las personas a Jesús, y lograremos acercarlas a “la línea de la fe”. Lo que no podremos es hacer que una persona crea. Esto es imposible por parte del hombre. La verdadera conversión, según las palabras de Juan (1, 12-13), viene directamente de Dios, o sea, es obra del Espíritu Santo:

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Sin embargo, como acabo de escribir, nuestra tarea es testimoniar el Evangelio. Pero hoy hay gente que no quiere escuchar el Evangelio, porque tiene prejuicios sobre Jesús o sobre los primeros cristianos y, por tanto, se pone a la defensiva. Analicemos brevemente estos prejuicios y demostremos su falta de fundamento.
Antes que nada, siguiendo al liberalismo, muchas personas hoy creen que Jesús fue un gran “sabio”, una persona de altísimo valor moral que predicó el bien y que tuvo varios secuaces. Prácticamente lo reconocen como una persona iluminada, un gran filósofo o “el sabio más grande de todos los tiempos”. Otros, siguiendo esta línea, consideran que Jesús era un “predicador apocalíptico”.
Esta interpretación es fácilmente demolida no solo por la Biblia, sino sobre todo por la lógica. Primero que todo, veamos este punto: si Jesucristo hubiera sido “solo” un “gran sabio”, no habría resurgido de entre los muertos al tercer día. Entonces ninguno de sus secuaces habría divulgado su Resurrección, arriesgando la vida tanto frente al poder sacerdotal judaico como frente al poder romano. ¿Qué habrían ganado los secuaces de Jesús divulgando una mentira sabiendo que divulgaban una mentira? Nada.
Además, el mensaje central del Evangelio no es solo amor, sino que es salvación. De las fuentes bíblicas e históricas en nuestro poder, se deduce que desde los años inmediatamente siguientes a la vida terrena de Jesús, los Apóstoles y otros secuaces de Cristo predicaron que solo a través del arrepentimiento de los propios pecados y la fe de que Jesús murió en la cruz para perdonar todos los pecados se puede acceder al Padre. En práctica, ellos predicaron que solo a través de Jesús se puede obtener la vida eterna (Evangelio de Juan 14, 6). Además, los primeros cristianos bautizaban en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Evangelio de Mateo 28, 19), demostrando que creían en la Trinidad y, por tanto, que consideraban que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La mayoría de los primeros cristianos fue al martirio incluso por no negar la Resurrección de Jesús en la carne y su plena Divinidad.
Todos los Apóstoles, excepto Juan, murieron mártires. Y, además, Esteban, Pablo, Bernabé, Santiago el Justo, Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía, Justino Mártir y otros también murieron en el patíbulo, culpables de no haber renegado de la Divinidad de Jesucristo.
En este punto alguien podría objetar que la Resurrección misma no fue un evento real, sino que los Apóstoles se convencieron de haber vuelto a ver a Jesús, su maestro, y divulgaron su Resurrección. En mi artículo “Consideraciones sobre la Resurrección de Jesucristo” analicé varias hipótesis sobre la Resurrección. Por ejemplo, que el cuerpo de Jesús haya sido sacado de la tumba o que los Apóstoles hayan tenido alucinaciones colectivas.
Analicemos el primer punto: primero que todo hay que recordar que la ley judía prohibía expresamente abrir los sepulcros (si no era para depositar otros muertos) y castigaba con la muerte el hurto de cadáveres; por tanto, la hipótesis de que alguno de los secuaces de Jesús haya realmente extraído el cuerpo es, desde un punto de vista histórico, remota. Los Apóstoles mismos no habrían ganado nada divulgando una mentira que ellos mismos habrían inventado. Al contrario, se habrían arriesgado a la muerte. Incluso si uno de los Apóstoles, por absurdo, hubiera extraído el cuerpo, la verdad hubiera salido a la luz, y nadie habría divulgado una mentira, poniendo en riesgo la vida. Está excluida la posibilidad de que los sacerdotes judíos o los soldados romanos hayan extraído el cuerpo, justamente porque no tenían ningún interés en alimentar el mito de que Jesús había resurgido de entre los muertos.
También la hipótesis de la alucinación colectiva debe descartarse. Los estudiosos de fenómenos de alucinación sostienen que normalmente las alucinaciones se verifican a través de uno de los cinco sentidos. Por tanto, se pueden verificar alucinaciones visuales, olfativas, auditivas, táctiles e incluso gustativas. Es rarísimo, sin embargo, que el fenómeno de alucinación se manifieste en modo completo, o sea, viendo, escuchando y tocando “a alguien o a alguna cosa”: Además, todavía más difícil es que una alucinación se manifieste en varias personas al mismo tiempo.
Pero las apariciones de Jesús no tuvieron lugar en un solo evento. Hubo varias, y en diferentes lugares. Además, los Apóstoles, luego de las apariciones, no dieron signos de delirio o locura, sino que vivieron de forma dócil, calma y tranquila, divulgando con firmeza la Buena Nueva.
Por otro lado, el hecho de que ninguno haya contradicho a los demás es otro indicio de que lo que vieron era verídico. Además, el hecho de que los primeros cristianos estuvieran dispuestos incluso a morir con tal de no renegar de Jesucristo es una ulterior prueba de la veracidad de las apariciones.  Ninguno de ellos hubiera ido a morir si no hubiera estado más que seguro de que quien se le apareció después de la Resurrección era justamente Jesús, en carne y hueso, recordando obviamente que este evento había sido anunciado por él, mientras estaba en vida. Además, hay un hecho por considerar: si la teoría de las alucinaciones fuera verdadera, debería ser verdadera también la teoría de la extracción del cadáver de Jesús de la tumba. En este punto, los escépticos de la Resurrección deben conciliar varios hechos para negar que la Resurrección sucedió realmente: deben, de hecho, asumir que el cuerpo de Jesús fue robado (teoría que, como vimos, es, desde un punto de vista histórico, remota) y que al mismo tiempo todos los Apóstoles, además de María Magdalena, los discípulos de Emaús, Santiago el Justo y luego Pablo de Tarso tuvieron alucinaciones en grupo por más de una vez. Considerando, de hecho, que en el Nuevo Testamento hay descritas al menos doce apariciones diferentes entre ellas (excluyendo el Apocalipsis), resulta altamente improbable que hayan sido todas debido a alucinaciones, incluso teniendo en cuenta que durante los años sucesivos ninguno de los Apóstoles dio signos de esquizofrenia o delirio.
Vemos, por tanto, que la teoría de Jesús como un “gran sabio” cae justamente por el comportamiento de los Apóstoles. Si hubiera sido solo “un gran sabio”, ninguno de ellos habría divulgado su Resurrección en la carne.
Analicemos ahora la teoría del Jesús revolucionario, partisano antiromano que habría combatido contra las injusticias con el fin de liberar a Israel del yugo de los romanos. Primero que todo, podemos confutar esta teoría con la primera argumentación: si Jesús hubiera sido solo un partisano antiromano, ninguno habría divulgado su Resurrección. Pero hay más: si Jesús hubiera sido un partisano antiromano que quería generar una revuelta para liberar a Israel, sus secuaces, después de su muerte, habrían difundido ideas revolucionarias y violentas, pero la historia prueba que ellos divulgaron el Evangelio, o sea, amor hacia los enemigos y salvación para quien acepta el sacrificio de Jesús sobre la cruz.
El simple hecho de que los Apóstoles murieron como mártires desmiente la posibilidad misma de que Jesús fuera un revolucionario antiromano. El martirio, de hecho, era un acto pacífico y no violento. Ellos preferían morir en vez de negar el nombre de Jesús y su Divinidad.
Si, en cambio, hubieran tenido como objetivo un complot antiromano, no se habrían hecho matar después de torturas atroces para no renegar la Divinidad de Cristo (como las infligidas, por ejemplo, a Bartolomé, que fue desollado vivo), sino que habrían renegado, salvándose la vida y desarrollando sus ideas de otra manera. También la teoría del Jesús partisano antiromano decae, por tanto.
Analicemos ahora brevemente la teoría islámica sobre Jesús. Según el Corán, Jesús fue solo un profeta de Dios, pero no la encarnación de Dios. Además, no murió en la cruz (Corán 4, 157-158) y, por tanto, no pudo perdonar los pecados del mundo. Obviamente, para los islámicos, Jesús no resucitó en la carne.
La teoría islámica sobre Jesús se confuta fácilmente con las citaciones históricas sobre la muerte de Jesucristo en la cruz; también y, sobre todo, con la lógica. Si, de hecho, Jesús no hubiera muerto en la cruz, no habría tampoco resucitado de entre los muertos. Nadie habría entonces divulgado su Resurrección, arriesgando la vida tanto frente al poder sacerdotal judaico como frente al poder romano.
Analicemos ahora la última teoría sobre Jesús, o sea la del “Jesús gnóstico”. Primero que todo, reconozcamos brevemente qué fue el gnosticismo cristiano del segundo siglo de nuestra era. La visión gnóstica de Basílides, Valentino y Marción no fue una fe original, sino una adaptación de conceptos gnósticos aplicados al Cristianismo, en fuerte contraposición con el Antiguo Testamento. Los gnósticos, viendo solo las negatividades del mundo terreno, o sea, el mal, el dolor y el sufrimiento, se las atribuyeron a YHWH, que identificaban con el demiurgo malo.
A Jesús, en cambio, no podían repudiarlo, porque su mensaje era grandioso y muchos estaban dispuestos a morir por él. Por tanto, efectuaron un sincretismo, adaptándolo a su creencia.
El “Jesús gnóstico”, por tanto, ya no era el descrito por los Apóstoles, que fueron quienes vivieron con el Salvador, sino que era el inventado e idealizado por los gnósticos. Aquel “Jesús gnóstico” no había sufrido en la cruz, ya que su naturaleza puramente divina le impedía sufrir y, por tanto, tampoco la Resurrección tenía sentido, era una alegoría. La importancia de la venida de Jesús era solo y solamente su acción de “puente” que habría podido llevar al hombre a la verdadera gnosis y, por tanto, a Dios. Resulta, de esta manera, un Jesús completamente falseado que no corresponde a los textos neotestamentarios.
Los gnósticos actuales, por lo general, reconocen a Jesús como una persona iluminada que fue capaz de encarnar en sí la “consciencia de Cristo” (a menudo utilizan el término “consciencia crística”, en perfecto estilo nueva era), y lo señalan como un puente para poder obtener la salvación. Declaran, además, que aceptan la Biblia como revelación de Dios, pero ninguno de ellos habla del pecado y del mensaje de salvación que Jesucristo dio. Repudian la Gracia que nos fue dada por Jesucristo con su muerte en la cruz y, por tanto, niegan el concepto de la “Muerte vicaria de Jesucristo”. Cuando se les hace observar que los Apóstoles predicaron el concepto de “muerte vicaria de Jesucristo” y el concepto de expiación de los pecados, sostienen que este pensamiento fue de Pablo de Tarso, pero no de los Apóstoles. Esta tesis es fácil de confutar. Primero que todo, las citas sobre la “muerte vicaria de Jesucristo” son numerosas no solo en las cartas de Pablo, sino también en los Evangelios y en otros libros neotestamentarios. En segundo lugar, es errado decir que Pablo de Tarso influenció a los otros Apóstoles y Evangelistas. Antes que nada, según algunos estudiosos, tanto el Evangelio de Mateo como el Evangelio de Marcos fueron escritos antes de las epístolas de Pablo. Para el estudioso J. Carmignac, el Evangelio de Mateo fue escrito en el 45 d.C., inicialmente en arameo. Además, según el estudioso O’Callaghan, uno de los fragmentos de los Rótulos del Mar Muerto sería parte del Evangelio de Marcos, y se remontaría incluso al 50 d.C.
Además, si antes del concilio de Jerusalén los Apóstoles se hubieran dado cuenta de que Pablo de Tarso sostenía tesis que no coincidían con el mensaje central de Jesucristo, el kerygma (o bien, Jesucristo nació de una virgen, por tanto es el Hijo de Dios, murió sobre la cruz para perdonar todos los pecados y resurgió al tercer día en la carne), lo habrían alejado e incomunicado y no le habrían permitido predicar la palabra del Señor.
En tercer lugar, las Epístolas de Pablo fueron dirigidas a las comunidades cristianas de los tesalonicenses, los corintios, los gálatas, los filipenses, los romanos, los efesios y los colosenses. Por tanto, estas cartas inicialmente no llegaron a las manos de otros Evangelistas, que entonces no habrían podido copiar su contenido. En cuarto lugar, hay que considerar que Pablo de Tarso no viajó a Egipto, ni a Bizancio (Constantinopla), ni a Armenia, ni a Etiopía, ni a Persia y mucho menos a India. Sin embargo, en aquellos lugares se difundió el kerygma desde el siglo I. ¿Quién difundió el kerygma en aquel territorio donde Pablo de Tarso no viajó? Los Apóstoles, naturalmente. Si Pablo de Tarso hubiera inventado algo, y si su prédica no hubiera coincidido perfectamente con la enseñanza de Jesucristo, habría resultado que en los lugares que cité se habría difundido algo distinto, mientras solo en las áreas visitadas por Pablo se habría difundido el kerygma, pero como sabemos, no fue así; por ejemplo, en Egipto se difundió el kerygma y el Cristianismo apostólico, exactamente igual al Cristianismo difundido por Pablo, y el primero que lo difundió fue el Evangelista Marcos. Y lo mismo para otros lugares que he citado: Andrés para Bizancio, Judas Tadeo y Bartolomé para Armenia, Tomás para India, etc.
Además, Pablo de Tarso fue al martirio para no renegar de lo que había escrito y dicho sobre Jesucristo. Naturalmente, las fuentes históricas sobre el martirio de Pablo de Tarso son numerosas.
Queda entonces demostrado que la doctrina de la “muerte vicaria de Jesucristo” es apostólica, o sea, fue divulgada por todos los Apóstoles y no fue una invención de Pablo de Tarso.
Por tanto, la visión gnóstica que no considera el Evangelio en su totalidad, o sea, descarta el pecado y el mensaje central de la predicación de Jesucristo sobre la salvación, resulta ser una fe falseada, acomodada a las exigencias de una tendencia de moda, que muestra un Evangelio de amor, pero no de salvación. Se descartan las partes del Evangelio que son mordaces y que resaltan el arrepentimiento de los propios pecados y la fe de que Jesús murió para expiarlos en nuestro lugar, y se detiene solo en el amor, la compasión y la misericordia.
Hemos visto entonces que cada una de estas cuatro teorías (a saber, Jesús como “gran sabio” o “predicador apocalíptico”, “Jesús revolucionario antiromano”, “Jesús islámico” y “Jesús gnóstico”) no tienen un fundamento sólido ni desde el punto de vista histórico ni desde el punto de vista lógico.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

lunes, 31 de octubre de 2016

La Creación: análisis del tercer verso del Evangelio de Juan



Como analizamos en los artículos anteriores, los primeros dos versos del Evangelio de Juan describen a la persona de Jesucristo, denominado “Palabra” o “Verbo”. Las cuatro afirmaciones de estos dos primeros versos son:

1, 1ª. “En el principio era el Verbo”. O sea, el Verbo existe desde siempre, desde la eternidad.

1, 1b: “Y el Verbo era con Dios”. En este pasaje se confirma la eterna comunión del Verbo con Dios Padre, desde siempre.

1, 1c: “Y el Verbo era Dios”. Esto significa que el Verbo, siendo de la misma sustancia de Dios Padre, es Dios, si bien tiene una personalidad diferente.

2: “Este era en el principio con Dios”. En este segundo pasaje se confirma que el Verbo siempre estuvo en comunión con Dios Padre, desde la eternidad.

Después de haber hecho estas afirmaciones de fundamental importancia, el Apóstol Juan empieza a describir la obra del Logos, el Verbo, Jesucristo. Y lo hace en el tercer verso del primer capítulo de su cuarto Evangelio:

todas las cosas por él fueron hechas, 
y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. 

Veamos la pronunciación correspondiente en griego:

Panta dia autou egeneto kay chōris autou egeneto oude hen ho gegonen

Empecemos a analizar la primera parte del tercer verso:

todas las cosas por él fueron hechas

La palabra griega con la cual el Apóstol Juan empieza este verso es “panta”, o bien, “todo”. En algunas otras versiones (nueva Diodati) es traducida por “cada cosa”. En griego, el artículo definido (ho) se omite antes de “panta”, justamente con el fin de volver absoluto el significado de “todo”. Juan, prácticamente, quiere referirse a la totalidad de las cosas que fueron creadas en todos los tiempos, o sea, en el pasado, en el presente y en el futuro.
Panta es el nominativo plural del neutro pan. En práctica, significa: todas las cosas que fueron, todas las cosas que son y todas las cosas que serán: todo.
La segunda palabra que encontramos en el análisis de este tercer verso es δι’, cuya pronunciación es dia. Se traduce “por medio”. En realidad, esta palabra griega es pariente de “duo” (dos) o “dis” (dos veces). El significado basilar de la palabra indica el intermediario o la causa para llegar a un resultado final. Encontramos esta preposición en la palabra diagrama. El diagrama es, en efecto, algo que está entre el concepto de una cosa y el resultado final de la cosa misma. Se hace un diagrama para mostrar lo que se va a construir.
Juan explica entonces que “todas las cosas por él fueron hechas”, o sea por medio de Jesucristo, el Verbo, el Logos eterno. El Verbo, sin embargo, es Dios (ver verso 1, 1c), y su sustancia siempre ha sido la misma de Dios Padre. Esto fue confirmado también por Pablo de Tarso en su Epístola a los colosenses (2, 9):

Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad

Como el Verbo, Jesucristo, fue el Creador, del mismo modo fue el Redentor. Por tanto, Él fue tanto el agente de la creación como el agente de la redención.
El hecho, sin embargo, de que él haya sido el agente de la creación no significa que haya sido diferente en esencia o inferior a Dios Padre. Él pudo ser tanto la Causa Primera como el agente de la Creación. Esto se deduce también de la Epístola a los romanos (11, 36):

Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.

También del célebre pasaje del Génesis se deduce que Jesucristo fue tanto la Causa Primera, como el agente de la Creación (Génesis 1, 26):

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.

Dios creó el universo y al hombre por medio del Verbo, pero en un cierto sentido todas las tres personas de la Trinidad participaron en la obra de la Creación, así como todas las tres participaron en la obra de la redención y de la salvación del hombre.
El verbo utilizado por Juan fue egeneto, o sea, “hizo”. Todas las cosas se volvieron por medio de Él, por medio de Jesucristo. El verbo egeneto difiere del verbo en utilizado en el primer y en el segundo verso. Mientras en significa “era”, en un tiempo eterno, egeneto significa “hizo”, en un momento definido. Este verbo “egeneto” excluye entonces que Juan quisiera referirse a una creación eterna o continua. Juan describió que el mundo fue creado en un determinado momento, y que antes de la Creación el mundo no existía, mientras Dios existía desde siempre.
Para concluir, añado que en esta primera parte del tercer verso se afirma indirectamente que Jesucristo es el Creador del universo, la Causa Primera, Dios. Si, en efecto, el Verbo fuera un ser creado, no habría podido crear “todo”, sino que habría creado “todo excepto a sí mismo”. En cambio, Juan nos dice que el Verbo hizo “todo”.
Analicemos ahora la segunda parte del tercer verso del Evangelio de Juan:

y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

Después de haber hecho una afirmación positiva, Juan hace énfasis en la parte negativa de tal afirmación. Las palabras “y sin él” se refieren inequivocablemente al Verbo, o sea, a Jesucristo. La palabra griega “chōris”, significa “sin”.
Se afirma, por tanto, que sin el Verbo, o sea Jesucristo, nada de lo que existe fue hecho. Juan, escribiendo la palabra “chōris”, nos hace entender que el universo no tiene la posibilidad de auto crearse. No es posible que la materia se transforme en algo vivo, ni es posible que una célula se transforme en ser consciente sin que haya una voluntad creadora.
En este punto, sin embargo, alguien podría afirmar que como nada fue hecho de lo que existe sin la voluntad creadora del Verbo, él creó también el mal.
La Biblia, sin embargo, nos enseña que el mal tuvo origen del primer acto de no humildad efectuado por una creatura del Señor, la cual quiso suplantar a Dios (Libro de Isaías 12 y Libro de Ezequiel 28, 12-18). Cuando luego el hombre desobedeció a Dios, el Señor, siendo perfectamente sagrado, no pudo hacer otra cosa que permitir que el hombre sufriera las consecuencias de su decisión. Luego de la separación del hombre de Dios, el hombre y el mundo se hundieron en el pecado y en el mal. Todo eso llevó a la necesaria venida de Dios al mundo en la persona de Jesucristo (Evangelio de Juan 1, 14), con el fin de redimir al hombre y restablecer su relación inicial con el Creador.
De esta segunda parte del tercer verso se deduce que el Verbo no fue hecho, y que todo lo que fue hecho, no es el Verbo. Juan, en efecto, expresa el concepto de que antes de la Creación, el Verbo ya existía. Pero él mismo no fue hecho, era auto existente y, por tanto, era Dios. (Evangelio de Juan 1, 1).
De aquí se deduce también que el mundo no se auto creó. Por tanto, no es Dios. Es un error garrafal afirmar que la naturaleza es Dios. A veces se escucha la expresión “madre naturaleza”, como si la naturaleza fuese “madre” o como si la naturaleza fuese “Dios”. Es un error inducido por filosofías nueva era y panteísticas. Juan, en cambio, nos indica claramente que Dios es completamente distinto de su creación.
También esta segunda parte del tercer verso del Evangelio de Juan excluye que Jesucristo sea un ser creado. Si, de hecho, Él fuera un ser creado, no tendría sentido la frase: “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”, que significa que no hay nada en la creación que no tenga origen en Jesucristo. Por tanto, vemos que el Creador no puede ser creatura, ya que si Él fuera creatura, habría tenido que crear todo excepto a sí mismo, pero esto no es lo que Juan nos comunicó.
Se deduce lógicamente que Jesucristo, siendo auto existente, es Dios, exactamente como lo es Dios Padre. Ambos, por tanto, son co-iguales y co-eternos. El Apóstol Pablo confirma este concepto en la Epístola a los colosenses (1, 16):

Porque en él fueron creadas todas las cosas,
las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, 
visibles e invisibles; 
sean tronos, sean dominios, 
sean principados, sean potestades; 
todo fue creado 
por medio de él y para él.

Volvamos a analizar la segunda parte del tercer verso del Evangelio de Juan:

y sin él nada de lo que ha sido hecho, existe.

Mientras el primer verbo de esta segunda parte del verso es “egeneto”, volverse, traducido por “fue hecho”, el último verbo utilizado es “gegonen”, traducido por “existe”. Juan se refiere a “lo que ahora existe”. Prácticamente Juan indica que todo lo que ahora existe deriva del poder creativo de Jesucristo. Este segundo verbo se encuentra en el tiempo perfecto y esto indica indirectamente que Jesucristo permite la existencia de cualquier cosa que nos circunda y de cualquier ser viviente. Es la Gracia la que nos sostiene, la que nos permite cada día despertarnos en la mañana, la que es causa de la germinación de las flores y del crecimiento de las plantas, de las cuales se alimentan los seres vivientes.

YURI LEVERATTO
Copyright 2016

Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com 

Bibliografía: Spiros Zodhiates, Cristo era Dios?